Saturday, June 19, 2021

NO SOY FAMOSO, PERO TENGO ALGO QUE DECIR (44).

 

 

   

MI VIDA Y SUS INFIERNO

En nuestros  primeros años en nuestra vida en el barrio Centenario lo vivimos con mucha zozobra.  Al lugar lo  denominé CENTENNIAL,  como la serie televisiva, por la cantidad de forajidos que  vivían en ella y  el grado de violencia existente.

La mayoría de  los  adolescentes que vivían aquí  no estudiaban ni trabajaban. Y la forma de no aburrirse era robando. No les importaba que los agarraran con las manos en la masa. Sabían que siendo menores  no irían  presos. 

Utilizaban la droga y el alcohol para  tomar coraje a la hora de planificar sus raids delictivos. Con  el correr de los años algunos de ellos  fueron muertos y otros  se hospedaron en habitaciones enrejadas. 

El hijo de un policía, vecino nuestro, me robó la rueda de auxilio, del único auto que tuve en mi vida. A los pocos días  me la vino a vender. Se la pagué para evitarme daños mayores. A este ratero lo encontré,  muchos años después, sirviendo en una comisaría.   

Las jovencitas eran peores que los varones. Sus bocas eran verdaderas  cloacas. Se peleaban entre ellas por cualquier nimiedad. Muchas fueron violadas en el seno familiar. Había  madres adolescentes y  prostitutas inmaduras.  Varias eran portadoras de enfermedades  venéreas.  El Servicio Social municipal, las ignoraba. Y las pobres criaturas estaban libradas a la buena de Dios.

Al no verme estrangulado por el alquiler  introduje algunos lujos en nuestro nuevo hogar: me compré un lavavajillas  usado.   Después  fue el turno de  un secarropa eléctrico. Me había   cansado de que nos robaran las prendas que colgábamos en el   pequeño patio  descubierto.  

Como le sucede a todo trabajador  tercermundista, una cosa es querer y la otra es poder.  Las facturas de la electricidad terminaron con mis sueños de hombre rico.  Tuve que deshacerme  de ambos artefactos.

LAVAPLATOS. En el año 1886 la norteamericana Josephine Cochran cansada de romper los  utensilios buscó una solución al problema e   inventó  il lavapiatti,. 

UNA SENSACIÓN  MISERABLE. Es lo que uno siente cuando se sale a buscar trabajo sin saber   por   dónde arrancar.  En los clasificados, como siempre, no calificaba para ningún laburo.  Estaba   próximo a cumplir los treinta y nueve años  de edad: ya era muy viejo para ser mal pago y mucho menos para  ser explotado.

Fue cuando  el asma me salió a agredir  con todas sus fuerzas, recuperando el terreno perdido.            

 Un primo de Mi Mujer, que vivía en la metrópoli, se había hecho rico vendiendo libros.  Me mandó  varias enciclopedias para ver si yo se las podía vender y de paso,   hacerme de una clientela.

Quizá porque  mi cara de padre desesperado me traicionaba, fueron  pocas las puertas que se me abrieron.  Todos los días volvía a  mi casa  destruido.

Unos años después,  Mi Mujer  también lo intentó y   fracasó rotundamente.  Supo en carne propia  lo que era salir ilusionado y volver hecho fruta.

Si bien nunca supe en qué dirección se encontraba el PARAÍSO, siempre hubo alguien  que me tiró  un salvavidas cuando estaba a punto de ahogarme.

Vino en mi auxilio un aviso solicitando vendedores para una bodega mendocina. Me presenté y enseguida me tomaron. No me daban sueldo: solamente comisión por las ventas que pudiera realizar.

Largué los libros y empecé con el chupi. Me asignaron una  zona donde prevalecían los  comercios minoristas. Los supermercados los atendían los vendedores que tenían una cierta  antigüedad. Tuve suerte de encontrarme con una zona totalmente desabastecida así  que me dispuse a reanudar la relación con los clientes prometiéndoles un trato fluido e igualitario para que nunca más les volviera   a faltar la mercadería.

