Mi vida y sus infiernos.
(Continuará)
· MI VIDA Y SUS INFIERNOS.
CONTINUANDO
CON MI VIAJE A ROMA. En el tren a la
capital italiana hubo un problema con
una joven de Bahía Blanca a quien una
mano traviesa le tocó sus abultadas nalgas.
Para calmar su histeria le cedí
mi asiento. Los vagones iban hasta el
tope lo que se hacía más que difícil
descubrir al culpable. De todos modos sigo pensando que hay mujeres desagradecidas.
Un becario porteño
se quedó dormido y un ratero le robó su máquina fotográfica. Eso sí:
tuvo la amabilidad de dejarle el
estuche. Se demostró que no siempre el descanso resulta
saludable.
EN ROMA me sumé a otros
cuatro becarios tan ratones como yo. Nos
alquilamos una habitación en un hotelucho cercano a la
Estación de Trenes. El conserje se mostró comprensivo con nosotros
y nos
permitió que los cinco nos metiéramos en una pieza que tenía capacidad
para tres pasajeros.
En los cuatro días que estuvimos en la capital italiana,
nos íbamos rotando para ocupar las tres
camas. Los restantes dormían en el
piso. Por suerte la pieza estaba bien
calefaccionada.
La ducha
tenía un medidor que dejaba pasar el
chorro de agua si se le ponía unas monedas. Nos bañábamos en yunta. Nunca
el quinteto se higienizaba el
mismo día.
·
Nuestras
panzas se abastecían de sándwiches que nosotros mismos preparábamos. Nos calentábamos las tripas con
café y té. En 1962 no se conocía la
sopa instantánea.
·
El
último día en Roma decidimos ir a un
restaurante. Nos llevamos flor de chasco: la sopa era agua en la que flotaba un hueso descarnado. Los tallarines no se despegaban del plato y las pizzas eran un pegote caliente y con menos sabor que una comida de
hipertenso.
·
Nos
fuimos del comedero muertos de hambre y lamentándonos después, lo que tuvimos que pagar.
El mismo día de nuestra llegada 6 de marzo
tratamos de visitar el VATICANO. No lo logramos: estábamos en el horario de
cierre. Decidimos volver al día
siguiente, bien temprano, para no
estar apremiados por el tiempo.
·
Fue
cuando se nos acercó un sacerdote
argentino quien nos reconoció por nuestra manera de hablar gritando. Nos explicó cómo acceder al
recinto contiguo a la habitación del
Sumo Pontífice. Lo podíamos ver de cerca
en el momento que marchara a reunirse con los feligreses
en el auditórium pontificio.
·
Dicho y
hecho: a las nueve de la mañana nos ubicamos
en primera fila.
El italiano JUAN XXIII EL PAPA BUENO, (Giuseppe
Roncalli n. 1881), me preguntó de dónde era y qué hacía en Roma. Después
bendijo a todos los presentes y se marchó acompañado por la famosa Guardia Suiza.
·
Yo
sentía una especial estima por este Papa. Él
trató de terminar con las
desavenencias entre CATÓLICOS Y HEBREOS.
Además, durante la SGM; estando
en Francia, simuló multitudinarios
bautismos para salvar a unos veinticuatro mil hebreos. Otras fuentes católicas afirman
que se habían dispensado unos ochenta mil certificados.
·
De los
Papas que tuve conocimientos de ellos, es el único que mereció su
beatificación. Tuvo una vida de santo.
Con la ayuda del Asmopul insuflándome adrenalina para
poder respirar, subí porlas estrechas escaleras hasta la cúpula vaticana. A pesar de tenerle fobia a las alturas me las
aguanté.
·
Pude
apreciar la magnificencia de la metrópoli de las Siete Colinas (al Este del río
Tiber, con cuatrocientos cinco
kilómetros de recorrido.)
·
Sentí
vergüenza ajena cuando vi a un grupo de
becarios robar postales de unos
exhibidores, aprovechándose del amontonamiento de la gente
y la distracción de las monjas
que cuidaban el lugar. El argentino es
hijo del rigor: no sabe valorar la libertad.
