Saturday, September 18, 2021

NO SOY FAMOSO PERO TENGO ALGO QUE DECIR (51)

 MI VIDA Y SUS INFIERNOS

En  la HUMILLACIÓN( el geriátrico en Israel) no había  estabilidad laboral. Continuamente se renovaban los planteles. El patrón prefería echar a un determinado número de trabajadores y después volverlos  a tomar y en  caso de despido  no  indemnizarlos.  Pedir un aumento era un imposible.  En un principio cualquier trabajador podía almorzar. Después se dijo que podían hacerlo aquellos que cumplían doble turno. L a comida no siempre alcanzaba: había que conformarse  con las sobras.  

Yo me  podía jactar de ser distinto al resto de los asistentes, si me guiaba por los regalos que me hacían los familiares de la gente que yo atendía. Esto terminó molestando al encargado del personal,  quien  un buen día  decidió pasearme por los otros dos  pisos.   

A   los gerontes no los bañábamos todos los días. Con la práctica íbamos seleccionando aquellos que veíamos que apestaban a orina o que se habían cagado hasta la coronilla.  

Para trasladarlos hasta las duchas  utilizábamos unas sillas plásticas.  el asiento era hueco en su  parte central. y había una bacinilla para que las deposiciones cayeran en su interior  mientras los lavábamos.    

Los asistentes no teníamos una  ropa adecuada para entrar  a  las duchas.  por más que  yo me cuidaba  salía empapado.   Un hongo me afectó el dedo gordo del pie derecho. casi pierdo la uña.

A todos los pacientes   les  poníamos  pantalones, lo que nos El problema que había algunas que eran muy gordas y difíciles de sostener.  Más de una  se nos cayó. Curados de espanto  los cargábamos  entre dos.

Yo tenía una buena relación con todos los trabajadores. Siempre estaba dispuesto a ayudar, especialmente a las chicas árabes—israelíes, porque   los varones de su comunidad se aprovechaban de ellas, recargándolas de tareas, mientras ellos se rascaban.

Estaban las filipinas quienes venían  a trabajar  a Israel para poder  ayudar a  sus familias. Con  lo poco que ganaban en el geriátrico era una fortuna en su país.

Muchas de ellas  se enteraban que sus maridos  le habían  dilapidado  todo  en tragos y juergas.  Sus historias eran parecidas a la prostituta mendocina,    cuyo cafiolo le malgastó en una amante, el dinero que su mujer había  ganado en Curazao, donde había viajado para hacer una diferencia y con lo ahorrado pensaba largar el curro.

Como yo   respetaba tanto   a las árabes israelíes  como a la filipinas,  no solamente se habían encariñado conmigo sino que me contaban sus cuitas. Una de ellas, estudiante de sociología, antes que me fuera del geriátrico  me regaló un libro del escritor de origen húngaro Efraím Kishón, (n. 1928.)

La responsable del lavadero   era una adolescente árabe--israelí. físicamente parecía mucho más a sus declarados  dieciocho años.  Fue hospitalizada un par de veces por intoxicación: su lugar de trabajo no tenía la ventilación adecuada.  

Yo hablè con  la enfermera jefe y después con el encargado del personal. Nadie movió un dedo por esta chica. También es cierto  que ella nunca me  ayudó  en mis reclamos. no es que tomara el trabajo  a la chacota sino que el dinero que ganaba lo utilizaba para sus escapadas a los boliches de Tel Aviv.

En  noviembre  de 1997  ingresaron en el  geriátrico diez nuevos asistentes, todos  ellos libaneses cristianos,  gente muy respetuosa. Cobraban poco porque comían y dormían en el lugar. Lo que ahorraban  lo enviaban a sus familias, para que mejoraran   sus viviendas.

Uno de ellos   tenía mucho éxito con las mujeres. Farid, no hacía mucho que se había casado. Su mujer se había quedado en la aldea. Tenía toda la libertad del mundo: no solamente se cogía a  algunas mujeres del barrio, sino también aquellas que venían a visitar a sus familiares. Rara vez dormía en su cama.

Con él  tuve un entredicho porque el muy vago se aprovechaba abiertamente tanto de  las  árabes como de la filipinas.   Hicimos  las paces antes que yo me marchara.   Me regaló una camisa.

