MI VIDA Y SUS INFIERNOS.
LAS BALAS NO ERAN DE FOGUEO. Un fin de semana del mes de julio,
viajé al kibutz DEGANIA BET, donde vivían varios
conocidos míos de Concordia.
Llegué en el
último autobús del viernes. Por
presión de los grupos religiosos el transporte interurbano dejaba de
funcionar al salir la primera estrella y volvía a su normalidad veinticuatro
horas después. Solamente en Haifa y Tel
Aviv, el transporte urbano circulaba normalmente.
Me alojé en una casa
prefabricada que estaba desocupada, en un sector donde vivían solteros y
los jóvenes que estaban
cumpliendo el servicio militar.
Los fines de semana la colonia acrecentaba su población estable (tenía unas dos mil quinientas personas), con la visita
de familiares y amigos. Ni que decir en
los días feriados o durante las vacaciones estivales.
El gran problema se planteaba durante las comidas: por las escasas
dimensiones del salón comedor se establecían turnos.
Mucha gente mayor
prefería comer en su habitación-jeder. Y los chicos hasta los dieciséis
años tenían sus propios comedores.
La cena de los viernes era todo un espectáculo: las
mujeres venían vestidas como para ir a un
importante acontecimiento social. Y hasta competían entre ellas
quien lucía mejor.
Los hombres no tenían
tantos mambos: con una camisa
blanca y un pantalón azul o negro, era más que suficiente. El calzado era el mocasín en invierno, y la tradicional sandalia en verano.
La comilona tenía
dos ingredientes fundamentales que la hacía diferente al resto de la semana:
había un menú festivo y a los comensales se les servía en su mesa.
Los días restantes era por sistema
de autoservicio.
Yo venía de un
país donde uno no podía acercarse a los
políticos, salvo para ofrecerles algún negociado. Por eso me sorprendió ver al presidente del Parlamento, KADISH LUZ (Luzinski n. 1895 en
Belarus), atendiendo mi mesa.
Él estaba toda la
semana cumpliendo sus funciones parlamentarias en
Jerusalém.
Los fines de semana y los días feriados
venía a la colonia, y tenía la
obligación de cumplir con tareas comunitarias.
El sueldo que recibía del
Estado lo entregaba íntegramente
al kibutz, salvo aquellas asignaciones
destinadas a cumplir con sus actividades protocolares.
Todos
los viernes y sábados, el
Departamento de Cultura del kibutz preparaba alguna actividad. No existía un fin
de semana en blanco. Algunas veces
se viajaba a otra colonia con la que se compartían los gastos
cuando el espectáculo era
oneroso para que lo solventara
un sólo kibutz.
Ese viernes 7 de julio de 1962 se iba presentar una de las divas de la
canción popular israelí: YAFFA
YARKONI (n. 1925). Me pareció algo fantástico:
no iba a tener otra oportunidad semejante.
Yo, particularmente, admiraba a la yemenita
Soshana Damari (n. 1923), considerada
la Mercedes Sosa israelí.
Estaba saboreando
mi plato preferido, (arroz con pollo cubierto de una salsa de vegetales), cuando un joven se
acercó a la mesa que yo
compartía con mis conocidos de Concordia
para comunicarnos que se había suspendido la actividad cultural programada: el Ejército
israelí iba atacar posiciones sirias
en las ALTURAS DEL GOLÁN para silenciar las baterías enemigas que
tenían a maltraer a los que
pescaban en el lago Kineret.
No pude seguir comiendo. Los únicos tiros que yo había oído en mi
vida habían sido las que producían unas
motas de pólvora cuando las hacia estallar con un revolver de
juguete; los petardos
que la gente hacía estallar en Navidad y
Año Nuevo; y los cohetes que
se colocaban a los muñecos durante la
quema, recordando a los santos Pedro y
Pablo y las bombas que utilizaba Ejército para ponerle un clima festivo
a los acontecimientos patrios.
Traté de no dejarme llevar por un pensamiento pesimista.
Era medianoche
cuando llegué al tzrif. Previamente estuve
en la cafetería de los solteros. Me acosté vestido.
Solamente me quité los zapatos. Tenía los pies hinchados. No había descansado.
Me había ido del Majón, después del desayuno. Cabeceé un par
de veces. Soñé recibiendo una condecoración por mi heroísmo.
Después me vi cadáver, perforado por
decenas de disparos.
A las dos de la mañana el encargado de la cuadra me avisó
que tenía que ir a ocupar mi lugar en la zanja destinada a la gente de mi sector.
El pozo tenía un metro de profundidad y estaba protegido
con bolsas de arena. Me pareció hallarme
en la LÍNEA MAGINOT, que a los franceses les
fue muy útil durante la PGM. En la
SGM la trinchera no resistió el avance
de los panzers alemanes.
