Sunday, December 22, 2019

NO SOY FAMOSO PERO TENGO COSAS QUE DECIR (12)


Contaré mi vida antes que la parca se anticipe
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 UN AMOR ENTRE PRIMOS.  He  oído decir a muchos chicos  que fueron sus  primas las primeras en aleccionarlos  en sus despertares   sexuales.
Varios familiares míos, me confesaron que tuvieron el despertar con sus primas, algunos ubicados en la avanzada y otros protagonizando su primera eyaculación en seco.
 A causa de mi asma me tuve que ir de mi  pueblo en busca de un mejor clima. Yo estaba viviendo en una pensión en Mendoza. El hijo del dueño, con quien yo  había cursado el primer año de la Secundaria,   también sedujo  a una prima cuando  ella  se vino a vivir a la capital.  La joven  era oriunda de San Rafael.   Hacía tiempo que se había enamorado de  Miguel.
Jazmín  tenía diecinueve años. Era alta, delgada, cabello enrulado, nariz pequeña y achatada. Un cuerpo  bastante potable tanto vestida como desnuda, al decir de su primo. 
Durante un tiempo los encuentros sexuales se tuvieron  una cierta continuidad  como correspondía a dos cuerpos jóvenes.  Jazmín estaba feliz,  le parecía que tenía asido al  toro  por  las astas.  Ella nunca se imaginó   que su amorcito    no  entendía de fidelidades.
Miguel  se había encajetado  con una vecinita cometiendo  la locura de pasearse con ella por las inmediaciones de la  casa de   Jazmín. Ésta  lo pescó infraganti y armó tal escándalo  que terminó involucrando en el conflicto a las dos familias. 
Los padres de Miguel le echaron la culpa de todo a la sobrina. Los padres de Jazmín querían que el sobrino respondiera por  haber mancillado el honor de la hija. 
Cuando  me fui de Mendoza, dos años después,  las dos familias seguían disgustadas. 
La  rantifusa,  por creer en el amor, quedó destrozada.   Cada vez que nos encontrábamos   lloraba a moco tendido.
Su hermana Marina, dos años menor,  pasó a ser la preferida de los papis. Ella no los iba a desilusionar: iba a  llegar virgen  al altar.
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 EL NIÑO QUE FUI. . Yo llegué a este mundo, sin haberlo solicitado,  el miércoles  22 de octubre de 1941, pesando algo más de los  cuatro quilos.  Mis Padres me recibieron llorando.
 Nunca supe si fue de felicidad o por las malas noticias que llegaban del infierno europeo, en  un   año en el  que   los hornos de  los campos de concentración trabajaban a destajo. Fui el segundo Rabín: mi primo MARCOS, el  colorado,   había nacido dos años antes.
MI MADRE  prácticamente no gozó de su sexualidad. MI PADRE no necesitó más que una eyaculación para embarazarla. 
Yo  no quería salir, estaba más que confortable en la panza de Mi Madre. La  partera  utilizó unos fórceps  con tan poca ductilidad que me hundió el  parietal  derecho  y la parte posterior de  la croqueta del mismo lado. El mío fue un parto tóxico que derivó en un asma crónico.  Después   tuve una infección intrahospitalaria: mi cabeza se llenó  de furúnculos.  Me llevaron  al  afamado  pediatra  mendocino Florencio Escardó (n. 1904) quien con una serie de microcirugías me  limpió los abscesos.
¡Pobre de mí!  Me volvían  a acuchillar mientras me estaba reponiendo de la  circuncisión. 
MIS PADRES me inscribieron en el Registro Civil, como Jacobo Saúl, por  el  hermano de Aarón que había  fallecido meses  antes que yo llegara a este mundo. Es una manera que tienen los hebreos de honrar a sus muertos. 