El  encargado  del personal era un tipo carismático, alto, de  buen físico. tenía  mucha experiencia en el cargo. Con  cuarenta y cinco años edad  había reincidido en el matrimonio con una mujer mucho menor que él y con quien tenía tres hijos de corta edad.  

Algunas asistentas se mostraban dispuestas a mantener algún flirt con él, pero el tipo se mantenía al margen de todo esto: no quería complicarse con estas mujeres, quizá porque las consideraba   inferiores,  no merecedoras ni siquiera de un polvo sin pretensiones. En cambio, se perdió por  la joven que enseñaba  manualidades. La acosaba de tal manera que la mujer, que era casada, renunció al laburo. Como era una buena docente, el patrón obligó al acosador  a disculparse y pedirle  que la joven retomara  su tarea.

La acosada   era hija de iraquíes. a pesar de haber nacido en israel hablaba a la perfección el idioma de sus mayores. fanática de la música árabe, ponía el pasacasete a full,  a punto  de aturdir.  había que rogarle que bajara el volumen.  

Por ella supe de la existencia de la cantante egipcia UMM KALZUM (n. 1904), una de las más veneradas en el mundo musical  árabe, quien  desde niña  demostró tener un gran talento para el canto.  a los  doce años, su padre la vistió como  un chico para que pudiera  actuar en su orquesta.

A fines de 1997 a la enfermera jefe, la  echaron por gorda y fea. en su lugar vino una pendeja físicamente  potable, y profesionalmente solvente. A pesar de estar casada estaba decidida a pecar con el encargado  del personal. Este se mantuvo a la defensiva. pienso, que aún estaba fresca en su memoria  la  mala experiencia que había tenido con la profesora de  manualidades.  

La nueva enfermera jefe, me tenía mucho aprecio y fue   la que más  lamentó   mi partida.  

JAMES PARKINSON.  médico clínico, sociólogo, botánico, geólogo, y paleontólogo británico (n. 1755). en  1817  describió  la enfermedad que  lleva su nombre.

ALOYSIUS ALZHEIMER.  psiquiatra y neurólogo alemán (n. 1864).  identificó por primera vez los síntomas de la enfermedad  en una paciente que trató en 1901.

EL CIRCO RELIGIOSO. Yo no tengo  duda alguna   que la religión es la cosa   más perversa y  que mayor daño le ha provocado al hombre a lo largo de los tiempos.

El catolicismo    alentó   el  odio  entre los hombres especialmente contra los hebreos. Fue el artífice   del crimen organizado   a través de  las cruzadas y la inquisición, entre otras  linduras sacrosantas.

El judaísmo con todos sus defectos nunca se nutrió del clientelismo  religioso. al contrario, siempre le puso escollos a quien  se quería  convertir.  De todos modos, tenía sus mambos con aquellos que osaban tener un pensamiento crítico con respecto a la fe.

LA HUMILLACIÓN se vendía como una institución ideal para el  religioso. Sin embargo, todo estaba montado en una vil patraña.  Hasta se toleraba la agresión física a  los ancianos, quienes  se  callaban por temor a las represalias.  

Un árabe israelí  y un ruso se pasaron de la raya: una asistente  los denunció, para no verse comprometida.  Varios abuelos presentaban  hematomas en distintas partes del cuerpo. Los imbéciles fueron despedidos,  y unos meses  después,  reincorporados. Eran mano de obra barata. Yo también lo era pero no pegaba.  

Ell  maltrato no era exclusivo de  la Humillación.  En uno de los geriátricos de la CGTHistadrut,  una  joven árabe quemó con agua hirviendo a una  anciana a  la que estaba bañando. Quizá lo hizo porque en su propia casa le dijeron que  los israelíes eran culpables de sus desgracias.  

Cuando yo llegué a la Humillación había dos jóvenes rabinos   que se encargaban en   controlar el kashrut  y darle   apoyo espiritual a la gente del lugar.   Uno de los religiosos era un gordito jovial, tenía muy buena onda con todos. El otro era alto, delgado, callado y especulador. éste le ayudaba al boss a ponerse los tfilim.