·
HABLANDO
DE ROBOS: en el centro de la nave vaticana se encuentran los
balcones que fueron arrancados del
Templo de Jerusalém--- Beit Hamidrasch
por los beneméritos asesinos de
la Primera Cruzada.
No entré en la sala donde se hallan los tesoros papales. Era
traicionar mis convicciones: o
No me podía imaginar que alguien
pudiera gozar de las riquezas obtenidas hambreando a sus congéneres.
Preferí recorrer la Capilla Sixtina.
·
“EL VATICANO
POSEE LA SEGUNDA COLECCIÓN DE ORO DEL MUNDO.”
·
El
Estado papal, dueño de un enorme poder económico, tuvo su propio banco: el AMBROSIANO, fundado en 1896. Su derrumbe se
produjo en 1982. En el centro de la debacle estaba su presidente, Roberto Calvi quien
pertenecía a la logia masónica Propaganda Dos (conocida más comúnmente como P.
Due), que en la Argentina supo tener una enorme cantidad de adeptos:
Perón, funcionarios de su tercer
gobierno y hasta
integrantes de la sangrienta Dictadura militar que tomó el poder en
1976.
·
CALVI
apareció colgado en un puente londinense sobre el Támesis, el 18 de junio de
1982. No fue un suicidio. Se constató que fue asesinado. Idéntico suerte le
cupo al papa JUAN PABLO I (Albino Luciani n. 1912), quien fue envenenado. Su muerte estuvo ligada
al escándalo del Ambrosiano.
·
Es más
que revelador el libro La sotana roja del escritor e historiador francés Roger
Peyrefitte (n.1907.)
La vida es una fotocopia.
Durante mi permanencia en Roma, con el grupo, elegí visitar aquellos lugares
·
considerados prioritarios para todo aquel que venía por
pocos días: el Coliseo, (en
·
sus
inmediaciones me encontré con un hebreo
vendiendo estampitas); la Columna de Trajano y la Vía Apia. Me
salí del circuito para conocer la SINAGOGA,
que fuera construida entre 1901 a 1904 a orillas del Tiber y cercana al antiguo
gueto romano.
·
Un
religioso integrante de la administración me contó su historia y su vínculo con la comunidad.
·
Cuando
regresamos a Nápoles propuse a mis compañeros de ruta que siguiéramos viaje hasta Pompeya, la ciudad fantasma, sepultada por una lava volcánica.
·
Nos alquilamos una combi. Todo el trayecto
estuve absorto mirando el azul del mar
Tirreno. Parecía un espejo sobre el cual rebotaban los rayos solares.
·
Ya en
Pompeya me uní a un grupo de
visitantes que pugnaba por entrar en
la sala donde había funcionado un
famoso prostíbulo.
·
Había una
habitación donde se exponían unas pequeñas estatuillas con los
·
nombres
de aquellos que habían sido
reconocidos por el tamaño de sus penes.
Yo
·
no
hubiese podido figurar en esa lista.
·
En
1962 las mujeres no podían entrar
en ese recinto. Decisión ridícula que se
eliminó diez años después. Hay pequeñas
cosas que con el tiempo cambian para bien.
·
MI VIDA Y SUS INFIERNOS.
Una vez que la
tormenta amainó en el ánimo del capitán del ANNA.C, los castigados nos reunimos para decidir el
camino a tomar: no nos podíamos quedar de brazos cruzados. Hablamos con
el comisario de nuestro sector,
quien se había mostrado solidario con nosotros. Nos dijo que descendía
de marranos y que la única manera de ablandar al capitán era a través de su amante una
rubia artificial, pasada en años y en kilos, pintarrajeada y empolvada
al mejor estilo de las féminas que se veían en las películas dirigidas por
el italiano Federico Fellini (n. 1920.)
Ni cortos ni perezosos fuimos a hablar con ella. De la conversación surgió la idea de
ofrecerle al capitán un espectáculo coral con repertorio de las canciones populares italianas. La mujer se
comprometió venir con su amante.
JORGE, MI
COTERRÁNEO, se encargó del acompañamiento musical y de elegir las Voces del coro.
El
espectáculo resultó todo un éxito. Al
Capitán se lo vio emocionado. Para que
la zalamería fuera total le regalamos
una cigarrera de plata y a su amante, artículos de belleza, que compramos en el free shop del barco.