Con  JACOBO,  no necesité averiguar quién era un antisemita: se ponían en fila  para hacérmelo saber.   En  la Escuela Primaria  me  fue muy duro.    Mis compañeros  me gritaban: “Jacoibo, judío de mierda,  pija recortada; asesino  de  Cristo, ándate  del país.”
Yo no entendía por qué  tanta agresión;   por esta misma razón yo sufría mucho más.  
En los países anglosajones y en muchos de Latinoamérica  Jacobo es un nombre sumamente popular entre los cristianos.
En la Secundaria  la pasé mejor, quizá porque  dejó de importarme que  se me imputaran  delitos que yo no había cometido.
Yo me  sentía muy feliz cuando descubría que había alguien que llevaba  mi mismo nombre. Quizá por eso admiré al  militar guatemalteco Jacobo Arbenz, (n. 1913), quien fue un  iluso cuando trató de  terminar con los monopolios que agobiaban a su país.  
Fue depuesto por un grupo castrense que favorecía a multinacionales. Los ideales siempre marchan en sentido contrario al gran capital.
Yo nunca   entendí por qué era  tanta la alegría que había en una familia cuando  llegaba EL  PRIMOGÉNITO. No era lo mismo cuando venía la  chancleta. 
 Para mí no fue ninguna  ganga llegar primero. Mucho menos teniendo en cuenta que me siguieron  otros dos varones, que fueron una especie de esbirros, unidos contra mí, especialmente el mediano.
Muy pocas veces se compadecieron de mí, aun sabiendo que era un  asmático crónico.
MI HERMANO, el mediano,  interpretaba el rol del nene  desvalido. Vivía acusándome de pegarle  cuando era él quien me agredía, Mis Padres me pedían que le tuviera  paciencia.  EL  MENOR,   se dejaba  dominar por el mediano. Con dos tipos en contra,   yo   llevaba las de perder.
Algo que generaba discordia entre nosotros  era cuando había que hacer un mandado. Mis Hermanos se borraban y yo quedaba expuesto a ser  el  “ che pibe.” 
A media que fui creciendo fui comprendiendo que con EL  PRIMOGÉNITO se  experimenta.  Los padres  compran cualquier   literatura que les  prometa  una crianza feliz. Cuando creen que  lo tienen   todo  bajo control, el crio se les dispara.  Y vuelven las discusiones entre los cónyuges.  Cada uno  culpa al otro del fracaso.  Y al final  la criatura es   condenada: “Está intratable.”
Hay padres que son abiertos y aceptan los  consejos de otros como el de las  abuelas. Por sus  experiencias ellas se sienten dueñas de la  verdad.
Cuando no hay abuela,  es la madrina la que aparece en escena para hacer las correspondientes correcciones. Y al final, los padres  cansados de tantas chácharas  toman una decisión salomónica: consultar al Pediatra que se supone que es el que más sabe del asunto.  Pero tampoco es cuestión de molestarlo cada vez que el borrego chilla. Y las consultas no son gratuitas. 
Las familias que son medianamente pudientes contratan una nana. Y los más pobres se libran del mayor, llevándolo  gateando a un jardín maternal.
 MI HERMANO, el mediano,  (llevaba el nombre  del abuelo materno que había  fallecido ese año),  nació el 5 de julio de 1944, cuando a mí me faltaban tres meses para cumplir los tres años.  Mi Madre lo tuvo en una clínica. No quiso volver al hospital Felipe Las Heras por lo mal que lo había pasado conmigo.
Mi relación con este hermano fue  de permanente conflictividad. No  está escrito en ningún lado que tiene que ser de otra manera.  Quizá, inconscientemente, evocamos aquellas  diferencias    bíblicas que existieron entre el rey Saúl, mi otro nombre, y el profeta Samuel.                             
 “Nacemos sin una finalidad, vivimos sin comprender y morimos anonadados.” Ingmar Bergman.
Como dijera Jacobo Fijman “Mi cuerpo muy temprano se acostumbró a alimentarse del dolor.”
