Sunday, October 25, 2020

NO SOY FAMOSO PERO TENGO ALGO QUE DECIR (25)

 

Antes que la parca me alcance

UN JUDIO   TENIA LA ENTRADA PROHIBIDA EN EL CLUB REGATAS/. La organización de la fiesta de graduación estuvo a cargo de los  alumnos de los dos quintos años. Se alquiló uno de los salones de dicha, institución.  

 Hubo una cierta   conmoción en mi casa. Pensaban que me sacarían a las patadas. 

Nadie se fijó en mí. Además,  el club se comería  una flor de garrón si se me impedía el ingreso, para que pudiera   celebrar con mis compañeros.

Yo fui el encargado de redactar la revista de los graduados  y de dar el  speech de la  despedida. Mis palabras emocionaron a la concurrencia. Fui ovacionado.  El  profesor  de Literatura, que estaba bastante chupado,   me auguró un futuro en el mundo de las letras. El alcohol fue el causante de semejante desatino.

Después del vals, di apenas unos pasos,  abandoné la fiesta para irme a la  Graduación del  Comercial, donde estaba mi flamante noviecita, Violeta, la sefaradí. Mi relación con ella se cortó    cuando le confesé que me  iría  por un año a Israel. Ella fue tajante: “No te voy a esperar.”       

Mis Padres no participaron de la fiesta:   porque era en el Regatas y segundo,  no se sentían orgullosos en mi condición de estudiante.

“En la vida humana sólo unos pocos sueños se cumplen; la mayoría de los sueños se roncan”. Jardiel Poncela.

NO APTO PARA SER COLIMBA.  En el mes de julio de 1961 me llegó la convocatoria del Ejército para la revisación  médica. Si pasaba tenía un año tenía que cumplir con  el Servicio Militar Obligatorio (SMO.)

Cuando me desnudé  los integrantes de la junta médica  me preguntaron, guiándose por mi apellido, en qué campo de concentración había estado.  Como nodaba  el piné (masa muscular, peso y altura),   de inmediato me sellaron  la Libreta de Enrolamiento con un No Apto.

Cuando vi  como los cabos trataban a  los conscriptos, me acordé de Mi Padre escapando  de   la conscripción ucraniana, para no verse humillado por sus superiores.         

Yo zafé  de   estar limpiándoles el culo a los oficiales.

 Mi Hermano, el mediano, se fue del país cuando tenía la convocatoria militar encima.

El Menor,  sirvió   en el  Regimiento de Caballería que tenía su asiento en Concordia. Se pasó doce meses  rascándole el lomo al caballo del comandante.

 En 1994, noventa y dos años después de haberse  impuesto el  SMO  fue derogado, por orden Presidencial.

Para esta decisión hubo un hecho concreto: el conscripto Omar Carrasco fue  asesinado  a golpes en  un cuartel  de la localidad neuquina de Zapala.   

UNA DESIGNACIÓN SORPRESIVA.   En ese año  1961  me incorporé a un grupo de jóvenes hebreos que realizaban   sus  actividades por fuera de los marcos tradicionales.

Eran sionistas en el pensamiento pero no en la acción.  No estaba en ellos la idea de   emigrar, salvo que los antisemitas los corrieran del país.  Todos tenían un buen pasar.

En una de las  reuniones habituales  que realizábamos todos los fines de semana, en la casa de algún  integrante del grupo, se aparecieron dos tipos, hasta ese momento desconocidos para todos nosotros. Me venían a ver a mí por recomendación de un alto directivo de la Comunidad  Judía de Concordia.

Se presentaron   como dirigentes de una Coordinadora Apartidaria cuya sede central estaba en la Capital Federal.   Me dijeron que  querían abrir   una filial  en la ciudad, y para  ello necesitaban  a alguien que estuviera dispuesto a viajar a Jerusalém para tomar parte del curso anual destinado  a líderes comunitarios. 

Acepté viajar  con la condición que  al regreso yo trabajara en Concordia.  Estuvieron de acuerdo. 

Quince días después, con   un enviado de la Coordinadora  recorrí varias localidades vecinas donde la comunidad hebrea era más o menos numerosa. Era una época  de mucha  asimilación. Como siempre cuando no existe el miedo.

