Saturday, February 27, 2021

NO SOY FAMOSO, PERO TENGO ALGO QUE DECIR (33)

 MI VIDA Y SUS INFIERNOS.

PUNTO FINAL A UN AÑO INOLVIDABLE. Cuando llegué al puerto napolitano y vi las caras de mis javerím (compañeros), me di cuenta que ya todos extrañábamos ese año que habíamos vivido en Israel. Quedaba atrás una increíble experiencia.

El regreso fue en el AUGUSTUS,  un barco de mayor porte que el Anna C. La travesía no tuvo sobresaltos. Ninguno de nosotros   mostró  el menor interés  de pasear por las ciudades donde el barco se detenía para abastecerse. Eran  los mismos puertos  que  se atracaron  en el viaje de ida. Yo sólo  bajaba  para poder  estirar las piernas.

El novelista y dramaturgo español  ENRIQUE JARDIEL PONCELA (n. 1901), escribió: “La experiencia es una cadena de errores.” 

El uruguayo, el mismo que nos anticipó que íbamos a tener problemas para  descender   del Pan de Azúcar, perdió el barco.  

A último momento  se enteró que había un negocio que vendía tocadiscos muy baratos. Encontró el lugar pero erró la vuelta. Cuando llegó al puerto el Augustus, estaba lejos de la costa. El muchacho viajó a Roma. La Embajada de su país le dio un préstamo para que tomara un  tren que lo depositaria en Lisboa, donde finalmente pudo unirse al grupo.

El gramófono le salió un poco caro.

UN CONTRABANDISTA FRUSTRADO.  El  Comisario de Primera Clase   era un tipo tan bueno y servicial como lo había sido su colega del Anna C.  Como nos tenía confianza, antes de llegar a Montevideo, reunió a  un grupo de becarios entre los que me contaba: quería que   le pasáramos   por la Aduana unos  cincuenta  pilotines de nylon convencido que no nos iban a revisar por  ser   pasajeros en tránsito. Esa mañana la  ciudad capital uruguaya ardía de tanto calor.

Muchos de los noveles traficantes queriendo disimular la mercadería se vistieron como para ir a la Antártida.

Inmediatamente quedamos al descubierto. Los inspectores nos decomisaron toda la mercadería. Ninguno  de nosotros se salvó  de la requisa.

Mi comportamiento fue el de un delincuente común, porque actué al margen de la ley. De todos modos  sentí  pena por haberle fallado  al Comisario.

Mi  bronca fue mayúscula,  cuando  vi como los empleados de la Aduana se llevaban la mercadería secuestrada a  un auto particular  que estaba   estacionado en un playón cercano  a la dársena. A las nueve de la mañana del  21 de marzo de 1963 el Augustus atracó en el Puerto de la ciudad de Buenos Aires.

“EL CARÁCTER DE CADA HOMBRE ES EL ÁRBITRO DE SU FORTUNA.  EL IDEAL ES UNA MENTIRA PAGANA.”

 Yo  fui uno de  los primeros en desembarcar. Pasé el control aduanero sin inconvenientes. No  tenía nada que declarar. El permiso de importación era de ciento cincuenta dólares. Mi pasaporte quedó intacto.  

Me vinieron a recibir  dos capos de la Coordinadora Apartidaria.  A modo de saludo me pidieron el   documento. Según ellos,   lo iban a vender a un importador y con lo recaudado  podían  solventar algunos  gastos institucionales. La actitud de los tipos me enojó muchísimo. Fue el inicio de mi desilusión con el Movimiento.

La gran  mayoría de mis colegas  había agotado el cupo  con las compras que habían hecho en Europa. Vi como    untaban a los vistas de la Aduana para que se hicieran los distraídos.

 La segunda decepción  fue cuando  me comunicaron  que no iba ir a trabajar  a Concordia,  como habíamos acordado. Mi destino era  Mar del Plata, la ciudad que a principios del siglo XX  se la conocía como la “Biarritz argentina”.  Su rápido  desarrollo como  centro turístico se debió a que gozaba de la preferencia de  los porteños teniendo en cuenta que se halla a cuatrocientos kilómetros de la metrópoli.