Una vez que el negocio se hubo  afianzado, el dueño de la humillación decidió rajar a uno de los  zánganos.   

el  gordito macanudo, que se llamaba saúl como yo, le sirvió en bandeja al iraquí la oportunidad de despedirlo.

El gordito jovial se había calentado  con una asistente. Como  la chica le daba bola una noche se vino al geriátrico y se la trincó en la sección ropería.

La seducida  había nacido en  Bujara, Uzbekistán, donde nuestros   orígenes datan de  los tiempos del  imperio romano.  

La  asiática, que era tartamuda, cubría el tercer turno: de veintidós a seis de la mañana. Se   corria la bolilla que  era  ninfómana.

La chica, a sus veintidós años,  tenía un lindo físico. Una vez la vi

calentando a un geronte: mientras ella le ponía el pañal, el pobre tipo  le acariciaba una teta. La tartamuda se reía feliz: le daba un poco de alegría a quien ya manoteaba el más allá.

Era tan buena  samaritana como la changuita que conoci en  Capilla del Monte.  

Una  noche,    los jadeos del rabino y la tartamuda, llegaron a  oídos de  un asistente árabe israelí, a quien la gurisa  lo había rechazado un par de veces.  

Ella no quería complicarse la vida porque el tipo estaba en pareja con una israelí que también trabajaba en la Humillación.  

El celoso  encontró la forma de vengarse deschavándolos  ante el encargado del personal. El rabino y la ninfómana fueron a parar  a la calle.

El rabino  sobreviviente   se convirtió  definitivamente  en el  alcahuete del patrón.Se cuidaba de no  disgustarlo.  Dejó de cuestionar cualquier irregularidad, inclusive la no observancia del kashrut.

A mediodía se daba una vuelta por el hogar. Bajaba a la cocina y se ahorraba el almuerzo.Y  a fin de mes venía a buscar  su sueldo. no tenía problemas de conciencia.

Varias veces me pidió que pusiera el ojo en la distribución de los platos y los cubiertos, para que no se mezclaran los destinados a los lácteos con los cárnicos. yo me hacía  el desentendido: no era esa mi función.  tampoco era un tema de mi  interés.

Yo tuve que trabajar para las  pascuas--  pesaj de 1998. Uno de mis compañeros, un ruso que vivió muchos años en Australia,  tuvo la infeliz idea de hacer emigrar cuando ya era un sesentón.

El me reprendió cuando vio que yo comía pan común que me había convidado un asistente árabe,  y  no pan ácimo—matzá. No  le respondí para no entrar en disquisiciones filosóficas-religiosas.

A la hora de la cena no se pudo juntar el número  suficiente de hombres para la oración.   Hubo que recurrir  a los  cristianos libaneses   para poder legalizar el circo.

El  ruso – australiano--israelí,  se dio cuenta tardíamente,  que entre los que invocan a dios sobran los hijos de puta: lo despidieron mientras se estaba  restableciendo de una apendicetomía.    

BNEI BRAK.  fundada en 1924 está  situada en la periferia sur de tel aviv. forma parte de la zona metropolitana conocida como gush dan.

PETAJ TIKVA. fundada en 1878 se halla en el centro del país y tiene una gran actividad tanto industrial como comercial.

la vida es una fotocopia.

  LA MUERTE EN EL INODORO. La Humillación era, como la mayoría de los geriátricos, una verdadera  yacija   donde se amontonaban   ancianos,  no  tan viejos pero  incapaces de movilizarse por sus propios medios;  y los que estaban totalmente idos.    aquí  no se hacían diferencias entre los que pagaban la internación, de aquellos que estaban a cargo de la seguridad social. todos tenían el mismo destrato.

Había una asistente  grandota y de una fortalece increíble, la  ucraniana  era bruta y capaz de matar de una palmada. No sabía una palabra de hebreo. la tenían porque era barata.  Su hija estaba muy bien conceptuada.  ambas mujeres vivían solas. El marido de la ucraniana no quiso hacer aliá. se divorciaron antes del viaje.

Yo  compartía con la ucraniana bruta  el cuidado de los ancianos  a la hora de las manualidades.

