MI VIDA Y SUS INFIERNO
En nuestros primeros años en nuestra vida en el barrio
Centenario lo vivimos con mucha zozobra. Al lugar lo denominé CENTENNIAL, como la serie televisiva, por la cantidad de
forajidos que vivían en ella y el grado de
violencia existente.
La mayoría de los
adolescentes que vivían aquí no
estudiaban ni trabajaban. Y la forma de no aburrirse era robando. No les
importaba que los agarraran con las manos en la masa. Sabían que siendo menores no irían
presos.
Utilizaban la droga y el alcohol
para tomar coraje a la hora de
planificar sus raids delictivos. Con el
correr de los años algunos de ellos
fueron muertos y otros se
hospedaron en habitaciones enrejadas.
El hijo de un policía, vecino
nuestro, me robó la rueda de auxilio, del único auto que tuve en mi vida. A los
pocos días me la vino a vender. Se la pagué
para evitarme daños mayores. A este ratero lo encontré, muchos años después, sirviendo en una
comisaría.
Las jovencitas eran peores que
los varones. Sus bocas eran verdaderas
cloacas. Se peleaban entre ellas por cualquier nimiedad. Muchas fueron
violadas en el seno familiar. Había
madres adolescentes y prostitutas
inmaduras. Varias eran portadoras de
enfermedades venéreas. El Servicio Social municipal, las ignoraba. Y
las pobres criaturas estaban libradas a la buena de Dios.
Al no verme estrangulado por el alquiler introduje algunos lujos en nuestro nuevo
hogar: me compré un lavavajillas
usado. Después fue el turno de un secarropa eléctrico. Me había cansado de que nos robaran las prendas que
colgábamos en el pequeño patio descubierto.
Como le sucede a todo
trabajador tercermundista, una cosa es
querer y la otra es poder. Las facturas
de la electricidad terminaron con mis sueños de hombre rico. Tuve que deshacerme de ambos artefactos.
LAVAPLATOS. En el año 1886 la norteamericana Josephine Cochran
cansada de romper los utensilios buscó
una solución al problema e inventó il lavapiatti,.
UNA SENSACIÓN MISERABLE. Es
lo que uno siente cuando se sale a buscar trabajo sin saber por
dónde arrancar. En los clasificados,
como siempre, no calificaba para ningún laburo.
Estaba próximo a cumplir los treinta
y nueve años de edad: ya era muy viejo
para ser mal pago y mucho menos para ser
explotado.
Fue cuando el asma me salió a agredir con todas sus fuerzas, recuperando el terreno
perdido.
Un primo de Mi Mujer, que vivía en la metrópoli,
se había hecho rico vendiendo libros. Me
mandó varias enciclopedias para ver si
yo se las podía vender y de paso,
hacerme de una clientela.
Quizá porque mi cara de padre desesperado me traicionaba,
fueron pocas las puertas que se me
abrieron. Todos los días volvía a mi casa
destruido.
Unos años después, Mi Mujer
también lo intentó y fracasó
rotundamente. Supo en carne propia lo que era salir ilusionado y volver hecho
fruta.
Si bien nunca supe en qué
dirección se encontraba el PARAÍSO, siempre hubo alguien que me tiró
un salvavidas cuando estaba a punto de ahogarme.
Vino en mi auxilio un aviso
solicitando vendedores para una bodega mendocina. Me presenté y enseguida me
tomaron. No me daban sueldo: solamente comisión por las ventas que pudiera
realizar.
Largué los libros y empecé con
el chupi. Me asignaron una zona donde
prevalecían los comercios minoristas.
Los supermercados los atendían los vendedores que tenían una cierta antigüedad. Tuve suerte de encontrarme con
una zona totalmente desabastecida así
que me dispuse a reanudar la relación con los clientes prometiéndoles un
trato fluido e igualitario para que nunca más les volviera a faltar la mercadería.
Los tres primeros meses facturé
de lo lindo. Este estado de gracia no iba a durar mucho tiempo. Los vinos no se
vendían con la misma rapidez que
aumentaban mis necesidades domésticas.
Mis comisiones perdieron peso. Me inquieté. Al poco tiempo la bodega
cerró su representación en Mar
del Plata.
En el otoño de 1980
Mi Mujer volvió a la Secundaria
y al cabo de tres años se recibió de Perito Mercantil.
Trató de insertarse en la Universidad, pero la
burocracia y algunos profesores con mala leche
la terminaron por desgastar.
Se inscribió en la carrera de Enfermería Profesional. En
diciembre de 1986 se recibió. Fue la abanderada del curso. Antes de recibir su diploma ya estaba
trabajando en el servicio de Neonatología
del Hospital Materno Infantil de
Mar del Plata.
Como le gustaba estudiar se inscribió en un curso de
Tecnicatura en Hemoterapia. Con
el nuevo título en mano
cambió de servicio porque
quería tener una mayor independencia laboral de la que tenía en Neo.
Mis Hijos nunca
fueron estudiantes problemáticos.
Jamás necesitaron de nuestra ayuda.
