Friday, January 10, 2020

NO SOY FAMOSO PERO TENGO COSAS QUE DECIR (13)



 Contaré mi vida antes que la parca se anticipe
  

En  1954 tuve mi primera cena de NOCHEBUENA.  Mi Tía Rosita y su vecina, la
mujer del zapatero, una italiana divina, organizaron una jafla  para   once comensales. 
 Sacaron las mesas a la vereda, se iluminó el lugar. No hubo Misa de Gallo, ni se bendijeron los alimentos. Unos no creían y los otros  no querían.
REYES era mi acabose.   Yo madrugaba para ver cuán magnánimos habían sido los  Magos con los purretes de la cuadra.  Muchos de ellos  no entendían  por qué conmigo  habían sido tan tacaños.
Yo no estaba de humor como para darles  explicaciones. Tampoco  me entenderían.
A Mi Primogénito nunca le faltó un juguete en  Reyes. No quería que se sintiera diferente a otros chicos.  Esto no lo  haría mejor ni peor hebreo.
 La única fiesta  cristiana que MI Madre  no encontraba   pecaminosa  era Carnaval. Durante la siesta se armaban verdaderas batallas campales: grandes y chicos, de ambos sexos, se corrían con baldes y globos cargados  de agua. 
 Recuerdo a  dos agrupaciones que hacían capote en las fiestas carnestolendas: Los Wawancó  una formación creada en 1955 con  músicos de diversas nacionalidades: de Costa Rica, Perú, Chile y Colombia.  Se distinguía  por tocar cumbias y merengues;  y el Cuarteto Imperial,  conjunto de origen colombiano que abrió sus horizontes musicales  en la Argentina en el año  1964   para convertirse en los reyes de la cumbia.  
Yo no participaba. Mi Madre temía que me resfriara. En cambio, me permitía llevar al corso  un pomo de goma cargado de agua para que mojara a las nenas.
Había un  espray  que tenía un líquido que cuando   entraba en los ojos era la agonía. A principios de los cincuenta del siglo pasado se lo prohibió porque se habían  constatado  graves daños  oculares.
LA CALLE PRINCIPAL DE CONCORDIA se transformaba en una arteria tan iluminada que permitía fantasear con un mundo de fábulas. Luces con diseños alegóricos a la fiesta se extendían por varias cuadras.  Las murgas y   las carrozas se ganaban los  estruendosos aplausos de la multitud. Mucha gente terminaba la noche   en los clubes y centros bailables. Las orquestas eran  en vivo y se daban  premios a los mejores disfraces.
No lejos de la casa de Mi Tía Rosita estaba el club comunicaciones (fundado en  1923). Una verdadera multitud concurría a bailar con   las mejores orquestas del momento.  En carnaval la competencia era muy grande y la gente elegía, como siempre las mejores propuestas.
CARNAVAL.  Tiene su origen probable en fiestas paganas:  en honor a Baco, dios del vino; las saturnales (en homenaje al dios Saturno); y  las lupercales romanas (se festejaban el 15 de febrero de cada año). 
 Yo le tenía miedo al fuego. Sin embargo, me fascinaban  las fogatas que se hacían para la recordar  el  martirio  de los apóstoles  San Pedro y San Pablo.  Yo no participaba en el armado de las hogueras, pero donaba ropa vieja para vestir a  los monigotes que se iban a quemar.
En mi infancia las  fechas patrias  se vivían intensamente. Yo iba a todos los  desfiles. Con los años, estas costumbres fueron dejadas de  lado. Ahora los Padres de la Patria  se han transformado en agentes de turismo.  Se utilizan los feriados para pasear. Los jóvenes no tienen la más pálida idea de cómo se fue construyendo   este país. 
Nuestros insignes políticos  nos  hablan de patriotismo, de amor a esta tierra, y  una sumatoria de irrefrenables boludeces.