Al día siguiente
nuestro Comisario nos informó
que por una cuestión de autoridad no
bajaríamos en las islas Canarias, pero se nos levantaba la pena a partir
de Lisboa que era la siguiente parada.
La travesía había recobrado su normalidad
hasta que el chico de Paraná encendió un CALENTADOR
DE ALCOHOL sobre el piso plastificado.
Iba a hervir agua para
tomar mate.
De pronto el
camarote se llenó de humo lo que
provocó la liberación de la ampolleta
del extinguidor que colgaba del
techo. El agua brotó a chorros. El
habitáculo se inundó en contados minutos. La
alarma ensordecía. Los operarios
llegaron en tropel portando matafuegos y una máquina de desaguar.
No sé si el
capitán no se enteró o se hizo desentendido para nos
sancionarnos nuevamente.
CUANDO
SE CRUZÓ EL ECUADOR hubo una gran fiesta
organizada por la tripulación. Se realizaron
bautismos alegóricos, se coronó a
la reina consorte del portentoso
señor de los mares (Neptuno), y
se nos sirvió una cena espectacular. La velada
se cerró con un baile.
Yo me quedé sentado en la borda, mirando como la luna se
bañaba en el océano.
Me fui a dormir cuando estaba amaneciendo. En el camino a mi camarote vi una llave que colgaba de una puerta que tenía el número ciento cuatro. Pícaro yo, giré el
picaporte y me la llevé convencido que había encerrado a gente de mi grupo.
En horas del mediodía,
nuestro compañero – coordinador,
que hacía de enlace entre el Comisario y los becarios-- nos reunió para comunicarnos que un
matrimonio suizo nos había
denunciado de haber sido
encerrados.
Todos se
declararon inocentes y yo también. La llave la conservé durante diecisiete años hasta que me la
robaron, con otros objetos, en la Aduana de Buenos Aires.
CONFLICTO CON UN PRIMO. El clima atlántico
era más que benigno. Muchos becarios alivianaron sus vestimentas
como si ya estuvieran viviendo en Medio Oriente. Y un día fueron a
almorzar en ropa
playera. Esto no fue del agrado del encargado del salón comedor,
un italiano descendiente de árabes, quien
no les permitió entrar salvo que
se cambiaran la indumentaria.
En solidaridad con los involucrados en el incidente todos los becarios nos
quedamos sin comer.
Hacia el atardecer nos reunimos para analizar la delicada
situación. Se coincidió que al primo había que
darle un escarmiento.
Para la cena los varones entramos al salón comedor
vistiendo camisetas, algunos se
colgaron una corbata en el cuello
pelado, saco sport, o campera, y un
short. Unos se calzaban zapatillas,
otros vinieron en alpargatas.
Las chicas vestían traje
de baño y pollera. Unas se calzaron
sandalias y otras lo hicieron
en chancletas.
Los comensales nos recibieron con risotadas y aplausos.
A nuestro primo no le quedó otra
que hacerse el boludo para no abrir un
nuevo frente de conflicto árabe—israelí. Y nunca más se metió con nuestros atuendos. Tampoco exageramos la cosa como para que el tipo no tuviera pretexto para volverse a enfadar.
A las Canarias
llegamos al anochecer. No lamenté no poder bajar. Era poco y nada lo que se
podía apreciar.
Fue en horas del
mediodía cuando el Anna C ancló en Lisboa. Después de
diez días de navegación
mi cabeza volvía a girar como en
una calesita.
Todos los becarios nos fuimos al correo.
Unos enviaron cartas y postales; los filatélicos trataron de conseguir estampillas para sus colecciones; y los menos
intentaron una hazaña:
comunicarse telefónicamente con sus
familiares.
El correo estaba en un primer piso de un enorme
edificio. El CAPOCHO CORDOBÉS, que nunca había subido a
una escalera mecánica, le erró a un escalón y aterrizó en la planta baja.
Aparte de algunos machucones perdió o le robaron un reloj que se había comprado unos minutos
antes.
Con tal de regresar a horario me limité a caminar por una zona cercana al puerto. En el camino me
encontré con mi simpático camarero que iba
abrazado a una mujer y llevando
de la mano a due bembona. El
napolitano me había dicho que estaba
casado y que tenía
tre figli. Era verdad
aquello que el marinero
tenía un amor en cada puerto.