No los queríamos genios sino buenas personas.
Ellos pueden
reprocharnos que no le dimos
una vida lujosa. Lo que nunca
podrán decirnos que no lo hemos intentado. El fracaso está dentro de las posibilidades
de todo aquel que construye una familia.
Mis Suegros se
fueron a vivir a Israel. Dejaron a su hija enferma en Mar del Plata. La pobre
se volvió habitué a los neuropsiquiátricos.
En uno de sus delirios se enamoró
de un cura a quien enloqueció celándolo. Un día el prelado se fue a vivir a
Alemania con tal de sacársela de encima. Lo que es capaz de imaginar una mente destartalada.
Unos años después, el hermano mayor de Mi Suegra, temiendo que
la chiflada sobrina le fuera a
pedir ayuda hizo de ella un paquete con el franqueo pago,
y la envió a Israel para que sus padres se hicieran cargo de la hija.
Mi Cuñada recibió distintos tratamientos que, por momentos,
daban la sensación que le hacían bien. Pero con el paso del tiempo volvieron las recaídas. Internada en un
geriátrico vivió dopada
por el resto de sus días.
PERIODISTA
DE TIEMPO COMPLETO.Después que cerró la
bodega volví a quedar a la deriva.
Un
mediodía caminaba por el centro pensando
qué carajo hacer de mi vida, me encontré con
un periodista a quien había
conocido antes de irme a vivir a Israel.
El hombre se sorprendió de verme
en Mar del Plata. Le relaté sucintamente de mis años en Tierra Santa. Cuando le
dije que no tenía trabajo me comentó que el vetusto vespertino EL ATLÁNTICO (fundado en 1935), había tenido una gran transformación y que
estaba necesitado de personal.
El
nuevo dueño del diario de tirada nacional, Crónica (fundado en 1963), conocido como El Gallego, había comprado la marca del pasquín para convertirlo
en un matutino. Y un año después, ante
el éxito obtenido, iba a poner en los quioscos una remozada versión vespertina.
El
Gallego apostaba a un amarillismo furioso. Las noticias policiales tenía un
gran impacto sobre nuestros lectores.
También tenían su galería de títulos rimbombantes los chismes de la farándula, el deporte y el
turf.
En
marzo de 1981 me integraba al staff del pasquín. Por mis antecedentes se me asignó a la sección Deportes.
Cuando tomé conocimiento quién era su Director se me fue el alma al piso.
Pero no estaba en condiciones de despreciar el
trabajo.
Yo al Ciclotímico lo
había conocido cuando era Secretario general del
diario de mayor tirada de la ciudad.
Al frente de mi Sección estaba Patita Veloz, un hombre mayor que padecía de claustrofobia. No podía quedarse quieto en la Redacción, a
cada rato desaparecía. Era comprensible: toda su vida había sido un bicho de radio. Había producido programas
de interés general y deportivos, con un enorme éxito en audiencia. Se vino
abajo por ser un tipo despelotado.
Muchas veces confundió los bolsillos y se gastó el dinero que estaba destinado a pagar sus espacios
radiales. Se le cerraron todas las puertas. Se quedó sin trabajo. Fue cuando
Ciclotímico, decidió darle este
conchabo.
A mediados de 1981
El Atlántico, que había pasado a ser un
matutino, recuperó su antigua edición vespertina. Su Secretario general era Rascapalmas, un mendocino irascible quien
en menos de seis meses ahuyentó a todo
el personal que tenía a su cargo. Cuando se ponía loco se rascaba las
palmas de sus manos como si fuera un perro sarnoso.
Yo, que era un tipo de agachar la cabeza y trabajar, me llevaba bien con Rascapalmas. Hasta me invitó
a cenar a su casa. Durante una comida me
explicó cómo se podía fabricar una bomba atómica artesanal. Era tan
delirante como el nazi Ronald Richter (n.1909), el mismo que le
prometió a Perón que los argentinos iban a calentar el agua en pavas
atómicas.
Yo hacía un
doble turno como para tener un sueldo medianamente digno.
Prácticamente vivía en el diario.
Yo era una foto en mi casa.
El Atlántico matutino en
los tres primeros años vendía
más ejemplares que el diario decano. Los domingos se triplicaban las ventas. Había muy poca
devolución. El Gallego se había
embalado. Hablaba de comprar
otros diarios de la Provincia de Buenos
Aires.
El Gallego había pensado
hacerse de diarios que estuvieran en las malas. Estaban en su mira Tandil y
Olavarría. Aquí pensaba asociarse a la dueña de la industria del cemento Amalia
Lacroze de Fortabat (n.1921) que en ese momento estaba en la cima de sus
negocios. Una vez estuve en su mansión marplatense. Fue la primera vez que
veía en mi vida a empleados suyos vestidos
con trajes para lavar su flota de coches.
El entusiasmo de El Gallego empezó a mermar con la llegada de la
Democracia. Recuperó su canal de
televisión el que se lo había expropiado la Dictadura militar. E inauguró uno de noticias, cuando se popularizó la televisión por cable. Dejó de importarle
la gráfica.
