Thursday, March 21, 2019

NO SOY FAMOSO PERO TENGO COSAS QUE DECIR ( 4 )


 Contaré mi vida antes que la parca se anticipe.
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MI MADRE Y SUS HERMANAS.
EMMA ETHEL SURAWICZ, (n. 1918 en Bialystok, Polonia), fue la segunda de cuatro hermanas y la última en llegar a la ciudad de Buenos Aires donde ya residía toda su familia. Dejó Europa vía Londres cuando todo el continente apestaba a pólvora.
Viajó en el trasatlántico Conte Grande. Me contó que el buque no pudo reabastecerse en Barcelona porque en la ciudad condal se estaban librando duros combates entre nacionalistas y republicanos. Hasta le pareció que las aguas del Mediterráneo estaban teñidas de rojo.
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BARCELONA. “Los primeros testimonios de población humana se remontan a unos 4000 años atrás, a fines del neolítico (2000 a 1500 a.C.). De los siglos VII a VI adC. Existen relatos que citan la existencia de poblados de las tribus layetanas (iberos). De esta misma época se habla de la existencia de una colonia griega (Kallipolis.)”
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Mi Madre era muy bonita. Tenía ojos oscuros, nariz pequeña, buenos pechos y mejores gambas. En su adolescencia había integrado el equipo de gimnastas de su colegio.
Mi Abuelo GODOLIA era profundamente religioso, o sumamente vago, como me lo describió su sobrina Lea a quien conocí en Israel: “En Polonia se la pasaba todo el día rezando mientras mi tía ( también Mi Abuela se llamaba Lea), se deslomaba criando a sus hijas y atendiendo el pequeño almacén que tenía en su propia casa.”
A Mi Abuelo lo vi un par de veces. Tenía la barba blanca, caminaba mirando el suelo. Quizá le pesaba la frustración de haberse equivocado de continente. Aquí no estaba la América soñada. Murió cuando yo tenía dos años y medio de edad.
GODOLIA curraba en un centro religioso del barrio de Caballito, donde controlaba la Kashrut: (conjunto de leyes dietéticas judías que constan en el Levítico uno de los cinco libros de la Biblia), de las aves, el pescado y la carne vacuna que debían ser sacrificados de acuerdo al ritual que establece la fe judía. Lo que él ganaba apenas si alcanzaba para alimentar a la familia.
La abuela Lea estaba inmersa en los quehaceres domésticos. Sin idioma y sin profesión no podía aspirar a ningún trabajo.
Ante este panorama desolador, económicamente hablando, Mi Madre salió a buscar el mango. Lo consiguió en una fábrica de chocolate.
Un día, alguien forzó su taquilla y le robó el quitasol, regalo de su intima amiga polaca. Cuando denunció el despojo la despidieron. Se sintió humillada.
MI MADRE, si bien nunca tuvo participación alguna en política, estimaba a Evita (n. 1919), por defender a las trabajadoras.
YO CONOCÍ A EVITA. Fue durante el acto conmemorativo que por el segundo aniversario de la Independencia de Israel que se realizó en el teatro Gran Rex de la Capital Federal.
Yo había ido con Mi Tía Rosita. Había conseguido dos entradas de protocolo por ser administrativa del club Hebraica (fundado en 1926.)
La Primera Dama, en el momento que caminaba hacia el escenario con su amplió vestido me rozó el brazo izquierdo.
Evita se ubicó al lado del gran rabino de la comunidad ABRAHAM BLUM, quien era su maestro de Tanaj. A ella estaba interesada en el Antiguo Testamento. Cuando Perón fue derrocado, el sacerdote se exilió en Francia.
Mi Madre estaba enamorada de un estudiante de Abogacía. El muchacho le correspondía, solo que no pensaba casarse hasta tanto no terminara sus estudios. Emma no podía esperarlo. Las necesidades básicas apretaban
Siguiendo el ejemplo de su hermana mayor que había conseguido marido a través de una agencia matrimonial, Mi Madre dejó sus datos en el mismo lugar.
Era muy común vincularse sentimentalmente de esta manera.
Los hombres que recurrían a la casamentera—shadjente, eran aquellos que no se sentían capaces de levantarse una mina; los viudos que habían perdido el training de la conquista y querían reincidir; y los divorciados según la ley judaica.
A Mi PADRE le agarró el síndrome del viejazo cuando cumplió los treinta cuatro años de edad. Nunca le habían faltado mujeres, el tema que todas eran católicas. Casarse con una goiá era tirarse a la familia en contra. La colectividad estaba muy sensible: Europa estaba en llamas y en la Argentina sobraban los antisemitas. Mi Padre, que había descartado a todas las paisanas de Concordia, decidió buscar esposa en Buenos Aires.