Me hice un par de veces el Asmopul porque estaba disneico. Era de los
nervios.
Al cuarto de hora de estar en la madriguera me vinieron ganas de defecar. Cuando tomaba frío se me
aflojaban los esfínteres. Me aguanté
todo lo que pude, que fue muy poco.
Corrí hasta un
baño químico que no estaba lejos del
bunker. Apenas me bajé los pantalones la materia fecal salió hecha una tromba salpicando todo lo que
encontró a su paso: los cachetes de mi
culo, mis zapatos y el piso. Estaba limpiando el zafarrancho de mierda cuando se produjo una
tremenda explosión que hizo
vibrar la tierra. Pensé que el baño se desplomaba y me aplastaba. No era, que digamos, una manera
digna de morir.
Hubiese sido un precursor en la familia de perder la vida atascado en un inodoro, como le iba a ocurrir, un año
después al tío de Mi Prima, la
mayor.
Traté de escapar de la trampa mortal, pero no logré abrir la puerta: se había atorado a
causa del movimiento telúrico, algo que yo había conocido durante el tiempo que
viví en Mendoza. Aguardé un tiempo prudencial y al fin, pude regresar a la trinchera.
Mis compañeros de senda me explicaron que un obús había
estallado. Su destino era un campamento
militar que estaba a pocos kilómetros del kibutz. Afortunadamente el enemigo no acertó y el
proyectil se estrelló en un terreno
baldío.
A las cuatro de la
mañana las fuerzas israelíes dieron por finalizado el operativo, con un número
importante de pérdidas humanas, de ambos
lados.
Cinco años más tarde, durante la Guerra de los Seis Días,
los sirios fueron desalojados de las alturas del Golán. Y el Kineret
se transformó en un lugar apacible
para los pescadores.
Asmático crónico y por ende coleccionista
de amaneceres, estuve entre los primeros en ir a desayunar.
Después me fui a caminar por los alrededores
de Degania.
Yo no dejaba de pensar
en esas familias que estaban velando a sus hijos adolescentes que habían muerto durante los
combates, para que los salames como yo
pudieran pasearse tranquilos por uno de
los lugares más bellos del país.
En horas del mediodía
hubo una invasión de turistas extranjeros e israelíes
que venían a fotografiar
algo que pudieran demostrar que habían
estado cerca de donde se habían desarrollado
los combates.
En horas del mediodía, mis amigos de Concordia me dijeron
que a la noche iban a viajar
al kibutz vecino de EIN GUEV, donde se iba a presentar con su orquesta el compositor griego, MIKI THEODORAKIS (n. 1925). Quería
homenajear a la gente del lugar que había sufrido un duro castigo de la
artillería siria.
No dudé en postergar mi regreso a Jerusalém. Fue algo inolvidable y de mucha emoción
especialmente cuando ejecutó su
monumental creación: MAUTHAUSEN, (nombre de un campo de concentración),
realzada por la increíble voz de MARÍA FARANTOÚRI (n. 1947.)
Todo el
auditorio moqueó. Había que ser muy insensible
para no verse involucrado.
Con el correr de
los años, Theodorakis dejó de amarnos
y cambió de vereda.
JUZGAN
A UNA BESTIA HUMANA. Lo vi
a través de una mampara. ADOLF EICHMANN,
uno de los tantos nazis que
supo envalentonarse matando
civiles indefensos era juzgado por el pueblo que quiso exterminar.
Los Aliados no pudieron
llevarlo a juicio porque se había escapado a Chile con la ayuda de la Iglesia
Católica. Después se cruzó a la Argentina
del inmaculado Perón.
Eichmann fue secuestrado por un comando israelí encabezado por quien era el
jefe del servicio de espionaje ISER
HAREL (n. 1912.)
Conocido su paradero,
se lo siguió hasta que pudo ser detenido y después sacado de la Argentina.
Los antisemitas criollos enloquecieron: culparon al
entonces presidente Arturo Frondizi de estar en connivencia con el Gobierno
israelí.
Esta operación,
ordenada por el primer ministro David Ben Gurión, tenía como objetivo
hacer conocer a las nuevas generaciones lo que había sido
el HOLOCAUSTO a través de los distintos
testimonios que se presentaron durante el juicio.
HAREL estuvo a punto de aprehender al patibulario médico nazi
Joseph Menguele a quien localizó
en Bariloche. Falló la operación por el exceso de confianza de la joven que lo vigilaba.
La descubrieron
allegados al exjerarca nazi, quienes la arrojaron desde un teleférico
simulando un accidente.