En ese momento tenía  buenas playas y  contaba con un atractivo único en el país: el imponente  Casino provincial  inaugurado en 1939. En los últimos años del siglo XX,  la también  llamada  “Perla del Atlántico”, fue perdiendo sus encantos y aumentando sus   miserias.

Para  finales de marzo  viajé  a Concordia para pasar  Pesaj  con Mi Familia. Los   días que estuve  en mi ciudad de nacimiento  no quería salir a la calle para no encontrarme con la gente a quien se le había prometido que yo  iba a trabajar en su comunidad. Tampoco no tenía ningún argumento  como para explicar por qué la cúpula Apartidaria había cambiado de parecer.

EL 15 DE ABRIL LLEGUÉ  A MAR DEL PLATA. En la Terminal  de Ómnibus   me estaba esperando el  joven, que según me habían dicho, era el que había  gestionado mi  llegada para que organizara  el Departamento  de  la juventud hebrea  local.  Los  jóvenes  que   venían a   la Sociedad Israelita Marplatense (SUIM),  eran aquellos que no sabían qué hacer de sus vidas; o los  que eran  obligados por sus padres para que no se asimilaran.

El número de asociados que tenía SUIM era  exiguo.  Y no se tenía idea de cuántos hebreos   vivían en Mar del Plata.

 Cuando dejé SUIM, un año después, me desconecté definitivamente, de la vida comunitaria.

En la sede social de SUIM funcionaba una  escuelita primaria   subvencionada  por el departamento de Educación  de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA).   No era serio lo que se enseñaba porque no tenía un plan de estudio  ni había un control sobre su funcionamiento.

Durante un mes viví en la casa de Eduardo. Él era  el único  de su casa   que intentaba salvaguardar  la tradición judía.   Sus padres (médico y docente respectivamente), estaban en otra. Más cerca de Cristo que de Jehová.  El  hermano mayor era un tiro al aire y su hermana, una chicuela en la edad de la inocencia. 

Todos los tíos de Eduardo   estaban casados con católicas.  

 En la casa de Eduardo vivía la abuela materna. Ni bien me conoció se me puso en mi contra. Le  aterrorizaba la idea que sus nietos se fueran a vivir a Israel.  

Eduardo iba a cumplir quince años,  pero aparentaba tener  mucho  más. Era   alto,  robusto, rubio, de  ojos celestes saltones y  voz gruesa.

Era un líder natural.  A pesar de la diferencia de edad  que nos separaba  enseguida congeniamos y  mantuvimos una larga   amistad, que se fue deteriorando a partir del momento que se casó. Lo dejé de ver definitivamente en el año 2005.

Eduardo siguió los pasos de su padre: estudió Medicina. No se especializó en Gastroenterología como su progenitor,  sino que eligió la Psiquiatría.  Se casó con una católica,  Beatriz, una psicóloga marplatense. Apenas la conocí me di cuenta que era una  mala persona

Cuando los militares tomaron el poder en 1976,  se fueron a Israel. A su esposa le costó adaptarse a la vida de Jerusalém. Terminaron en Madrid.  Tuvieron tres hijas y el tiempo suficiente como para divorciarse.                                           

En el mes de mayo me fui de la   casa de Eduardo, después de   presenciar un incidente doméstico. Yo volvía de la Sociedad. Era casi medianoche.  En la puerta de calle una mujer estaba  pidiendo a  gritos que quería  hablar con el dueño de casa.

Era su secretaria y amante  que le estaba  reclamando un  lugar en el equipo titular. En el dormitorio   la esposa se estaba deshidratando de tanto llorar.

Los padres de Eduardo se reconciliaron, o mejor dicho: el infiel fue perdonado. De todos modos  estaba clarísimo  que  la  separación era irreversible. Dos años después Ernesto   abandonó a su mujer  y también   se  radicó  en Madrid. Dejó la Medicina para dedicarse a la promoción de libros médicos  que publicaba la editorial Panamericana de la Salud, propiedad de su único hermano.

En el año 1965 se me dio la oportunidad de vender los libros médicos en Mar del Plata. No tuve agallas de dejar todo y meterme de lleno en  este laburo. 

