Antes que la parca me lleve.
UNA DECISIÓN EQUIVOCADA. A fines de febrero de 1958 la dueña de la pensión de CAPILLA DEL MONTE, me dijo que iba a cerrar la hostería en invierno. No le valía la pena tenerla abierta todo el año. Se iría a su pueblo santafesino hasta noviembre. Mi Madre vino por mí. No sé qué bicho le picó lo cierto que me sacó de Capilla del Monte y me llevó a La Rioja.
Con llegar
y ver lo que era la Terminal de Ómnibus,
sentí una opresión en el pecho al punto tal que no quise bajarme del autobús.
Nos
alojamos en un hotel que era tan gris
como la ciudad. Un ataque de asma selló
mi suerte.
MI MADRE,
en vez de regresarme a Capilla del
Monte, un lugar al cual me había acostumbrado, donde tenía muchos amigos y una
noviecita conquistada a último momento, me devolvió a
Mendoza.
A partir de
ese momento mi vida se desbarrancó definitivamente. Perdí un año de estudio,
porque nos fuimos sin pedir el analítico de segundo.
Y cuando lo
recibí, no me quisieron inscribir en el
Agustín Álvarez.
Por la
cabeza de Mi Madre no pasaba estudiar en
una escuela privada. Quien iba a un
instituto pago era aquel que se lo podía
calificar de burro. Y me quedé a la deriva.
Fui a parar
a una pensión, propiedad de la familia
de un chico que había sido compañero
mío en primer año. Miguel
no siguió estudiando.
El hotel,
mal llamado “Residencial”, era una
pocilga. Lo único bueno
era su excelente ubicación: estaba
enfrente de la Alameda (un paseo
arbolado que divide la avenida San Martín en dos), y a pocas cuadras del centro.
El
dueño, era un tipo gordo, petiso, mal llevado y
con ínfulas de licenciado incapaz
de hilvanar dos oraciones juntas sin decir: “Me cago en Dios.”
Francisco
tenía a su mujer en
un peldaño más abajo, como para que no le hiciera sombra. Típico de un machista
descerebrado. Lo malo del asunto que su
hijo lo imitaba.
Mientras la
familia avaló a Miguel, mi amigo cuando
desvirgó a su prima, a su hermana, de catorce años, que era una tabla y feucha,
la cuidaba como si fuera un tesoro. Ella miraba a los varones con desesperación. Era capaz de pagar con tal que algún boy la piropeara.
La esposa
del gordito gilún se pasaba todo el día
fregando. Ninguno de sus hijos
era capaz de ayudarla. Había diez
habitaciones ocupadas todo el año a las que había que limpiar y ordenar. Y para colmo de sus males la mujer sufría de
brucelosis. Se pasaba todo el día
tragando analgésicos para poder calmar
los dolores de huesos.
En
Concordia era muy común oír hablar de esta enfermedad, también conocida como
“Fiebre ondulante o de Malta”. Las transmisiones se producen por el contacto
con un animal enfermo, con sus tejidos o cuando se bebe una
leche que no está pasteurizada.
En estado crónico se manifiesta con
fiebre de poca intensidad, sudación, malestar general, artralgia y
depresión.
Además de
perder un año de estudio me gané una gastritis
por lo mal que me alimentaba: comía
frituras y estofados y casi nada de verduras y mucho menos frutas.
Más de una vez me iba a dormir con
hambre. Habitualmente no tenía un mango
como para poder reforzar mi dieta. Las monedas que yo solía atrapar, provenían
de alguna propina que me daban aquellos
pensionistas a quienes yo les
hacía algún mandado.
Cansado de
andar como bola sin manija, conseguí que
Mis Padres me mandaran unos pesos para un
curso de inglés que solo me sirvió para mezclarme con gente de alto standing. Al mismo tiempo
comencé Mecanografía en un instituto que era parte importante del paisaje educativo argentino: las ACADEMIAS
PITMAN (fundado 1919), y que me sería de mucha utilidad a lo largo de mi
vida.
Unos ocho
años después me compré una máquina de escribir. Fue una Rémington
portátil, bisnieta de aquella que en
1873 fabricó el neoyorquino Eliphalet Remington.
YO ENTRE PROSTITUTAS. En
la pensión mendocina se hospedaban unas ocho
prostitutas con sus espectivos
rufianes. Ninguna estaba casada
con su fiolo. Mientras ellas ponían el cuerpo para hacerse de un peso,
los tipos se lo gastaban en timba y en otras minas.
Mendoza se
había convertido en una plaza más
que rentable para el trabajo sexual.
