Contaré mi vida antes que la parca se
anticipe
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UN AMOR ENTRE PRIMOS. He
oído decir a muchos chicos que fueron sus primas las primeras en aleccionarlos en sus despertares sexuales.
Varios familiares míos, me
confesaron que tuvieron el despertar con sus primas, algunos ubicados en la
avanzada y otros protagonizando su primera eyaculación en seco.
A causa de mi asma me tuve que ir de mi pueblo en busca de un mejor clima. Yo estaba
viviendo en una pensión en Mendoza. El hijo del dueño, con quien yo había cursado el primer año de la
Secundaria, también sedujo a una prima cuando ella se
vino a vivir a la capital. La joven era oriunda de San Rafael. Hacía tiempo que se había enamorado de Miguel.
Jazmín tenía diecinueve años. Era alta, delgada, cabello
enrulado, nariz pequeña y achatada. Un cuerpo
bastante potable tanto
vestida como desnuda, al decir de su primo.
Durante un tiempo los
encuentros sexuales se tuvieron una
cierta continuidad como correspondía a
dos cuerpos jóvenes. Jazmín estaba feliz, le parecía que tenía asido al toro
por las astas. Ella nunca se imaginó que su amorcito no
entendía de fidelidades.
Miguel se había encajetado con una vecinita cometiendo la locura de pasearse con ella por las
inmediaciones de la casa de Jazmín. Ésta
lo pescó infraganti y armó tal escándalo
que terminó involucrando en el conflicto a las dos familias.
Los padres de Miguel le
echaron la culpa de todo a la sobrina. Los padres de Jazmín querían que el
sobrino respondiera por haber mancillado
el honor de la hija.
Cuando me fui de Mendoza, dos años después, las dos familias seguían disgustadas.
La rantifusa,
por creer en el amor, quedó destrozada.
Cada vez que nos encontrábamos
lloraba a moco tendido.
Su hermana Marina, dos años
menor, pasó a ser la preferida de los
papis. Ella no los iba a desilusionar: iba a
llegar virgen al altar.
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EL NIÑO QUE FUI. . Yo llegué a este mundo, sin haberlo solicitado, el miércoles
22 de octubre de 1941, pesando algo más de los cuatro quilos. Mis Padres me recibieron llorando.
Nunca supe si fue de felicidad o por las malas
noticias que llegaban del infierno europeo, en
un año en el que
los hornos de los campos de
concentración trabajaban a destajo. Fui el segundo Rabín: mi primo MARCOS,
el colorado, había nacido dos años antes.
MI MADRE prácticamente no gozó de su sexualidad. MI
PADRE no necesitó más que una eyaculación para embarazarla.
Yo no quería salir, estaba más que confortable
en la panza de Mi Madre. La partera utilizó unos fórceps con tan poca ductilidad que me hundió el parietal
derecho y la parte posterior
de la croqueta del mismo lado. El mío
fue un parto tóxico que derivó en un asma crónico. Después
tuve una infección intrahospitalaria: mi cabeza se llenó de furúnculos. Me llevaron
al afamado pediatra
mendocino Florencio Escardó (n. 1904) quien con una serie de
microcirugías me limpió los abscesos.
¡Pobre de mí! Me volvían
a acuchillar mientras me estaba reponiendo de la circuncisión.
MIS PADRES me inscribieron
en el Registro Civil, como Jacobo Saúl, por
el hermano de Aarón que
había fallecido meses antes que yo llegara a este mundo. Es una
manera que tienen los hebreos de honrar a sus muertos.
Con JACOBO,
no necesité averiguar quién era un antisemita: se ponían en fila para hacérmelo saber. En la
Escuela Primaria me fue muy duro. Mis compañeros me gritaban: “Jacoibo, judío de mierda, pija recortada; asesino de
Cristo, ándate del país.”
Yo no entendía por qué tanta agresión; por esta misma razón yo sufría mucho
más.
En los países anglosajones y
en muchos de Latinoamérica Jacobo es un
nombre sumamente popular entre los cristianos.
En la Secundaria la pasé mejor, quizá porque dejó de importarme que se me imputaran delitos que yo no había cometido.
Yo me sentía muy feliz cuando descubría que había
alguien que llevaba mi mismo nombre.