Al mes de conocer a Mi Madre se casaron. No hubo traje de novia y mucho menos, luna de miel. Sólo un ágape en el caserón de Mi Tía Susana. De la familia de Concordia no vino nadie. Acompañaron al novio las primas que vivían en Buenos Aires.
Los recién casados se radicaron en Concordia, donde a Mi Madre la vida se le iría fregando y criando hijos. Nunca salió a trabajar. Tampoco a Mi Padre le interesaba que lo hiciera. Le era más cómodo tenerla cautiva en el hogar.
Mis Padres vivieron un año en una casa muy bonita de dos ambientes que habían alquilado cerca del centro. Poco antes que yo naciera les salió la oportunidad de comprar el caserón de la calle Almirante Brown. Aquí pasé mi infancia. La vivienda tenía cinco habitaciones, dos baños, un depósito y un enorme jardín. Vivíamos a una cuadra y media de Mis Tíos, los colorados, y a seis de Mi Madrina.
Entre Mis Padres había, catorce años de diferencia, también los separaba lo cultural. No era lo mismo ser de Bialistok que de Volinia. Mi Madre contaba con un inocultable orgullo: un tío suyo había convertido en museo la casa que había pertenecido al lingüista LÁZARO ZAMENHOF (n. 1859), el creador del Esperanto, un idioma que pretendió ser universal para unir a todos los pueblos.
A Mi Padre le llevó mucho tiempo darse cuenta de la inteligencia natural de su mujer. Cuando intentó remediarlo ya no había marcha atrás. Mi Madre se había ido a vivir a otro planeta. Ya no le importaba nada de lo que sucedía en su derredor.
MI PADRE, tenia una formación empírica: se jactaba de ser parte de la elite que hablaba hebreo a la perfección en Concordia.
En casa conversábamos en idish. Mis Padres habían decidido olvidar sus orígenes, siempre tenebrosos, mucho más durante la SGM.
LA MAYOR DE LAS HERMANAS DE MI MADRE era físicamente la menos agraciada de todas ellas. Siendo joven parecía una vieja. Era alta, algo flaca, encorvada, quizá por el peso de sus grandes pechos; tenía el traste chato y unas piernas como las de Olivia, la esposa de Popeye, el marino. Su pelo enrulado lo domaba haciéndose un rodete. Sus ojos eran pequeños y oscuros, opacados por la tristeza. Tenía la boca grande que la deformaba por el uso desmesurado del lápiz labial. Era como un buzón sin cartas.
En Polonia sus docentes le habían augurado un gran porvenir en las Matemáticas. El destino ignoró su talento.
Mi tía SUSANA fue la primera en saltar el cerco al aceptar al primer hombre que golpeó a su puerta. En medio de un mar de lágrimas le dio el “Sí.”
Su marido era un señor rumano, un cuarto de siglo mayor que ella. Corpulento, pelado y cojo (utilizaba un zapato especial para igualar las gambas). No debo ser tan drástico con él. Era un tipo agradable en el trato y solícito como buen comerciante. Llevaba una vida muy simple dedicada enteramente al trabajo. Una vez al año se iba por dos semanas a las termas de Carhué, (un poblado de la provincia de Buenos Aires, fundado en 1887), en cuyas aguas encontraba una cierta mejoría a su reuma crónico.
Mi Tío tenía un negocio de autopartes en el barrio porteño de Once, que lo atendía junto a su hermano Isidoro, un soltero irrecuperable que hacía una doble función: de vendedor y sereno
MI TÍO tenía una prima, a la que vi en muy contadas ocasiones. El resto de su familia pereció en los campos de concentración.
Mis Tíos vivían en un caserón que habían alquilado en la calle Franklin, entre Acoyte y Campichuelo, en el barrio de Caballito, de donde Mi Tío no se iría nunca más.
La vivienda se prestaba para ser la locación de una película de terror.
Todo se veía viejo. Las paredes tenían más parches que ropa de payaso. Tenía un altillo que parecía desmoronarse en cualquier momento. Lo mismo pasaba con su escalera metálica que estaba totalmente oxidada. El lugar más confortable de la casa era la cocina, especialmente en invierno.
Al igual que Mi Madre no se casó de blanco. Después del acto religioso a cargo de Mi abuelo Godolia (también casó a Mi Madre), hubo un almuerzo íntimo y nada más.
