Antes que la parca me alcance
UN JUDIO TENIA LA ENTRADA PROHIBIDA EN EL CLUB REGATAS/. La organización de la fiesta de graduación estuvo a cargo de los alumnos de los dos quintos años. Se alquiló uno de los salones de dicha, institución.
Hubo una
cierta conmoción en mi casa. Pensaban
que me sacarían a las patadas.
Nadie se fijó en mí. Además, el club se comería una flor de garrón si se me impedía el
ingreso, para que pudiera celebrar con
mis compañeros.
Yo fui el encargado de redactar la revista de los
graduados y de dar el speech de la
despedida. Mis palabras emocionaron a la concurrencia. Fui
ovacionado. El profesor
de Literatura, que estaba bastante chupado, me auguró un futuro en el mundo de las
letras. El alcohol fue el causante de semejante desatino.
Después del vals, di apenas unos pasos, abandoné la fiesta para irme a la Graduación del Comercial, donde estaba mi flamante
noviecita, Violeta, la sefaradí. Mi relación con ella se cortó cuando le confesé que me iría
por un año a Israel. Ella fue tajante: “No te voy a esperar.”
Mis
Padres no participaron de la fiesta:
porque era en el Regatas y segundo,
no se sentían orgullosos en mi condición de estudiante.
“En la vida humana sólo unos pocos
sueños se cumplen; la mayoría de los sueños se roncan”. Jardiel Poncela.
NO APTO PARA SER COLIMBA. En el mes de julio de 1961 me llegó la
convocatoria del Ejército para la revisación
médica. Si pasaba tenía un año tenía que cumplir con el Servicio Militar Obligatorio (SMO.)
Cuando me desnudé
los integrantes de la junta médica
me preguntaron, guiándose por mi apellido, en qué campo de concentración
había estado. Como nodaba el piné (masa muscular, peso y altura), de inmediato me sellaron la Libreta de Enrolamiento con un No Apto.
Cuando vi como los
cabos trataban a los conscriptos, me
acordé de Mi Padre escapando de la conscripción ucraniana, para no verse
humillado por sus superiores.
Yo zafé de estar limpiándoles el culo a los oficiales.
Mi Hermano, el
mediano, se fue del país cuando tenía la convocatoria militar encima.
El Menor,
sirvió en el Regimiento de Caballería que tenía su asiento
en Concordia. Se pasó doce meses rascándole
el lomo al caballo del comandante.
En 1994, noventa y dos años después de
haberse impuesto el SMO
fue derogado, por orden Presidencial.
Para esta decisión hubo un hecho concreto: el conscripto
Omar Carrasco fue asesinado a golpes en
un cuartel de la localidad
neuquina de Zapala.
UNA DESIGNACIÓN SORPRESIVA. En ese
año 1961
me incorporé a un grupo de jóvenes hebreos que realizaban sus
actividades por fuera de los marcos tradicionales.
Eran sionistas en el pensamiento pero no en la acción. No estaba en ellos la idea de emigrar, salvo que los antisemitas los
corrieran del país. Todos tenían un buen
pasar.
En una de las
reuniones habituales que
realizábamos todos los fines de semana, en la casa de algún integrante del grupo, se aparecieron dos
tipos, hasta ese momento desconocidos para todos nosotros. Me venían a ver a mí
por recomendación de un alto directivo de la Comunidad Judía de Concordia.
Se presentaron
como dirigentes de una Coordinadora Apartidaria cuya sede central estaba
en la Capital Federal. Me dijeron
que querían abrir una filial
en la ciudad, y para ello
necesitaban a alguien que estuviera
dispuesto a viajar a Jerusalém para tomar parte del curso anual destinado a líderes comunitarios.
Acepté viajar con la
condición que al regreso yo trabajara en
Concordia. Estuvieron de acuerdo.
Quince días después, con
un enviado de la Coordinadora
recorrí varias localidades vecinas donde la comunidad hebrea era más o
menos numerosa. Era una época de
mucha asimilación. Como siempre cuando
no existe el miedo.