 Yo no me había terminado de acostumbrar a uno  cuando nació  el tercero. Fue el 9 de septiembre de 1945.  MI MADRE que no se sentía  contenida por su marido, se tomó  el  buque que  unía Concepción del Uruguay  con la Capital Federal y se fue a parir al  Hospital Durand.
Con él Mis Padres cerraron el negocio. Nunca supe si hubo algún embrión que se quedó pegado a algún bisturí.   
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Carlos Durand. Médico  salteño  (n. 1826), una vez doctorado se dedicó  a la Obstetricia, continuando con una de las especialidades de su padre  Jean André Charles,   que fuera  estrecho colaborador de Rivadavia y miembro fundador de la Academia Nacional de Medicina.
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         Con EL TERCERO, Mis Padres creyeron que  lo iban a criar de taquito teniendo en cuenta  la experiencia acumulada.  Librado al azar,  terminó siendo un tipo tímido, carente de ambiciones, e incapaz de afrontar situaciones complicadas.  Le costó horrores cortar el cordón umbilical con su madre. Fue  el último de dejar la casa. Creo  que inconscientemente se casó con su madre, por eso se adhirió al club de los solteros. 
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MIS PADRES vivían  con los tiempos cambiados y  nunca se pusieron de acuerdo.  Cuando Mi Padre asumió el rol de pendeviejo, Mi Madre se declaró fuera de concurso.    Se encerró entre cuatro paredes  y se dejó estar. Vestía horrible: siempre andaba con el mismo batón.  Se ponía en la cara unos afeites de fabricación casera, que ahuyentaban  a los mosquitos  a diez cuadras a la redonda. A mí  me revolvía  el estómago.  A ella no le importaba. 
La única  foto que conservo  de MI MADRE, medianamente   presentable, es una que nos tomamos cuando vino a visitarnos un  tío suyo  que residía  en Montevideo.    Mi Padre  faltó a la cita, según él, por exceso de  de trabajo. Una cantilena harto conocida.
El tío  uruguayo tenía una hija a la que conocí  en el  casamiento de Mi Prima FLORINDA. Ella vivía  en la ciudad uruguaya de Paysandú (fundada en 1749). Fue un parentesco de apenas un par de  horas. Nunca más pude  contactarme  con ella  ni con su padre. Tampoco  me buscaron.
El comedor   no cumplía con su función específica porque  eran pocas las  visitas y los que venían eran atendidos  en el hall o en la cocina. Su mobiliario consistía en  una mesa que se desplegó  en contadas oportunidades; una cómoda donde se guardaban  manteles y libros;  y una vitrina  donde estaban las  copas, platos y cubiertos que solamente se utilizaban en los  días festivos.
AARÓN,  que  era friolento,  dormía con una boina negra  para calefacción de su calvicie y se tapaba con un  cobertor  de dos plazas (relleno de pluma de ganso), que era muy abrigado.                                                          
El dormitorio tenía dos puertas: una, que nunca se cerraba,  era la que comunicaba con el  salón comedor. La otra, daba al jardín. Había  un enorme ventanal  hacia la  calle. El lecho  matrimonial tenía a ambos lados   sus respectivas   mesitas de luz. Además, estaban las camas de los hijos: tenían una  estructura de hierro.  Un enorme  ropero completaba el  moblaje. 
Sobre la puerta que daba al jardín había una banderola que filtraba la luz solar la  que se reflejaba sobre una pared. De acuerdo a  su  trayectoria yo sabía cuando podía llamar a MI MADRE  para que liberara de la odiosa  siesta.  Todas las piezas tenían pisos de  parquet. Más de una vez me imaginé que levantando algunos  listones  me iba a encontrar con un fabuloso tesoro.
Yo siempre me consideré una buena persona. Yo me daba cuenta cuando obraba mal, Yo mismo trataba de corregirme. Creo que viví de los arrepentimientos más de lo debido. 