Una ocasión desperdiciada teniendo en cuenta la expansión que tuvo la  editorial   en América Latina  y España.

MI PRESENTACIÓN en SUIM  se hizo un  viernes, durante  un Kabalat Shabat (se le da la bienvenida anticipada al sábado). Había más gente de lo habitual. Eduardo se había encargado de difundir que iba a estar presente el nuevo conductor ---madrij.  Yo era  toda una novedad.       

Cuando  comencé a delinear lo que pensaba realizar institucionalmente   se apareció una patota  encabezada por dos hermanos que  no estaban  dispuestos  a perder su poder en el grupo.  Eran tipos  acostumbrados a hacer lo que se les antojaba sin que nadie se animara a contradecirlos. Además,  tenían de su lado a las únicas pendejas que merecían algo más que un piropo.

No me quedó  otra  que enfrentarlos. Como primera medida   les quité la organización de la  colecta anual  destinada  a juntar fondos para el Estado de Israel. Eduardo me había dicho  que los muchachitos forzaban las alcancías y se quedaban con parte de lo recaudado.   

El padre de los cabecillas  era de manotear  cosas que  pertenecían a SUIM.   El tipo, muchos años después,  integró el  directorio del banco de la colectividad que se vio involucrado en una  quiebra fraudulenta.

 Eduardo, de a poco,  me fue marcando la gente que podía serme  útil  en el armado del Departamento de la  Juventud. Entre los leales  estaba SALVADOR (q.e.p.d) que había sido compañero mío en aquel  campamento de verano en la  Laguna de los Padres, a principios de los cincuenta. Estaba  hecho un paquidermo: alto, cabezón  y gordo.

Era un tipo muy simplote, pero de buen corazón. No tuvo suerte en el amor. Su esposa lo dejó cuando  se dio cuenta que nunca lo había amado. Se había casado con él, solo para  darles el gusto a sus padres que no admitían un  yerno que no fuera de la colectividad.        

Día a día se iba  arrimando más gente a SUIM. Llegó un momento que me sentí   desbordado. Entonces decidí dividir a la gente por edades poniendo al  frente de cada grupo a un mayor ---boguer, que yo sabía que me iba a responder.

Yo daba  clases de hebreo y charlas de Historia.  Por mi condición de  sordo y patadura, le  encargué  a una piba muy talentosa la enseñanza de  canto  -- shir  y danza  ---rikud. Siendo una adolescente ya  era profesora de piano.

Marisa   organizó el  cuerpo de baile y el coro, lo que nos  permitió salir de nuestro propio gueto,  y presentarnos   en  programas de  televisión y  en centros comunitarios.

Marisa,  físicamente no aprobaba el más mínimo examen.   Era petisa, nariz gancho, poco pecho, caderas  anchas y  patona.

En un principio la tuve de  la vereda de enfrente. Le gustaba uno de los patoteros.  Como el  tipo la ninguneó, despechada se  cambió de bando.

La actividad de los viernes era  obligatoria. En cambio, los fines de  semana,  cada uno podía hacer lo que se le  antojara. La mayoría optaba por ir  a los boliches. A mí no me molestaba. Yo consideraba que  no era cuestión de  intoxicarlos hablándoles solamente de judaísmo y sionismo. Eran jóvenes que necesitaban otro tipo de expansión.

Con el tiempo mis dirigidos organizaron  sus propios asaltos. Siempre había una casa disponible para milonguear.

Yo me quedaba  con aquellos que no tenían nada programado para el weekend.   Habitualmente nos  metíamos en un café y siempre teníamos un tema para discutir.

Se vivía  una época donde muchos pensábamos  que era  posible hacer de este mundo un poco mejor.  

  YO  NUNCA ME LLEVÉ BIEN CON EL DINERO. Cuando me parecía que  tenía al mango agarrado se me escurría entre los dedos.   

Yo  era  el único culpable  de no  saber exigir lo que me correspondía. Era de esperar, de dar por sentado, que las deudas había que pagarlas. Algo imposible en un país donde siempre se forrea al trabajador.