No me preocupaban los matrimonios mixtos,  sino la poca identificación que tenían  los jóvenes  con el Estado de Israel.

Mis Padres se alegraron de mi designación, sin embargo  me largaron con lo puesto.  Por suerte mi TÍA ROSITA la hermana  menor de mi madre y su esposo, Marcos , me compraron  dos camisas de mangas cortas  y un vaquero Far West, que estaba de última moda, como para ir tirando. Mucho abrigo no me hacía falta porque en Israel los inviernos en aquellos tiempos eran cortos.

 El viaje iba ser en avión.  A último se decidió por el barco dado que se había agregado   un  número mayor de becarios de lo previsto.

La nave era el  ANNA C, de bandera italiana, construido en 1929. Era su último cruce atlántico. Con la declinación de las migraciones masivas, los viajes a América del Sur  ya no eran rentables. Su  nuevo destino sería   cruceros por el   Mediterráneo.

  Llegué a la ciudad de Buenos Aires unos días después  de Reyes de 1962. De movida nomás tuve  aprender a lidiar con las  privaciones,  una constante en gran parte de mi vida.

El Movimiento al que yo iba a representar me  alojó,  es una manera de decir, en una pieza de la  Sede Central, donde  nunca  pasaba   un escobillón mucho menos un plumero. 

Yo dormía en el piso, dentro de una bolsa de dormir y comía salteado.   Tenía que cuidar cada mango porque  contaba con un presupuesto muy limitado.

Me aboné a un   establecimiento  gastronómico que estaba a un par de cuadras de donde yo   vivía.  LA MARTONA tenía un  menú  bastante económico y variado.

El boliche pertenecía  a la empresa láctea del mismo nombre  fundada por Vicente Lorenzo del Rosario Casares Martínez de Hoz (n. 1844).  Y  el nombre comercial estaba asociado a  la hija del dueño: Marta Ignacia Casares Lynch (n. 1888.)

Entre los descendiente de esta familia de abolengo se encontraba  el  escritor ADOLFO BIOY CASARES (n. 1914. f.1999).

Como  faltaba un   mes y medio para la partida, aproveché  el tiempo libre para tomar clases de   hebreo  en un  Instituto de Intercambio argentino-- israelí. 

Éramos  cinco varones y una  mujer.  El curso tenía un horario incómodo para el que trabajaba: de quince a dieciséis horas.

 A la salida, en un increíble acto de audacia encaré a la piba. Le gusté      desde el vamos.  

Mi levante  tenía veintiún años,  era católica e  hija única  de padres ya mayores.   Medía un metro sesenta y cinco, cara redonda, ojos risueños, la nariz  aguileña y labios gruesos. Era  gordita, para nada desproporcionada. Estudiaba Bioquímica en la Universidad de Buenos Aires (UBA),  y el hebreo venía a ser un hobby  de verano.     

Nuestra   relación avanzó de tal manera  que me daba la sensación de estar viviendo un  noviazgo de larga data.  Al poco tiempo me confesó que me amaba.

Su instinto maternal dormido se despertó conmigo: me veía como a un ser necesitado de protección.  Me llevó un par de veces a cenar a su departamento.   Sus padres me recibían como al novio  de la nena. 

Un fin de semana fui con ella a la quinta que  la familia tenía en Moreno.  La piba era un  excelente partido.

Mi   Novia  porteña  se desvivía por mí y no se merecía que yo la engatusara.  Me asaltó mi perturbadora moralina.  No estaba en mí aprovecharme de su metejón. Le  conté  que  viajaba a Israel.

Con lágrimas en los ojos me pidió que me quedara,  hablaría  con su padre para que yo trabajara  en  su  ferretería. Hasta me ofreció su casa hasta tanto yo pudiera alquilar mi propio techo.

Cuando se  dio cuenta que yo no iba a cambiar de idea,  me cortó el rostro, como lo hiciera  la entrerriana.

Mi Novia porteña no se molestó en irme a despedir. 