Una sola vez fui malo de verdad, pero fue porque se me mezclaron varias sensaciones al mismo tiempo. Mi primo MARCOS me vino  a buscar para irnos juntos a la Sociedad hebrea aprovechando que  nuestras respectivas familias  habían acordado, raro en nosotros,   tomar parte de la cena comunitaria con motivo de festejarse las 
   Pascuas-Pesaj. Nos íbamos a adelantar  para darnos tiempo para  jugar con otros chicos.
Yo estaba en el dormitorio  a medio vestir. Marcos me pidió que le abriera el  ventanal del balcón. Cuando pegó el salto para entrar se  me cruzó el diablo y  empujé una de sus  hojas.  Con una de sus rodillas reventó un  vidrio. Se hizo  un tremendo  desgarro que de pura casualidad no le afectó  los tendones.    
No  alcanzaban los trapos para detener la hemorragia. Mi Padre lo llevó de urgencia a una clínica donde tuvo que comerse un  largo zurcido.
Él  nunca se imaginó que semejante herida no fue un accidente sino producto de un acto artero de mi parte. Lo peor de todo que no sentí  remordimiento alguno. Quizá porque me estaba vengando por  todos los  juguetes que yo le prestaba y él  me los rompía. O  aquella  vez que me dio de  comer un ají que me quemó hasta la garganta; o cuando me dio de tocar una plantita de ortiga. Yo saltaba del ardor  y  él gozaba con mi sufrimiento.
Un año después  tuve mi propio castigo: me caí en la vereda de casa y  con mi rodilla golpeé sobre una baldosa rota. Me hice un  tajo enorme; solo que no hizo falta suturar.   
Me quedó  una  marca que me recuerda todo  lo malo que fui con Marcos.
VIOLENCIA DOMÉSTICA.  Las discusiones entre  Mis Padres  era moneda  corriente.  Para los hijos, un ambiente familiar  hostil no  resulta para nada agradable. El único desborde con signos de violencia física que yo presencié fue cuando Mi Padre  le lanzó un plato de loza a Mi Madre: afortunadamente  no dio en el blanco. 
EMMA estaba enyesada de una pierna. Se la había  fracturado  cuando se le cayó   un banco de piedra que había en el  Balneario Municipal.    
Mi Madre se movilizaba con mucha dificultad. Mi Padre, como muchos hombres, se volvía  loco por  tener que ayudar a su mujer en los quehaceres doméstico.  Estaba  tan  desquiciado que cualquier cosa lo irritaba.  
Y un mediodía a Aarón  se le saltó la térmica y le arrojó  el plato a Emma. 
Mi Madre, con toda la rabia acumulada tomó una navaja, no para matar a su marido, sino para quitarse el  yeso. Como no  hay  mal que por bien no venga,  la zona de la fractura se  le  había infectado.  Tuvo que someterse a un largo y doloroso proceso  para curar la parte necrosada. 
La única vez que vi  Mi Padre llorar por Mi Madre, fue cuando ella viajó a la Capital Federal, para  operarse de la vesícula. La cirugía estuvo a cargo  del eminente cirujano  y político socialista Enrique Dickman (n. 1874 en los EE.UU.)  Me sorprendió  lo sensible que estaba Mi Viejo. Puede ser que se quebró al imaginarse viudo y cargando con sus tres purretes. Por suerte Mi Madre volvió sana y salva. 
En ausencia de Mi Madre,   para  evitar todo conflicto familiar,  me apunté para ser el cocinero  de   los mediodías. Mi Padre se encargaría de  la cena.
En  mi debut preparé unos fideos moños. Creo que me comí la mitad de la olla probando para que no se me pasaran. El problema se me presentó cuando los colé: los moños  se me cayeron a la pileta. Los junté lo mejor que pude  y los recalenté.  Le agregué aceite de oliva  y queso de rallar.  Mis Hermanos comieron los fideos bajo protesta. Se le quejaron a  Mi Padre porque habían encontrado  ciertos  cuerpos extraños. Seguramente eran   residuos de otros alimentos  que estaban en la pileta y se habían  pegado  a los moños. 