MENGUELE se fue a
Brasil, donde llevó una vida tranquila y sin sobresaltos hasta su
muerte.
Lo que Harel no sabía que en Bariloche también se
ocultaba el SS ERICH PRIEBKE, acusado de ordenar la masacre de trescientos
treinta y cinco italianos que luego
serían enterrados en las Fosas Ardeatinas.
“El 23 de marzo de
1944, miembros de la resistencia italiana mataron a treinta y tres soldados
alemanes pertenecientes a la policía militar.
Al día siguiente, tanto Priebke, junto a su colega el SS Karl Hass,
eligieron al azar a las víctimas de la
venganza para después trasladarlas a una mina abandonada en el extrarradio de
Roma, donde fueron ejecutadas con disparos
en la nuca.
La entrada de la mina fue dinamitada para ocultar la
masacre.”
PRIEBKE era presidente del Instituto Cultural
Germano Argentino, y director de un colegio
cuando fue extraditado a
Italia. La sociedad barilochense no podía creer
que ese vecino simpático y amable fuera un asesino. Un periódico local realizó
una campaña a su favor para que no fuera
deportado.
Uno de los ingresos
de Priebke provenía de la EXPORTACIÓN DE ESTUPEFACIENTES al mercado europeo.
UNA TRÁGICA LEYENDA. Antes de finalizar el periodo
teórico el Instituto organizó una caminata de tres días por el desértico Neguev
hasta llegar al Mar Muerto--- Yam Hamelaj.
Nos acompañaba un grupo de soldados fuertemente armados, Estábamos en
una zona donde muchas veces se infiltraban
terroristas provenientes de Jordania.
Cuando pasamos por
un cañadón nuestro guía nos dijo que el
mismo conducía a la ciudad jordana de
PETRA, donde se suponía se hallaba
oculto, debajo de una roca roja, uno de los
tesoros pertenecientes al rey
Salomón.
Muchos israelíes se aventuraron a ir en busca de las supuestas riquezas. Ninguno de ellos regresó:
fueron asesinados por los custodios de ese enclave arqueológico.
Hay una canción popular, HASELA ADOM, (letra del escritor
Jaim Heffer y música de Yohanan Zarai), en la que se resalta la audacia,
la temeridad y la desventura de todos
aquellos que se quedaron sin el pan y sin la torta.
PETRA. (Piedra en latín). Fue la capital del “reino de
los nabateos, (pueblo que vivió entre el
mar Rojo y el río Éufrates)”. Está entre las siete maravillas del mundo.
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En todo el trayecto el único vergel que encontramos fue
el kibutz EIN GUEDI, fundado en 1956 por un grupo de jóvenes intelectuales
sionistas y miembros del Najal (se combinaba el servicio militar con
actividades agrícolas.).Tiene un Jardín Botánico que es muy visitado tanto por israelíes como por extranjeros. Después de
refrescarnos en un manantial,
reiniciamos la marcha hacia el
Mar Muerto.
Cuando llegamos tuve la infeliz idea de sacarme los
borceguíes y meter mis pies en
el agua salobre.
Fue como echar un kilo de sal sobre una herida abierta. Salí corriendo en busca de agua dulce para poder quitarme el ardor. Esto no fue todo: las
bocamangas de mi vaquero quedaron más duras que la mujer de Lot (quedó
convertida en sal por contravenir una indicación de Jehová.)
No me quedó otra que convertir al jean en bermuda.
MAR MUERTO. Tiene un ancho de novecientos
metros, y es la mayor depresión de la Tierra: cuatrocientos metros, bajo el nivel del mar. Es mundialmente
recomendado, por sus propiedades curativas, para los enfermos de soriasis,
(enfermedad que se manifiesta por costras, manchas, granos u otra forma de
erupción.)
EL JEANS. Creación de
Levi Strauss, que, según sus biógrafos, lo patentó
como algo suyo cuando se sabía muy bien que era propiedad de un sastre
hebreo de Reno, Jacob Davis, que no lo pudo registrar por no
contar con sesenta y ocho dólares, que era
lo que valía la licencia.
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Pasamos la noche en un albergue juvenil. Madrugamos para
poder ascender a las alturas de MASADA ( Aquí
el pueblo hebreo resistió la invasión romana.)
Había que evitar que el sol nos cocinara. La máxima
canícula anunciada sería de cuarenta
grados centígrados, antes del mediodía.
Arrancamos a las cuatro de la mañana y seis horas después estábamos de vuelta.
Yo estuve aquí en
otras dos oportunidades: la última fue en 1978, cuando Mi Primogénito, junto
con otros chicos, tomó la Comunión—BAR MITZVÁ
en la antigua sinagoga existente en el lugar. Esto responde a una tradición milenaria.
(Continuará)