En agosto de 1964  me la encontré en un colectivo.  Encararla ya  no tenía  sentido. Yo estaba de novio con quien sería  mi futura esposa.                                                             

 

Saturday, October 3, 2020

NO SOY FAMOSO PERO TENGO ALGO QUE DECIR (XXIV)

 Antes que la parca me lleve.MI  PRIMER PUCHO. Yo  tenía  once años y me había sumado a un grupo de  chicos que fumaba  en el campito que estaba en el fondo de mi casa. Uno de ellos me pasó una pitada. De pronto se me apareció    Mi Tía, la colorada, cargando un sifón de soda: lo descargó sobre el grupo. Y chau pucho.    Nunca supe de donde salió   y  tan justo como para engancharme con el faso en la mano. Por suerte, no se lo  batió a Mis Padres.

 Hubo una época en la que yo participaba  de las actividades sociales y culturales de la Sociedad Israelita de Mendoza. Hasta practiqué basquetbol.  Fue cuando entablé una corta amistad con una borrega muy bonita. La única falla era su boca desproporcionada. En sus ojos se reflejaban  la tristeza. No me ocultaba  sus problemas, que eran del corazón. Sufría por un tipo que la maltrataba emocionalmente.

Su novio,  tenía mucho éxito con las mujeres. Cuando conquistaba una mina buscaba cualquier pretexto para deshacerse de  ella.  Y regresaba a sus brazos cuando terminaba la aventura. Y la piba lo perdonaba.

Había pasado una semana de nuestro último encuentro cuando   la veo  con   cara de culo. Me dice que sus padres querían hablar conmigo. No debí  haberle hecho caso. Como yo conocía a su familia no tuve ningún problema en ir a su casa.  Sobre la hora me agarró como una cierta aprehensión y no encontré mejor idea que    comprarme  un paquete de cigarrillos COMMANDER.  Me fumé un cigarrillo y medio y  el resto lo tiré en  un tacho de basura.

El tema que la piba les  había dicho que se comportaba con su novio como una prostituta. Aclarado los tantos, fue el fin de nuestra amistad.

En el año 2004 me encontré en Tucumán con  un   mendocino  a quien había conocido en mi adolescencia. Me contó que  la piba del amor complicado había  fallecido siendo muy joven a causa de una leucemia. Y  que no se había casado con el tipo que se suponía el amor de su vida.

No volví a agarrar un pucho hasta los veintisiete años. Boludo de mí: siendo asmático.   Corté definitivamente mi nicotina dependencia veinte años después, cuando al toser encontré hilitos de sangre mezclados con la saliva.

CIGARRILLO. De su existencia habló, por primera vez, el “sacerdote Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez, en su obra  Historia general de las Indias (Sevilla 1535.)

En 1828 dos científicos alemanes,  Posser y Reimann, consiguieron aislar un alcaloide de la planta de tabaco y bautizaron su descubrimiento con el nombre de ‘nicotina’ en honor del embajador francés Jean Nicot.”

PROTESTAS Y CORRIDAS.  En  Tercer año  no me llevé ninguna materia. Mi problema que estudiaba de memoria, especialmente, Física y Matemáticas dos materias  que se me atragantaban  de solo nombrarlas.

Éramos un  grupo era muy unido.  Teníamos dos apellidos ilustres: uno estaba  emparentado con el poeta y folklorista  Hilario Cuadros (n. 1902); y el  otro  con el revolucionario Ernesto Che Guevara (n. 1928.)

Los sábados nos juntábamos para darle a la pelota. Yo iba de arquero o  de espectador, según las circunstancias.  Después del picado   alguien   se ofrecía para llevarme a almorzar a su casa.

Yo me había hecho muy amigo de un chico  que jugaba al básquetbol en un equipo de la primera división de la asociación  local. Tenía un lomo impresionante, lo que hacía comprensible que colara en el quinteto titular.  Algunas noches, a la salida del  Colegio, yo lo iba a ver jugar cuando su equipo enfrentaba a un rival de fuste.

Una tarde antes de entrar a clase me llevó a una reunión de aquellos que apoyaban   la continuidad de la EDUCACIÓN  LAICA y, por consiguiente, estaban  en contra de la Educación Libre que proponía el gobierno del correntino Arturo Frondizi (n. 1908.)

