Saturday, November 16, 2019

NO SOY FAMOSO PERO TENGO COSAS QUE DECIR (11)



Contaré mi vida antes que la parca se anticipe

 A  MI PADRE, la religión le producía   alergia.  Solamente iba  a la sinagoga en   Año Nuevo—Rosh Hashaná  y   en el Día del Perdón---Yom Kippur, llevado más que todo por una costumbre y no por una cuestión de fe.
A MI MADRE, en cambio, le gustaba respetar el Shabat.  Los viernes encendía dos velas decía una oración y ponía en la mesa  el pan trenzado—jalá, que se come en todas las festividades menos en las Pascuas.
Durante varios años  celebramos en nuestra casa Rosh Hashaná  y Yom Kippur,  en un  ambiente sumamente agradable.  
Nosotros compartíamos las festividades con la hermana, el cuñado y los sobrinos de   nuestro  inquilino, JONÁS un hombre que había perdido  a su mujer y a sus tres hijos, en un  campo de concentración.  
Jonás había sido condecorado por el ejército austriaco por su valiente comportamiento durante la PGM. Las medallas no le sirvieron para rescatar a su familia del averno.
Jonás vivía tomando   litros de café soluble y fumando  un cigarrillo  tras del otro.
Jonás se dedicaba a la venta callejera de artículos de mercería. 
Cuando  se compró  un tocadiscos yo no me despegaba de su habitación. Jonás compraba discos en idish.  Todas eran canciones muy tristes. Recordaban   la vida de los hebreos en Europa.   
Los parientes de Jonás vivían en la vecina localidad de  San José de Feliciano (fundada en 1823),  donde la pequeña comunidad hebrea no tenía los medios económicos   para poder  contratar un jazán;  por eso  venían  a Concordia.
Si el día se presentaba agradable se almorzaba y se cenaba en el patio cubierto de casa. Si no,  se utilizaba el salón comedor, adecuado para  dar  cabida a los diez comensales. 
Mi Madre  adornaba la mesa con  dos  hermosos candelabros;  un mantel blanco, bordado a mano en los extremos, con sus respectivas servilletas. Los   platos estaban  decorados,  las copas eran de cristal  y los  cubiertos de alpaca.
La hermana de Jonás se encargaba de la cocina. Todo lo organizaba   en un periquete.  
Los rincones de nuestro caserón  estaban impregnados de los  cálidos aromas que partían de  nuestra   cocina Istilart, que bramaba feliz.
YO GUARDO UN TRISTE RECUERDO de  la Istilart: era muy pequeño cuando me  saltó un brasa que se me acomodó en el cuello.  Me quedó una enorme llaga de adorno. 
De  las muchas exquisiteces que se preparaban yo me derretía por dos en particular: el  cogote de pollo relleno (harina de matzá, tres cebollas medianas bien picadas, ocho  cucharadas de grasa de pollo, sal y pimienta); y por la  gelatina de  pata de  res—jolodetz (huesos de garrón completo, sal  a gusto,  cucharada de pimienta en grano,  hojas de laurel, dientes de ajo y  huevos duros.)
Por una  Ley Nacional,  los hebreos  podíamos faltar a clase. Y los comerciantes no abrían  sus negocios aún aquellos que no iban  la sinagoga.     
En el shil   los hombres se sentaban  separados de las mujeres. Ellos adelante, ellas atrás. Las más jóvenes subían al balcón del primer piso desde donde seguían la ceremonia. Las casadas se cubrían la cabeza. Con los hombres  no existían las    excepciones:   todos nos poníamos la kipá.
Las fiestas caían entre septiembre y octubre. El clima era mayormente  benigno y yo me unía a los grupetos que jugaban   en el patio de la sinagoga.
A  MI PADRE  le gustaba que yo lo acompañara mientras él  rezaba.  Hasta me explicaba lo que estaba leyendo.  Cuando me invadía el aburrimiento  volvía al patio.
Nunca  faltaba aquel chistoso que te  quitaba la kipá,  en el momento que estabas por entrar al  oratorio.
Yo no entendía  cómo hacía  Mi Padre para sostener  el  yarmekel sobre su bocha.   Cuando yo me quedé pelado  ya hacía años que no pisaba una sinagoga.  Yo prefería ser bueno todo el año, antes que tener que  ir disculparme  ante un Ser  imaginario, por los  pecados no cometidos.
He sido lo intelectualmente honesto   para poder juzgarme a mí mismo.
En la religión judía no se exculpa al rico. Todos están metidos en la misma bolsa.
La división entre LOS  ASQUENAZÍES Y LOS SEFARDÍES es lo  más visible en el plano religioso: cada grupo  tiene  su propio templo. Unos leen los textos en  una mezcla de idish y hebreo.  En cambio, los mal llamados “turcos”  lo hacen  solamente en hebreo.
