MI VIDA Y SUS INFIERNOS.
Una vez que la
tormenta amainó en el ánimo del capitán del ANNA.C, los castigados nos reunimos para decidir el
camino a tomar: no nos podíamos quedar de brazos cruzados. Hablamos con
el comisario de nuestro sector,
quien se había mostrado solidario con nosotros. Nos dijo que descendía
de marranos y que la única manera de ablandar al capitán era a través de su amante una
rubia artificial, pasada en años y en kilos, pintarrajeada y empolvada
al mejor estilo de las féminas que se veían en las películas dirigidas por
el italiano Federico Fellini (n. 1920.)
Ni cortos ni perezosos fuimos a hablar con ella. De la conversación surgió la idea de
ofrecerle al capitán un espectáculo coral con repertorio de las canciones populares italianas. La mujer se
comprometió venir con su amante.
JORGE, MI
COTERRÁNEO, se encargó del acompañamiento musical y de elegir las Voces del coro.
El
espectáculo resultó todo un éxito. Al
Capitán se lo vio emocionado. Para que
la zalamería fuera total le regalamos
una cigarrera de plata y a su amante, artículos de belleza, que compramos en el free shop del barco.
Al día siguiente
nuestro Comisario nos informó
que por una cuestión de autoridad no
bajaríamos en las islas Canarias, pero se nos levantaba la pena a partir
de Lisboa que era la siguiente parada.
La travesía había recobrado su normalidad
hasta que el chico de Paraná encendió un CALENTADOR
DE ALCOHOL sobre el piso plastificado.
Iba a hervir agua para
tomar mate.
De pronto el
camarote se llenó de humo lo que
provocó la liberación de la ampolleta
del extinguidor que colgaba del
techo. El agua brotó a chorros. El
habitáculo se inundó en contados minutos. La
alarma ensordecía. Los operarios
llegaron en tropel portando matafuegos y una máquina de desaguar.
No sé si el
capitán no se enteró o se hizo desentendido para nos
sancionarnos nuevamente.
CUANDO
SE CRUZÓ EL ECUADOR hubo una gran fiesta
organizada por la tripulación. Se realizaron
bautismos alegóricos, se coronó a
la reina consorte del portentoso
señor de los mares (Neptuno), y
se nos sirvió una cena espectacular. La velada
se cerró con un baile.
Yo me quedé sentado en la borda, mirando como la luna se
bañaba en el océano.
Me fui a dormir cuando estaba amaneciendo. En el camino a mi camarote vi una llave que colgaba de una puerta que tenía el número ciento cuatro. Pícaro yo, giré el
picaporte y me la llevé convencido que había encerrado a gente de mi grupo.
En horas del mediodía,
nuestro compañero – coordinador,
que hacía de enlace entre el Comisario y los becarios-- nos reunió para comunicarnos que un
matrimonio suizo nos había
denunciado de haber sido
encerrados.
Todos se
declararon inocentes y yo también. La llave la conservé durante diecisiete años hasta que me la
robaron, con otros objetos, en la Aduana de Buenos Aires.
CONFLICTO CON UN PRIMO. El clima atlántico
era más que benigno. Muchos becarios alivianaron sus vestimentas
como si ya estuvieran viviendo en Medio Oriente. Y un día fueron a
almorzar en ropa
playera. Esto no fue del agrado del encargado del salón comedor,
un italiano descendiente de árabes, quien
no les permitió entrar salvo que
se cambiaran la indumentaria.
En solidaridad con los involucrados en el incidente todos los becarios nos
quedamos sin comer.
Hacia el atardecer nos reunimos para analizar la delicada
situación. Se coincidió que al primo había que
darle un escarmiento.
Para la cena los varones entramos al salón comedor
vistiendo camisetas, algunos se
colgaron una corbata en el cuello
pelado, saco sport, o campera, y un
short. Unos se calzaban zapatillas,
otros vinieron en alpargatas.
Las chicas vestían traje
de baño y pollera. Unas se calzaron
sandalias y otras lo hicieron
en chancletas.
Los comensales nos recibieron con risotadas y aplausos.
A nuestro primo no le quedó otra
que hacerse el boludo para no abrir un
nuevo frente de conflicto árabe—israelí. Y nunca más se metió con nuestros atuendos. Tampoco exageramos la cosa como para que el tipo no tuviera pretexto para volverse a enfadar.
A las Canarias
llegamos al anochecer. No lamenté no poder bajar. Era poco y nada lo que se
podía apreciar.
Fue en horas del
mediodía cuando el Anna C ancló en Lisboa. Después de
diez días de navegación
mi cabeza volvía a girar como en
una calesita.
Todos los becarios nos fuimos al correo.
