Contaré mi vida antes que la parca se
anticipe.
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UN AMOR ENTRE PRIMOS. Muchas veces he oído
decir a muchos chicos que fueron
sus primas las primeras en
aleccionarlos en los primeros pasos
sexuales.
Mi
Hermano, el mediano, fue uno de ellos.
Lo mío con otra prima, fue apenas un
despertar a la vida.
Para
MIS TÍOS, Mi Hermano, el mediano,
era el sobrino preferido, a pesar que lo sabían un tipo mal llevado. Decidieron darle techo y
comida para que pudiera terminar la
Secundaria en un instituto politécnico
que tuviera mayor nivel que el
Industrial de Concordia. Le veían
todas las condiciones para que fuera un ingeniero electrónico exitoso.
MI TÍO
había tenido varios choques con Mi Hermano. El más fuerte fue aquella
vez que quiso darle un escarmiento
porque se había soliviantado con nuestra Madre. Lo arrastró de un brazo hasta el baño. Lo metió en la ducha y
lo bañó con agua fría. Cuando mi Tío creyó que su sobrino se había sosegado, lo
soltó. Fue en ese momento que su sobrino
le tiró un manotazo con tal violencia, arrancándole medio bigote.
El tío nunca más se entrometió con él.
Unos años después, Mi Hermano se vengó del
Tío enamorando a su hija mayor y en su propia casa.
LA PRIMA se había enamorado de él. Ella lo
buscaba hasta la desesperación. El encuentro carnal se produjo en el altillo donde dormía su primo.
MI HERMANO, por lo visto, le había
prometido amor eterno. Y la niña agarró viaje entregándose con todas las fantasías propias de una adolescente decidida a dejar de ser virgen.
En una de las tantas noches de pasión, los
tortolitos se quedaron dormidos. Cuando Marcos fue a despertar a su hija, como
lo hacía habitualmente, para que no llegara tarde al colegio, se encontró que no estaba en su cama.
EL TÍO puso a su sobrino patitas a la calle.
La seducida fue estigmatizada por toda
su familia. Lo que más le dolió a la
seducida fue la traición de su primo: no solo no hizo nada
para volver a verla, sino que se fue del país
sin tomarse el trabajo de despedirse.
EL TÍO
pasados unos años, perdonó al seductor. Y mi hermano recuperó el sitial
del sobrino preferido.
LA PRIMA, la seducida, nunca se arrepintió de lo que hizo. Lo suyo fue por amor, y el amor que uno
da no siempre es correspondido. Ella
tuvo algunas experiencias sexuales que no
superaron las contingencias del momento. Cuando llegó a Israel, encontró
marido. El matrimonio duró muy poco. Lo precipitó el hecho que Mi Prima no
podía embarazarse.
La chica
fue deambulando de cucheta en cucheta. Nunca volvió a enamorarse, quizá
porque se pasó el resto de su vida en las alturas (azafata en una línea aérea
francesa), y se sentía incapaz de
aterrizar.
Las hijas de MI TÍA, la hermana menor de Mi Madre, se mantuvieron vírgenes hasta el día de la boda.
La mayor de ellas se divorció unos años después, aburrida de
que su marido fuera incapaz de satisfacerla materialmente. Pienso que envidiaba a su hermanita la que
se había casado con el hijo de un joyero que sabia darle todos los
gustos.
Automáticamente la hija menor pasó a ser la
preferida y la que siempre socorría sus padres
cuando les faltaba el mango.
Yo fui testigo de un caso anterior de seducción entre primos.
Yo
estaba viviendo en una pensión en Mendoza. El hijo del dueño, con quien yo había cursado el primer año de la
Secundaria, también sedujo a una prima cuando ella
se vino a vivir a la capital. La
joven era oriunda de San Rafael. Hacia tiempo que se había enamorado de Miguel.
Jazmín
tenía
diecinueve años. Era alta, delgada, cabello enrulado, nariz pequeña y achatada.