Para la COORDINADORA   APARTIDARIA, Mar del Plata y yo no existíamos. Era  como si sus popes se  hubiesen  arrepentido de haberme enviado al Majón.  Quizá  les  molestaba mi independencia, haber aprendido a manejarme solo. Eran  mediocres  que   sufrían del  éxito ajeno.

Mi situación de guacho fue aprovechado por la directiva de  SUIM: me daban  el sueldo cuando se le antojaba. La cosa se agravó cuando me mudé a un hotel. Tuve la suerte que sus dueños (dos hermanos solterones que llegaron de España en 1950), no me apuraban con la mensualidad porque  se habían encariñado conmigo.

LA GALLEGA DEL SAN ANDRÉS, tenía un niño de un  padre que dejó la  semilla pero nunca  quiso ver  crecer el árbol. El hijo compensó el sacrificio de su madre recibiéndose  de abogado.  

 

 

(Continuará. ///Todos los capítulos, en: el hombredelamemoriacorta,blogspot.com )

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Monday, February 15, 2021

NO SOY FAMOSO, PERO TENGO ALGO QUE DECIR (32)

 

MI VIDA Y SUS INFIERNOS.

 

UNA DESPEDIDA RUIDOSA. Días antes de irme del país me fui a Jerusalém para  recibir  el analítico y el titulo del curso  y  retirar el resto de mi  equipaje. Me despedí  lagrimeando de la gobernanta del Majón.

TOBA era  un ser excepcional que se había ganado todo  mi cariño. Ella también estaba emocionada. Un mes más y se jubilaba. Fui uno de sus  últimos hijos.   

En el tiempo que me demandaba terminar con todos los trámites, me alojé  en un instituto para maestros-morim  que en ese momento  estaba a medio ocupar.

 La última noche me  sumé a aquellos que no tenían sueño y nos fuimos  a caminar  por la bulliciosa arteria jerosolimitana Ben Yehuda. Hacía tanto frío que terminamos todos metidos en una confitería de medio pelo. Yo me comí  un  falafel y me tomé un café con leche.

Regresamos al maón entrada la madrugada.  De pronto a alguien  se le encendió el bichito de la maldad: diseñó un plan para  arruinarles  el sueño a los que se habían quedado a apoliyar.  Enseguida sumó adeptos.

Con pasta  dentífrica y lápiz labial entramos  a marcar caras y embadurnar cabellos. Todo iba bien hasta que uno decidió extremar la joda. Tomó un balde  extinguidor que  colgaba de una pared y que se suponía estaba lleno de arena. Lo que había  era   barro  mezclado con la orina de aquellos que no deseaban ir a los baños que estaban lejos de las habitaciones.

La batahola que se armó fue de tal magnitud que gente  del vecindario llamó a la policía. Estaba  convencida que el Instituto había sido copado por terroristas árabes.

MIS PARIENTES ITALIANOS.  Todos los becarios  habían contratado antes de viajar un tour por Europa. Sabían que había un mes de espera antes de regresar a la Argentina.

Lea Y Débora  me habían dado   unos dólares como para que no tuviera que quedarme encerrado todo el tiempo en el hotel napolitano.

De pronto a Mi Tía (Debora) se le encendió la lamparita: “Ve  a visitar  a mi primo que vive en   Milán.”

Ni bien pisé suelo italiano  me  tomé   el primer tren que se dirigía a la ciudad más importante de la Península.  Estaba nevando de lo lindo. Un colchón blanco  se extendía a ambos lados de las vías. 

Compartí el asiento con  un joven milanés quien me fue de mucha utilidad: me llevó hasta la casa de los parientes en el coche de su novia, que lo había venido a esperar.

  El encuentro con el primo de Mi Padre (Yaacov)  fue inolvidable. Me encontré con un ser humano excepcional.  Físicamente era un calco de  Aarón. Él estaba casado  con una católica,  hermana de un compañero suyo de la Universidad.

 En esta boda había algo de gratitud (la mujer era muy fea), porque su familia  lo había protegido durante la SGM, llevándolo a un refugio montañoso.