En 1961, entré en un shil oriental para ir  a saludar a una  noviecita que era hija de sirios. Todos me miraron  como a  un sapo de otro pozo. Quizá lo era. Yo nunca entendí  cómo puede ser que el hombre discrimine a su semejante, sabiendo que todos tenemos idéntico comienzo e igual  final. Y en el caso de los hebreos, unos y otros  rezamos   al mismo Jehová.
Kipá. Es una pequeña gorra ritual  usada tradicionalmente por los varones   y últimamente aceptada también por las corrientes no ortodoxas para uso femenino.
Había  momentos  de la liturgia que  me  fascinaban: cuando el jazán se arrodillaba  en   gesto de  sumisión ante  el Señor;  y  cuando se abría el armario sagrado, –el  arón hakodesh-- donde estaban guardados los rollos bíblicos. 
Los ayudantes del rabino se acercaban los escritos  al  público para que la gente los tocara, como si buscasen en ese gesto ser bendecidos. Finalmente   los rollos se  desplegaban totalmente  sobre el púlpito para  su lectura.
Había un hombre que se encargaba de hacer sonar  una trompeta--   shofar   revelando distintos pasajes de la liturgia.
El cuerno es de un animal kasher: carnero, cabra, antílope o gacela.
En Año Nuevo   se lo hace sonar no menos de cien  veces.
Yo tenía uno que Mi Padre me lo había regalado.  Lo tenía de adorno. Mis pulmones no   acumulaban el aire suficiente para que yo pudiera soplar.
Dos semanas después del Año Nuevo, es  el Día del Perdón. En esta efeméride  la  concurrencia a la sinagoga es multitudinaria. La gente no se viene  a confesar sino  a estar presente en el momento que se reza  por los padres, hijos y hermanos  fallecidos.      
Cuando de la  muerte se trata hasta los ateos se vuelven creyentes.    
En YK  se cena temprano y  con  la salida de la primera estrella se inicia el ayuno que es obligatorio para toda aquella persona mayor de trece años.  
Yo iba a la sinagoga a escuchar   KOL  NIDREI  (es el rezo previo  del servicio
vespertino). Si el jazán   le pone  onda a su canto, al público se le aflojaban  las rodillas y  las lágrimas se deslizan espontáneamente.
El rito central comienza  a las ocho de la mañana y se extiende  hasta la salida de la  nueva estrella.
Los adultos no se mueven de la sinagoga. No quieren que los demás piensen que pueden flaquear.  Es que no resulta nada fácil estar encerrado casi todo un día, en una sala abarrotada y  con escasa ventilación.  No faltaban  los que se  sofocaban   o se desmayaban.
Están exceptuados de ayunar: los viejos,  los enfermos, y los menores de trece años.   Es decir: los que todavía no han tomado la comunión.   Muchos niños en su infinita maldad, les gustaba pasearse por la sinagoga  comiendo   un  sándwich de miga, bebiéndose  un refresco  o tomándose   un   enorme helado. 
También se dedicaban  a indagar al principiante  si no había aflojado: se le pedía que mostrara la  lengua para ver si estaba seca o rosada.
Al terminar el día  los feligreses se reúnen  alrededor de una mesa enorme para brindar por el nuevo año. Tortas de miel y bebidas espirituosas están  al alcance de todos.
Yo me ponía en la cola como si hubiese ayunado y era merecedor de un  pedazo de leikaj. Algunos me ponían  mala cara por mi intromisión.
La última vez que estuve  con  MI PADRE en  la sinagoga  de Concordia fue en el Año Nuevo de 1963.
LAS   PASCUAs—Pesaj, la festejábamos   en familia.  La hermana de   Jonás y los suyos  se quedaban en su pueblo.   Mi Madre tenía la cocina  a su entera disposición. Ella se  encargaba de  limpiar a fondo    todo vestigio de pan y reemplazarlo por  el pan ácimo--  matzá. 
Es un festejo de   una semana. Mayormente importan los dos primeros días y el último.  Esta festividad representa  el fin de nuestra  esclavitud en   Egipto.
LA  MATZÁ  era el   alimento básico que tenía el pueblo  mientras marchaba   por el   desierto—midbar , hacia la Tierra Prometida. 
Un hueso con carne asado  a la brasa  es  el cordero pascual y se lo coloca en un plato. 