Desde un primer momento no compartieron la cama matrimonial, que quedó para uso exclusivo de Mi Tía.
Mi tío HERMAN tenía para sí una pequeña habitación sin ventana. Se aireaba a través de una banderola. Tenía dos puertas: una que daba a un patio enorme, totalmente descubierto, y otra que se comunicaba con el dormitorio.
Él cenaba en su pieza, nunca comía con la familia. Y también aquí recibía a Mi Tía en sus encuentros higiénicos.
Había que pedirle permiso para entrar. Su mobiliario se limitaba a un escritorio, una cama de una plaza y un sillón reclinable que le permitía descansar cuando volvía del trabajo.
Marido y mujer hablaban en idish. En cambio, con la hija lo hacían en un perfecto castellano.
HERMAN regresaba temprano del trabajo tanto en invierno como en verano.
Cuando hacía calor sacaba su sillón al patio y nos convocaba, a su hija y a mí, para que nos sentáramos a su lado. Compartía con nosotros las noticias del día y, a su vez, quería que le contáramos en qué habíamos ocupado nuestro tiempo.
Él estaba abonado al diario LA PRENSA (fundado en 1869 por el periodista y diplomático José Clemente Paz n.1842). A pesar de ser expropiado por Perón, no dejó de ser un bien cultural, ampliamente reconocido en todo el mundo.
En los años ochenta del siglo XX, fue declinando como expresión periodística para convertirse en un mamotreto que hasta el tacho de basura se sentía asqueado de verlo.
Su nuevo dueño era un tipo que se había establecido en Mar del Plata, desde donde manejaba sus múltiples empresas.
Se llamaba ALDREY IGLESIAS, a pesar de ser un analfabeto estructural, era muy lúcido a la hora de manejar sus chanchullos.
En una Feria del Libro, realizada en el Hotel Provincial de Mar del Plata, que gerenciaba el impresentable empresario coruñés, en una mesa de saldos se encontraron textos pertenecientes a la centenaria colección de La Prensa. Hubo denuncias pero nadie se dio por enterado. Era ilimitado el poder de este patrón de estancia. ,
Mis Tios tuvieron una hija. Mi prima FLORINDA sufría por no tener un hermanito Yo la consolaba diciéndole que su situación era envidiable. Que yo conocía a muchos chicos que se lamentaban por tener hermanos
MI PRIMA era una chica con mucho cerebro. No le conocí muchos amiguitos. Fue educada para ser la mejor en todo. Desde pequeña fue una ávida lectora. Tenía una biblioteca fantástica. Ella me hizo conocer a los clásicos de la literatura infantil. Mientras yo me fantaseaba con la lectura, ella analizaba un texto hasta la extenuación.
Yo pasé varios veranos en el caserón de la calle Franklin. La última vez fue en 1951.
A MI TÍA yo la volvía loca: no me podía mantener quieto en un solo lugar, todo el tiempo quería salir a pasear. No me importaba si llovía o cayeran piedras. MI PRIMA era mi aliada.
En los días desapacibles nos gustaba ir al Museo de Ciencias Naturales, fundado por el arqueólogo entrerriano Juan de Ambrosetti (n. 1865). En un hall enorme se alineaban varios esqueletos de dinosaurios hallados en suelo patagónico.
Otro museo que me fascinaba era el que estaba en el Parque Saavedra. En diferentes habitaciones se exponían distintos objetos que habían pertenecido a la Buenos Aires colonial. Había una calesita que se podía subír sin pagar. Era lenta pero estaba decorada con los medios de transportes que se habían utilizado a principios del siglo XIX.
EL PARQUE CENTENARIO estaba a pocas cuadras del caserón. Era un sitio donde se podía corretear a gusto. Aquí me sacaron mi primera foto de bebé. Yo aparecía sentado en el regazo de Mi Madre.
El JARDÍN ZOOLÓGICO, (fundado en 1888) me fascinaba porque era un lugar donde un niño podía gastar sus energías corriendo de jaula en jaula y dándole de comer a los bichos galletitas y maníes. Me atraían los monos. Soñaba con tener uno. Me tuve que conformar con el sueño.
A MI TÍA le encantaba ir al Balneario Municipal de la Costanera, por más que le significaba no poder dormir la siesta y cargar con dos diablillos. El Río de la Plata en aquel entonces no contenía las inmundicias de hoy. No había riesgo de contaminación.