Los tres primeros meses facturé de lo lindo. Este estado de gracia no iba a durar mucho tiempo. Los vinos no se vendían con la misma  rapidez que aumentaban mis necesidades domésticas.  Mis comisiones perdieron peso. Me inquieté. Al poco tiempo la  bodega  cerró su representación  en Mar del Plata.                                                                   

En el otoño   de 1980  Mi Mujer  volvió a la  Secundaria  y al cabo de tres años  se recibió de Perito Mercantil.

Trató de insertarse en la Universidad, pero la burocracia y algunos profesores  con  mala leche  la terminaron por desgastar.

Se inscribió en la carrera de Enfermería Profesional. En diciembre de 1986 se recibió. Fue la abanderada del curso.  Antes de recibir su diploma ya estaba trabajando  en el servicio de  Neonatología  del Hospital Materno Infantil   de Mar del Plata.

Como le gustaba estudiar se inscribió  en un curso de  Tecnicatura  en Hemoterapia. Con el  nuevo título en  mano    cambió de servicio  porque quería  tener una mayor independencia  laboral de la que tenía en Neo.  

Mis  Hijos nunca  fueron estudiantes  problemáticos. Jamás  necesitaron de nuestra  ayuda.  No los queríamos genios sino buenas personas.

Ellos pueden  reprocharnos  que  no le dimos  una vida lujosa.   Lo que nunca podrán decirnos    que no lo hemos  intentado. El fracaso está dentro de las posibilidades de todo aquel que construye una familia.

Mis  Suegros   se fueron a vivir a Israel.  Dejaron  a su hija enferma en Mar del Plata. La pobre se volvió habitué a los neuropsiquiátricos.  

En uno de sus delirios se enamoró de un cura a quien  enloqueció  celándolo. Un día el prelado se fue a vivir a Alemania con tal de sacársela de encima. Lo que es capaz de imaginar una  mente destartalada.

Unos años después,  el hermano mayor de Mi Suegra, temiendo que la  chiflada sobrina le fuera a pedir  ayuda  hizo de ella un paquete con el franqueo pago, y la envió a Israel para que sus padres se hicieran cargo de la hija.  

Mi Cuñada  recibió distintos tratamientos que, por momentos, daban la sensación que le hacían bien. Pero con el paso del tiempo  volvieron las recaídas. Internada en un geriátrico  vivió   dopada  por el resto de sus días. 

PERIODISTA DE TIEMPO COMPLETO.Después que cerró  la bodega volví a quedar  a la deriva.

Un mediodía  caminaba por el centro pensando qué carajo hacer de mi vida, me encontré con  un   periodista a quien había conocido antes de irme a vivir a Israel.  El hombre se  sorprendió de verme en Mar del Plata. Le relaté sucintamente de mis años en Tierra Santa. Cuando le dije que no tenía trabajo me comentó que el vetusto vespertino  EL ATLÁNTICO (fundado en 1935),  había tenido una gran transformación y que estaba necesitado de personal. 

El nuevo dueño del diario de tirada nacional, Crónica (fundado en 1963),  conocido como El Gallego,  había comprado la marca del pasquín para convertirlo en un matutino. Y un  año después, ante el éxito obtenido, iba a poner en los quioscos una   remozada versión  vespertina.

El Gallego apostaba a un amarillismo furioso. Las noticias policiales tenía un gran impacto sobre nuestros lectores.  También tenían su galería de títulos rimbombantes   los chismes de la farándula, el deporte y el turf.   

En marzo de 1981 me integraba al staff del pasquín. Por mis antecedentes se  me asignó a la sección Deportes. 

Cuando tomé conocimiento   quién era su Director se me fue el alma al piso. Pero no estaba en condiciones de despreciar el  trabajo.