Un cuerpo bastante potable tanto vestida como desnuda,
al decir de su primo.
Durante un tiempo los encuentros sexuales se
tuvieron una cierta continuidad como correspondía a dos cuerpos jóvenes. Jazmín estaba feliz, le parecía que tenía asido al toro
por las astas. Ella nunca se imaginó que su amorcito no
entendía de fidelidades.
Miguel
se había encajetado con una
vecinita cometiendo la locura de
pasearse con ella por las inmediaciones de la
casa de Jazmín. Ésta lo pescó infraganti y armó tal escándalo que terminó involucrando en el conflicto a
las dos familias.
Los padres de Miguel le echaron la culpa de todo
a la sobrina. Los padres de Jazmín querían que el sobrino respondiera por haber mancillado el honor de la hija.
Cuando
me fui de Mendoza, dos años después,
las dos familias seguían disgustadas.
La
rantifusa, por creer en el amor,
quedó destrozada. Cada vez que nos
encontrábamos lloraba a moco tendido.
Su hermana Marina, dos años menor, pasó a ser la preferida de los papis. Ella no
los iba a desilusionar: iba a llegar
virgen al altar.
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EL NIÑO QUE FUI. . Yo llegué a este mundo, sin haberlo
solicitado, el miércoles 22 de octubre de 1941, pesando algo más de
los cuatro quilos. Mis Padres me recibieron llorando.
Nunca
supe si fue de felicidad o por las malas noticias que llegaban del infierno
europeo, en un año en el
que los hornos de los campos de concentración trabajaban a
destajo. Fui el segundo Rabín: MI PRIMO MARCOS, el colorado,
había nacido dos años antes.
MI MADRE
prácticamente no gozó de su sexualidad. MI PADRE no necesitó más que una
eyaculación para embarazarla.
Yo no
quería salir, estaba más que confortable en la panza de Mi Madre. La partera
utilizó unos fórceps con tan poca
ductilidad que me hundió el
parietal derecho y la parte posterior de la croqueta del mismo lado. El mío fue un
parto tóxico que derivó en un asma crónico.
Después tuve una infección
intrahospitalaria: mi cabeza se llenó de
furúnculos. Me llevaron al
afamado pediatra mendocino Florencio Escardó (n. 1904) quien
con una serie de microcirugías me limpió
los abscesos.
¡Pobre de mí!
Me volvían a acuchillar mientras
me estaba reponiendo de la
circuncisión.
MIS PADRES me inscribieron en el Registro
Civil, como Jacobo Saúl, por el hermano de Aarón que había fallecido meses antes que yo llegara a este mundo. Es una
manera que tienen los hebreos de honrar a sus muertos.
Con
JACOBO, no necesité averiguar
quién era un antisemita: se ponían en fila
para hacérmelo saber. En la Escuela Primaria me fue
muy duro. Mis compañeros me gritaban: “Jacoibo, judío de mierda, pija recortada; asesino de
Cristo, ándate del país.”
Yo no entendía por qué tanta agresión; por esta misma razón yo sufría mucho
más.
En los países anglosajones y en muchos de
Latinoamérica Jacobo es un nombre sumamente
popular entre los cristianos.
En la Secundaria la pasé mejor, quizá porque dejó de importarme que se me imputaran delitos que yo no había cometido.
Yo me
sentía muy feliz cuando descubría que había alguien que llevaba mi mismo nombre. Quizá por eso admiré al militar guatemalteco Jacobo Arbenz, (n.
1913), quien fue un iluso cuando trató
de terminar con los monopolios que agobiaban
a su país.
Fue depuesto por un grupo castrense que
favorecía a multinacionales. Los ideales siempre marchan en sentido contrario
al gran capital.
Yo nunca
entendí por qué era tanta la
alegría que había en una familia cuando
llegaba EL PRIMOGÉNITO. No era lo
mismo cuando venía la chancleta.
Para
mí no fue ninguna ganga llegar primero.
