En 1954 tuve mi primera cena de NOCHEBUENA. Mi Tía Rosita y su vecina, la
mujer del zapatero, una
italiana divina, organizaron una jafla
para once comensales.
Sacaron las mesas a la vereda, se iluminó el
lugar. No hubo Misa de Gallo, ni se bendijeron los alimentos. Unos no creían y
los otros no querían.
REYES era mi
acabose. Yo madrugaba para ver cuán
magnánimos habían sido los Magos con los
purretes de la cuadra. Muchos de
ellos no entendían por qué conmigo habían sido tan tacaños.
Yo no estaba de humor
como para darles explicaciones.
Tampoco me entenderían.
A Mi Primogénito nunca
le faltó un juguete en Reyes. No quería
que se sintiera diferente a otros chicos.
Esto no lo haría mejor ni peor
hebreo.
La única fiesta cristiana que MI Madre no encontraba pecaminosa
era Carnaval. Durante la siesta se armaban verdaderas batallas campales:
grandes y chicos, de ambos sexos, se corrían con baldes y globos cargados de agua.
Recuerdo a dos agrupaciones que hacían capote en las
fiestas carnestolendas: Los Wawancó una
formación creada en 1955 con músicos de
diversas nacionalidades: de Costa Rica,
Perú,
Chile
y Colombia. Se distinguía
por tocar cumbias y merengues; y
el Cuarteto Imperial, conjunto de origen colombiano que abrió sus
horizontes musicales en la Argentina en
el año 1964 para convertirse en los reyes de la
cumbia.
Yo no participaba. Mi
Madre temía que me resfriara. En cambio, me permitía llevar al corso un pomo de goma cargado de agua para que
mojara a las nenas.
Había un espray
que tenía un líquido que cuando
entraba en los ojos era la agonía. A principios de los cincuenta del
siglo pasado se lo prohibió porque se habían
constatado graves daños oculares.
LA CALLE PRINCIPAL DE
CONCORDIA se transformaba en una arteria tan iluminada que permitía fantasear
con un mundo de fábulas. Luces con diseños alegóricos a la fiesta se extendían
por varias cuadras. Las murgas y las carrozas se ganaban los estruendosos aplausos de la multitud. Mucha
gente terminaba la noche en los clubes
y centros bailables. Las orquestas eran
en vivo y se daban premios a los
mejores disfraces.
No lejos de la casa de
Mi Tía Rosita estaba el club comunicaciones (fundado en 1923). Una verdadera multitud concurría a
bailar con las mejores orquestas del
momento. En carnaval la competencia era
muy grande y la gente elegía, como siempre las mejores propuestas.
CARNAVAL. Tiene su origen probable en fiestas
paganas: en honor a Baco, dios del vino;
las saturnales (en homenaje al dios Saturno); y
las lupercales romanas (se festejaban el 15 de febrero de cada
año).
Yo le tenía miedo al
fuego. Sin embargo, me fascinaban las
fogatas que se hacían para la recordar
el martirio de los apóstoles San Pedro y San Pablo. Yo no participaba en el armado de las
hogueras, pero donaba ropa vieja para vestir a
los monigotes que se iban a quemar.
En mi infancia las fechas patrias se vivían intensamente. Yo iba a todos
los desfiles. Con los años, estas
costumbres fueron dejadas de lado. Ahora
los Padres de la Patria se han
transformado en agentes de turismo. Se
utilizan los feriados para pasear. Los jóvenes no tienen la más pálida idea de
cómo se fue construyendo este
país.
Nuestros insignes
políticos nos hablan de patriotismo, de amor a esta tierra,
y una sumatoria de irrefrenables
boludeces.
No todo pasado fue
mejor. Sin embargo, antes uno debía
generar sus propios espacios de diversión porque nada venía envasado. La gente salía a pasear a
parques y plazas. Había un trato
fluido con el vecino. Era tan entrañable
la relación que parecía un familiar.
Hoy todo esto ya no
existe: los barrios han desaparecido para convertirse en moles de cemento,
donde sus habitantes no saben quién vive en la vivienda de al lado.
EL SIONISMO: UNA IDEA REVOLUCIONARIA.
MIS PADRES despertaron
en sus hijos el concepto laico del Sionismo. Para mí el Mesías había llegado con el
restablecimiento del Estado de Israel.
Mis Hermanos tenían una
participación mucho más activa en el grupo
Unión de la Construcción--Ijud Habonim.
CONCORDIA fue varias veces sede de los Seminarios del
Movimiento. Los organizadores pedían
disponibilidad de alojamiento para los visitantes. Mi casa se transformaba: era
invadida por voces y sonidos de chicas y
muchachos todos llenos de ideales
SIONISMO. Movimiento político
internacional que propugnó desde sus inicios la vuelta del pueblo hebreo en la tierra de sus
antepasados. Era de carácter laico y fue impulsado por el periodista austro-húngaro Theodor Herzl (n.1844), a fines del siglo XIX.
Nos achicábamos para que
alguno de ellos durmiera en una cama decente; la mayoría se acostaba en el piso en sus bolsas de dormir.
