Y SUS INFIERNOS.
Contaré mi vida antes que la parca se anticipe
LEJOS DE CASA, CERCA DEL ABISMO.
En el verano de 1956 MI
MADRE me llevó a Córdoba capital para una
entrevista con una eminencia
en enfermedades
respiratorias. El profesor
Isaac Wolaj quien después de auscultarme, le ordenó a la
técnica radióloga que me hiciera
una placa. El resultado fue por demás preocupante: parte de mis pulmones
estaban dañados. A pedido de Wolaj esperé en la sala de
estar. Mi Madre salió
con sus ojos llorosos. De inmediato me dijo que yo no volveríamos a
Concordia; nos iríamos directamente a
Mendoza, cuyo clima era altamente recomendado para un
asmático.
Yo me alejaba de mi hogar definitivamente, en el momento que
más necesitaba de una familia. Perdí muchos amigos. Me
convertí en un huérfano virtual. A
mi historia familiar le iban a faltar muchas páginas.
Me encontré de pronto con una
libertad no programada. Me olvidé del
asma, pero malgasté los mejores años de
mi vida.
Llegamos a la capital cuyana en un día tan soleado como
caluroso. Los árboles de gran follaje
oscurecían las calles. Durante unos días nos
alojamos en un hotel céntrico. Mi
Madre se abocó buscarme una casa de familia y a comprarme un poco de ropa de invierno.
Fuimos a la Sociedad hebrea. Aquí nos encontramos con un RABINO.
Mi Madre le explicó mi situación.
El hombre se ofreció a tenerme en su
casa. Como no tenían hijos yo sería uno de la familia. Mi Madre estuvo
de acuerdo pensando que el rabino me tendría cortito, que no me
permitiría marchar por un mal camino.
Mi ingreso al nuevo hogar fue más que conflictivo: la esposa del rabino
amaba la plata más que a
su esposo. Nos pidió para mi manutención
como si yo hubiese sido el hijo de algún magnate.
La Bruja con peluca, era
muy nerviosa, atropellaba las palabras, no dejando lugar a una segunda
opinión. Su marido no cortaba ni pinchaba.
La mujer bajó susexigencias económicas cuando Mi Madre la amenazó con irnos. De todos
modos fue un mal comienzo, y el final era más que previsible.
Mi nuevo hogar se parecía a una pequeña sinagoga: había
libros, adornos, ropas
tradicionales y todo aquello que le servía a los
dueños de casa para cumplir con el ritual judaico.
La vivienda era una construcción antigua
pero bien cuidada. Mi habitación tenía amplias dimensiones aunque escasamente iluminada.
En verano era muy fresca
y en invierno había que
encender la calefacción para no
congelarse.
Los primeros días me la pasé llorando. Me pesaba la enorme distancia que me
separaba de Mis Padres, que nunca se moverían de Concordia, por el tipo de trabajo que desarrollaba Aarón. No le sería
nada fácil hacerse de una nueva clientela en otro lugar.
La esposa del rabino , desde el vamos, me torturaba con la
limpieza para que mantuviera la pieza
ordenada. Me obligaba a
orar antes de comer y a
agradecer después de comer. Yo me sentía ridículo. Pero no estaba en mi
ánimo discutir con ella. La hubiese cabreado mucho más. Una vez me
levantó en peso porque no besé la
mezuzá que estaba pegada en el marco de
la puerta de mi pieza.
El Rabino era bondadoso conmigo. Me decía que no le llevara el apunte a su
mujer y que no reaccionara cuando ella me gritaba.
Mendoza resultó ser el lugar ideal para sacarme de encima el
asma. En un mes me olvidé todo lo que había padecido durante doce infernales
años. Caminaba bajo la lluvia, corría y
transpiraba. No faltaba a los picados de fútbol que organizaban mis compañeros de la Secundaria.
PELUCAS.
Los egipcios fueron buenos artesanos elaborando pelucas que se
confeccionaban con cabellos naturales. Las judías ortodoxas casadas hacen saber
que no están disponibles.
MEZUZÁ (jamba de la
puerta). Es un receptáculo adherido al
marco derecho de los pórticos y que
alberga un pergamino enrollado con versículos de la Torá.
*********
Comencé mi primer año en un colegio de varones de mucho
prestigio: el Nacional Agustín Álvarez (a nombre del sociólogo, y educador, n.
1857). Yo estudiaba desde las dieciséis
hasta las veinte horas. En el
mismo edificio en el turno mañana concurrían los que cursaban el
Magisterio. A mediodía entraban las
blancas palomitas del Liceo de
señoritas.
Cuando salían las liceístas nosotros hacíamos una especie de guardia imperial.