Unos enviaron cartas y postales; los filatélicos trataron de conseguir estampillas para sus colecciones; y los menos
intentaron una hazaña:
comunicarse telefónicamente con sus
familiares.
El correo estaba en un primer piso de un enorme
edificio. El CAPOCHO CORDOBÉS, que nunca había subido a
una escalera mecánica, le erró a un escalón y aterrizó en la planta baja.
Aparte de algunos machucones perdió o le robaron un reloj que se había comprado unos minutos
antes.
Con tal de regresar a horario me limité a caminar por una zona cercana al puerto. En el camino me
encontré con mi simpático camarero que iba
abrazado a una mujer y llevando
de la mano a due bembona. El
napolitano me había dicho que estaba
casado y que tenía
tre figli. Era verdad
aquello que el marinero
tenía un amor en cada puerto.
Cuando cruzamos el peñón de Gibraltar, nos reunimos en
una zona cercana a la proa y nos pusimos a cantar aquellas canciones que ENTONARON LOS
REPUBLICANOS durante la Guerra
Civil Española: ¡Ay! Carmela, Hijos del
pueblo, A las barricadas y Los campesinos.
Y como colofón, cada uno a su manera, expresamos nuestra aversión al
fascista español Francisco Franco
(n. 1892.)
EN BARCELONA, la
ciudad condal y centro político y económico de Cataluña, caminé
durante tres horas por su
Rambla. Di con un barrio donde alguna vez convergieron las
tres religiones más importantes de
Occidente, hasta que los Reyes
Católicos, apoyados por una curia
retrógrada y una nobleza vaga y decadente, destruyeron todo lo que los hebreos
y moros supieron construir.
Volví sobre mis pasos
en 1972: esta vez con Mi Esposa y Mis dos Hijos. Y tres décadas después,
vine a visitar a Mi Hijo, el mediano,
que vive aquí.
BARCELONA. “Los primeros testimonios de población
humana se remontan a unos 4000 años
atrás, a fines del neolítico (2000 a 1500 a.C.). De los siglos VII a VI adC.
Existen relatos que citan la existencia de poblados de las tribus layetanas
(iberos). De esta misma época se habla de la existencia de una colonia griega
(Kallipolis.)”
*****
Hubo una breve parada
en CANNES, lejos de la
costa. Había que pagar el traslado hasta el puerto. No me interesaba ver este
paraíso de la Costa Azul en invierno.
NUESTRO ENCUENTRO CON JUAN EL BUENO. Nuestro viaje
concluyó en Nápoles que nos dio la
bienvenida en medio de una tenue llovizna y un frío que acobardaba.
En Italia nos íbamos a quedar una semana antes de
viajar a Israel.
Gente del Consulado israelí nos
reservó varias habitaciones en un
hotel de medio pelo. Solamente las ocupamos por un par de horas. A medianoche todos los becarios tomamos un
tren a Roma.
Después del almuerzo fui
a conocer el llamado “MERCADO DE LOS
LADRONES”, donde se podía comprar
cosas buenas y baratas siempre y
cuando uno conociera el producto que iba a adquirir, de lo contrario se podía quedar con un clavo remachado. Por ejemplo: había cámaras fotográficas que
tenían en la lente un vidrio cualquiera. O la
lapicera Parker, que venía
con un
punto entre las letras lo que la
convertía en trucha.
Con el poco dinero que tenía (algo me dio la Organización y otro tanto Mis Tíos), me compré un grabador Geloso y una radio portátil Spica, dos sueños hechos realidad.
El
Mercado de los Ladrones ocupaba varias cuadras.
Los negocios estables y los
puestos callejeros se amontonaban sin que nadie se quejara de semejante
zafarrancho: todos trabajaban por igual.
Las casas que
rodeaban el mercado eran viejas construcciones. En el umbral de muchas de
ellas estaban LAS PUTTANAS ofreciendo sus servicios
sexuales. En el precio estaba
incluido el bulín.
Otras servidoras públicas
ocupaban un amplio espacio en
un parque cercano donde esperaban a sus clientes mayoritariamente
automovilistas. Como se vestían
con poca ropa cada una de ellas tenía un
caldero para mitigar el frío. De lejos se asemejaban a sombras chinescas.
En Nápoles vi,
por primera vez, un homosexual
en estado puro; se movía con más gracia que muchas modelos. Llevaba un pantalón blanco bien ajustado que le
transparentaba un calzón negro.
“En la antigua Roma era
frecuente que un hombre penetrara a un esclavo o a un joven; al
revés era considerado una desgracia.
De Julio César (n. 100 adC), el gran genio militar, el
creador del Imperio romano, se decía que era
‘el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos’.”
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