El tranvía nos dejaba a algunas pocas cuadras de la playa. En el camino yo me detenía a observar LAS NEREIDAS, una de las grandes esculturas de la tucumana LOLA MORA (n. 1862); y la estatua que recordaba “al comerciante italiano LUIS VIALE (n. 1815) quien, en un acto de extrema generosidad, cedió su salvavidas a una pasajera que estaba embarazada, durante el hundimiento del vapor América, donde perecieron quince del total de sus doscientos pasajeros.”
Esta tragedia náutica ocurrió en la madrugada del 24 de diciembre de1871. Los viajeros iban a festejar la Nochebuena y la Navidad a Montevideo.
Viale fue cofundador del Banco de Italia y el Hospital Italiano.
A mí me encantaba viajar en tranvía y sentarme junto a una ventana. Me daba la sensación que la calle era una larga cinta asfáltica que corría a mi lado.
Con MI PRIMA nos peleábamos para ver quien aventajaba al otro, buscando un lugar junto a la ventana cuando el vehículo venía atestado de pasajeros.
Una vez le gané de mano e hice valer mis derechos a pesar de su furia y sus pucheros. Su madre, que le admitía todos sus caprichos, me obligó a cederle el lugar. La maldije por lo bajo y mi insulto fue escuchado por alguna fuerza poderosa.
Habían transcurrido escasos minutos cuando oí un estallido y después el grito desgarrador de Florinda. Se había desprendido la traba del ventanal y la hoja había impactado de lleno en uno de sus codos.
MI TÍA se la agarró conmigo. No me sentí afectado. Ya estaba acostumbrado que a uno le echaran la culpa de un delito que no había cometido. Millones de inocentes perdieron sus vidas a lo largo de la historia.
Nos bajamos en el HOSPITAL DURAND que no estaba lejos del caserón. El médico de Guardia le diagnosticó traumatismo y le recetó un antiinflamatorio.
En el Hospital Durand nació Mi Hermano, el menor, Y aquí me extrajeron mi primer diente de leche. Esa misma noche se lo vendí por unas pocas monedas al Ratoncito Pérez.
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CARLOS DURAND. Médico salteño (n. 1826), una vez doctorado se dedicó a la Obstetricia, continuando con una de las especialidades de su padre Jean André Charles, que fuera estrecho colaborador de Rivadavia y miembro fundador de la Academia Nacional de Medicina.
RATONCITO PÉREZ. Este personaje se creó a finales del siglo XIX (posiblemente 1894) y su autor fue el padre Luis Coloma (n. 1851), a quien la realeza española le pidió que le escribiera un cuento al futuro Alfonso XIII, que entonces tenía ocho años, y a quien se le había caído un diente.
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Siempre me gustó caminar. Me encantaba acompañar a MI TÍA a la feria callejera que se extendía por varias cuadras no lejos del caserón. Todo olía a fresco y los productos se adquirían a mitad de precio de lo que habitualmente se comerciaban en los sitios tradicionales
Mi compañía no era gratuita y Mi Tía lo sabía: el madrugón me lo gratificaba con churros (una herencia española)crocantes rellenos de dulce de leche y una taza de chocolate bien caliente. Era un placer que Mi Madre no me lo permitía porque decía que perjudicaba mi salud.
MI TÍA no era una buena cocinera. Sus menús se reducían a una sopa, un churrasco, un puré de papa, batata y zapallo; y una ensalada. El postre era una fruta de estación. En cambio, era una maestra CEBANDO MATE. Mayormente lo tomábamos cortado con leche. Este brebaje circulaba antes del mediodía y después de la siesta.
Al mate lo endulzábamos con azúcar o poniéndonos en la boca una cucharadita de dulce de leche.
Yo me desvivía por CHIMBOTE un producto de origen marplatense que comenzó a fabricarse en 1937.
MI PRIMA era la loca de los helados. Mi Madre me lo había prohibido terminantemente por mi asma. Susana no lo tomaba en cuenta. Me llevaba a la heladería que estaba a dos cuadras del caserón, cruzando la avenida Díaz Vélez. Era un local enorme, con paredes revestidas de azulejos blancos. Se parecía a una sala de hospital. Lo único que tenía de color era la lista de precios y la descripción de los gustos.
Yo era fanático del sándwich (tapas de oblea) relleno de frutilla, crema rusa y chocolate con nueces. Me cargaba servilletas de papel para no chorrearme la ropa, y me sentaba en una de las banquetas que había frente al comercio, y no me movía del lugar hasta no haber acabado con el helado.
No tomo helado desde que me fui a vivir a Mar del Plata en el año 1963. Su clima inestable no se lleva bien con mi asma; trato de evitar cualquier enfriamiento.