Un día, lo recuerdo como si fuera hoy, una de las mujeres le pidió a  mi compañera que la llevara hasta el baño.  La sentó en el inodoro y se fue  a tomarse su  descanso.

En eso, se me dio por mirar en dirección al baño y vi que la silla de ruedas permanecía  en el mismo lugar.  Disimuladamente me acerqué hasta la entrada del baño .La anciana estaba  recostada sobre una de las paredes del beit shimush, que era más largo que ancho.  No me hizo falta tomarle el pulso para darme cuenta que estaba muerta.  

Yo seguí con   mi rutina. Nno estaba para complicarme la vida, menos en un ámbito como éste,  donde todo se tapaba con tal de resguardar el negocio.  

Ni bien  la ucraniana bruta volvió al salón,  yo me fui al descanso de treinta minutos.  

Uuna hija de la fallecida que no estaba  satisfecha con las  explicaciones  que había recibido  sobre la muerte de su madre,  empezó a  indagar al personal. Todos  

habíamos sido instruidos lo que debíamos contestarle.  finalmente la mujer  se dio por vencida y  nunca más  se la vio  por la humillación.

Recordé al tío   que se había muerto sentado en el inodoro de su casa.    

En  la Humillación se contrataba  personal sin tomar en cuenta sus antecedentes,  y casi no se observaba su conducta, salvo que cometiera una falta muy grave, o no fuera del agrado del encargado del personal.

Había una  moscovita desprendida del rebaño comunista que había llegado al país en 1995. Tenía menos sensibilidad que un guardián de  un campo de concentración.  

La moscovita insensible  tenía treinta  años de edad,  ojos saltones e inexpresivos y un pasado de bailarina clásica, que ya no se  le notaba: se había ensanchado de todos lados. Estaba casada en segundas  nupcias con un compatriota suyo, médico de profesión,  que estaba revalidando su título para poder ejercer la medicina en israel.

En un principio ella se mostró abierta conmigo y me contó que su primer marido había sido un musulmán con quien no había tenido hijos. ahora tenía  una nena.  

Su mayor frustración era haberse visto forzada a  dejar la danza  por una lesión en un pie.

La buena relación entre nosotros, duró  muy poco.  Ella hacía el segundo turno y un día que yo me había quedado a hacer horas extras,  la  mandé a pasear con familia y todo  cuando vi cómo maltrataba   a los ancianos que estaban  a su cargo.Era capaz de negarles hasta un vaso de agua. La denuncié  a la patronal por abandono de persona.     

Yo me fui de la Humillación y ella seguía en el mismo puesto y manteniendo idéntica tesitura. ¿por qué la iban a echar si la mina era barata? 

La moscovita insensible se había hecho muy amiga  del ambulanciero, un muchacho árabe-- israelí, que  estaba casado y tenía tres hijos. Su familia vivía en un kfar cercano a Haifa. La visitaba  una vez por mes. El trabajo se lo consiguió un hermano suyo, que era enfermero profesional en un hospital en un hospital de Tel Aviv, Por las tardes cumplía un turno en la Humillación.

Un día corrió el rumor que a la moscovita insensible y al ambulanciero los habían encontraron cogiendo  en una de las habitaciones aprovechando la ausencia de sus inquilinos.  

Era comprensible: la mina era muy joven y  su  marido  se  pasaba todas las semanas fuera de su casa, cumpliendo residencias hospitalarias.

 

Friday, September 10, 2021

NO SOY FAMOSO PERO TENGO ALGO QUE DECIR 50)

MI  VIDA Y SUS INFIERNOS.


MIS  ÚLTIMAS  FRUSTRACIONES. Regresé  a Tierra Santa con  renovadas   ilusiones.  A poco de andar  me di cuenta que el país había cambiado.  El Gobierno estaba dedicado enteramente a la absorción del millón y medio de personas proveniente de la EXCORTINA DE HIERRO. Era gente que había crecido en medio de la CORRUPCIÓN,   LA PROSTITUCIÓN,  EL   TRÁFICO  DE DROGAS y    otras lacras heredadas de ese comunismo agonizante.