Tenían  una hija, que cursaba el profesorado de Matemáticas.  La giovinetta fue mi guía e hizo que mi estadía fuera placentera.

Haia medía un  metro sesenta. Era delgada lo que no impedía que su cuerpo tuviera ciertos encantos. Para mi gusto, le fallaba la trucha. No tenía un rostro atractivo. En cambio, era muy simpática. Congeniamos desde un  primer momento.  

La familia    vivía en el avenida-corso Buenos Aires, que es una de las arterias más largas de Europa: une  Porta Venezia con Piazzale Loreto.  Aquí  fueron expuestos los cuerpos del Duce de y su amante, CLARA PETACCI el 29 de abril de 1945.

Para ingresar en  la  vivienda había que cruzar un portal que daba a un patio enorme y en donde se alineaban varias casas. Me parecía ingresar  en el  túnel del tiempo.

Por fuera todo se veía antiquísimo, y por dentro   eran muy  confortables.

El primo de Mi Padre era dermatólogo y  trabajaba full time en un dispensario municipal. Nunca  tuvo su propio consultorio.

Yaacov  salió de Ucrania para estudiar Medicina. Cada vez que yo le preguntaba quién le había bancado la carrera, hacía como que no me oía. Pienso que fue becado por el régimen fascista de Mussolini. 

En Milán  la comunidad hebrea se repartía entre religiosos y aquellos que habían constituido matrimonios mixtos.  Me costaba distinguir  entre quien era hebreo y quien no,  por la naturaleza de los apellidos.

En Italia se ocultaron   los perseguidos por la Inquisición española y portuguesa. Con  el tiempo aquí también la pasaron mal. 

Yo sabía que nunca más   volvería a ver al  primo de Mi Padre porque era un hombre de mucha edad por eso trataba  de estar con él   el mayor  tiempo posible.

Con él y con Haia hablábamos en  hebreo.  Con la esposa de Yaacov  no tenía mucha onda. Era una mujer que demostraba ser una amargada crónica.

Algunas noches, después de la cena yo   salía con Haia a caminar por el barrio y a conversar de nuestras vidas y   de nuestros mundos tan distintos.

 Los sábados yo compartía la cena  con la familia. La sobremesa era  sentarse frente al televisor para ver  un  programa musical  donde  se presentaban  artistas europeos consagrados. En uno de los shows estuvo la bailarina francesa Zizí Jeanmarie (Renée Marcelle n. 1924). Y en otra ocasión estuvo   la cantante y actriz gala Juliette Gréco,  (n. 1927), a quien yo  la recordaba  por su actuación en la película Raíces del cielo (1958.)

En la Argentina había comenzado a emitirse un programa parecido: Sábados Circulares de   Nicolás Pipo Mancera (n. 1930), que se mantuvo en el aire   durante doce años.

Una noche me enganché con un debate político. Uno de los  panelistas  hablaba de las desigualdades que existían en su país. Me sorprendió cuando dijo: “NO TENEMOS POR QUÉ PARECERNOS A LA ARGENTINA: UN PAÍS DE CABEZA GRANDE Y  CUERPO CHICO.”

En la casa de Yaacov me quedé una semana.  Después él    me alquiló una habitación en un pequeño hotel que había en  la vecindad. Quería que  estuviéramos  cómodos tanto su familia como  yo.

Haia me obligaba a madrugar para que pudiera aprovechar el día. Ella pasaba por el hotel antes ir a la Facultad. El conserje, que se había acostumbrado a verla, le permitía subir directamente a mi habitación que estaba en el primer piso. Yo no cerraba la puerta con llave y ella entraba sin golpear. No le molestaba verme en calzoncillos y con el pájaro inhiesto. Hubo momentos  en los que tenía  la sensación que, de haberla apurado quizá me hubiese dado cama. Esto lo digo porque una vez  que fuimos juntos al cine me permitió que le acariciara una gamba.  Era poca la distancia que mediaba entre mis manos y su sexo. Me frené pensando que si le llegaba a molestar se rompería una bellísima relación. 

Me despedí de mi familia italiana, llorando desconsoladamente.  A Haia la volví a ver una sola vez y  por un par de horas.  Me vino a visitar al kibutz  donde vivía con mi familia.  Después  supe  que  se había separado y  que de ese fallido matrimonio le había quedado un hijo.