Quizá por eso admiré al militar
guatemalteco Jacobo Arbenz, (n. 1913), quien fue un iluso cuando trató de terminar con los monopolios que agobiaban a
su país.
Fue depuesto por un grupo
castrense que favorecía a multinacionales. Los ideales siempre marchan en
sentido contrario al gran capital.
Yo nunca entendí por qué era tanta la alegría que había en una familia
cuando llegaba EL PRIMOGÉNITO. No era lo mismo cuando venía
la chancleta.
Para mí no fue ninguna ganga llegar primero. Mucho menos teniendo en
cuenta que me siguieron otros dos
varones, que fueron una especie de esbirros, unidos contra mí, especialmente el
mediano.
Muy pocas veces se
compadecieron de mí, aun sabiendo que era un
asmático crónico.
MI HERMANO, el mediano, interpretaba el rol del nene desvalido. Vivía acusándome de pegarle cuando era él quien me agredía, Mis Padres me
pedían que le tuviera paciencia. EL MENOR,
se dejaba dominar por el mediano.
Con dos tipos en contra, yo llevaba las de perder.
Algo que generaba discordia
entre nosotros era cuando había que
hacer un mandado. Mis Hermanos se borraban y yo quedaba expuesto a ser el “ che
pibe.”
A media que fui creciendo
fui comprendiendo que con EL PRIMOGÉNITO
se experimenta. Los padres
compran cualquier literatura que
les prometa una crianza feliz. Cuando creen que lo tienen
todo bajo control, el crio se les
dispara. Y vuelven las discusiones entre
los cónyuges. Cada uno culpa al otro del fracaso. Y al final
la criatura es condenada: “Está
intratable.”
Hay padres que son abiertos
y aceptan los consejos de otros como el
de las abuelas. Por sus experiencias ellas se sienten dueñas de la verdad.
Cuando no hay abuela, es la madrina la que aparece en escena para
hacer las correspondientes correcciones. Y al final, los padres cansados de tantas chácharas toman una decisión salomónica: consultar al
Pediatra que se supone que es el que más sabe del asunto. Pero tampoco es cuestión de molestarlo cada
vez que el borrego chilla. Y las consultas no son gratuitas.
Las familias que son
medianamente pudientes contratan una nana. Y los más pobres se libran del
mayor, llevándolo gateando a un jardín
maternal.
MI HERMANO, el mediano, (llevaba el nombre del abuelo materno que había fallecido ese año), nació el 5 de julio de 1944, cuando a mí me
faltaban tres meses para cumplir los tres años.
Mi Madre lo tuvo en una clínica. No quiso volver al hospital Felipe Las
Heras por lo mal que lo había pasado conmigo.
Mi relación con este hermano
fue de permanente conflictividad.
No está escrito en ningún lado que tiene
que ser de otra manera. Quizá, inconscientemente,
evocamos aquellas diferencias bíblicas que existieron entre el rey Saúl, mi
otro nombre, y el profeta Samuel.
“Nacemos sin una finalidad, vivimos sin
comprender y morimos anonadados.” Ingmar Bergman.
Como dijera Jacobo Fijman “Mi
cuerpo muy temprano se acostumbró a alimentarse del dolor.”
Yo no me había terminado de acostumbrar a
uno cuando nació el tercero. Fue el 9 de septiembre de
1945. MI MADRE que no se sentía contenida por su marido, se tomó el
buque que unía Concepción del
Uruguay con la Capital Federal y se fue
a parir al Hospital Durand.
Con él Mis Padres cerraron
el negocio. Nunca supe si hubo algún embrión que se quedó pegado a algún
bisturí.
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Carlos Durand. Médico salteño (n. 1826), una vez doctorado se dedicó a la Obstetricia, continuando con una de las
especialidades de su padre Jean André
Charles, que fuera estrecho colaborador de Rivadavia y miembro
fundador de la Academia Nacional de Medicina.
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Con EL TERCERO, Mis Padres creyeron
que lo iban a criar de taquito teniendo
en cuenta la experiencia acumulada. Librado al azar, terminó siendo un tipo tímido, carente de
ambiciones, e incapaz de afrontar situaciones complicadas. Le costó horrores cortar el cordón umbilical
con su madre. Fue el último de dejar la
casa. Creo que inconscientemente se casó
con su madre, por eso se adhirió al club de los solteros.