El Presidente contaba con el aval del sector católico  que impulsaba la creación   de  universidades privadas subsidiadas por el Estado. Como siempre: la chancha, los veinte, y la máquina de hacer chorizos. Esta decisión presidencial  precipitó la  renuncia del  vicepresidente, el maestro y abogado santafesino Alejandro  Gómez (n. 1908.)  

YO PARTICIPÉ EN UNA    DE LAS  MARCHAS  DE PROTESTA como  siempre multitudinaria.  La policía nos reprimió con  gases lacrimógenos. También  se oyeron disparos de  armas de fuego.  Hubo una víctima fatal: un vendedor  de  café. 

Nunca corrí tanto como esa tarde-- noche para no sufrir los efectos de las granadas  químicas.

 CUANDO FRONDIZI ganó las elecciones, a  pesar de no haber votado festejé su triunfo sumándome a las caravanas que recorrieron las calles de Capilla del Monte donde estaba residiendo. Y así me pagó el muy turro. 

En su    vejez   contemporizó con  muchos de aquellos que lo habían depuesto y  basureado.  FUE  UN MAL RADICAL. 

TAMBIÉN ALFONSÍN estropeó su grandeza política acordando reformas constitucionales  con el expresidente Carlos Menem, solamente para  satisfacer las ambiciones reeleccionistas del riojano.

La primera vez que yo supe de la existencia de los gases lacrimógenos fue  a los  cuatro años. Mi Madre me llevó a pasear por el  centro de Concordia. De pronto se nos atravesó  una   manifestación Gorila que marchaba   al grito  de: “PERÓN, EVITA, DONDE ESTÁ LA GUITA QUE SAN JUAN LA NECESITA.” 

La oposición    denunciaba la malversación de los  dineros aportados por empresas y particulares, para socorrer a las miles de víctimas que había dejado el terremoto de San Juan  (15 de enero de 1944.)

Todos los gobiernos  peronistas fueron muy hábiles a la hora de vaciar  las arcas del Estado.

Lo de Concordia fue parte de un ensayo general  ejecutado por el Dictador  para reprimir a sus opositores. 

 

RESCATADO A TIEMPO. En cuarto año llegó  un profesor proveniente del Colegio Militar de Mendoza,  y que era docente en Física y Trigonometría.

De movida tomó un examen sorpresa, supuestamente de evaluación,  para conocer el nivel de aprendizaje del alumnado, pero el muy guacho las notas las trasladó a la libreta.  Me super aplazó. Terminé el año con un promedio en ambas próximo al cero y monedas.

El profesor era un hombre  retacón, de espaldas anchas y un cuello tan arrugado que a uno de los nuestros se le ocurrió apodarle “MONDONGO.”

De los treinta y cinco alumnos que éramos en el curso solamente aprobaron cinco.  En abril de 1961, después de una reunión de padres, Mondongo fue despedido del  Agustín Álvarez. Yo no pude participar  de los festejos. 

MONDONGO. Deriva  de “mondejo” y ésta de bandujo que refiere a un embutido compuesto con la tripa grande del cerdo, carnero o vaca relleno de carne picada.  En América del Sur se  le dice a la panza.  

 Para que no perdiera otro año Mis Padres me regresaron a Concordia para rendir las previas y empezar quinto año.

MI PADRE había arreglado con un matrimonio amigo para que me  salvaran   las dos materias.  Estaba cantando que las  iba a aprobar porque ambos estaban asignados a  la mesa examinadora. Califiqué con la nota mínima. Y así pude terminar el  bachillerato en   el NACIONAL  ALEJANDRO CARBÓ (educador y parlamentario n. 1862.)

Tantos años lejos de Mi Familia  la convivencia me  resultaba  difícil.

El caserón  estaba peor de  lo que yo la recordaba.  Hacía años que no recibía  una mano de pintura. La humedad había hecho estragos: las paredes lloraban. Justo lo que no  necesitaban mis pulmones.

De entrada nomás,  Mis Padres me demostraron su enojo  porque  había demorado el regreso: me había detenido en Rosario.  Había ido a visitar a la  chiquilla que había conocido en Capilla del Monte.