Mucho menos teniendo en cuenta que me siguieron
otros dos varones, que fueron una especie de esbirros, unidos contra mí,
especialmente el mediano.
Muy pocas veces se compadecieron de mí, aun
sabiendo que era un asmático crónico.
MI HERMANO, el mediano, interpretaba el rol del nene desvalido. Vivía acusándome de pegarle cuando era él quien me agredía, Mis Padres me
pedían que le tuviera paciencia. EL
MENOR, se dejaba dominar por el mediano. Con dos tipos en
contra, yo llevaba las de perder.
Algo que generaba discordia entre
nosotros era cuando había que hacer un
mandado. Mis Hermanos se borraban y yo quedaba expuesto a ser el che pibe.
A media que fui creciendo fui comprendiendo
que con EL PRIMOGÉNITO se experimenta.
Los padres compran cualquier literatura que les prometa
una crianza feliz. Cuando creen que
lo tienen todo bajo control, el crio se les dispara. Y vuelven las discusiones entre los
cónyuges. Cada uno culpa al otro del fracaso. Y al final
la criatura es condenada: “Está
intratable.”
Hay padres que son abiertos y aceptan
los consejos de otros como el de
las abuelas. Por sus experiencias ellas se sienten dueñas de la verdad.
Cuando no hay abuela, es la madrina la que aparece en escena para
hacer las correspondientes correcciones. Y al final, los padres cansados de tantas chácharas toman una decisión salomónica: consultar al
Pediatra que se supone que es el que más sabe del asunto. Pero tampoco es cuestión de molestarlo cada
vez que el borrego chilla. Y las consultas no son gratuitas.
Las familias que son medianamente pudientes
contratan una nana. Y los más pobres se libran del mayor, llevándolo gateando a un jardín maternal.
MI
HERMANO, el mediano, (llevaba el
nombre del abuelo materno que había fallecido ese año), nació el 5 de julio de 1944, cuando a mí me
faltaban tres meses para cumplir los tres años.
Mi Madre lo tuvo en una clínica. No quiso volver al hospital Felipe Las
Heras por lo mal que lo había pasado conmigo.
Mi relación con este hermano fue de permanente conflictividad. No está escrito en ningún lado que tiene que ser
de otra manera. Quizá,
inconscientemente, evocamos aquellas
diferencias bíblicas que
existieron entre el rey Saúl y el profeta Samuel.
“Nacemos sin una finalidad, vivimos sin
comprender y morimos anonadados.” Ingmar Bergman.
“Mi cuerpo muy temprano se acostumbró a
alimentarse del dolor.” Jacobo Fijman
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Yo no me había terminado de acostumbrar a
uno cuando nació el tercero. Fue el 9 de septiembre de
1945. MI MADRE que no se sentía contenida por su marido, se tomó el
buque que unía Concepción del
Uruguay con la Capital Federal y se fue
a parir al Hospital Durand.
Con él Mis Padres cerraron el negocio. Nunca
supe si hubo algún embrión que se quedó pegado a algún bisturí.
Carlos Durand. Médico salteño
(n. 1826), una vez doctorado se dedicó
a la Obstetricia, continuando con una de las especialidades de su padre Jean André Charles, que fuera
estrecho colaborador de Rivadavia y miembro fundador de la Academia
Nacional de Medicina.
Con EL TERCERO, Mis Padres creyeron que lo iban a criar de taquito teniendo en
cuenta la experiencia acumulada. Librado al azar, terminó siendo un tipo tímido, carente de
ambiciones, e incapaz de afrontar situaciones complicadas. Le costó horrores cortar el cordón umbilical
con su madre. Fue el último de dejar la
casa. Creo que inconscientemente se casó
con su madre, por eso se adhirió al club de los solteros.
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MIS PADRES vivían con los tiempos cambiados y nunca se ponían de acuerdo. Cuando Mi Padre asumió el rol de pendeviejo,
Mi Madre se declaró fuera de concurso.