En una  fuente se distribuyen  las  hierbas amargas que equivalen  al sufrimiento de  nuestro  pueblo;  un puré de manzana con  almendras y canela, bañados  en  vino tinto,  es  la argamasa de  los  ladrillos que los esclavos hebreos utilizaban   en las  construcciones  faraónicas; y  un huevo,  previamente  cocido en cenizas de matzá,    simboliza  la destrucción del Templo  y el comienzo de nuestra Dispersión. Un momento   particular  que hace  atractiva la cena—seder,  se produce  cuando   el encargado de leer la Leyenda--Hagadá,  llena de vino dulce  las copas.  Hay que  libar  en cuatro oportunidades. 
Después de la segunda ronda, el  más joven le plantea  al más viejo cuatro preguntas--- kashot, relacionadas con la destrucción del Templo.  El cuarto brindis  afianza la existencia de un ser  único y todopoderoso: Adonaí.
En  todos los hogares se  espera  la llegada de Elías, el Mesías-- Eliahu hanaví que viene   montando   un brioso corcel blanco y va a compartir la celebración con todas las familias.  
Él tiene su propia copa de vino.
Entre los más jóvenes siempre hay  uno que va diciendo que   Elías ya ha venido  porque su copa no tiene  la misma cantidad  de vino.  La dificultad es demostrarlo. Esto  origina agrias discusiones  entre los comensales.
A la hora del postre hay un entretenimiento conocido como  afikoman, (trozo de  matzá  envuelto en una servilleta), que los padres esconden y   los hijos  rivalizan
entre ellos para ver quién es  el primero en hallarlo. El premio es muy modesto: caramelos, algún chocolate  o chupetines.  A los  perdedores les queda la sensación que el ganador se ha visto  favorecido por los papis. Esta duda se renueva  año a año.
La Psicología moderna afirma que  los padres, aunque lo nieguen,  tienen   un hijo al que prefieren por sobre  sus otros hermanos.
En 1962 yo estaba viviendo en Israel. En Rosh Hashaná   fui a un  kibutz  donde   había  una  mayoría  brasileña: Brur Jail (fundado  en 1950). Me bastó   llegar para  darme cuenta que aquí  la religión no contaba.  Los bazucas   estaban eufóricos por  haber conquistado   el  Mundial de Fútbol  de Chile  y burlarse  de  los argentinos. La selección albiceleste se habìa quedado en la fase inicial.
Al día siguiente conseguí  que alguien me acercara hasta el kibutz Saar,  fundado por  religiosos en 1947.     
Yo quería   impregnarme  de judaísmo  que mal no me venía teniendo en cuenta que estaba en la tierra de mis antepasados.
La  sinagoga de SAAR era muy  bonita. Hay  unos  vitrales que a la  luz del día  le confiere  una belleza muy especial.
Después de un par de horas de escuchar y no entender,  me fui al baño porque me estaba orinando. A duras penas encontré un  Beit shimush destinado al público en general.    
Una vez que liberé mi vejiga y me lavé las manos me di cuenta que todas  las luminarias estaban encendidas. Pensé para mí: “¡Qué desperdicio!”  Y las apagué. En ese momento un grito  espantoso surgió  de las entrañas mismas de un inodoro. Me pegué semejante susto, que aún hoy me estremezco. Un religioso con los pantalones a medio subir se me acercó chillando. No entendía  lo que me quería  decir.  Me escapé  de  ese chiflado. 
Tuve la suerte que un particular aceptó llevarme.  Me dejó en la casa de Lea, la prima de Mi Madre, que vivía en Tel Aviv.
En el viaje me  puse a pensar  por qué el datí   había enloquecido.  Me había olvidado que  en los  días de recogimiento y feriados, relacionados con la fe, no se  pueden  encender  el  fuego ni la luz. Se utiliza un sistema electrónico que hace que la electricidad se encienda y se apague automáticamente. Yo había cometido un sacrilegio.
En Yom Kippur   viajé en bus de Tel Aviv a Haifa, a la casa de MI TÍA  DÉBORA. La encontré más glotona que nunca. Para ella la religión era una ofensa al sentido común.  Traté  aislarme de la tía  pecadora.  Me fui hasta  una  sinagoga que estaba en la zona del Monte Carmelo.  Dos horas después   volví para compartir el almuerzo con Mi Tía y Mi Primo Danny.  Comí sin sentir el más mínimo remordimiento.
Desde ese entonces, nunca más le di importancia a las Fiestas judías salvo, para  no ir a trabajar. Una manera cómoda para no perder mi identidad.
Yo de niño  encontraba mucho más alegres las festividades católicas  que las judías.   Nunca olvidé que los católicos nos llenaron la vida de muertos. De todos modos, tanto en Navidad como en Año Nuevo yo sentía una envidia enfermiza hacia   los chicos del barrio.  Ellos podían trasnochar y tirar cohetes.  A  mí me mandaban a dormir temprano.    
(Todos los capítulos en: elhombredelamemoriacorta.blogspot.com)