Sunday, September 20, 2020

NO SOY FAMOSO PERO TENGO ALGO QUE DECIR (23)

 

Antes que la parca me lleve.

 UNA DECISIÓN EQUIVOCADA.   A fines de febrero de 1958  la dueña de la pensión de CAPILLA DEL MONTE,  me dijo que  iba a cerrar la  hostería en invierno. No le valía la pena tenerla abierta todo el año. Se iría a su pueblo santafesino hasta noviembre.  Mi Madre vino por mí. No sé qué bicho le picó  lo cierto que me sacó de Capilla del Monte y me llevó  a La Rioja.

Con llegar y ver lo que era la  Terminal de Ómnibus, sentí una opresión en el pecho al punto tal que no quise bajarme del autobús.

Nos alojamos  en un hotel que era tan gris como la ciudad. Un  ataque de asma selló mi suerte.

MI MADRE, en vez de regresarme a  Capilla del Monte, un lugar al cual me había acostumbrado, donde tenía muchos amigos y una noviecita conquistada a último momento, me devolvió  a  Mendoza.  

A partir de ese momento mi vida se desbarrancó definitivamente. Perdí un año de estudio, porque nos fuimos sin pedir el analítico de segundo.

Y cuando lo recibí, no me  quisieron inscribir en el Agustín Álvarez.  

Por la cabeza de Mi Madre no pasaba  estudiar en una escuela privada.  Quien iba a un instituto pago  era aquel que se lo podía calificar de burro. Y   me  quedé a la deriva.

Fui a parar a una  pensión, propiedad de la familia de un  chico que había sido compañero mío  en primer año.  Miguel  no siguió estudiando. 

El hotel, mal llamado “Residencial”,  era una pocilga.  Lo único  bueno   era su excelente ubicación: estaba  enfrente de  la Alameda (un paseo arbolado que divide la avenida San Martín en dos), y  a pocas cuadras del centro.

El dueño,  era   un tipo gordo, petiso,  mal llevado y  con  ínfulas de licenciado incapaz de hilvanar dos oraciones juntas sin decir: “Me cago en Dios.”  

Francisco tenía  a su  mujer en  un peldaño más abajo, como para que no le hiciera  sombra. Típico de un machista descerebrado.  Lo malo del asunto que su hijo lo imitaba. 

 

Mientras la familia avaló a Miguel, mi amigo  cuando desvirgó a su prima, a su hermana, de catorce años, que era una tabla y feucha, la cuidaba  como si fuera un tesoro.  Ella miraba a los varones con desesperación.  Era capaz de pagar con tal que algún boy la piropeara. 

La esposa del gordito gilún   se pasaba   todo el día  fregando. Ninguno de sus   hijos era capaz de ayudarla. Había diez   habitaciones ocupadas todo el año a las que había que  limpiar y ordenar.  Y para colmo de sus  males la mujer   sufría de  brucelosis.  Se pasaba todo el día tragando  analgésicos para poder calmar los  dolores de huesos.

En Concordia era muy común oír hablar de esta enfermedad, también conocida como “Fiebre ondulante o de Malta”. Las transmisiones se producen por el contacto con un  animal enfermo,  con sus tejidos o cuando se bebe una leche  que no está pasteurizada.   

En   estado crónico se manifiesta  con  fiebre de poca intensidad, sudación, malestar general, artralgia y depresión. 

Además de perder un año de estudio   me gané  una gastritis  por lo mal que me alimentaba: comía   frituras y  estofados  y casi nada de verduras y mucho menos frutas. Más de una vez me iba  a dormir con hambre.   Habitualmente no tenía un mango como para poder reforzar mi dieta. Las monedas que yo solía atrapar, provenían de alguna propina que me daban aquellos  pensionistas a quienes  yo les hacía algún mandado. 

Cansado de andar como  bola sin manija, conseguí que Mis Padres me mandaran unos pesos para un  curso de inglés que  solo  me sirvió para mezclarme con  gente de alto standing. Al mismo tiempo comencé Mecanografía en un instituto que era parte importante  del paisaje educativo argentino: las ACADEMIAS PITMAN (fundado 1919), y que me sería de mucha utilidad a lo largo de mi vida. 

Unos ocho años después me compré   una  máquina de escribir. Fue una Rémington portátil,   bisnieta de aquella que en 1873  fabricó el neoyorquino   Eliphalet Remington.

 

YO ENTRE PROSTITUTAS. En la pensión mendocina se hospedaban unas ocho  prostitutas con sus espectivos  rufianes. Ninguna  estaba casada con su fiolo.  Mientras ellas  ponían el cuerpo para hacerse de un  peso,   los tipos se lo gastaban en timba y en otras minas.     