Yo al Ciclotímico lo  había conocido cuando era Secretario general  del  diario de mayor tirada de la ciudad. 

Al frente de mi Sección    estaba Patita Veloz,      un hombre mayor   que padecía de claustrofobia.  No podía quedarse quieto en la Redacción, a cada rato desaparecía. Era comprensible: toda su vida había sido  un bicho de radio. Había producido programas de interés general y deportivos, con un enorme éxito en audiencia. Se vino abajo por ser un  tipo  despelotado.  Muchas veces   confundió  los bolsillos y se gastó el dinero  que estaba destinado a pagar sus espacios radiales. Se le cerraron todas las puertas. Se quedó sin trabajo.  Fue cuando  Ciclotímico,  decidió darle este conchabo.

A mediados de 1981 El Atlántico, que había pasado a ser un  matutino, recuperó su antigua edición vespertina.   Su Secretario general era  Rascapalmas, un mendocino irascible quien en  menos de seis meses ahuyentó a todo el personal que tenía  a su  cargo. Cuando se ponía loco se rascaba las palmas de sus manos como si fuera un perro sarnoso.

Yo, que era  un tipo de agachar  la cabeza y trabajar, me  llevaba bien con Rascapalmas. Hasta me invitó  a cenar a su casa. Durante una comida  me  explicó cómo se podía fabricar una bomba atómica artesanal. Era tan delirante como el  nazi Ronald Richter (n.1909), el mismo  que le  prometió a Perón que los argentinos iban a calentar el agua en pavas atómicas.

Yo  hacía un  doble turno como para tener un sueldo medianamente digno.

Prácticamente vivía  en el diario.  Yo era una foto en mi casa.  

El Atlántico matutino en los  tres primeros años  vendía  más ejemplares  que   el diario decano.  Los domingos  se triplicaban las ventas. Había muy poca devolución.   El Gallego  se había   embalado. Hablaba de  comprar otros diarios de la  Provincia de Buenos Aires.

El Gallego había pensado hacerse de diarios que estuvieran en las malas. Estaban en su mira Tandil y Olavarría. Aquí pensaba asociarse a la dueña de la industria del cemento  Amalia  Lacroze de Fortabat (n.1921) que en ese momento estaba en la cima de sus negocios. Una vez estuve en su mansión marplatense. Fue la primera vez que veía  en mi vida a empleados suyos vestidos con trajes para lavar su flota de coches.

El entusiasmo de El Gallego  empezó a mermar con la llegada de la Democracia.   Recuperó su canal de televisión el que se lo había expropiado la Dictadura militar.  E inauguró uno de noticias, cuando se popularizó  la televisión por cable. Dejó de importarle la gráfica. 

Cuando El Gallego  estaba viviendo tiempo de descuento, fue a parar a la cárcel acusado de evasión fiscal.   Él, que decía ser un gran patriota, que: “Estaba junto al Pueblo”, demostró ser uno más del montón.  Si hubiese vivido en los EEUU., no hubiese vuelto a ver  la luz del día.

En el año  1985  El  Ciclotímico fundió  el vespertino. Tenía  una actitud indolente, de total indiferencia  por el trabajo.  No respetaba el horario de salida del diario. Realmente nunca supe por qué El Gallego le soportaba semejante desmadre. Lo único que me cabe pensar: que El  Atlántico había sido una excusa para blanquear   unos dinerillos  que estaban manchados.

Los canillitas cansados  de tanto desplantes   tomaron la decisión de no distribuirlo más.  Y así terminó el corto veranito del vespertino

Al poco tiempo el matutino enfermó del mismo mal. Cuando nuestro diario   llegaba  a los quioscos, la competencia ya había agotado su edición.                   

Durante mucho tiempo soñé con integrar la plantilla de un diario. Cuando lo conseguí, me acosó la decepción.  Me encontré con un medio grafico carente de seriedad e integrado por elementos de dudosa  procedencia e capacidad periodística.