No todo pasado fue mejor. Sin embargo, antes uno debía  generar sus propios espacios de diversión porque nada  venía envasado.   La gente salía  a pasear a  parques y plazas.  Había un trato fluido  con el vecino. Era tan entrañable la relación que parecía un familiar.
Hoy todo esto ya no existe: los barrios han desaparecido para convertirse en moles de cemento, donde sus habitantes no saben quién vive en la vivienda de al lado.
EL SIONISMO: UNA IDEA REVOLUCIONARIA.
MIS PADRES despertaron  en sus hijos el concepto laico del Sionismo.   Para mí el Mesías había llegado con el restablecimiento del Estado de Israel.
Mis Hermanos tenían una participación mucho más activa en el grupo  Unión de la Construcción--Ijud Habonim.  
CONCORDIA fue varias  veces sede de los Seminarios del Movimiento.  Los organizadores pedían disponibilidad de alojamiento para los visitantes. Mi casa se transformaba: era invadida por  voces y sonidos de chicas y muchachos todos  llenos de ideales
SIONISMO.  Movimiento político internacional que propugnó desde sus inicios la vuelta del  pueblo hebreo en la tierra de sus antepasados. Era de carácter laico y fue impulsado  por el periodista austro-húngaro Theodor Herzl (n.1844), a fines del siglo XIX. 
Nos achicábamos para que alguno de ellos durmiera en una cama decente; la mayoría se acostaba  en el piso en sus bolsas de dormir.
En el  verano todos los movimientos juveniles ponían  punto final a la actividad anual con la realización de campamentos-- majanot.
En mi infancia participé de dos: uno en la Laguna de los Padres, cerca de Mar del Plata;  y el otro en  La Serranita, a cincuenta kilómetros de la capital cordobesa.
En el viaje de ida  a Córdoba, me   colgaron un sambenito: a Mi Hermano  Samuel  quien  me tuvo con el corazón en la boca cuando en el  ferry,   cruzando   el río  Paraná en dirección a Santa Fe, al nene se le dio   por subirse a  una baranda amenazando  con  arrojarse  al agua. Yo  me mostré indiferente, como que no me preocupaba su actitud.
Mi Hermanito que no era ningún gilurdo  viendo que nadie le daba bolilla desistió de matarse. Desde ese momento se apaciguó. 
En su descargo debo decir que vino obligado por Nuestros Padres.  De nada le valió patalear. 
Para mí fueron dos semanas bárbaras. No me faltaron las emociones. Una mañana una de nuestras compañeras    se metió en un terreno baldío donde había un toro que, por lo visto,   le estaba siguiendo los pasos. De pronto la bestia se le vino al humo. Yo empecé a los gritos. La  piba reaccionó a tiempo y evitó que el miura la corneara.   El animal se frenó frente a   una alambrada   rumiando su frustración. Creo que tenía  pensado vengar a  todos sus  hermanos muertos en las plazas de toros.
De noche, después de la cena, todo el mundo se reunía alrededor de una hoguera: se  tomaba café  turco y  se repartían   papas y batatas a las brasas. Muchas veces nos quedábamos cantando hasta el amanecer.
Las estrellas de estos kumzitz, eran los tucumanos y los  santiagueños, de  voces afinadas,  buenos guitarristas y hábiles concertistas del acordeón a piano.
La última noche  resultó  una verdadera  cagada. El cocinero—tabaj, nos anunció  una cena principesca: salpicón de ave,  uno de mis platos favoritos.  Venía a ser la  compensación  de tanta  polenta y  de  tallarines sumergidos en una salsa incolora.
El primer bocado me resultó sospechoso, Algo fastidiaba a mi paladar. De todos modos,  limpié el plato.
A nadie se le dio por  pensar que  una mano artera había llenado  la mayonesa de  sal inglesa (purgante.) 
Los baños (unos pozos ciegos),  no daban abasto  para recibir tantos trastes desesperados. Los que no podían esperar   corrían hacia los yuyales. Más de uno  tropezaba  con   los   excrementos de quienes  ya habían transitado en esa dirección. 