Mendoza se había convertido en una  plaza más que  rentable para el trabajo sexual. Había un interesante flujo turístico, especialmente chileno, que consumía sexo pago.  Al igual que los colimbas de la Cuarta Brigada Aérea y los cadetes de la Escuela Militar. 

Las golfas de la pensión no eran  de hacer la calle. Tenían un arreglo especial con unos  taxistas quienes les conseguían los  clientes. Y así, de a  poco, iban armando su cartera de  usuarios sexuales.        

En  el paseo de la ALAMEDA, no lejos de la pensión,  tenían su parada  aquellas chicas que querían conservar su independencia y no mantener  vagos.  En cambio, tenían que  pagarle el estacionamiento a la Policía para no ser arreadas como ganado rumbo al matadero. 

Más de una vez vi como  subían prostitutas  a los móviles policiales. En la comisaría les pegaban y hasta las violaban. Y las que seguían decididas  en no dejarse extorsionar  eran acusadas de alguna contravención lo que les significaba pasarse varios días presas.

Entre las prostitutas de la pensión   había una joven sanjuanina, madre de una beba,    que muchas  veces yo se la cuidaba cuando iba  atender a un cliente.   

La Sanjuanina era oriunda de Jáchal.  En una oportunidad mientras tomábamos  mate  me contó  de cómo se había convertido  en una slut. 

Tenía diecinueve  años cuando se volvió a encontrar con su vecino que después sería  su proxeneta.   La engatusó  con una serie de  proyectos y promesas. Y ella se vino  con él   a Mendoza.  

Durante cinco días su chulo la entretuvo en   un hotel cinco estrellas,   haciéndola sentir   la mujer más feliz del mundo.  

Una mañana el tipo en vez de despertarla con un beso, le abrió los ojos a otra realidad. Le dijo que todo lo que  tenía se  lo había gastado en este simulacro de prosperidad y que   vivía en una pensión.  La joven se sintió morir. De todos modos  tenía  en claro que a su pueblo no regresaría jamás.  Se puso a buscar  trabajo. En los clasificados del diario Los Andes se exigía gente con experiencia y referencias. Ella no tenía ninguna de las dos cosas. No había terminado la Primaria.  Y enamorada como estaba terminó cediendo a la trampa tendida por su cafishio.

El cuerpo de la  Sanjuanina podía satisfacer al hombre más exigente. En unas pocas salidas empezó a hacer muy  buena guita.  Eran tantos sus  clientes  que su  agenda la tenía  completa.  

LA SANJUANINA me apreciaba un montón. Intentó pagarme el cuidado de su beba con sexo.   No acepté su ofrecimiento, que hubiese terminado con mi celibato, porque pensé que era  traicionar  al gigoló, que conmigo era muy bueno. Hasta me  compró un par de zapatos cuando vio que mis timbos se habían quedado sin suela.

 EL PROXENETA   tenía treinta y seis años, trece más que la sanjuanina. Tenía  una cabellera abundante y gruesos bigotes, que le daban la apariencia de ser mucho mayor. 

A mediados de 1960  tuvo la infeliz idea de  querer  trabajar: contrabandeó  tubos de   tinta para  esténcils que en Chile se compraban muy barato. Descubierto en la Aduana, se  pasó unos meses a la sombra hasta que pudo contratar un abogado y lograr  su libertad. 

En el tiempo que  él estuvo en cana, la Sanjuanina saboreó lo que era la libertad y hasta se echó un novio, un excliente suyo. Era tal su enamoramiento que se dedicó  de lleno a su amante.  Con él salía a pasear, a cenar y a sentir  ese placer largamente  olvidado de un orgasmo no fingido. 

Yo había oído decir que cuando   un cliente consigue que la   prostituta tenga un éxtasis,   es como si se sacara la sortija en la calesita: empieza a recibir vueltas gratis.

Lo que la Sanjuanina  no tomó en cuenta que en el ambiente que ella se movía no se admitían traidoras.  A los oídos del preso  le llegaron comentarios sobre el comportamiento desleal de su mujer.

Cuando el tipo  recuperó su libertad se fue derechito a la pensión,  se encerró con ella en la habitación y  la entró a pegar con una toalla mojada hasta que la mina  se desmayó.

Nadie  movió un dedo por ella. Estaba recibiendo lo que se merecía así pensaba el grueso de las pensionistas.

Esa noche   la  Sanjuanina salió  a laburar como lo hacía antes que  su macho cayera en la gayola.

El excantante de tangos,   hablé de él anteriormente,  explotaba a  una veterana, quince años mayor que había sido pupila en el prostíbulo que  regenteaba  la madre  del macho   en  Comodoro Rivadavia. 