Cuando cruzamos el peñón de Gibraltar, nos reunimos en
una zona cercana a la proa y nos pusimos a cantar aquellas canciones que ENTONARON LOS
REPUBLICANOS durante la Guerra
Civil Española: ¡Ay! Carmela, Hijos del
pueblo, A las barricadas y Los campesinos.
Y como colofón, cada uno a su manera, expresamos nuestra aversión al
fascista español Francisco Franco
(n. 1892.)
EN BARCELONA, la
ciudad condal y centro político y económico de Cataluña, caminé
durante tres horas por su
Rambla. Di con un barrio donde alguna vez convergieron las
tres religiones más importantes de
Occidente, hasta que los Reyes
Católicos, apoyados por una curia
retrógrada y una nobleza vaga y decadente, destruyeron todo lo que los hebreos
y moros supieron construir.
Volví sobre mis pasos
en 1972: esta vez con Mi Esposa y Mis dos Hijos. Y tres décadas después,
vine a visitar a Mi Hijo, el mediano,
que vive aquí.
BARCELONA. “Los primeros testimonios de población
humana se remontan a unos 4000 años
atrás, a fines del neolítico (2000 a 1500 a.C.). De los siglos VII a VI adC.
Existen relatos que citan la existencia de poblados de las tribus layetanas
(iberos). De esta misma época se habla de la existencia de una colonia griega
(Kallipolis.)”
*****
Hubo una breve parada
en CANNES, lejos de la
costa. Había que pagar el traslado hasta el puerto. No me interesaba ver este
paraíso de la Costa Azul en invierno.
NUESTRO ENCUENTRO CON JUAN EL BUENO. Nuestro viaje
concluyó en Nápoles que nos dio la
bienvenida en medio de una tenue llovizna y un frío que acobardaba.
En Italia nos íbamos a quedar una semana antes de
viajar a Israel.
Gente del Consulado israelí nos
reservó varias habitaciones en un
hotel de medio pelo. Solamente las ocupamos por un par de horas. A medianoche todos los becarios tomamos un
tren a Roma.
Después del almuerzo fui
a conocer el llamado “MERCADO DE LOS
LADRONES”, donde se podía comprar
cosas buenas y baratas siempre y
cuando uno conociera el producto que iba a adquirir, de lo contrario se podía quedar con un clavo remachado. Por ejemplo: había cámaras fotográficas que
tenían en la lente un vidrio cualquiera. O la
lapicera Parker, que venía
con un
punto entre las letras lo que la
convertía en trucha.
Con el poco dinero que tenía (algo me dio la Organización y otro tanto Mis Tíos), me compré un grabador Geloso y una radio portátil Spica, dos sueños hechos realidad.
El
Mercado de los Ladrones ocupaba varias cuadras.
Los negocios estables y los
puestos callejeros se amontonaban sin que nadie se quejara de semejante
zafarrancho: todos trabajaban por igual.
Las casas que
rodeaban el mercado eran viejas construcciones. En el umbral de muchas de
ellas estaban LAS PUTTANAS ofreciendo sus servicios
sexuales. En el precio estaba
incluido el bulín.
Otras servidoras públicas
ocupaban un amplio espacio en
un parque cercano donde esperaban a sus clientes mayoritariamente
automovilistas. Como se vestían
con poca ropa cada una de ellas tenía un
caldero para mitigar el frío. De lejos se asemejaban a sombras chinescas.
En Nápoles vi,
por primera vez, un homosexual
en estado puro; se movía con más gracia que muchas modelos. Llevaba un pantalón blanco bien ajustado que le
transparentaba un calzón negro.
“En la antigua Roma era
frecuente que un hombre penetrara a un esclavo o a un joven; al
revés era considerado una desgracia.
De Julio César (n. 100 adC), el gran genio militar, el
creador del Imperio romano, se decía que era
‘el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos’.”
Mi vida y sus infiernos.
CRUZANDO EL ATLÁNTICO. Cada Movimiento
juvenil argentino tenía asignado
un determinado número de representantes de acuerdo a la importancia que tenía
dentro de sus comunidades.