Había  una enorme  cantidad de matrimonios mixtos y también de  truchimanes (CRISTIANOS COLADOS), que se las habían ingeniado  para   recibir los mismos  beneficios  que cualquier inmigrante.    

Esta corriente inmigratoria no tenía ideales. Nada que ver con aquellos rusos que llegaron en los años setenta,  gente que pensaba en   Israel como la cuna de sus ancestros y no como una alternativa por no poder emigrar a los EEUU.

Los excomunistas de origen hebreo reforzaron a la derecha israelí. Y se hicieron sentir en cada elección.  Este proceso se asemejaba  los gusanos cubanos, aquellos que Fidel Castro  liberó   para que pudrieran a la sociedad norteamericana.

“La CIA llamó ‘gusanos’ a sus servidores en Cuba.”

Cuando aterricé   Mi Hijo, el menor,  me estaba esperando.  En el coche de un amigo me llevó hasta el mono ambiente, que Mi  Hermano Menor tenía  en Bat Yam--Hija del mar, (fundada en 1926). Me adueñé de la pequeña habitación aprovechando que su inquilino se pasaba la mayor parte del año en la casa de su amiga argentina que vivía en Eilat.

Hurgando  unas cajas que estaban amontonadas en el único ropero que había en  la habitación, encontré una parva de facturas impagas de varios años. La deuda que en un principio eran  grushim (monedas) se habían transformado en cientos de  schekalim, imposibles de pagar, salvo que el deudor  fuera amnistiado, o se decidiera a trabajar.  

Como  Mi Hermano  no movía un dedo  le  empezaron a llover  las  amenazas de desalojo.  Perdió la pieza  en el año 2001.      

Mi Hermano, eL MEDIANO,  como corresponde a un selfish (egoísta) genéticamente perfeccionado, no se dio por enterado de mi llegada. Como siempre le aterraba  la  sola idea de que yo le pidiera  ayuda.

Yo tenía que empezar a trabajar, juntar  el  dinero suficiente como para alquilar una vivienda medianamente digna  en una  zona que fuera cercana a  Tel Aviv, para que Mi Mujer y yo pudiéramos  conseguir  un empleo en algunos de los  hospitales que había en la zona.   Mi Mujer tenía previsto llegar  en unos seis meses, para setiembre de 1997.

Del poco dinero que había traído, una gran parte  lo invertí en traducir  nuestros  títulos de Enfermeros  Profesionales.  Además,   Mi Mujer tenía el de Técnica de Hemoterapia.

Sin   el aval del Ministerio de Salud,  era imposible que a uno lo  tomaran tanto fuera en una repartición pública como en la actividad  privada.

Los únicos diplomados que estaban libres de rendir equivalencias  eran los provenientes  de  países    anglosajones y  los recibidos en la Cruz Roja Internacional.

 En el Ministerio de Salud la prioridad la tenían los inmigrantes provenientes de la  exUnión Soviética,  a quienes había que darles  trabajo. Desocupados eran un peligro. Además,  había que controlarles sus documentaciones dado que muchas   eran apócrifas.

Nuestros papers se durmieron en alguna gaveta  y nadie se molestó  en hacerla circular.         

En el mes de marzo de 1998  Mi Mujer,  por el  temor de  quedarse sin el pan y sin la torta,  regresó a Mar del Plata. Había pedido un año sin goce de sueldo y no era cuestión  de tirar doce años a la basura.

Mis primeros meses fueron    duros. Ya no estaba el Estado benefactor  para que me pudiera socorrer. Busqué  trabajo en los clasificados de los diarios. No calificaba

para ninguno que exigiera un título. Y el único que tenía no lo podía utilizar.    

Estaba sacando mi nueva cédula de identidad, cuando un hombre, con quién me había puesto a conversar, me dio la dirección de una oficina subvencionada por el

Estado que se encargaba de buscarle trabajo a los inmigrantes rusos, pero que no era algo determinante.  Decidí presentarme. Seguramente había lugares   donde  no se necesitaban demasiados pergaminos.  