 Cuando la  madama vio que su hijo era  alérgico al trabajo, le pidió a la veterana que se lo llevara a    Mendoza, donde ella podría seguir viviendo de su cuerpo y el muchacho de ella. Y vinieron a parar a la Residencial Santa Isabel.

EL TANGUERO vestía de lo mejor; siempre   afeitado  y el pelo engominado.  Se

adornaba con mucho oro: una cadena, un anillo, una  pulsera y un   reloj,

comprados  con el trabajo sexual de su mujer.  

La  Veterana ya  cansada de no prosperar económicamente decidió dar el gran salto. Le dijo al Tanguero que se iba por un año  a Curazao (Antillas holandesas, a  setenta y cinco kilómetros al Norte de Venezuela), donde la   paga era en dólares, porque la mayoría de los consumidores sexuales eran  marinos  yanquis, dado que los  barcos de guerra, indefectiblemente, se reabastecían en ese islote.

La Veterana meretriz se olvidó con quien compartía sus sueños de gran señora.

el  tanguero le perforó la cuenta que ella  tenía en  un banco mendocino y  se lo gastó en una figurante del elenco estable del teatro municipal a quien trataba como si fuera su propia esposa. 

Cuando la  Veterana meretriz regresó se encontró que estaba   más pelada que un calvo.

Yo pensé que se deshacía de su fiolo. Nada más lejos de la verdad: no solamente que lo perdonó sino que volvió a su actividad como si nada hubiese ocurrido entre ellos.

En 1982  me encontré con el Tanguero   en Mar del Plata. Había venido a descansar. El hecho de no trabajar no significaba que no se mereciera unas buenas  vacaciones. Fuimos juntos a almorzar y fue lo último que supe de él.

HEBREOS FACINEROSOS.   Bajo la fachada de “ Sociedad Israelita de Socorros Mutuos Varsovia, que luego cambió su nombre por el de ZVI MIGDAL, (el nombre de uno de sus directivos), la organización  hizo  historia en el mundo del hampa argentino, explotando a unas pobres mujeres polacas,  que trajeron al país engañadas. 

En Varsovia había diecinueve burdeles con licencia para trabajar.  Había un

número muy grande de prostitutas hebreas quienes  recibían entre cuarenta y cincuenta clientes diarios y entre sesenta y setenta los días feriados

En 1879, treinta y nueve malandras  de origen hebreo fueron expulsados de Brasil por reclutar mujeres para ejercer la prostitución y regentear casas ilegales.
Inmigrantes   de Rusia, Polonia, Hungría y Rumania se dedicaron al negocio de la prostitución en Río de Janeiro a finales del siglo XIX.

El  caftán-reclutador   como se lo conocía,  recorría las aldeas polacas seduciendo a las jovencitas, organizándoles bodas o prometiéndoles trabajos en América. Con su mejor sonrisa y buen humor  las mujeres caían en sus redes.

 En los años 1889 y 1891, en los buques    WESER   Y   PAMPA,    llegaron al Puerto de Buenos Aires, unas tres mil mujeres para dedicarse al meretricio.

“En 1905 se produjo una reacción por parte de la respetable comunidad hebrea  de Varsovia;  se armaron motines contra los burdeles; cuarenta casas – legales e ilegales – se reportaron destruidas, ocho  personas muertas y cien heridos.”

Una de tantas mujeres que se vio envuelta en la trama de prostitución organizada por   Zwi Migdal,  fue RAQUEL LIBERMAN. Su ansia de libertad   la llevó a ahorrar peso sobre peso durante diez años.

Sabiendo que  muchos rufianes solían vender sus mujeres a otros prostíbulos persuadió a un cliente amigo suyo para que presentara una sustanciosa oferta por su persona. De esta forma, simulando ser vendida a otro lupanar  compró su libertad. Se estableció en el centro de la Capital Federal con  un negocio de antigüedades. El engaño no tardó en ser descubierto.

La organización recurrió  a la astucia para   recuperar a la díscola mujer.

 Una tarde cualquiera un  hombre de la Migdal entró en su establecimiento. Alto, elegante y bien parecido, Salomón Korn, no tardó en enamorar a la polaca. Se casaron a las pocas semanas.   

Raquel  fue  desposeída de sus bienes y se encontró de vuelta al burdel de la calle Valentín Gómez, el mismo en el que había trabajado durante diez años.

Su amor se transformó en un odio ciego.  Recurrió al comisario JULIO ALSOGARAY, "El loco", un policía con fama de incorruptible.  

El 20 de mayo de 1930 el juez Rodríguez Ocampo, joven y leal funcionario, ordenó la captura de los dirigentes de la Migdal.

 Liberman les había arruinado el negocio. El imperio de los tres mil burdeles se desplomó de la noche a la mañana.
Raquel   murió cinco años después a causa de un cáncer.