Una de las más extrañas experiencias que me tocó vivir en la casa de Mi Tía fue cuando vi como una víbora se deslizaba por las piernas de Florinda.
Empecé a los gritos pensando que el ofidio la iba a picar. Susana vino corriendo. Me tranquilizó diciéndome que su hija estaba largando una lombriz solitaria. Se sintió desencantada cuando vio que al parásito le faltaba la cabeza. Equivalía a que volvería a crecer.
Yo había regresado a Concordia cuando Mi Prima largó la solitaria con la cabeza incluida.
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DULCE DE LECHE. Sobre sus orígenes existen varias hipótesis. Una de la más difundida que una de las esclavas de Rosas descuidó la lechada (leche azucarada que se tomaba caliente y que el Dictador acompañaba sus mates), y al pasarse en el hervor se transformó en dulce de leche.\
HELADERÍA. En el país, las primeras surgieron por iniciativa de inmigrantes italianos, transformándose, desde principio el siglo XX, en populares centros de reunión. En 1902 abrió sus puertas El Vesubio y en 1909 le siguió la tradicional Saverio.
HELADO. En su viaje por Oriente, el veneciano Marco Polo conoció una bebida congelada china.
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En la casa de MI TÍA yo dormía en el salón comedor donde había un sofá cama. Siendo tan miedoso alucinaba con una invasión extraterrestre. También me sugestionaban los gritos desgarradores del joven apopléjico que vivía pared de por medio. De mañana lo sacaban a la calle para que tomara aire. Un día desapareció.
Unas vecinas maliciosas decían que una hermana suya lo había envenenado para que ninguno de los dos siguiera sufriendo, aunque fuera de distinta manera.
Para ir al baño había que cruzar todo el patio cuyo techo era el cielo. Me conseguí una bacinilla para ahorrarme las caminatas nocturnas. Una vez me olvidé de esconder el orinal debajo de la cama. Cuando me levanté metí un pie en la escupidera y derramé el pis sobre el parquet. Me gané el reto de Mi Tía por haber lavado el piso con un líquido inapropiado.
No quiero exculparme, pero había que haber matado al infeliz que diseñó el caserón: poner el baño al lado de la cocina y lejos de las habitaciones.
El duchador era eléctrico. Primero se dejaba correr el agua y después se encendía el calentador. Una vez, de atropellado nomás, lo hice al revés y quemé la resistencia. Mi Tía estuvo a punto de rajarme de su casa. Reflexionó y me perdonó. En mi casa se utilizaba un termotanque. El encendido era un recipiente que se llenaba de kerosén. Más de una vez me tuve que bañar con agua fría. Esta es otra historia.
MI TÍA no podía creer que yo no utilizara champú para lavarme la cabeza y que tampoco me perfumara. Mi Madre nos enjabonaba con el jabón Sunlight, que cumplía tres funciones básicas: de desinfectante, para combatir las liendres y de anticaspa.
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CHAMPÚ. Deriva del inglés shampoo, palabra que data de 1762, y significaba originalmente "masajear.”
DENTÍFRICO. A fines del siglo XIX se inició su fabricación. Se le atribuye al doctor Washington Sheffield, de Connecticut, EE.UU., la idea de colocar el dentífrico en tubos flexibles.
Era tan irritante que cuando me entraba en los ojos yo aullaba como un perro maltratado.
Mi cabeza nunca necesitaba de un gran lavado. Nuestro peluquero sabía que tenía que rapar a los Tres Hermanos Rabín. Nos pasaba una maquinita glotona como si fuéramos colimbas.
A MI TÍA no le importaba si me lavaba los dientes o no. En cambio Mi Madre me marcaba de cerca, porque me sabía vago.
No sé si fue por el asma o la medicación, lo cierto que mis piezas dentarias se dañaron prematuramente.
FLORINDA se casó con un ingeniero civil. Cuando la Argentina se les puso pesada, ella y su marido levantaron campamento y se fueron a vivir a Jerusalém.
Tuvieron un casal. La última vez que vi a Mi Prima fue en 1998, en el casamiento del varón. Ella enviudó diez años después. Un tumor cerebral terminó con la vida de su marido, un flor de tipo.
En el año 1946, la tercera de las hermanas de Mi Madre, que pudo darse el gusto de casarse enamorada, murió prematuramente afectada de leucemia.
Tengo un vago recuerdo de ella. En cambio al viudo lo visité varias veces. La última vez que estuve con el TÍO JUAN fue en enero de 1950.
Después él rearmó su vida y la relación con nuestra familia se cortó definitivamente






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