Muchos consiguieron sus primeras noviecitas.
Recién en tercer año enganché a una borrega que
resultó ser flor de turra. Se metió conmigo para darle celos a un
exnovio. Una vez que lo devolvió al redil, me mandó a pasear.
EN ESTOS CASOS tanto la mujer como el hombre, tendrían que recurrir a la Justicia para obtener algún tipo de resarcimiento por el tiempo perdido. Así se terminarían los picaflores y
las embaucadoras.
En el curso éramos
treinta y cinco adolescentes, todos
aplicados, demasiado tiernos
para mandarnos algún quilombito.
Nuestro preceptor, D’Angelo,
se ganó de nuestra confianza y
respeto. Era un tipo macanudo. Él estaba
en el último año de la carrera de Ciencias Económicas.
Un día lo sorprendí merodeando el barrio: estaba de novio con una de las preciosas gemelas, hijas del
ídolo del automovilismo deportivo local: PABLO GULLE.
En el bachillerato la
vestimenta era bastante libre, salvo la obligación de llevar camisa y
corbata. Yo no me planchaba la
ropa. Los cuellos se mantenían en forma
por el uso de las
ballenitas, que eran unos
plásticos rígidos. Yo las compraba a los vendedores ambulantes.
Las arrugas de la camisa quedaban sepultadas debajo de un pullover.
Yo me juntaba con aquellos chicos a quienes como a mí,
no les sobraba el mango. Eran los más divertidos. No siempre las
carencias ponen de mal humor a las personas.
Frente al colegio estaba la plaza Independencia. Mi barrita
se reunía una hora antes de entrar a
clase para unas rondas de truco. Cuando el tiempo era desapacible, se cambiaba
el escenario: la muchachada se iba a
jugar al billar. Yo era un simple
espectador. Una vez intenté un tacazo y
casi rompo el paño de la mesa.
En el año 1959 en el CLUB
CASÍN de Mendoza presencié las exhibiciones
de dos maestros del taco y la tiza: los mundialistas Pedro Leopoldo Carrera (n. 1914) y Enrique Navarra (n. 1924), quienes eran
capaces de producir cualquier efecto visual con las bolas.
CARRERA fue quíntuplo campeón mundial de billar y dueño del
récord de carambolas libres.
Entre sus admiradores
se encontraba Juan Duarte, el querido hermano de Evita, quién lo
contactó con su cuñado, el Presidente,
para que le auspiciara una gira
por Europa.
Algunos de mis compañeros comenzaron a fumar. Yo no entré
en esa variante aunque, más de una
vez, estuve tentado en dar alguna pitada.
Con mi grupo participaba de
algunas rateadas en el cine LA
BOLSA.
En tercer año cambié de hábito: cuando no me daban las ganas de ir a clase, me iba a ver los
entrenamientos de Independiente Rivadavia del cual era un fanático exagerado.
En el mes de
junio la mujer del rabino me ladró más que de costumbre porque Mis Padres se habían retrasado con la cuota
alimentaria. Y a principios de julio me echó
de su casa.
Mi Madre se tuvo que hacer más de mil cien quilómetros, para
rescatarme. Mi nuevo destino fue la casa de una familia húngara, superviviente
de la Shoá.
El habría sido rescatado por
el humanista italiano Giorgio Perlasca (n. 1910); en
cambio su mujer, fue
enviada a un campo de concentración. Nunca
se dijo, como fue que salvó el pellejo ni lo quise averiguar.
El único hijo que tenia la pareja en esa época nefasta, había sido
dado en custodia a una familia amiga.
La húngara, era de baja estatura, un rostro surcado por pequeñas venitas como las de los
curdas, ojos pequeños, nariz empujando a larga y una boca que se había
acostumbrado a gritar.
La húngara era una tipa altanera, pegada al dinero como la esposa del
rabino solo que no usaba peluca.
SU MARIDO era un tipo
bonachón, robusto, pelado, de baja
estatura y hablar pausado. Su mujer podía estallar y él no se conmovía. Había
aprendido a controlar sus nervios.
Los húngaros se radicaron
en Mendoza en 1949. Vivían en un hermoso chalet de dos plantas, en una zona verdaderamente residencial.
El hombre era buhonero
y el que arrimaba los mangos en esta casa. Quizá habrían recibido alguna indemnización como víctimas del
nazismo. En Mendoza tuvieron otros dos
hijos: una nena y un varón,
El hijo mayor, no sé cuál era la razón, no soportaba a sus padres. Por cualquier cosa
los mandaba a freír churros. No creo que
eran tan malos con él para recibir
semejante destrato. No llegó a terminar
la Secundaria. Vagaba todo el día.