En el verano todos los movimientos juveniles
ponían punto final a la actividad anual
con la realización de campamentos-- majanot.
En mi infancia participé
de dos: uno en la Laguna de los Padres, cerca de Mar del Plata; y el otro en
La Serranita, a cincuenta kilómetros de la capital cordobesa.
En el viaje de ida a Córdoba, me colgaron un sambenito: a Mi Hermano Samuel
quien me tuvo con el corazón en
la boca cuando en el ferry, cruzando
el río Paraná en dirección a
Santa Fe, al nene se le dio por subirse
a una baranda amenazando con
arrojarse al agua. Yo me mostré indiferente, como que no me
preocupaba su actitud.
Mi Hermanito que no era
ningún gilurdo viendo que nadie le daba
bolilla desistió de matarse. Desde ese momento se apaciguó.
En su descargo debo
decir que vino obligado por Nuestros Padres.
De nada le valió patalear.
Para mí fueron dos
semanas bárbaras. No me faltaron las emociones. Una mañana una de nuestras
compañeras se metió en un terreno
baldío donde había un toro que, por lo visto,
le estaba siguiendo los pasos. De pronto la bestia se le vino al humo.
Yo empecé a los gritos. La piba
reaccionó a tiempo y evitó que el miura la corneara. El animal se frenó frente a una alambrada rumiando su frustración. Creo que tenía pensado vengar a todos sus
hermanos muertos en las plazas de toros.
De noche, después de la
cena, todo el mundo se reunía alrededor de una hoguera: se tomaba café
turco y se repartían papas y batatas a las brasas. Muchas veces
nos quedábamos cantando hasta el amanecer.
Las estrellas de estos
kumzitz, eran los tucumanos y los
santiagueños, de voces
afinadas, buenos guitarristas y hábiles
concertistas del acordeón a piano.
La última noche resultó
una verdadera cagada. El
cocinero—tabaj, nos anunció una cena
principesca: salpicón de ave, uno de mis
platos favoritos. Venía a ser la compensación
de tanta polenta y de
tallarines sumergidos en una salsa incolora.
El primer bocado me
resultó sospechoso, Algo fastidiaba a mi paladar. De todos modos, limpié el plato.
A nadie se le dio
por pensar que una mano artera había llenado la mayonesa de sal inglesa (purgante.)
Los baños (unos pozos
ciegos), no daban abasto para recibir tantos trastes desesperados. Los
que no podían esperar corrían hacia los
yuyales. Más de uno tropezaba con
los excrementos de quienes ya habían transitado en esa dirección.
El olor a caca invadió
el campamento. Todo el mundo se
quedó mirando como amanecía,
rodeado de mierda y con cara de orto. El caso
quedó impune.
BAÑO.
Antiguamente su
uso estaba asociado a ritos purificadores religiosos, presente en
varias culturas.
MI MADRE se alegró
cuando le escribí que me sentía bien del asma.
Un día antes de la
finalización del campamento se apareció con Mi Hermano menor. Había alquilado
dos habitaciones en un hotel de la zona. Me
pasé otros quince días fantásticos respirando aire puro.
Al campamento de la
Laguna de los Padres, fui por un
arreglo que hizo Mi Tía Rosita con dirigentes del Movimiento porteño. Aquí
me hice de un amigo marplatense, cuya
familia me adoptó: cada vez que los padres de Salvador lo venían a visitar me traían masitas y caramelos. El último día se descargó un diluvio. Los transportes no podían entrar al majané por la cantidad
de barro acumulado. Tuvimos que caminar hasta la ruta, metidos hasta la cintura en el
fango.
Cuando pisamos el asfalto nos encontramos con el gobernador bonaerense, el coronel
Domingo Alfredo Mercante (n. 1898), quien estaba veraneando
en Mar del Plata y se había enterado de
nuestra crítica situación. Enseguida envió personal del Ejército para que se
encargara de desmantelar el campamento. Antes de subirnos
a nuestro colectivo nos sacamos fotos con el gobernante bonaerense. Nunca pude
hacerme de una copia, a pesar de haber dejado mi dirección.
El viaje de Concordia a
la Capital Federal lo hice en
hidroavión. Al poco de partir hubo un problema mecánico. Volvimos al punto de
partida. La salida se pospuso para el día siguiente. Cuando mis padres me
vieron aparecer casi se infartan: creyeron ver el fantasma de Jacobo.
Mi Padre fue al correo y
le envió a Mi Tía Rosita un telegrama informándole del percance y de mi llegada
para el día siguiente.
Cuando llegué al puerto de la Capital Federal,
nadie me estaba esperando. Tomé un taxi. Unas horas después de mi arribo a
destino llegó el telegrama que mi padre había enviado el día anterior.
LOCO POR EL FÚTBOL.
MIS PADRES me agobiaban con sus prevenciones
en cuanto al asma. Decían que por correr
y transpirar afectaba, aún más, mi salud.
Toda mi energía deportiva la volqué
en un fanatismo por Boca Juniors.
Cuando el equipo ganaba
yo sabía que tenía una semana de
tranquilidad. La derrota me transformaba
en un chico irascible, que no quería ver a nadie, sabiendo que me tenía que bancar las cargadas
de los contras.