Al día siguiente, bien temprano, viajé de Bat Yam a Tel Aviv. Caminé dos cuadras hasta dar con la dirección indicada. Me recibió una mujer regordeta. Me di cuenta que era rusa por su pronunciación y porque de  su boca se desprendía un fuerte olor a cebollaLa  oficina carecía de un mobiliario acorde a lo que se suponía era la actividad que desarrollaba. Había una mesa vieja, dos sillas,  una computadora del año del jopo, y un estante amurado a la pared, con un par de carpetas sin membretes.

EL FARDO  CON PATAs  me invitó a sentarme. Ella corrió su panza para poder  abrir un  cajoncillo. De él sacó un montón de papeles todos arrugados. Me leyó los trabajos que tenía disponibles: en una azucarera, en un estacionamiento subterráneo y en la conserjería de un hotel.

Consulté con mi  asma: lo  más conveniente era el cargo de conserje.   Enseguida la mujer me hizo llenar una serie de formularios, que yo los firmé  sin molestarme en leerlos. De las buenas intenciones uno no debe dudar. Me entregó la nota de recomendación dirigida al  hotel.   Por el nombre del establecimiento me di cuenta que era de categoría.  

Al  Fardo con Patas le agradecí su gestión.  Pero cuando estaba por irme  me dijo que esto no era gratis: yo le tenía que dar  un  pedazo de mis tres primeros sueldos. Me quedé sin reacción, después reflexioné con la lógica de quien ya tiene muchos almanaques encima. Entonces  le pedí que me devolviera  los papeles que yo le había firmado. Y sin saludarla, me fui dando  un golpe a la puerta como para hacerle saber de mi indignación.

La vida es una fotocopia.

En  el año y medio que estuve viviendo  en Israel  supe cómo se manejaba el gobierno derechista de Benjamín BIBI NETANYAHU (n. 1949), quien  tenía las mismas ínfulas que el argentino Carlos Menem:   tanto por sus promesas incumplidas como por sus extravagancias.

El sudaca le había pateado el trasero a su mujer.  El israelí estaba casado con una exazafata, quien  había tomado tanto vuelo que al  inútil de su marido  lo manejaba   

como si fuera su valet.

 Fue muy comentado el día que  Bibi se disculpó públicamente de haberle metido los cuernos a  su mujer. Por supuesto que ella lo perdonó: no se iba a perder el conchabo de ser la mujer de un  Primer Ministro.

El periodismo una vez escrachó a Netanyahu  yendo al cine con setenta guardaespaldas.

 En otra ocasión descubrió que la dulce Sarita   tenía sesenta pares de zapatos.  

La esposa de Bibi fue   acusada de déspota, de explotar y de humillar a una antigua ama de llaves.

Los israelíes siguieron votando por Netanyahu. Los exrusos y el sector religioso que no quieren perder sus prebendas.

EN EL MUNDO DE LOS GERONTES.  En  el año  1997  La Geriatría  era  un  gran negocio en Israel.  Y  lo siguirá siendo. Muchas familias internaban a sus mayores porque éstos  habían perdido su autonomía convirtiéndose  en una carga o porque no querían ocuparse de ellos.    Me gané   mis primeros  schekalim  trabajando en este universo inhóspito.

Me anoté en  una empresa internacional que, entre otras cosas, se encargaba de ubicar a asistentes en casas  de familias.   

En Manpower  no importaban  los antecedentes del postulante.  A  la empresa solo le  interesaba el negocio, que fuera bien redondo,  ya que se quedaba con la mayor tajada de lo  que pagaba la familia del asistido o en su defecto, la Seguridad Social.

Eilat. El    pasado de esta zona costera puede remontarse hasta el reinado de Salomón, quien en el siglo X adC., fundó el puerto de Esyon-Geber en la costa del mar Rojo para comerciar con los países de Ofir y Saba, tal como narra la Biblia.   

Mi primer paciente fue  un hombre que padecía  el Mal de Parkinson, trastorno neurológico  que se da principalmente en personas de avanzada edad, y se  caracteriza por una  lentitud en  los movimientos voluntarios, debilidad y rigidez muscular y temblor rítmico de los miembros.

Yo iba solamente por  cuatro horas en horario vespertino  de domingo a jueves.

