Contaré mi vida antes que la parca se
anticipe.
Mi
Padre era delgado; medía un metro
setenta y tenía lindos rasgos: nariz
pequeña, ojos grises y una dentadura perfecta.
Se
quedó totalmente calvo antes de cumplir los veinticinco años. Era un mal genético: su hermano Israel, el
colorado, y Mis Dos Hermanos, sufrieron
alopecia a temprana edad.
Yo
fui la excepción: el primer buraco se me hizo cuando cumplí los cincuenta años de edad. Se debió a un estado de estrés después de un frustrado viaje que hice a España buscando mejorar la
economía familiar.
Mi Padre dejó la casa paterna para no cumplir con el servicio militar. Servir a su patria era comprarse un pasaje de ida. El regreso
era más que dudoso.
En
el invierno de 1924, Aarón llegó a
Palestina, como parte de la Cuarta Alié (corriente inmigratoria). Se
integró una cuadrilla de jóvenes, de
ambos sexos, que
se
dedicaba a secar albañales en el Valle
del Hulda, al Norte del país, y a
construir caminos que sirvieran
para unir las viejas con las nuevas colonias de la región.
Mi
Padre dormía en carpa lo que hacía que
el descanso fuera
insuficiente.
No
pasaba un día que la malaria
o fiebre palúdica no se
ensañara con algún trabajador. A pesar de su endeblez física, Mi Padre
soportó durante diez años el inhumano
trajín hasta que el paludismo lo
tumbó. Tuvo suerte: tenía una novia que era enfermera quien inmediatamente
le suministró pastillas de quinina (un
alcaloide), evitando así que la parca se
lo llevara antes de tiempo.
Cuando
Mi Padre se recuperó de la
enfermedad, no quiso seguir arriesgando
el pellejo y viajó a la Argentina donde ya vivían sus tres hermanos mayores. Débora, que era la
menor, llegó a la Tierra Prometida, un
año después que Mi Padre partiera. Ellos se reencontraron medio siglo después.
Los demás ya habían fallecido.
En
el año 1971 Mi Padre regresó a Israel.
Su esposa no lo acompañó. Mi Madre mientras limpiaba la
habitación, que había sido de uso exclusivo de su marido, (funcionaba
como depósito de mercadería y oficina),
encontró una carta: era de la Enfermera: le anunciaba que ya había
nacido su hijo.
No
sé por qué Mi Padre guardó ese
escrito. Y por qué abandonó a esa mujer estando encinta. Yo nunca logré dar con
el paradero de mi hermanastro.
A
Débora la conocí en 1962, cuando viajé a Israel en un viaje de estudio. Era una
mujer que impresionaba por su carácter fuerte.
Tenía un cierto parecido a Mi Padre.
Vivía en Haifa y estaba casada
con Zeev que era capataz
de la empresa constructora Solel Boné, propiedad de la CGT—HISTADRUT, y
se pasaba gran parte del año trabajando
en Irán, (ex Persia). En aquel entonces el
Gobierno israelí tenía una excelente relación con el shá Muhammad Reza
Pahlavi (n. 1919). Después de su derrocamiento, los nuevos gobernantes se convirtieron en
enemigos acérrimos de Israel.
Mi
Tío era cabezón, tenía una abundante
cabellera, y su fisonomía me hacía
acordar a ese personaje de historieta: el Hermano Oso.
Al
ser corpulento tenía movimientos lentos que estaban en armonía con su forma de hablar. Elegía cuidadosamente las palabras para no
meter la pata y no tener que colisionar
con Mi Tía, que era de reprenderlo continuamente.
Mis
Tíos tuvieron un solo hijo. En general,
el hebreo blanco asquenazi, no es
de cargarse de muchos críos salvo los
religiosos.
Danny salió muy
parecido a su padre. Se recibió de Ingeniero electrónico en el Tejnión,
instituto de alta tecnología y de mucho prestigio en el mundo. Además, sirvió
en la Fuerza Aérea. Fue el único familiar con quien, a través de
los años, mantuve una linda relación, a pesar de vernos
esporádicamente.