De inmediato fui cesanteado. Esa misma tarde  Aarón fue a buscar a Ángela,  la  Sorda. Ni bien ella llegó la jauría se calmó. Y a Mi Padre le vino bien porque se salvó de prepararnos la cena.
 Cuando  Mi Madre volvió de la operación,  Mi Padre le compró un lavarropas Bendix que tenía  dos rodillos escurridores en su parte superior. El aparato tenía tal potencia que para evitar que se fuera a pasear se lo atornilló  al piso.  
Después le trajo   una licuadora Osterizer (se comenzó a fabricar en los EEUU a partir de 1946), que tenía su  base de acero y el vaso era de un material irrompible. Cuando se lo encendía daba  la sensación que en cualquier momento tomaría vuelo.
Mi Madre, para llevarle la contra su marido,  siguió lavando la ropa a mano.
Yo era el que más jugo le sacaba a la licuadora con mis licuados de leche con  banana.
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LAVARROPAS. En 1782, H. Sidgier diseñó un artefacto operado a mano, compuesto por un tonel de madera y una manivela. En 1851 el norteamericano James King   patentó el lavarropas con tambor y, en 1858, Hamilton Smith añadió al tambor la rotación en ambos sentidos. En 1880 aparecen los primeros lavarropas que calientan el agua mediante gas o carbón.
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Saturday, November 16, 2019

NO SOY FAMOSO PERO TENGO COSAS QUE DECIR (11)



Contaré mi vida antes que la parca se anticipe

 A  MI PADRE, la religión le producía   alergia.  Solamente iba  a la sinagoga en   Año Nuevo—Rosh Hashaná  y   en el Día del Perdón---Yom Kippur, llevado más que todo por una costumbre y no por una cuestión de fe.
A MI MADRE, en cambio, le gustaba respetar el Shabat.  Los viernes encendía dos velas decía una oración y ponía en la mesa  el pan trenzado—jalá, que se come en todas las festividades menos en las Pascuas.
Durante varios años  celebramos en nuestra casa Rosh Hashaná  y Yom Kippur,  en un  ambiente sumamente agradable.  
Nosotros compartíamos las festividades con la hermana, el cuñado y los sobrinos de   nuestro  inquilino, JONÁS un hombre que había perdido  a su mujer y a sus tres hijos, en un  campo de concentración.  
Jonás había sido condecorado por el ejército austriaco por su valiente comportamiento durante la PGM. Las medallas no le sirvieron para rescatar a su familia del averno.
Jonás vivía tomando   litros de café soluble y fumando  un cigarrillo  tras del otro.
Jonás se dedicaba a la venta callejera de artículos de mercería. 
Cuando  se compró  un tocadiscos yo no me despegaba de su habitación. Jonás compraba discos en idish.  Todas eran canciones muy tristes. Recordaban   la vida de los hebreos en Europa.   
Los parientes de Jonás vivían en la vecina localidad de  San José de Feliciano (fundada en 1823),  donde la pequeña comunidad hebrea no tenía los medios económicos   para poder  contratar un jazán;  por eso  venían  a Concordia.
Si el día se presentaba agradable se almorzaba y se cenaba en el patio cubierto de casa. Si no,  se utilizaba el salón comedor, adecuado para  dar  cabida a los diez comensales. 
Mi Madre  adornaba la mesa con  dos  hermosos candelabros;  un mantel blanco, bordado a mano en los extremos, con sus respectivas servilletas. Los   platos estaban  decorados,  las copas eran de cristal  y los  cubiertos de alpaca.
La hermana de Jonás se encargaba de la cocina. Todo lo organizaba   en un periquete.  
Los rincones de nuestro caserón  estaban impregnados de los  cálidos aromas que partían de  nuestra   cocina Istilart, que bramaba feliz.