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MIS PADRES vivían con los tiempos cambiados y nunca se pusieron de acuerdo. Cuando Mi Padre asumió el rol de pendeviejo,
Mi Madre se declaró fuera de concurso.
Se encerró entre cuatro paredes y
se dejó estar. Vestía horrible: siempre andaba con el mismo batón. Se ponía en la cara unos afeites de
fabricación casera, que ahuyentaban a
los mosquitos a diez cuadras a la
redonda. A mí me revolvía el estómago.
A ella no le importaba.
La única foto que conservo de MI MADRE, medianamente presentable, es una que nos tomamos cuando
vino a visitarnos un tío suyo que residía
en Montevideo. Mi Padre faltó a la cita, según él, por exceso de de trabajo. Una cantilena harto conocida.
El tío uruguayo tenía una hija a la que conocí en el
casamiento de Mi Prima FLORINDA. Ella vivía en la ciudad uruguaya de Paysandú (fundada en
1749). Fue un parentesco de apenas un par de
horas. Nunca más pude
contactarme con ella ni con su padre. Tampoco me buscaron.
MIS PADRES dejaron de
compartir el lecho matrimonial
en 1949. Aarón se atrincheró en el salón comedor, donde yo
ocupaba una parte del mismo. En un
principio él dormía en un catre, después se compró una cama.
El comedor no cumplía con su función específica
porque eran pocas las visitas y los que venían eran atendidos en el hall o en la cocina. Su mobiliario
consistía en una mesa que se
desplegó en contadas oportunidades; una cómoda
donde se guardaban manteles y
libros; y una vitrina donde estaban las copas, platos y cubiertos que solamente se
utilizaban en los días festivos.
AARÓN, que
era friolento, dormía con una
boina negra para calefacción de su
calvicie y se tapaba con un
cobertor de dos plazas (relleno
de pluma de ganso), que era muy abrigado.
El dormitorio tenía dos
puertas: una, que nunca se cerraba, era
la que comunicaba con el salón comedor.
La otra, daba al jardín. Había un enorme
ventanal hacia la calle. El lecho matrimonial tenía a ambos lados sus respectivas mesitas de luz. Además, estaban las camas de
los hijos: tenían una estructura de
hierro. Un enorme ropero completaba el moblaje.
Sobre la puerta que daba al
jardín había una banderola que filtraba la luz solar la que se reflejaba sobre una pared. De acuerdo
a su
trayectoria yo sabía cuando podía llamar a MI MADRE para que liberara de la odiosa siesta.
Todas las piezas tenían pisos de
parquet. Más de una vez me imaginé que levantando algunos listones
me iba a encontrar con un fabuloso tesoro.
Yo siempre me consideré una
buena persona. Yo me daba cuenta cuando obraba mal, Yo mismo trataba de
corregirme. Creo que viví de los arrepentimientos más de lo debido.
Una sola vez fui malo de
verdad, pero fue porque se me mezclaron varias sensaciones al mismo tiempo. Mi
primo MARCOS me vino a buscar para irnos
juntos a la Sociedad hebrea aprovechando que
nuestras respectivas familias
habían acordado, raro en nosotros,
tomar parte de la cena
comunitaria con motivo de festejarse las
Pascuas-Pesaj. Nos íbamos a adelantar para darnos tiempo para jugar con otros chicos.
Yo estaba en el
dormitorio a medio vestir. Marcos me
pidió que le abriera el ventanal del
balcón. Cuando pegó el salto para entrar se
me cruzó el diablo y empujé una
de sus hojas. Con una de sus rodillas reventó un vidrio. Se hizo un tremendo
desgarro que de pura casualidad no le afectó los tendones.
No alcanzaban los trapos para detener la
hemorragia. Mi Padre lo llevó de urgencia a una clínica donde tuvo que comerse
un largo zurcido.