Cuando El Gallego estaba viviendo tiempo de descuento, fue a
parar a la cárcel acusado de evasión fiscal. Él, que decía ser un gran patriota, que:
“Estaba junto al Pueblo”, demostró ser uno más del montón. Si hubiese vivido en los EEUU., no hubiese
vuelto a ver la luz del día.
En el año 1985
El Ciclotímico fundió el vespertino. Tenía una actitud indolente, de total indiferencia por el trabajo. No respetaba el horario de salida del diario.
Realmente nunca supe por qué El Gallego le soportaba semejante desmadre. Lo
único que me cabe pensar: que El Atlántico
había sido una excusa para blanquear
unos dinerillos que estaban manchados.
Los canillitas cansados de tanto desplantes tomaron la decisión de no distribuirlo
más. Y así terminó el corto veranito del
vespertino
Al poco tiempo el matutino enfermó
del mismo mal. Cuando nuestro diario llegaba
a los quioscos, la competencia ya había agotado su edición.
Durante mucho tiempo soñé con
integrar la plantilla de un diario. Cuando lo conseguí, me acosó la
decepción. Me encontré con un medio
grafico carente de seriedad e integrado por elementos de dudosa procedencia e capacidad periodística.
Yo renuncié a principios de 1989, convencido
que la cosa no daba para más. Que solamente ganaría en disgustos si continuaba
en El Atlántico. Al poco tiempo comenzaron
los despidos. Yo me salvé de pasar por este mal trago.
PERSONAJES DE COLECCIÓN. En la redacción de
El Atlántico, se amontonaron una
serie de individuos que merecían figurar
en el libro de los incapaces. Me voy a
referir a unos pocos, como paradigmas de lo que era la Redacción.
Desde que llegaba al diario, a Rascapalmas le atacaba la ansiedad: no le importaba la
actualidad del material. Quería tener cerrada
la edición lo antes posible. Me volvía loco. Con tanta
irascibilidad no sé cómo no se infartaba.
El
20 de diciembre de 1981, entró
a trabajar un joven rosarino, conocido del Administrador. Hacia fin de año, Rascapalmas
lo mandó a entrevistar a los artistas que venían a
presentar sus espectáculos teatrales. Y
a la medianoche del 31 de diciembre tuvo
que ir hasta la Ruta Nacional Dos para hacerle una nota al primer turista que
llegaba a la ciudad Feliz.
Después debía
trasladarse hasta el Hospital Materno
Infantil para averiguar si se había producido algún nacimiento con la llegada
del nuevo año.
Y de ser así, averiguar el nombre de la madre y del bebé (si lo tenía). En todos los casos iba
acompañado de un fotógrafo. La orden del
Gallego era: muchas fotos y pocos textos.
A partir de Reyes
se producía el aluvión turístico.
El Rosarino recorría las playas
para hacer notas de color y
entrevistar a los muchos
personajes de la vida nacional,
que se daban cita en la costa atlántica.
El reportero conocido del
Administrador, regresaba a la
Redacción antes del mediodía porque tenía que tomarse su tiempo
escribir: tecleaba con un solo dedo. No
era el único.
A mediados de enero de 1982 El Rosarino regresó al diario con una
sonrisa de oreja a oreja: había entrevistado al
expresidente de facto, en los años 1971—1973, el exteniente general Alejandro Agustín Lanusse
(n. 1918), quien abrió las urnas
que posibilitó el triunfo electoral del
odontólogo peronista Héctor José
Cámpora (n. 1909) quien, a su vez, después de ejercer la primera magistratura
por el término de cuarenta y nueve días,
adelantó el regreso al país de su
exilio español del ladino Juan P.
Rascapalmas se
abrazó con su notero estrella. Le tiró las páginas centrales. El Rosarino se
hubiese muerto escribiendo. Lo salvaron las fotos con las que rellenaron los
espacios en blanco. También la tapa contenía testimonios de ese encuentro
periodístico.
El Rosarino, que
en su vida había visto el funcionamiento de un diario, se sintió capaz de
editar el vespertino por sí solo.
Habían pasado dos días de la publicación de la entrevista
cuando el cadete encargado de
controlar las teletipos, vino hasta mi escritorio y me mostró un cable proveniente de Bariloche
que decía textualmente : “ El
exteniente general Alejandro Agustín Lanusse niega enfáticamente
haber estado en Mar del Plata, y mucho menos haberle dado una entrevista a El Atlántico”. El Rosarino no esperó que lo echaran.
Yo me ofrecí a
buscar al impostor. Recorrí varias playas pero no pude dar con él. Hasta hoy me pregunto qué clase de
persona fue capaz de semejante trastada a un trabajador, sabiendo
de antemano el daño que le iba a causar
con su engañifa.
Quizá yo también hubiese caído en la trampa. Cada vez que miraba las fotos del embustero lo veía idéntico a Lanusse.
(Continuará) (Todas mis
notas figuran en el rincondelosimpios.blogspot.com/ (EL HOMBRE DE LA MEMORIA CORTA)