El olor a caca invadió el campamento. Todo el mundo  se quedó  mirando como amanecía, rodeado  de mierda y con cara de orto.  El  caso quedó impune. 
BAÑO.  Antiguamente su uso  estaba asociado  a ritos purificadores religiosos, presente en varias culturas.           
MI MADRE se alegró  cuando le escribí que me sentía bien del asma. 
Un día antes de la finalización del campamento se apareció con Mi Hermano menor. Había alquilado dos habitaciones en un hotel de la zona. Me  pasé otros quince días fantásticos respirando aire puro.
Al campamento de la Laguna de los Padres,   fui por un arreglo que hizo Mi Tía Rosita con dirigentes del Movimiento porteño. Aquí me  hice de un amigo marplatense, cuya familia me adoptó: cada vez que los padres de Salvador lo venían a visitar   me traían masitas y caramelos. El último día se descargó un diluvio. Los transportes   no podían entrar al majané por la cantidad de barro acumulado. Tuvimos que caminar hasta la  ruta, metidos hasta la cintura en el fango. 
Cuando pisamos el asfalto nos encontramos con  el gobernador bonaerense, el  coronel  Domingo Alfredo Mercante (n. 1898), quien estaba veraneando en Mar del Plata y  se había enterado de nuestra crítica situación. Enseguida envió personal del Ejército para que se encargara  de  desmantelar el campamento. Antes de subirnos a nuestro colectivo nos sacamos fotos con el gobernante bonaerense. Nunca pude hacerme de una copia, a pesar de haber dejado mi dirección.
El viaje de Concordia a la Capital Federal  lo hice en hidroavión. Al poco de partir hubo un problema mecánico. Volvimos al punto de partida. La salida se pospuso para el día siguiente. Cuando mis padres me vieron aparecer casi se infartan: creyeron ver el fantasma de Jacobo.
Mi Padre fue al correo y le envió a Mi Tía Rosita un telegrama informándole del percance y de mi llegada para el día siguiente.
 Cuando llegué al puerto de la Capital Federal, nadie me estaba esperando. Tomé un taxi. Unas horas después de mi arribo a destino llegó el telegrama que mi padre había enviado el día anterior.
LOCO POR EL FÚTBOL.
 MIS PADRES me agobiaban con sus prevenciones en cuanto al asma.  Decían que por correr y transpirar afectaba, aún más, mi salud.  Toda mi energía deportiva la volqué  en un  fanatismo por   Boca Juniors.
Cuando el equipo ganaba yo  sabía que tenía una semana de tranquilidad.  La derrota me transformaba en un chico irascible, que no quería ver a nadie,  sabiendo que me tenía que bancar las cargadas de los contras.
El  jueves 11  de noviembre de 1954, Boca tenía la chance de salir campeón después de una sequía de diez  años.  
Me fui a la Portería del colegio a escuchar el partido.  El  equipo de la Ribera  sumó otra estrella al ganarle a Tigre, uno a cero,  con el gol convertido por  el exdelantero de Estudiantes de la Plata,  Miguel Ángel  Baiocco. 
En el  auriazul  jugaba mi coterráneo,  llamado  “El patrón del área”: Juan Carlos Colman (n. 1922). Y el  arquero era el  correntino Julio Elías Musimessi (n. 1924),  quien también  era un destacado  chamamecero. 
Él   popularizó una   canción dedicada a los boquenses:   “Dale Boca, viva Boca, el cuadrito de mi amor..."
Esa tarde no  pude dar la vuelta olímpica porque la regente Inchausti  me pilló y me puso en penitencia.
MI PADRE  no me dejaba  escuchar los partidos de fútbol porque, desde su óptica, menoscaba mi    personalidad.
Los domingos el barrio era un enorme parlante. Yo trataba de escaparme de casa y pegar  mi oído   a algún  paredón donde alguien tenía su radio puesta a full para escuchar el partido de Boca.