Tres
décadas después, Mi Hijo, el menor,
también se recibía de Ingeniero electrónico en el Tejnión.
Los
otros tres hermanos de Mi Padre vivían
en la ciudad entrerriana de Concordia. Aquí había una colectividad hebrea numerosa.
Tíos
y primos de Mi Padre,
que también habían emigrado, se repartieron entre la Capital Federal, la ciudad santafesina de
Rosario y las chaqueñas de Villa Ángela y Roque Sáenz Peña.
De
todos ellos conocí a dos de sus primas: que vivían en la ciudad de
Buenos Aires. Y al rosarino que tuvo un trágico final: falleció en un accidente ruta.
Aarón
llegó a la Argentina en 1934; se hospedó en el Hotel de los Inmigrantes; dio como domicilio la casa de su prima Eva.
Durante el primer gobierno de Perón se naturalizó, beneficiado por una
resolución del ministro del Interior,
Ángel Gabriel Borlenghi (n. 1904), quien estaba casado con una hebrea. Después
lo siguió Mi Madre.
Aarón
pensaba quedarse a vivir en la Ciudad
de Buenos Aires; pero no encontró
trabajo. Viajó a Concordia.
Tampoco aquí la cosa venía fácil.
Entonces se enganchó en una cuadrilla que iba a la siega
del trigo en la ciudad
entrerriana de Concepción del Uruguay.
A Mi Padre, ya en la primera paga le habían metido la mano en el bolsillo.
Recibió lo que el patrón le quiso dar y
se volvió a Concordia.
El
mayor de los hermanos de Mi Padre,
Jacobo, era buhonero--- cuentenik. Fue él quien animó a su hermano a que
se iniciara en la venta callejera. No había transcurrido un año cuando Mi Tío
falleció. Aarón se quedó
con aquella clientela a la que le
podía fiar y no verseaba a la hora de pagar.
Hotel
de los Inmigrantes. Construido en 1911 por los italianos Udina y Mosca, fue
concebido como una unidad funcional destinada a ordenar y regular la corriente
inmigratoria. Aquí se alojaron, a través de los años, cuatro millones de inmigrantes. Dejó de funcionar en 1953, un año después de
la muerte de Evita.
Concepción del Uruguay. “Fundada el 25 de Junio el 1783, por el político
y militar de origen nicaragüense Tomás de Rocamora (n. 1740). En guaraní significa: ‘Río de los pájaros de las
caracolas’. Esta región estuvo poblada
por las tribus charrúas y guaraníes.”
Concordia. Fue fundada el 29 de noviembre de 1831. La
región estaba poblada por los pueblos
indígenas charrúas y guaraníes, que se
asentaron aquí en el año 900.
El cuentapropista fue pionero
vendiendo en cuotas. Mi
Padre comenzó con telas y ropa interior
para hombres. A medida que ampliaba su cartera de clientes, agregó ropa de
confección: camisas, pantalones, trajes e
impermeables para ambos sexos. Cuando Evita regaló máquinas de coser a las mujeres de escasos
recursos, la venta de telas cobró un
notable auge.
Mi
Madre tuvo su Singer, sólo que le dio poco uso.
Aarón viajaba de dos a tres veces por año a la Capital Federal para comprar la
mercadería. Su lugar de referencia era el barrio de Once, donde se concentraban gran parte de la comunidad hebrea y los negocios mayoristas.
Mi
Padre comenzó pateando calles. Después
las pedaleó. Se hizo de un sulky y, finalmente, se compró una voituré Ford. El coche era de dos puertas pintado de marrón
claro, con un baúl atrás donde ponía
los pedidos y las muestras. El techo era una
lona negra. Siempre faltaban
las ventanas. No sé si alguna vez las tuvo. No tenía alarma, ni seguro, tampoco
encendedor y mucho menos radio. Mi Padre jamás lo chocó ni nadie se lo robó y pocas veces se le empacó.