Además, se había salvado del servicio militar, por número bajo. Era de buena talla, nada que ver
con el resto de su familia. Con él la genética había hecho una excepción.
Un domingo, que la
familia había salido, me fui con él a
boludear por el centro. Era tanta la desolación que decidimos volver en pos de una buena siesta.
Cuando llegamos a la casa mi compañero
se dio cuenta que no tenía la
llave. Se metió en un pasillo que lindaba con
el patio de su vivienda. Trepó por
un paredón y al saltar con un pie
enganchó uno de los
tirantes de un toldo que se extendía cuando el sol pegaba
fuerte. En la caída arrastró un pedazo de pared. Pensando en la reacción
de los húngaros me entró miedo. Sin
embargo, no pasó nada. Prefirieron comerse la rabia antes que enfrentarse al primogénito.
En la misma cuadra
había dos hermanos que eran de origen
hebreo. Uno era un poco mayor que yo y el otro de mi misma edad. Habían llegado de San Luis después que al
padre, médico obstetra, le quitaran la matricula por haber violado a
una paciente en su propio consultorio. Estuvo un tiempo detenido. Unos buenos
abogados consiguieron su libertad.
Una tarde los hermanos se pusieron a boxear
con guantes reglamentarios. Me mostré interesado en la exhibición. El
chico de misma edad me prestó sus
guantes. El mayor se ofreció a enseñarme a armar una defensa y contragolpear.
No me dio tiempo a nada: me aplicó un
tremendo cross en la mandíbula. Me tuve que apoyar en una pared para no irme
al piso.
Corté de raíz toda
relación con ellos. Era una cabronada que
no merecía mi perdón.
A la vuelta de la
casa vivía una familia numerosa que era
de la colectividad. La mujer era chismosa y
holgazana. Los seis hijos del
matrimonio hacían lo que querían. La vivienda olía horrible. El padre se
dedicaba a la venta domiciliaria de artículos de librería.
Yo tenía una cierta
amistad con uno de los hijos y después
congenié con la mayor de las
hijas que tenía veintidós años. Ella poseía una
particularidad: tenía los
ojos de distinto color.
La joven, cuando terminó
la Secundaria se dedicó de lleno al
teatro. Integraba un elenco de
aficionados. Se pasaba la mayor parte
del tiempo ensayando.
Nunca
la vi actuar. Varias veces la acompañé a sus clases. Quiso que yo me enganchara
pero no me veía actor. En ese entonces
todo lo que fuera
enfrentar a la gente me
abochornaba.
La chica de los ojos bicolores era liberal en todo. Me confesaba ser adicta al sexo y que ningún
hombre que se le cruzaba quedaba insatisfecho.
Ella me daba tanta bolilla que daba para tirarse a la pileta.
No me le animé por miedo a estar confundido y que ella me rechazara.
A mi me empezó a gustar el teatro. En
tercer año vi la celebérrima obra del granadino Federico García Lorca (n.
1898), Doña Rosita la soltera, escrita en 1935, un año antes que fuera asesinado por franquistas
En el año 2001 estuve en la casa museo de Lorca en Granada.
Retomando mis estudios, en primer año solamente no aprobé Dibujo
por no haber sabido sombrear un jarrón.
En diciembre la
profesora se apiadó de mí y me puso la
nota mínima: un cuatro.
Antes que finalizara el año 1956 La húngara, me pidió que me buscara otro lugar porque se había
comprometido darle la pieza a una
familia de la Capital Federal que
estaba dispuesta a pagar más siempre y cuando su hijo,
también asmático, fuera su único locatario.
Mi Madre llegó decidida a sacarme de Mendoza. Mi nuevo
destino fue la localidad cordobesa de CAPILLA DEL MONTE.
Nunca me dio una explicación de por qué
tomó tan drástica decisión, sabiendo
que yo estaba muy bien del asma. Es cierto que nunca me dijo por qué me trajo a este mundo.
A los húngaros los vi por última vez en febrero 1963. El hijo
mayor estaba casado, tenía un varoncito y trabajaba con su suegro. La hija estaba hecha un primor y a punto de mudarse a Córdoba para iniciar
la carrera de Medicina. Y el más chico, que
era un calco físico de su padre,
había ingresado al Agustín Álvarez.
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TEATRO. Nace en
Grecia en el siglo VI adC. Sin embargo, con anterioridad ya existían
manifestaciones teatrales en el mundo: los bailes, las
danzas, que constituyeron las más remotas formas del arte escénico.
CAPILLA DEL MONTE. Ubicada a los pies del cerro
Uritorco. El origen de su población se
remonta al siglo XVII, cuando el capitán español Antonio Cevallos estableció su
estancia en la zona.