Había un interesante flujo turístico, especialmente chileno, que consumía sexo
pago. Al igual que los colimbas de la
Cuarta Brigada Aérea y los cadetes de la Escuela Militar.
Las golfas
de la pensión no eran de hacer la calle.
Tenían un arreglo especial con unos
taxistas quienes les conseguían los
clientes. Y así, de a poco, iban
armando su cartera de usuarios
sexuales.
En el paseo de la ALAMEDA, no lejos de la
pensión, tenían su parada aquellas chicas que querían conservar su
independencia y no mantener vagos. En cambio, tenían que pagarle el estacionamiento a la Policía para
no ser arreadas como ganado rumbo al matadero.
Más de una
vez vi como subían prostitutas a los móviles policiales. En la comisaría les
pegaban y hasta las violaban. Y las que seguían decididas en no dejarse extorsionar eran acusadas de alguna contravención lo que
les significaba pasarse varios días presas.
Entre las
prostitutas de la pensión había una
joven sanjuanina, madre de una beba,
que muchas veces yo se la cuidaba
cuando iba atender a un cliente.
La
Sanjuanina era oriunda de Jáchal. En una
oportunidad mientras tomábamos mate me contó
de cómo se había convertido en
una slut.
Tenía
diecinueve años cuando se volvió a
encontrar con su vecino que después sería
su proxeneta. La engatusó con una serie de proyectos y promesas. Y ella se vino con él
a Mendoza.
Durante
cinco días su chulo la entretuvo en un
hotel cinco estrellas, haciéndola
sentir la mujer más feliz del
mundo.
Una mañana
el tipo en vez de despertarla con un beso, le abrió los ojos a otra realidad.
Le dijo que todo lo que tenía se lo había gastado en este simulacro de
prosperidad y que vivía en una
pensión. La joven se sintió morir. De
todos modos tenía en claro que a su pueblo no regresaría
jamás. Se puso a buscar trabajo. En los clasificados del diario Los
Andes se exigía gente con experiencia y referencias. Ella no tenía ninguna de
las dos cosas. No había terminado la Primaria.
Y enamorada como estaba terminó cediendo a la trampa tendida por su
cafishio.
El cuerpo
de la Sanjuanina podía satisfacer al
hombre más exigente. En unas pocas salidas empezó a hacer muy buena guita.
Eran tantos sus clientes que su
agenda la tenía completa.
LA
SANJUANINA me apreciaba un montón. Intentó pagarme el cuidado de su beba con
sexo. No acepté su ofrecimiento, que
hubiese terminado con mi celibato, porque pensé que era traicionar
al gigoló, que conmigo era muy bueno. Hasta me compró un par de zapatos cuando vio que mis
timbos se habían quedado sin suela.
EL PROXENETA
tenía treinta y seis años, trece más que la sanjuanina. Tenía una cabellera abundante y gruesos bigotes,
que le daban la apariencia de ser mucho mayor.
A mediados
de 1960 tuvo la infeliz idea de querer
trabajar: contrabandeó tubos de tinta para
esténcils que en Chile se compraban muy barato. Descubierto en la
Aduana, se pasó unos meses a la sombra
hasta que pudo contratar un abogado y lograr
su libertad.
En el
tiempo que él estuvo en cana, la
Sanjuanina saboreó lo que era la libertad y hasta se echó un novio, un
excliente suyo. Era tal su enamoramiento que se dedicó de lleno a su amante. Con él salía a pasear, a cenar y a
sentir ese placer largamente olvidado de un orgasmo no fingido.
Yo había
oído decir que cuando un cliente
consigue que la prostituta tenga un
éxtasis, es como si se sacara la
sortija en la calesita: empieza a recibir vueltas gratis.
Lo que la
Sanjuanina no tomó en cuenta que en el
ambiente que ella se movía no se admitían traidoras. A los oídos del preso le llegaron comentarios sobre el
comportamiento desleal de su mujer.
Cuando el
tipo recuperó su libertad se fue
derechito a la pensión, se encerró con
ella en la habitación y la entró a pegar
con una toalla mojada hasta que la mina
se desmayó.
Nadie movió un dedo por ella. Estaba recibiendo lo
que se merecía así pensaba el grueso de las pensionistas.
Esa
noche la Sanjuanina salió a laburar como lo hacía antes que su macho cayera en la gayola.
El
excantante de tangos, hablé de él
anteriormente, explotaba a una veterana, quince años mayor que había
sido pupila en el prostíbulo que
regenteaba la madre del macho
en Comodoro Rivadavia.
Cuando la
madama vio que su hijo era
alérgico al trabajo, le pidió a la veterana que se lo llevara a Mendoza, donde ella podría seguir viviendo
de su cuerpo y el muchacho de ella. Y vinieron a parar a la Residencial Santa
Isabel.