Él nunca se imaginó que semejante herida no fue
un accidente sino producto de un acto artero de mi parte. Lo peor de todo que
no sentí remordimiento alguno. Quizá
porque me estaba vengando por todos
los juguetes que yo le prestaba y él me los rompía. O aquella
vez que me dio de comer un ají
que me quemó hasta la garganta; o cuando me dio de tocar una plantita de
ortiga. Yo saltaba del ardor y él gozaba con mi sufrimiento.
Un año después tuve mi propio castigo: me caí en la vereda
de casa y con mi rodilla golpeé sobre
una baldosa rota. Me hice un tajo enorme;
solo que no hizo falta suturar.
Me quedó una
marca que me recuerda todo lo
malo que fui con Marcos.
VIOLENCIA DOMÉSTICA. Las discusiones entre Mis Padres
era moneda corriente. Para los hijos, un ambiente familiar hostil no
resulta para nada agradable. El único desborde con signos de violencia
física que yo presencié fue cuando Mi Padre
le lanzó un plato de loza a Mi Madre: afortunadamente no dio en el blanco.
EMMA estaba enyesada de una
pierna. Se la había fracturado cuando se le cayó un banco de piedra que había en el Balneario Municipal.
Mi Madre se movilizaba con
mucha dificultad. Mi Padre, como muchos hombres, se volvía loco por
tener que ayudar a su mujer en los quehaceres doméstico. Estaba
tan desquiciado que cualquier
cosa lo irritaba.
Y un mediodía a Aarón se le saltó la térmica y le arrojó el plato a Emma.
Mi Madre, con toda la rabia
acumulada tomó una navaja, no para matar a su marido, sino para quitarse
el yeso. Como no hay
mal que por bien no venga, la
zona de la fractura se le había infectado. Tuvo que someterse a un largo y doloroso
proceso para curar la parte
necrosada.
La única vez que vi Mi Padre llorar por Mi Madre, fue cuando ella
viajó a la Capital Federal, para
operarse de la vesícula. La cirugía estuvo a cargo del eminente cirujano y político socialista Enrique Dickman (n.
1874 en los EE.UU.) Me sorprendió lo sensible que estaba Mi Viejo. Puede ser
que se quebró al imaginarse viudo y cargando con sus tres purretes. Por suerte
Mi Madre volvió sana y salva.
En ausencia de Mi
Madre, para evitar todo conflicto familiar, me apunté para ser el cocinero de
los mediodías. Mi Padre se encargaría de la cena.
En mi debut preparé unos fideos moños. Creo que
me comí la mitad de la olla probando para que no se me pasaran. El problema se
me presentó cuando los colé: los moños
se me cayeron a la pileta. Los junté lo mejor que pude y los recalenté. Le agregué aceite de oliva y queso de rallar. Mis Hermanos comieron los fideos bajo
protesta. Se le quejaron a Mi Padre
porque habían encontrado ciertos cuerpos extraños. Seguramente eran residuos de otros alimentos que estaban en la pileta y se habían pegado
a los moños.
De inmediato fui cesanteado.
Esa misma tarde Aarón fue a buscar a
Ángela, la Sorda. Ni bien ella llegó la jauría se calmó.
Y a Mi Padre le vino bien porque se salvó de prepararnos la cena.
Cuando
Mi Madre volvió de la operación,
Mi Padre le compró un lavarropas Bendix que tenía dos rodillos escurridores en su parte superior. El aparato tenía tal potencia que para evitar que se fuera a
pasear se lo atornilló al piso.
Después
le trajo una licuadora
Osterizer (se comenzó a fabricar en los EEUU a partir de 1946), que tenía
su base de acero y el vaso era de un
material irrompible. Cuando se lo encendía daba
la sensación que en cualquier momento tomaría vuelo.
Mi Madre, para llevarle la
contra su marido, siguió lavando la ropa
a mano.
Yo era el que más jugo le
sacaba a la licuadora con mis licuados de leche con banana.
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LAVARROPAS.
En 1782, H. Sidgier diseñó un artefacto operado a mano, compuesto por un tonel
de madera y una manivela. En 1851 el norteamericano James King patentó el lavarropas con tambor y, en 1858,
Hamilton Smith añadió al tambor la rotación en ambos sentidos. En 1880 aparecen
los primeros lavarropas que calientan el agua mediante gas o carbón.
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(Todos los capítulos
en: elhombredelamemoriacorta.blogspot.com)