El jueves 11
de noviembre de 1954, Boca tenía la chance de salir campeón después de
una sequía de diez años.
Me fui a la Portería del
colegio a escuchar el partido. El equipo de la Ribera sumó otra estrella al ganarle a Tigre, uno a
cero, con el gol convertido por el exdelantero de Estudiantes de la
Plata, Miguel Ángel Baiocco.
En el auriazul
jugaba mi coterráneo,
llamado “El patrón del área”:
Juan Carlos Colman (n. 1922). Y el
arquero era el correntino Julio
Elías Musimessi (n. 1924), quien
también era un destacado chamamecero.
Él popularizó una canción dedicada a los boquenses: “Dale Boca, viva Boca, el cuadrito de mi
amor..."
Esa tarde no pude dar la vuelta olímpica porque la regente
Inchausti me pilló y me puso en
penitencia.
MI PADRE no me dejaba
escuchar los partidos de fútbol porque, desde su óptica, menoscaba
mi personalidad.
Los domingos el barrio
era un enorme parlante. Yo trataba de escaparme de casa y pegar mi oído
a algún paredón donde alguien
tenía su radio puesta a full para escuchar el partido de Boca.
Y si algún fin de semana
me iba a la quinta
no tenía paz hasta no enterarme como habían salido los bosteros.
En la única ocasión que
logré eludir el control de Mi Padre fue durante el Mundial de Suiza de 1954. En los horarios de los partidos Aarón
estaba trabajando. Y Mi Madre no tenía ganas de discutir conmigo.
Argentina había quedado fuera la competencia. Yo cinché por Uruguay que defendía el título después del
batacazo del 50’ en el mismísimo estadio
Maracaná cuando venció al local, Brasil.
La escuadra Celeste
ocupó el tercer lugar. El campeonato lo
ganó Alemania reventando a patadas al
conjunto húngaro, que era un equipazo al
que se lo denominaba “las libélulas blancas.”
Cuando conocí el rostro corrupto del fútbol quise
disculparme con Mi Padre, pero ya era
demasiado tarde: había fallecido.
El mejor estadio de fútbol de Concordia era el del club Libertad.
Su campo de juego estaba camino al Puerto, a metros del Parque de la
ciudad. Un par de veces me escapé de
casa, para ir a ver un partido por el torneo oficial de primera división. Yo
entraba sin pagar por ser menor de edad. Iba y volvía caminando.
Después tenía que
encontrar algún pretexto para justificar
mi ausencia.
La única vez que tomé un colectivo me lo pagó Pepe, el rengo de la esquina de
casa, un fanático de Independiente de
Avellaneda.
A veces me escondía en
su garaje para escuchar el juego de los rojos, no lo podía obligar a que
cambiara de dial.
LA CANCHA DE LIBERTAD fue el escenario de un hecho insólito que figura
en el libro Guinness de los
records. El equipo visitante entró al
campo de juego decidido a no jugar en
disconformidad con el árbitro designado quien, al parecer, los había bombeado
en la fecha anterior. Los jugadores se
sentaron en el césped ocupando cada uno de ellos sus respectivos puestos.
Después de cada gol, los
delanteros hacían el saque de salida y enseguida todo el plantel se volvía a
sentar en el campo de juego. El
encuentro—no encuentro, terminó setenta y nueve a cero, a favor de Libertad. Menos mal que el
cuestionado juez no dio tiempo de
descuento.
Mi relator preferido era
el uruguayo FIORAVANTI (Joaquín Carballo
Serantes n. 1911), un maestro de la descripción y del lenguaje, a quien conocí personalmente durante el
homenaje que le rindió el Círculo de Periodistas Deportivos de Mar del
Plata en 1986.
Mi locura
bostera quedó en evidencia ese domingo de agosto de 1959. Yo vivía en una pensión en
Mendoza. Dos chilenas, la Tía y su Sobrina, habían venido por asuntos de negocio.
El hijo del dueño de la
pensión concertó con las chicas una
salida. Ellas querían conocer la
ciudad.
Miguel no tenía freno alguno cuando de mujeres se
trataba. Me sumó a mí para conformar el cuarteto. Nos fuimos en colectivo hasta el Parque San Martín, uno de los lugares
preferidos tanto para los locales como
para los visitantes.
Con su cancha para el levante Miguel se apropió
de la Tía que tenía treinta y dos años de edad, estaba separada y no tenía
hijos. Era flaca y alta, con pocos
atractivos físicos. En eso sí, con vasta
experiencia en la catrera. Miguel y la Tía se metieron en unos yuyales y se dieron de paraditos nomás.
La Sobrina se calentó
con la imaginación. Quiso violarme, yo
me negué: no estaba de humor. Me había enterado que San Lorenzo había goleado a
Boca. Fue una de las tantas oportunidades
que desperdicié para terminar con mi
celibato. La piba no ocultó su odio hacia mí tildándome de “macaquero”.
Me lo tenía bien merecido.
(Todos los capítulos
en: elhombredelamemoriacorta.blogspot.com)
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