EL TANGUERO
vestía de lo mejor; siempre
afeitado y el pelo
engominado. Se
adornaba
con mucho oro: una cadena, un anillo, una
pulsera y un reloj,
comprados con el trabajo sexual de su mujer.
La Veterana ya
cansada de no prosperar económicamente decidió dar el gran salto. Le
dijo al Tanguero que se iba por un año a
Curazao (Antillas holandesas, a setenta
y cinco kilómetros al Norte de Venezuela), donde la paga era en dólares, porque la mayoría de
los consumidores sexuales eran
marinos yanquis, dado que
los barcos de guerra, indefectiblemente,
se reabastecían en ese islote.
La Veterana
meretriz se olvidó con quien compartía sus sueños de gran señora.
el tanguero le perforó la cuenta que ella tenía en
un banco mendocino y se lo gastó
en una figurante del elenco estable del teatro municipal a quien trataba como
si fuera su propia esposa.
Cuando
la Veterana meretriz regresó se encontró
que estaba más pelada que un calvo.
Yo pensé
que se deshacía de su fiolo. Nada más lejos de la verdad: no solamente que lo
perdonó sino que volvió a su actividad como si nada hubiese ocurrido entre
ellos.
En
1982 me encontré con el Tanguero en Mar del Plata. Había venido a descansar.
El hecho de no trabajar no significaba que no se mereciera unas buenas vacaciones. Fuimos juntos a almorzar y fue lo
último que supe de él.
HEBREOS FACINEROSOS. Bajo la fachada de “ Sociedad Israelita de
Socorros Mutuos Varsovia, que luego cambió su nombre por el de ZVI MIGDAL, (el
nombre de uno de sus directivos), la organización hizo
historia en el mundo del hampa argentino, explotando a unas pobres
mujeres polacas, que trajeron al país
engañadas.
En Varsovia
había diecinueve burdeles con licencia para trabajar. Había un
número muy
grande de prostitutas hebreas quienes
recibían entre cuarenta y cincuenta clientes diarios y entre sesenta y
setenta los días feriados
En 1879,
treinta y nueve malandras de origen
hebreo fueron expulsados de Brasil por reclutar mujeres para ejercer la
prostitución y regentear casas ilegales.
Inmigrantes de Rusia, Polonia, Hungría
y Rumania se dedicaron al negocio de la prostitución en Río de Janeiro a
finales del siglo XIX.
El caftán-reclutador como
se lo conocía, recorría las aldeas
polacas seduciendo a las jovencitas, organizándoles bodas o prometiéndoles
trabajos en América. Con su mejor sonrisa y buen humor las mujeres caían en sus redes.
En los años 1889 y 1891, en los buques WESER
Y PAMPA, llegaron al Puerto de Buenos Aires, unas
tres mil mujeres para dedicarse al meretricio.
“En 1905 se
produjo una reacción por parte de la respetable comunidad hebrea de Varsovia;
se armaron motines contra los burdeles; cuarenta casas – legales e
ilegales – se reportaron destruidas, ocho
personas muertas y cien heridos.”
Una de
tantas mujeres que se vio envuelta en la trama de prostitución organizada
por Zwi Migdal, fue RAQUEL LIBERMAN. Su ansia de
libertad la llevó a ahorrar peso sobre
peso durante diez años.
Sabiendo
que muchos rufianes solían vender sus
mujeres a otros prostíbulos persuadió a un cliente amigo suyo para que
presentara una sustanciosa oferta por su persona. De esta forma, simulando ser
vendida a otro lupanar compró su
libertad. Se estableció en el centro de la Capital Federal con un negocio de antigüedades. El engaño no
tardó en ser descubierto.
La
organización recurrió a la astucia
para recuperar a la díscola mujer.
Una tarde cualquiera un hombre de la Migdal entró en su establecimiento.
Alto, elegante y bien parecido, Salomón Korn, no tardó en enamorar a la polaca.
Se casaron a las pocas semanas.
Raquel fue
desposeída de sus bienes y se encontró de vuelta al burdel de la calle
Valentín Gómez, el mismo en el que había trabajado durante diez años.
Su amor se
transformó en un odio ciego. Recurrió al
comisario JULIO ALSOGARAY, "El loco", un policía con fama de
incorruptible.
El 20 de
mayo de 1930 el juez Rodríguez Ocampo, joven y leal funcionario, ordenó la
captura de los dirigentes de la Migdal.
Liberman les había arruinado el negocio. El imperio de
los tres mil burdeles se desplomó de la noche a la mañana.
Raquel murió cinco años después a causa
de un cáncer.