No me preocupaban los matrimonios mixtos, sino la poca identificación que tenían los jóvenes
con el Estado de Israel.
Mis Padres se alegraron de mi designación, sin
embargo me largaron con lo puesto. Por suerte mi TÍA ROSITA la hermana menor de mi madre y su esposo, Marcos , me
compraron dos camisas de mangas
cortas y un vaquero Far West, que estaba
de última moda, como para ir tirando. Mucho abrigo no me hacía falta porque en
Israel los inviernos en aquellos tiempos eran cortos.
El viaje iba ser en avión. A último se decidió por el barco dado que se
había agregado un número mayor de becarios de lo previsto.
La nave era el ANNA
C, de bandera italiana, construido en 1929. Era su último cruce atlántico. Con
la declinación de las migraciones masivas, los viajes a América del Sur ya no eran rentables. Su nuevo destino sería cruceros por el Mediterráneo.
Llegué a la ciudad de Buenos Aires unos días después de Reyes de 1962. De movida nomás tuve aprender a lidiar con las privaciones,
una constante en gran parte de mi vida.
El Movimiento al que yo iba a representar me alojó,
es una manera de decir, en una pieza de la Sede Central, donde nunca
pasaba un escobillón mucho menos
un plumero.
Yo dormía en el piso, dentro de una bolsa de dormir y
comía salteado. Tenía que cuidar cada
mango porque contaba con un presupuesto
muy limitado.
Me aboné a un
establecimiento gastronómico que
estaba a un par de cuadras de donde yo
vivía. LA MARTONA tenía un menú
bastante económico y variado.
El boliche pertenecía
a la empresa láctea del mismo nombre
fundada por Vicente Lorenzo del Rosario Casares Martínez
de Hoz (n. 1844). Y el nombre
comercial estaba asociado a la hija del
dueño: Marta Ignacia Casares Lynch (n. 1888.)
Entre los descendiente de esta familia de abolengo se
encontraba el escritor ADOLFO BIOY CASARES (n. 1914. f.1999).
Como faltaba un
mes y medio para la partida, aproveché
el tiempo libre para tomar clases de
hebreo en un Instituto de Intercambio argentino--
israelí.
Éramos cinco
varones y una mujer. El curso tenía un horario incómodo para el
que trabajaba: de quince a dieciséis horas.
A la salida, en un
increíble acto de audacia encaré a la piba. Le gusté desde el vamos.
Mi levante tenía
veintiún años, era católica e hija única
de padres ya mayores. Medía un
metro sesenta y cinco, cara redonda, ojos risueños, la nariz aguileña y labios gruesos. Era gordita, para nada desproporcionada. Estudiaba
Bioquímica en la Universidad de Buenos Aires (UBA), y el hebreo venía a ser un hobby de verano.
Nuestra relación
avanzó de tal manera que me daba la
sensación de estar viviendo un noviazgo
de larga data. Al poco tiempo me confesó
que me amaba.
Su instinto maternal dormido se despertó conmigo: me veía
como a un ser necesitado de protección.
Me llevó un par de veces a cenar a su departamento. Sus padres me recibían como al novio de la nena.
Un fin de semana fui con ella a la quinta que la familia tenía en Moreno. La piba era un excelente partido.
Mi Novia porteña
se desvivía por mí y no se merecía que yo la engatusara. Me asaltó mi perturbadora moralina. No estaba en mí aprovecharme de su metejón.
Le conté
que viajaba a Israel.
Con lágrimas en los ojos me pidió que me quedara, hablaría
con su padre para que yo trabajara
en su ferretería. Hasta me ofreció su casa hasta
tanto yo pudiera alquilar mi propio techo.
Cuando se dio
cuenta que yo no iba a cambiar de idea,
me cortó el rostro, como lo hiciera
la entrerriana.
Mi Novia porteña no se molestó en irme a despedir.
En agosto de 1964
me la encontré en un colectivo.
Encararla ya no tenía sentido. Yo estaba de novio con quien
sería mi futura esposa.