En enero de 1958  ella  había venido con sus  padres y un hermano a pasar las vacaciones y se habían alojado en la pensión de la Espiritista. Lo nuestro fue un corto noviazgo pero que en ella caló muy hondo. Durante tres   largos años mantuvo la esperanza del reencuentro, escribiéndome   dos veces al mes. 

 Me recibió en su casa como si fuera su novio oficial. Ella tenía dieciséis  años. Era alta, delgada, ojos negros, mucha simpatía y un cuerpo que apuntaba  a darle  muchas satisfacciones, al primero que lograra invadir su intimidad.   

Cuando nos despedimos quedamos en escribirnos todas las semanas. Una vez que yo terminara la Secundaria,  me  vendría a  su ciudad a iniciar mis estudios universitarios.  

Ella quería tenerme cerca, aun sabiendo que el clima de Rosario   era muy malo para mi  asma. Quizá el amor hubiese podido  sanarme.

Yo le escribí durante seis meses; ella nunca  me respondió.   Un cuarto de siglo después,  MI MADRE me confesó que había quemado las cartas de la rosarina. El cartero  había funcionado como censor y alcahuete.

Mi Madre no podía aceptar  que su primogénito se enamorara de  una chica católica. 

Al oír su confesión, primero  me sulfuré, después, me aplaqué: ya era cosa juzgada. Quizá, como siempre, fui lento: haberle mandado un telegrama, o procurado llamarla por teléfono. Supuse que un nuevo noviecito habría aparecido en su horizonte.

Mi Madre  era una  convencida  que  la experiencia del  Holocausto no iba a borrar  el antisemitismo de la faz de la tierra.  Y tenía razón.

Otro error garrafal que cometí en este tramo de vi vida,   fue   haber traído conmigo al hijo del dueño de la pensión, mi excompañero de primer año del Agustín Álvarez.  Lo había invitado de corazón para que   conociera Concordia.

Mi Madre sabía  muy bien lo que era sufrir  la discriminación, sin embargo, no tuvo ningún  empacho en segregar a mi invitado. Le tomó bronca sin conocerlo. Para incomodarlo    me hablaba en  idish. El pobre pibe  en una semana se agotó. 

Se fue sin despedirse de mí; tampoco me envió algunos  de los bártulos que yo había dejado  en su casa.  No podía esperar otra cosa de él. Mi Madre lo había humillado hasta lo indecible.

Lo de MI MADRE fue, a todas luces, criticable.

Ya no estaba JONÁS  EL PENSIONISTA: se había ido a vivir con su hermana a Caseros, en el conurbado bonaerense. Sentí su ausencia. 

Como yo  estudiaba y no trabajaba el dinero que disponía era mínimo.  A los diecinueve años no me era fácil acordar con Mis Padres sobre algunas de mis necesidades básicas. Recuerdo que tuve que armar un verdadero escándalo para que me compraran un  par de zapatos.

Cuando cumplí los doce años me peleé  con Mi Padre  para que me comprara    pantalones  largos. Yo   había ido a hacer  un mandado.   Un tipo que pasó a mi lado  como quien no quiere la cosa me dijo: “Che, grandulón,  se te ven las bolas.”  

Regresé a  casa y  dije  que no volvería a salir a la calle si no me ponía los largos.  

Mi Padre,  me dio un pantalón   pasado de moda que tenía de clavo en su depósito.   No le importó verme   embolsado.   Quizá esto me marcó para siempre: dejé de darle importancia a la ropa. Me daba lo mismo verme elegante,

El último año de la Secundaria fue una joda. Los profesores perdonaban todo y a todos. Apenas si se estudiaba.   Todos estábamos metidos en recaudar    fondos  para  la organización de lo que sería la gran fiesta de  Graduación. 

El único que me amargó el año fue el profesor de Educación Física: me mandó a  diciembre a pesar de haberle presentado  un  certificado médico   para que me eximiera de la actividad por mi asma crónica.

En  abril de 1964   la rendí  como alumno libre en un colegio de la Ciudad de Buenos Aires.   

 

 

 

 

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