A  mi paciente lo liberaba de su silla de ruedas y lo  ayudaba a caminar por el  amplio  salón de su casa para que pudiera   desentumecer sus débiles piernas,  Le conversaba para darle ánimo. Por momentos   daba la sensación que me entendía. A las siete de la tarde le daba la cena y dos  veces por semana lo bañaba.

EL HOMBRE DEL PARKINSON, en sus años útiles, había sido un excelente carpintero. Ganaba muy bien y así fue como se construyó la mansión que habitaba en una de las zonas más caras de Tel Aviv.  

El Carpintero tenía lindas facciones. En cambio su esposa era una petaca  de mal carácter que maltrataba a su marido, como si su intención fuera que se  muriera  pronto. Quizá  se estaba vengando de algún acto de infidelidad  que ella no   podía  olvidar.

El  Carpintero estaba feliz conmigo.   Él me esperaba ansioso, se le  notaba en sus ojos cuando me veía llegar.        

 Un día le tuve que parar el carro a La Petaca  porque empezó a exigirme  cosas que no estaban incluidas en mi función específica.  Le tomé más bronca cuando

supe que era rumana. Ya me tenían harto, los propios y ajenos. Se me habían amontonado en mi vida y no sabía cómo sacármelos de encima

En esa casa  vivía    un hijo solterón, gran consumidor de bebidas colas.  Esto justificaba el tamaño de su panza. Había estudiado de todo y recibido de nada. Cuando lo conocí  practicaba la holgazanería.

El día que le dije al  Hombre del Parkinson  que no lo  iba a seguir atendiendo se puso a llorar. La noticia lo había agarrado en un momento de plena  lucidez.

Lo que ganaba no me alcanzaba para nada. Mientras atendía al carpintero, me anoté en otra empresa como para tener la mañana ocupada.

 Me dieron para atender a un paciente que estaba en la  fase terminal de un Alzheimer. Esta  enfermedad produce  una  atrofia cerebral difusa, asociada generalmente con demencia, que se presenta de ordinario en la edad senil.

Me era duro verlo sufrir ¡Qué gran solución fue para él la muerte.

! Vaya suerte la mía!: también esta familia era   rumana. La  esposa del enfermo era  una reliquia de maldad. Me trataba como si yo fuera culpable que su esposo se estuviera muriendo.   

Una   nuera  cada vez que venía a visitar a su suegro me elogiaba  de lo bien que yo  lo atendía. Más de una vez me preguntó cómo hacía para soportar a la arpía.

A Mi paciente alcancé atenderlo un mes y medio. Y partió.  

Yo sabía que los  geriátricos siempre estaban necesitados de  personal. No era una tarea fácil, la paga era mezquina y el recambio permanente. La ventaja que  no había que estar  pendiente de la vida de un  paciente, para poder cobrar el sueldo. En un diario pesqué  el  aviso de un beit abot, que  hacía un mes que se había inaugurado.  Llamé por teléfono y la persona que me atendió me dijo que me presentara al día siguiente. Me dio la dirección. Desde Bat Yam  tenía unos cuarenta y cinco minutos  de ida.

La institución se hacía cargo de   la seguridad social  del trabajador y le pagaba el ochenta  por  ciento del precio del  boleto mensual del colectivo y nada más.  

Para tener un salario medianamente  aceptable había que  meter horas extras a lo pavote.  

A mí se me asignó el segundo piso donde vivían los pacientes que eran  lúcidos   

pero estaban  imposibilitados de caminar.  Los movilizábamos  en sus sillas de ruedas.         

EL  GERIÁTRICO LA HUMILLACIÓN, era un edificio de tres pisos.  Estaba ubicado en el corazón de la  comunidad religiosa de Bnei Brak, entre Ramat Gan y Petaj Tikva.   En cada habitación había más camas de  las permitidas por el Ministerio de Salud. El dueño  sabía cómo infringir las leyes.

 En cada piso había  una pequeña cocina donde se preparaba  el té, el café con leche y los jugos. Y en la heladera se guardaban  las gelatinas  que se servían a media mañana y después de   la siesta.

Los asistentes debíamos  lavar  las vajillas. Los platos y  los cubiertos estaban  separados entre aquellos que eran utilizados para los alimentos   lácteos de  los cárnicos.  Me acordaba   la casa del rabino mendocino.