YO GUARDO UN TRISTE RECUERDO de  la Istilart: era muy pequeño cuando me  saltó un brasa que se me acomodó en el cuello.  Me quedó una enorme llaga de adorno. 
De  las muchas exquisiteces que se preparaban yo me derretía por dos en particular: el  cogote de pollo relleno (harina de matzá, tres cebollas medianas bien picadas, ocho  cucharadas de grasa de pollo, sal y pimienta); y por la  gelatina de  pata de  res—jolodetz (huesos de garrón completo, sal  a gusto,  cucharada de pimienta en grano,  hojas de laurel, dientes de ajo y  huevos duros.)
Por una  Ley Nacional,  los hebreos  podíamos faltar a clase. Y los comerciantes no abrían  sus negocios aún aquellos que no iban  la sinagoga.     
En el shil   los hombres se sentaban  separados de las mujeres. Ellos adelante, ellas atrás. Las más jóvenes subían al balcón del primer piso desde donde seguían la ceremonia. Las casadas se cubrían la cabeza. Con los hombres  no existían las    excepciones:   todos nos poníamos la kipá.
Las fiestas caían entre septiembre y octubre. El clima era mayormente  benigno y yo me unía a los grupetos que jugaban   en el patio de la sinagoga.
A  MI PADRE  le gustaba que yo lo acompañara mientras él  rezaba.  Hasta me explicaba lo que estaba leyendo.  Cuando me invadía el aburrimiento  volvía al patio.
Nunca  faltaba aquel chistoso que te  quitaba la kipá,  en el momento que estabas por entrar al  oratorio.
Yo no entendía  cómo hacía  Mi Padre para sostener  el  yarmekel sobre su bocha.   Cuando yo me quedé pelado  ya hacía años que no pisaba una sinagoga.  Yo prefería ser bueno todo el año, antes que tener que  ir disculparme  ante un Ser  imaginario, por los  pecados no cometidos.
He sido lo intelectualmente honesto   para poder juzgarme a mí mismo.
En la religión judía no se exculpa al rico. Todos están metidos en la misma bolsa.
La división entre LOS  ASQUENAZÍES Y LOS SEFARDÍES es lo  más visible en el plano religioso: cada grupo  tiene  su propio templo. Unos leen los textos en  una mezcla de idish y hebreo.  En cambio, los mal llamados “turcos”  lo hacen  solamente en hebreo.
En 1961, entré en un shil oriental para ir  a saludar a una  noviecita que era hija de sirios. Todos me miraron  como a  un sapo de otro pozo. Quizá lo era. Yo nunca entendí  cómo puede ser que el hombre discrimine a su semejante, sabiendo que todos tenemos idéntico comienzo e igual  final. Y en el caso de los hebreos, unos y otros  rezamos   al mismo Jehová.
Kipá. Es una pequeña gorra ritual  usada tradicionalmente por los varones   y últimamente aceptada también por las corrientes no ortodoxas para uso femenino.
Había  momentos  de la liturgia que  me  fascinaban: cuando el jazán se arrodillaba  en   gesto de  sumisión ante  el Señor;  y  cuando se abría el armario sagrado, –el  arón hakodesh-- donde estaban guardados los rollos bíblicos. 
Los ayudantes del rabino se acercaban los escritos  al  público para que la gente los tocara, como si buscasen en ese gesto ser bendecidos. Finalmente   los rollos se  desplegaban totalmente  sobre el púlpito para  su lectura.
Había un hombre que se encargaba de hacer sonar  una trompeta--   shofar   revelando distintos pasajes de la liturgia.
El cuerno es de un animal kasher: carnero, cabra, antílope o gacela.
En Año Nuevo   se lo hace sonar no menos de cien  veces.
Yo tenía uno que Mi Padre me lo había regalado.  Lo tenía de adorno. Mis pulmones no   acumulaban el aire suficiente para que yo pudiera soplar.