Se encerró entre cuatro paredes y
se dejó estar. Vestía horrible: siempre andaba con el mismo batón. Se ponía en la cara unos afeites de
fabricación casera, que ahuyentaban a
los mosquitos a diez cuadras a la
redonda. A mí me revolvía el estómago.
A ella no le importaba.
La única
foto que conservo de MI MADRE,
medianamente presentable, es una que nos
tomamos cuando vino a visitarnos un tío
suyo que residía en Montevideo. Mi Padre
faltó a la cita, según él, por exceso de
de trabajo. Una cantilena harto conocida.
El tío
uruguayo tenía una hija a la que conocí
en el casamiento de Mi Prima FLORINDA.
Ella vivía en la ciudad uruguaya de
Paysandú (fundada en 1749). Fue un parentesco de apenas un par de horas. Nunca más pude contactarme
con ella ni con su padre.
Tampoco me buscaron.
MIS PADRES
dejaron de compartir el
lecho matrimonial en 1949.
Aarón se atrincheró en el salón
comedor, donde yo ocupaba una parte del
mismo. En un principio él dormía en un catre, después se compró una cama.
El comedor
no cumplía con su función específica porque eran pocas las visitas y los que venían eran atendidos en el hall o en la cocina. Su mobiliario
consistía en una mesa que se
desplegó en contadas oportunidades; una
cómoda donde se guardaban manteles y
libros; y una vitrina donde estaban las copas, platos y cubiertos que solamente se
utilizaban en los días festivos.
AARÓN,
que era friolento, dormía con una boina negra y se tapaba con
un cobertor de dos plazas (relleno de pluma de ganso),
que era muy abrigado.
El dormitorio tenía dos puertas: una, que
nunca se cerraba, era la que comunicaba
con el salón comedor. La otra, daba al
jardín. Había un enorme ventanal hacia la
calle. El lecho matrimonial tenía
a ambos lados sus respectivas mesitas de luz. Además, estaban las camas de
los hijos: tenían una estructura de
hierro. Un enorme ropero completaba el moblaje.
Sobre la puerta que daba al jardín había una
banderola que filtraba la luz solar la
que se reflejaba sobre una pared. De acuerdo a su trayectoria
yo sabía cuando podía llamar a MI MADRE
para que liberara de la tan indeseada siesta. Todas las piezas tenían pisos de parquet. Más de una vez me imaginé que
levantando algunos listones me iba a encontrar con un fabuloso tesoro.
Yo siempre me consideré una buena persona. Yo
me daba cuenta cuando obraba mal, Yo mismo trataba de corregirme. Creo que viví
de los arrepentimientos más de lo debido.
Una sola vez fui malo de verdad, pero fue
porque se me mezclaron varias sensaciones al mismo tiempo. Mi primo MARCOS me
vino a buscar para irnos juntos a la
Sociedad hebrea aprovechando que
nuestras respectivas familias
habían acordado en tomar parte de la cena comunitaria con motivo de
festejarse las
Pascuas-Pesaj. Nos íbamos a adelantar para darnos tiempo para jugar con otros chicos.
Yo estaba en el dormitorio a medio vestir. Marcos me pidió que le
abriera el ventanal del balcón. Cuando
pegó el salto para entrar se me cruzó el
diablo y empujé una de sus hojas.
Con una de sus rodillas reventó un
vidrio. Se hizo un tremendo desgarro que de pura casualidad no le
afectó los tendones.
No
alcanzaban los trapos para detener la hemorragia. Mi Padre lo llevó de
urgencia a una clínica donde tuvo que comerse un largo zurcido.
Él
nunca se imaginó que semejante herida no fue un accidente sino producto
de un acto artero de mi parte. Lo peor de todo que no sentí remordimiento alguno. Quizá porque me estaba
vengando por todos los juguetes que yo le prestaba y él me los rompía. O aquella
vez que me dio de comer un ají
que me quemó hasta la garganta; o cuando me dio de tocar una plantita de
ortiga. Yo saltaba del ardor y él gozaba con mi sufrimiento.