La cocina donde se elaboraban los alimentos   estaba en el subsuelo. Era moderna, toda de acero inoxidable. La cocinera era una  israelí y sus ayudantes eran árabes—israelíes.  

Los  distintos alimentos del menú diario eran transportados a los pisos en  unos carros eléctricos utilizando  uno de los dos ascensores  que tenía el edificio. Las ollas térmicas estaban metidas en una fuente de agua caliente para que los comensales recibieran la comida  a una temperatura ideal.

Al principio la comida  tenía  calidad  y cantidad. Después,   no fue ni una cosa ni la otra.    La gente se quedaba con hambre. Los familiares no podían hacer nada para mejorar la situación. La patronal no los escuchaba. Y el único camino que les  quedaba era llevarlos a otro geriátrico.  No era para nada fácil  llevar a los ancianos  de un sitio a otro.  Había   peores lugares que La Humillación.

Casi todos los geriátricos tenían sus plazas cubiertas. Cama que se desocupaba había otro cuerpo que se acostaba.

El dueño de La Humillación  era un tipo joven, descendiente de iraquíes. Se hizo rico cuando  se ganó la lotería— el Mifal a pais.  Su padre, que era maestro mayor de obras,  le construyó el edificio.

No necesité mucho tiempo para darme cuenta que el iraquí era un mal bicho, un falso consagrado. Todas las mañanas rezaba en su oficina. Dejaba la puerta entreabierta para que todos los asistentes viéramos cómo se reconciliaba con Dios, para  que  no lo castigara  por explotar al personal, por mezquinarles la comida a los abuelos  y por mentirles a los familiares  sobre las bondades de La Humillación.

Cuando se inauguró el geriátrico  tenía    salas  de hidromasajes. A la semana las quitaron  para transformarlas en  dormitorios. Primaba la rentabilidad por sobre el  confort. Hasta se llegó al extremo de convertir    los refugios en habitaciones, cuando debían permanecer desocupados  y acondicionados en caso  de una confrontación bélica.

EL DUEÑO DE LA HUMILLACIÓN  tenía untado  a algunos de  los inspectores del Ministerio de Salud, quienes le avisaban cuando iba a producirse  una inspección.    

Entonces el personal se encargaba  de poner la casa en orden: las camas que estaban demás  las escondíamos en un depósito;  se modificaba la planilla del  personal  aumentando   su número para que se ajustara a lo era exigido por ley. En la lista de los trabajadores figuraban los que habían renunciado y algunos que nunca habían  estado con nosotros.

No sé de dónde sacaban  esos nombres y sus documentos respectivos.  La maniobra tenía un gran parecido a los padrones electorales argentinos.

En el turno matutino éramos  cuatro los asistentes por piso. Dos en cada ala. De tarde podían ser tres, a veces dos; y de noche uno y una  enfermera para todos los pisos.

Yo cumplía el horario de seis a catorce. En mi grupo había una   israelí y el resto eran filipinos, todos ellos buena gente. A los asiáticos yo les hablaba en inglés.

RAQUEL HABLABA LADINO.  Era una flaca escopeta: la comían  los  nervios.  Se bajaba dos atados de Time por día.  Había enviudado siendo  muy joven. Su marido  fue  atropellado por un auto cuando cruzaba la calle.

Tenía un hijo  que a  los dieciséis años  ya gozaba de un vasto  prontuario  por gresca y hurto.  Más de una vez en plena madrugada tuvo   que ir a sacarlo de la comisaría. El pibe no  estudiaba y tampoco  trabajaba. La pobre madre le bancaba la vagancia.     

Raquel se había echado un  amante. Era un empleado jerárquico de la empresa  láctea  Tnuva,   propiedad de la CGT.

Un día ella se cansó de  garchar en la clandestinidad  y de sus  falsas promesas, y  lo despachó.  

Raquel era veterana en este tipo de trabajos. Me fue de mucha ayuda.

Todas las mañanas   me esperaba  en la parada del colectivo donde yo descendía para tomar  la combinación  que nos dejaba en la puerta del laburo.  

Fuimos un buen tándem, y  mejores amigos.