La COORDINADORA APARTIDARIA
recibió dos lugares. Conmigo viajaba una
porteña, para nada atractiva. Era
alta y flaca, y su cara me recordaba a
un tero. Creo que nunca en su vida se sonrió. Mucho menos en Israel, ya que se pasó todo el año extrañando a su novio.
Eso sí: tenía una hermosa voz.
Desde un primer momento estuvimos distanciados. El
rechazo fue mutuo. Nos tratábamos lo justo y necesario. Y a la
vuelta hasta nos faltó el “Chau.”
Cara de Tero
cumplió el contrato de dos años y dejó
el Movimiento.
Ningún dirigente
de la Coordinadora se molestó en prepararme para semejante experiencia. Me enviaron crudo. A mis superiores solamente
les importaba que yo no desertara. Que no me pasara a alguna otra agrupación como había
sucedido con los dos muchachos que me precedieron.
La mayoría de los cincuenta BECARIOS que partieron desde el puerto de Buenos Aires eran
argentinos. El resto se repartía
entre chilenos y uruguayos.
La veintena de
brasileños, los dos colombianos y otros tantos venezolanos; los diez
mexicanos, un costarricense y la treintena, entre australianos, neozelandeses y sudafricanos, como
teñían un buen poder adquisitivo,
se pagaron el viaje avión.
En Jerusalém se incorporó un francés, que si bien
pertenecía a la camada anterior, por problemas familiares debió postergar el
viaje. El pibe fue aceptado porque sabía
inglés y castellano.
LA DELEGACIÓN ARGENTINA estaba integrada por cordobeses,
chaqueños, santiagueños, bahienses, porteños y entrerrianos (uno de Paraná y
dos de Concordia.)
El becario de mi
pueblo representaba al Movimiento juvenil más importante de la comunidad al que adherían Mis dos
hermanos.
Nuestras respectivas familias eran muy amigas. Su
padre era quien les cortaba el cabello a
los hermanos Rabín.
Mi coterráneo era profesor de acordeón a piano. Su hermana
tocaba el piano y su papá el
violín. Eran los que habitualmente amenizaban las fiestas que se organizaban
en la Sociedad.
Con el Gordo
Jorge compartí el camarote y,
en el Instituto, el mismo cuarto.
Yo fui quien tuvo que darle
la infausta noticia de la muerte de su padre. Y también, quien lo convenció
para que no abandonara el
Instituto--Majón y terminara el curso.
Volviendo al Anna C: en
las otras tres literas del
camarote, las ocupaban Moisés,
el muchacho de Paraná, (murió en la Guerra de los Seis Días); Yosef, un porteño fanfarrón e insoportable,
y Miguel un capocho
oriundo de la localidad cordobesa
de Villa Soto, hasta entonces desconocida para mí.
Él me contó que su pueblo estaba a
cuarenta y cinco kilómetros de Capilla del Monte, donde viví un año
Nunca supe cómo le cayó la beca. Lo cierto que de un día para el otro, dejó el
tambo donde estaba trabajando, para viajar a Jerusalém. Lo hacía representando
a la misma agrupación que el Gordo
Jorge.
EL ANNA C zarpó
con destino a MONTEVIDEO, donde hubo una
parada de dos horas. No pude pasear porque quedé atrapado en medio de una
multitud que marchaba en apoyo a
la Revolución Cubana. En ese momento
nadie podía predecir en qué derivaría ese sueño redentor de millones de seres humanos.
Cuando regresé al barco tuve que ascender por la única
rampa que estaba disponible para los rezagados.
Llegamos al puerto
brasileño de SANTOS. Cuando bajé
la cabeza me daba vuelta, porque durante la noche el
Anna C había bailado de lo
lindo y sin orquesta.
Junto al puente había varias mocosas ofreciendo sus
cuerpos a cambio de unos pocos dólares. No vi que nadie agarrara viaje. Había que verles la traza de esas niñas, para darse cuenta qué tipo de vida llevaban: de hambre y miseria.
Lo único que yo sabía de esta ciudad que aquí había nacido
en 1940 PELÉ (Edson Arantes do Nascimento), considerado uno de los
mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos, aunque él no llegó a ser
profeta en otras tierras, como lo sería
Diego Armando Maradona (n. 1960). Siempre jugó en el Santos.