Un año después tuve mi propio castigo: me caí en la vereda
de casa y con mi rodilla golpeé sobre una
baldosa rota. Me hice un tajo enorme;
solo que no hizo falta suturar.
Me quedó
una marca que me recuerda
todo lo malo que fui con Marcos.
VIOLENCIA DOMÉSTICA. Las discusiones entre Mis Padres
era moneda corriente. Para los hijos, un ambiente familiar hostil no
resulta para nada agradable. El único desborde con signos de violencia
física que yo presencié fue cuando Mi Padre
le lanzó un plato de loza a Mi Madre: afortunadamente no dio en el blanco.
EMMA estaba enyesada de una pierna. Se la
había fracturado cuando se le cayó un banco de piedra que había en el Balneario Municipal.
Mi Madre se movilizaba con mucha dificultad.
Mi Padre, como muchos hombres, se volvía
loco por tener que ayudar a su
mujer en los quehaceres doméstico.
Estaba tan desquiciado que cualquier cosa lo
irritaba.
Y un mediodía a Aarón se le saltó la térmica y le arrojó el plato a Emma.
Mi Madre, con toda la rabia acumulada tomó
una navaja, no para matar a su marido, sino para quitarse el yeso. Como no
hay mal que por bien no
venga, la zona de la fractura se le
había infectado. Tuvo que
someterse a un largo y doloroso proceso
para curar la parte necrosada.
La única vez que vi Mi Padre llorar por Mi Madre, fue cuando ella
viajó a la Capital Federal, para
operarse de la vesícula. La cirugía estuvo a cargo del eminente cirujano y político socialista Enrique Dickman (n.
1874 en los EE.UU.) Me sorprendió lo sensible que estaba Mi Viejo. Puede ser
que se quebró al imaginarse viudo y cargando con sus tres purretes. Por suerte
Mi Madre volvió sana y salva.
En ausencia de Mi Madre, para
evitar todo conflicto familiar,
me apunté para ser el cocinero de los mediodías. Mi
Padre se encargaría de la cena.
En mi
debut preparé unos fideos moños. Creo que me comí la mitad de la olla probando
para que no se me pasaran. El problema se me presentó cuando los colé: los
moños se me cayeron a la pileta. Los
junté lo mejor que pude y los
recalenté. Le agregué aceite de
oliva y queso de rallar. Mis Hermanos comieron los fideos bajo
protesta. Se le quejaron a Mi Padre
porque habían encontrado ciertos cuerpos extraños. Seguramente eran residuos de otros alimentos que estaban en la pileta y se habían pegado
a los moños.
De inmediato fui cesanteado. Esa misma
tarde Aarón fue a buscar a Ángela, la
Sorda. Ni bien ella llegó la jauría se calmó. Y a Mi Padre le vino bien
porque se salvó de prepararnos la cena.
Cuando
Mi Madre volvió de la operación,
Mi Padre le compró un lavarropas Bendix que tenía dos rodillos escurridores en su
parte superior. El aparato tenía tal
potencia que para evitar que se fuera a pasear se lo atornilló al piso.
Después le
trajo una licuadora
Osterizer (se comenzó a fabricar en los EEUU a partir de 1946), que tenía
su base de acero y el vaso era de un
material irrompible. Cuando se lo encendía daba
la sensación que en cualquier momento tomaría vuelo.
Mi Madre, para llevarle la contra su
marido, siguió lavando la ropa a mano.
Yo era el que más jugo le sacaba a la
licuadora con mis licuados de leche con
banana.
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LAVARROPAS. En
1782, H. Sidgier diseñó un artefacto operado a mano, compuesto por un tonel de
madera y una manivela. En 1851 el norteamericano James King patentó el lavarropas con tambor y, en 1858,
Hamilton Smith añadió al tambor la rotación en ambos sentidos. En 1880 aparecen
los primeros lavarropas que calientan el agua mediante gas o carbón.