El encendido se hacía problemático en invierno. Entonces
Mi Padre seducía al motor con una
manija que introducía en un agujero que estaba
debajo del radiador. Era como meter un dedo en una
vagina deliciosa: enseguida arrancaba. Al coche lo guardaba en el garaje de casa. En la pared
le había hecho una especie de canaleta,
para que el paragolpes encajara justo y permitiera cerrar el portón sin
dificultad.
No
fueron muchas las veces que Mi Padre
llevó a su familia a pasear en el
carro. Siempre estaba ocupado. Al menos es lo que nos decía. Él sabía que su esposa no era
una mujer de pedirle cuentas de
lo que hacía afuera, aunque sospechara de su infidelidad.
Singer. Empresa neoyorquina fabricante de máquinas de
coser fundada por Isaac Merrit Singer y el abogado Edward S. Clark en 1851.
Tejnión.
En este Instituto Tecnológico, fundado
en 1924, se han graduado la gran mayoría de los ingenieros, arquitectos y urbanistas
del país. En las últimas décadas, se le han agregado las facultades de Medicina y Ciencias de la Vida.
Aarón
era afable y paciente con sus clientes, mujeres en su gran mayoría.
Aquellas que estaban aburridas de la vida rutinaria,
encontraban en él con quien
platicar. Algunas consiguieron meterlo
en sus lechos. De esto no me cabe la menor duda.
Mi
Padre volvía muy tarde del trabajo. Siempre cenaba sólo. Mi Madre se habìa cansado
de esperarlo. Ella acostaba a sus hijos, se quedaba un rato a leer y
después se iba a dormir. Mi Madre cuando se casó estaba en la flor de la vida. La mala relación con Mi Padre la fue vaciando
por dentro hasta transformarse en
una zombi: le daba lo mismo coger que soportar la abstinencia.
Mi
Madre más de una vez tuvo ganas de cornear a su marido. Pero no estaba en su ánimo ponerse en la boca de sus conocidos. En Concordia era muy difícil para
una
mujer esconder su adulterio. En la
colectividad hebrea se sabía todo. Y si no
se inventaba.
Yo
era el único miembro de la familia que
estaba en casa cuando Mi Madre me mandó
a buscar a su médico de cabecera porque
estaba cursando una fuerte gripe
. Ella era muy débil de los
bronquios. De ella heredé mi asma,
según nos decían los entendidos en enfermedades respiratorias. Como no teníamos teléfono lo
tuve que ir a buscar
personalmente. El médico entró a
casa con la confianza que le daba
el estrecho conocimiento entre él y la paciente.
Lo primero que hizo el tordo fue echarme del dormitorio. Yo me ofendí.
Me fui hasta la cocina
puse la radio a todo volumen y me
volví hasta el hall, para ubicarme frente a una puerta que me permitía pispiar
lo que acontecía en la alcoba.
El
médico se quitó el saco mientras platicaba animadamente con Mi Madre. Hablaban
en castellano ya que él no sabía idish.
Ella
se desprendió los botones de la parte
superior del camisón. No llevaba corpiño. No pareció sentirse incómoda cuando
dejó al descubierto
sus hermosos senos. Bellas decoraciones
en un cuerpo desaprovechado.
El médico de cabecera se sentó
al borde de la cama. De su
maletín sacó una especie de
corneta acústica y una
servilleta de tela y los colocó sobre la
espalda de la paciente. Apoyó su
oído para escuchar si tenía sibilancias, algo habitual en ella cuando se
resfriaba. Un par de veces le ordenó a
mi madre repetir “treinta y tres”.
Después
cambio de posición: deslizó sus manos en una
zona cercana a sus pechos.
A Emma le gustó la maniobra porque su blanca tez blanca
se había coloreado.
Cuando
el médico comenzó a escribir en un recetario
me di cuenta que la función había terminado.
Mi
Madre durante mucho tiempo siguió tratándose con su Médico de cabecera. Siempre iba sola a
las consultas.
“Diga
Treinta y Tres”. Esta expresión la puso en práctica el médico
francés Renée Laennec, (n. 1781), quien fue
el inventor del estetoscopio
(1819.)
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