Dos semanas después del Año Nuevo, es  el Día del Perdón. En esta efeméride  la  concurrencia a la sinagoga es multitudinaria. La gente no se viene  a confesar sino  a estar presente en el momento que se reza  por los padres, hijos y hermanos  fallecidos.      
Cuando de la  muerte se trata hasta los ateos se vuelven creyentes.    
En YK  se cena temprano y  con  la salida de la primera estrella se inicia el ayuno que es obligatorio para toda aquella persona mayor de trece años.  
Yo iba a la sinagoga a escuchar   KOL  NIDREI  (es el rezo previo  del servicio
vespertino). Si el jazán   le pone  onda a su canto, al público se le aflojaban  las rodillas y  las lágrimas se deslizan espontáneamente.
El rito central comienza  a las ocho de la mañana y se extiende  hasta la salida de la  nueva estrella.
Los adultos no se mueven de la sinagoga. No quieren que los demás piensen que pueden flaquear.  Es que no resulta nada fácil estar encerrado casi todo un día, en una sala abarrotada y  con escasa ventilación.  No faltaban  los que se  sofocaban   o se desmayaban.
Están exceptuados de ayunar: los viejos,  los enfermos, y los menores de trece años.   Es decir: los que todavía no han tomado la comunión.   Muchos niños en su infinita maldad, les gustaba pasearse por la sinagoga  comiendo   un  sándwich de miga, bebiéndose  un refresco  o tomándose   un   enorme helado. 
También se dedicaban  a indagar al principiante  si no había aflojado: se le pedía que mostrara la  lengua para ver si estaba seca o rosada.
Al terminar el día  los feligreses se reúnen  alrededor de una mesa enorme para brindar por el nuevo año. Tortas de miel y bebidas espirituosas están  al alcance de todos.
Yo me ponía en la cola como si hubiese ayunado y era merecedor de un  pedazo de leikaj. Algunos me ponían  mala cara por mi intromisión.
La última vez que estuve  con  MI PADRE en  la sinagoga  de Concordia fue en el Año Nuevo de 1963.
LAS   PASCUAs—Pesaj, la festejábamos   en familia.  La hermana de   Jonás y los suyos  se quedaban en su pueblo.   Mi Madre tenía la cocina  a su entera disposición. Ella se  encargaba de  limpiar a fondo    todo vestigio de pan y reemplazarlo por  el pan ácimo--  matzá. 
Es un festejo de   una semana. Mayormente importan los dos primeros días y el último.  Esta festividad representa  el fin de nuestra  esclavitud en   Egipto.
LA  MATZÁ  era el   alimento básico que tenía el pueblo  mientras marchaba   por el   desierto—midbar , hacia la Tierra Prometida. 
Un hueso con carne asado  a la brasa  es  el cordero pascual y se lo coloca en un plato. 
En una  fuente se distribuyen  las  hierbas amargas que equivalen  al sufrimiento de  nuestro  pueblo;  un puré de manzana con  almendras y canela, bañados  en  vino tinto,  es  la argamasa de  los  ladrillos que los esclavos hebreos utilizaban   en las  construcciones  faraónicas; y  un huevo,  previamente  cocido en cenizas de matzá,    simboliza  la destrucción del Templo  y el comienzo de nuestra Dispersión. Un momento   particular  que hace  atractiva la cena—seder,  se produce  cuando   el encargado de leer la Leyenda--Hagadá,  llena de vino dulce  las copas.  Hay que  libar  en cuatro oportunidades. 
Después de la segunda ronda, el  más joven le plantea  al más viejo cuatro preguntas--- kashot, relacionadas con la destrucción del Templo.  El cuarto brindis  afianza la existencia de un ser  único y todopoderoso: Adonaí.
En  todos los hogares se  espera  la llegada de Elías, el Mesías-- Eliahu hanaví que viene   montando   un brioso corcel blanco y va a compartir la celebración con todas las familias.  