Y si algún  fin de semana  me  iba   a la quinta  no tenía paz hasta no enterarme como habían salido   los bosteros. 
En la única ocasión que logré eludir el control de Mi Padre fue durante el  Mundial de Suiza de  1954. En los horarios de los partidos Aarón estaba trabajando. Y Mi Madre no tenía ganas de discutir conmigo.
Argentina   había quedado fuera  la competencia. Yo cinché por  Uruguay que defendía el título después del batacazo  del 50’ en el mismísimo estadio Maracaná  cuando venció al local, Brasil. 
La escuadra Celeste ocupó el tercer lugar.  El campeonato lo ganó Alemania   reventando a patadas al conjunto  húngaro, que era un equipazo al que se lo denominaba “las libélulas blancas.”
Cuando  conocí el rostro corrupto del fútbol quise disculparme  con  Mi Padre, pero ya   era  demasiado tarde: había fallecido.
 El mejor estadio  de fútbol de Concordia era el del club  Libertad.  Su campo de juego estaba camino al Puerto, a metros del Parque de la ciudad.  Un par de veces me escapé de casa, para ir a ver un partido por el torneo oficial de primera división. Yo entraba sin pagar por ser menor de edad. Iba y volvía  caminando.
Después tenía que encontrar  algún pretexto para justificar mi ausencia.
La única vez que  tomé un colectivo   me lo pagó Pepe, el rengo de la esquina de casa, un  fanático de Independiente de Avellaneda.
A veces me escondía en su garaje para escuchar el juego de los rojos, no lo podía obligar a que cambiara de  dial.
LA  CANCHA DE LIBERTAD fue el escenario  de un hecho insólito que   figura  en el libro  Guinness de los records.  El equipo visitante entró al campo de juego decidido a no jugar  en disconformidad con el árbitro designado quien, al parecer, los había bombeado en la fecha anterior.   Los jugadores se sentaron en el césped ocupando cada uno de ellos sus respectivos puestos.
Después de cada gol, los delanteros hacían el saque de salida y enseguida todo el plantel se volvía a sentar en el campo de juego.   El encuentro—no encuentro, terminó setenta y nueve a cero, a  favor de Libertad. Menos mal que el cuestionado juez no dio  tiempo de descuento.           
Mi relator preferido era el   uruguayo FIORAVANTI (Joaquín Carballo Serantes n. 1911), un maestro  de la descripción y del lenguaje,  a quien conocí personalmente durante  el  homenaje que le rindió el Círculo de Periodistas Deportivos de Mar del Plata en 1986.
  Mi locura  bostera quedó en evidencia ese domingo de agosto  de 1959. Yo vivía en una pensión en Mendoza.   Dos chilenas,  la Tía y su Sobrina,   habían venido por asuntos de negocio.
El hijo del dueño de la pensión  concertó con las chicas una salida. Ellas  querían conocer la ciudad.   
Miguel  no tenía freno alguno cuando de mujeres se trataba.   Me sumó a  mí para conformar el cuarteto.  Nos fuimos en colectivo hasta el   Parque San Martín, uno de los lugares preferidos tanto para  los locales como para los visitantes.  
Con  su cancha para el levante Miguel se apropió de la Tía que tenía treinta y dos años de edad, estaba separada y no tenía hijos.  Era flaca y alta, con pocos atractivos físicos. En eso sí,  con vasta experiencia en la catrera.  Miguel y  la Tía se metieron en  unos yuyales y se dieron de paraditos nomás.
La Sobrina se calentó con la imaginación.  Quiso violarme, yo me negué: no estaba de humor. Me había enterado que San Lorenzo había goleado a Boca. Fue una de las tantas   oportunidades que desperdicié  para terminar con mi celibato. La piba no ocultó su odio hacia mí tildándome  de “macaquero”. Me lo tenía bien merecido.
(Todos los capítulos en: elhombredelamemoriacorta.blogspot.com)