 Yo renuncié a principios de 1989, convencido que la cosa no daba para más. Que solamente ganaría en disgustos si continuaba en El Atlántico.  Al poco tiempo comenzaron los despidos. Yo me salvé de pasar por este mal trago.

PERSONAJES DE COLECCIÓN. En la redacción de  El Atlántico, se amontonaron   una serie de individuos que merecían  figurar en el libro de los incapaces.   Me voy a referir  a unos pocos, como paradigmas  de lo que era la Redacción.

Desde que llegaba al diario, a Rascapalmas   le atacaba la ansiedad: no le importaba la actualidad del material. Quería tener cerrada  la edición  lo antes  posible. Me volvía loco. Con tanta irascibilidad no sé cómo no se infartaba.

 El 20 de diciembre de 1981, entró a trabajar    un joven rosarino,  conocido del Administrador. Hacia fin de año,  Rascapalmas  lo mandó a   entrevistar a    los artistas que venían    a presentar  sus espectáculos teatrales. Y a la medianoche del  31 de diciembre tuvo que ir   hasta la Ruta Nacional Dos para  hacerle una nota al primer turista que llegaba a la ciudad  Feliz.

Después  debía  trasladarse  hasta el Hospital Materno Infantil para averiguar si se había producido algún nacimiento con la llegada del nuevo año.

Y de ser así, averiguar  el nombre de la madre y del   bebé (si lo tenía). En todos los casos iba acompañado de un fotógrafo. La orden del  Gallego era: muchas fotos y pocos textos.

A partir de  Reyes   se producía el aluvión turístico.  El Rosarino  recorría  las playas  para hacer notas de color y  entrevistar  a  los muchos  personajes  de la vida nacional, que se daban cita en la costa atlántica. 

El reportero conocido del Administrador, regresaba a la   Redacción   antes del  mediodía porque tenía que tomarse su tiempo escribir: tecleaba  con un solo dedo. No era el único.

A  mediados de enero de 1982   El Rosarino regresó al diario con una sonrisa de oreja a oreja: había entrevistado al  expresidente de facto, en los años 1971—1973, el  exteniente general Alejandro Agustín Lanusse (n. 1918), quien  abrió las urnas que  posibilitó el triunfo electoral del odontólogo    peronista Héctor José Cámpora (n. 1909) quien, a su vez, después de ejercer la primera magistratura por el término de cuarenta y nueve días,  adelantó el regreso al país de  su exilio español del  ladino Juan P.

Rascapalmas    se abrazó con su notero estrella. Le tiró las páginas centrales. El Rosarino se hubiese muerto escribiendo. Lo salvaron las fotos con las que rellenaron los espacios en blanco. También la  tapa contenía   testimonios de ese encuentro periodístico.  

El Rosarino,  que en su vida había visto el funcionamiento de un diario, se sintió capaz de editar  el vespertino por sí  solo.

Habían pasado dos días de la publicación de la   entrevista  cuando  el cadete encargado de controlar las teletipos, vino hasta mi escritorio  y me mostró un cable proveniente de Bariloche que  decía textualmente : “ El exteniente general Alejandro Agustín Lanusse niega  enfáticamente  haber estado   en  Mar del Plata, y mucho menos haberle  dado una entrevista a El Atlántico”.  El Rosarino  no esperó que lo echaran.

Yo me  ofrecí a buscar al impostor. Recorrí varias playas pero no  pude dar con él.  Hasta hoy me pregunto qué clase de persona  fue capaz de  semejante trastada a un trabajador, sabiendo de antemano  el daño que le iba a causar con su engañifa.

Quizá yo también hubiese caído en la  trampa. Cada vez que miraba las fotos  del embustero lo veía idéntico a  Lanusse.

(Continuará) (Todas mis notas figuran en el rincondelosimpios.blogspot.com/ (EL HOMBRE DE LA MEMORIA CORTA)

 

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