Él tiene su propia copa de vino.
Entre los más jóvenes siempre hay  uno que va diciendo que   Elías ya ha venido  porque su copa no tiene  la misma cantidad  de vino.  La dificultad es demostrarlo. Esto  origina agrias discusiones  entre los comensales.
A la hora del postre hay un entretenimiento conocido como  afikoman, (trozo de  matzá  envuelto en una servilleta), que los padres esconden y   los hijos  rivalizan
entre ellos para ver quién es  el primero en hallarlo. El premio es muy modesto: caramelos, algún chocolate  o chupetines.  A los  perdedores les queda la sensación que el ganador se ha visto  favorecido por los papis. Esta duda se renueva  año a año.
La Psicología moderna afirma que  los padres, aunque lo nieguen,  tienen   un hijo al que prefieren por sobre  sus otros hermanos.
En 1962 yo estaba viviendo en Israel. En Rosh Hashaná   fui a un  kibutz  donde   había  una  mayoría  brasileña: Brur Jail (fundado  en 1950). Me bastó   llegar para  darme cuenta que aquí  la religión no contaba.  Los bazucas   estaban eufóricos por  haber conquistado   el  Mundial de Fútbol  de Chile  y burlarse  de  los argentinos. La selección albiceleste se habìa quedado en la fase inicial.
Al día siguiente conseguí  que alguien me acercara hasta el kibutz Saar,  fundado por  religiosos en 1947.     
Yo quería   impregnarme  de judaísmo  que mal no me venía teniendo en cuenta que estaba en la tierra de mis antepasados.
La  sinagoga de SAAR era muy  bonita. Hay  unos  vitrales que a la  luz del día  le confiere  una belleza muy especial.
Después de un par de horas de escuchar y no entender,  me fui al baño porque me estaba orinando. A duras penas encontré un  Beit shimush destinado al público en general.    
Una vez que liberé mi vejiga y me lavé las manos me di cuenta que todas  las luminarias estaban encendidas. Pensé para mí: “¡Qué desperdicio!”  Y las apagué. En ese momento un grito  espantoso surgió  de las entrañas mismas de un inodoro. Me pegué semejante susto, que aún hoy me estremezco. Un religioso con los pantalones a medio subir se me acercó chillando. No entendía  lo que me quería  decir.  Me escapé  de  ese chiflado. 
Tuve la suerte que un particular aceptó llevarme.  Me dejó en la casa de Lea, la prima de Mi Madre, que vivía en Tel Aviv.
En el viaje me  puse a pensar  por qué el datí   había enloquecido.  Me había olvidado que  en los  días de recogimiento y feriados, relacionados con la fe, no se  pueden  encender  el  fuego ni la luz. Se utiliza un sistema electrónico que hace que la electricidad se encienda y se apague automáticamente. Yo había cometido un sacrilegio.
En Yom Kippur   viajé en bus de Tel Aviv a Haifa, a la casa de MI TÍA  DÉBORA. La encontré más glotona que nunca. Para ella la religión era una ofensa al sentido común.  Traté  aislarme de la tía  pecadora.  Me fui hasta  una  sinagoga que estaba en la zona del Monte Carmelo.  Dos horas después   volví para compartir el almuerzo con Mi Tía y Mi Primo Danny.  Comí sin sentir el más mínimo remordimiento.
Desde ese entonces, nunca más le di importancia a las Fiestas judías salvo, para  no ir a trabajar. Una manera cómoda para no perder mi identidad.
Yo de niño  encontraba mucho más alegres las festividades católicas  que las judías.   Nunca olvidé que los católicos nos llenaron la vida de muertos. De todos modos, tanto en Navidad como en Año Nuevo yo sentía una envidia enfermiza hacia   los chicos del barrio.  Ellos podían trasnochar y tirar cohetes.  A  mí me mandaban a dormir temprano.    
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