Cuando fue contratado por el Cosmos de los Estados Unidos de
Norteamérica ya estaba en la última etapa de su carrera
deportiva. Fue un golpe publicitario:
los yanquis querían popularizar el soccer en su país.
YO A PELÉ lo vi jugar dos veces: una en Mar del Plata y la otra en el estadio Monumental de Núñez. Y en
ambos casos goleando a River Plate.
Me mandé solo a recorrer
Santos, porque no estaba en condiciones de pagarme un tour.
Me subí a un colectivo atiborrado y maloliente que me
aproximó hasta un cerro, al que ascendí
en un funicular. Desde su cumbre pude
apreciar las bellezas de la ciudad.
El Monte Serrat o “morro de San Jerónimo, tiene una
altura de ciento cincuenta y siete
metros sobre nivel del mar. En 1604, el
entonces gobernador de San Pablo
Francisco de Souza mandó
construir la Capilla de Nuestra Señora del Monte Serrat, de la que era devoto.”
Estaba embelesado
y abstraído mirando el pasaje que se extendía a mis pies, cuando
una serie de disparos y el
ulular de sirenas me regresaron a la realidad.
Cuando volví a la
base me enteré que un grupo de presos se
había fugado de una cárcel considerada de máxima seguridad, y cuyo
prestigio se vería dañado.
En las calles aledañas a la prisión reinaba el caos. Me
costó encontrar la parada del colectivo: la policía había desviado el tránsito.
Una vez que di con el bondi, éste se movía a paso de hombre.
Subí al barco por una escalerilla mucho más precaria que la de Montevideo. Por un instante pensé que me caía al agua.
LA GRAN AVENTURA Dos días después el buque atracó en Río de Janeiro, en aquel entonces capital de Brasil, a las ocho de la mañana. Yo me agregué a
un grupo que iba a subir al Pan de Azúcar.
Al verme frente al
Cristo Redentor me pareció mirar
una página de mi antiguo libro de
Geografía. Desde mi posición
privilegiada descubrí la bahía de Guanabara, las playas de Copacabana
y el mítico estadio Maracaná construido
para el Mundial de fútbol de 1950.
Todo iba muy bien hasta que apareció un pájaro de mal
agüero. Un becario uruguayo nos avisó que íbamos a tener problemas para
volver. Había visto gente
amontonada en los sitios de salida. Un
corte de luz había demorado el regreso
de los visitantes. Entramos en pánico.
Todos los becarios nos reunimos en un punto de la montaña
para coordinar qué hacer frente a tan inesperada situación. Tratamos de consensuar con algunas
personas para que nos permitieran
adelantarnos en la cola y descender
antes que el resto.
Parecía que
nuestra actitud de ablande tendría éxito cuando apareció un frente opositor encabezado por un negro que estaba junto
a una rubia teñida, quien nos
mandó un mensaje claro y preciso: “Vocé, argentinos de merda.”
Finalmente conseguimos
que el pájaro de mal agüero pudiera ir a
avisar a las autoridades del Anna C que estábamos atascados en el Pan de
Azúcar.
Cuando ingresamos a la Dársena nuestro
barco era un punto a la distancia. Yo me veía volviendo
a la Argentina.
La suerte fue que las autoridades de la Subprefectura
local no se quisieron hacer cargo
veintinueve almas errantes.
Detuvieron el barco antes que traspusiera las aguas jurisdiccionales
brasileñas. Nos transportaron en una lancha costera.
Cuando ascendimos al buque sobraban las caras de pocos
amigos. Hasta hubo quien nos envió una
dedicatoria: “Judíos de mierda—Giudeo stronzo.”
A nosotros lo
único que nos preocupaba era la reacción
que pudiera tener el capitán, quien no tardó en convocarnos en su oficina.
Sus ojos celestes acerados estaban decididos a fulminarnos. Utilizando el idioma
cervantino, y sin levantar la voz, nos informó que no íbamos a descender en ninguna de las
escalas programadas hasta el final del viaje.
Tratamos de defendernos, explicándole lo que nos había
ocurrido, pero todo fue inútil.
(Continuará)