(Continuará. ///Todos los capítulos, en: el hombredelamemoriacorta,blogspot.com)

 

Tuesday, February 2, 2021

NO SOY FAMOSO PERO TENGO ALGO QUE CONTAR. (31)

MI VIDA Y SUS INFIERNOS.


 MI VIDA COMO COLONO  Cuando terminó la etapa  teórica  en el Instituto de Jerusalém marché   hacia  mi  nuevo objetivo: un kibutz que se hallaba  al Norte del país.   

Me detuve un día en la casa de  Mi Tía Débora.  Coincidió con el  suicidio  (el 5 de agosto) de la actriz norteamericana Marilyn Monroe (n. 1926.)

 Según la escritora  estadounidense Joyce Carol Oates (n. 1938), en su libro  BLONDE  a  MM: “La mató una mano mercenaria  y no una  sobredosis de somníferos.”  

 MATZUVA  era    una colonia próspera fundada en 1940  por jóvenes   alemanes.

Durante el mes y medio que estuve en este lugar  supe lo que es trabajar duro  bajo

un sol abrasador:   cargaba  bolsas de cereales,   cosechaba   plátanos y aceitunas.

Cuando dejé el kibutz  mi cuerpo era un palo con los  músculos abdominales bien marcados como si me hubiese pasado todo el tiempo metido  en un gimnasio.

   En Matzuva  conocí a un joven abogado  nigeriano que estaba realizando un máster en la Universidad de Jerusalém. También, estaba experimentando  la vida en una colonia  por dentro.   Nos entendíamos en inglés.

Una vez compartimos la misma ducha. Pasé  vergüenza. Preferí bañarme solo.

Nos carteamos durante un tiempo hasta que la distancia hizo lo suyo.

Lo tuve en mi mente cuando se desató la guerra secesionista  (1967—70) en su  país, en ocasión de intentar   Biafra  independizarse del Gobierno central.

A la  provincia independentista la  primavera le duró  tres años  hasta que fue sometida, con un millón   de muertos.

  Durante buena parte de la década del sesenta Israel tenía consenso entre los países

africanos. Lo  desacreditó su mala política exterior después de la Guerra de los Seis Días. 

En aquel entonces  no pasaba un  día sin que dirigentes  o políticos del Continente negro   no visitaran  el país. Una mañana, aún estando en el Majón   oí un movimiento inusual de vehículos y personas. Me asomé y vi a un grupo de extranjeros todos vestidos  con su  ropa  tradicional. Se inauguraba  la sede diplomática de GABÓN. En el acto estaban presentes las  figuras claves del partido Laborista gobernante: el presidente Yitzhak Ben Tzvi (n.1884),  David Ben Gurión; de Agricultura,  Moshé Dayán: la ministro de Relaciones Exteriores Golda Meir;  ministro  Moshé Sharett.  

 Yo me  aclimaté de mil  maravillas a Matzuva. Una  lástima que  el  clima no se llevara  bien con mis bronquios. Mi  familia adoptiva se mostraba a gusto conmigo.  Todas las tardes  merendaba con ellos. El matrimonio tenía tres hijos chicos a quienes yo los entretenía contándoles   mi vida. Yo era un extraño que despertaba curiosidad.    

Muy pocos becarios se sintieron  a gusto en Matzuva. Hubo quienes propusieron   irnos antes del tiempo  establecido por la Organización. 

Finalmente los disconformes fueron convencidos y nos quedamos hasta terminar la experiencia que iba a durar mes y medio.                                             

 Fue muy duro para todos cuando nos enteramos que entre nosotros     HABÍA  UNA    CLEPTÓMANA.  Una mujer de Matzuva, denunció la desaparición de una pollera que había dejado colgada en el patio de su casa. 

Nos quisimos morir cuando durante la cena la dueña de la prenda pegó un grito: “Esta es mi pollera”. La vestía  la joven representante de la comunidad alemana de Buenos Aires.

Al día siguiente la becaria   viajó a  Jerusalém y dos días después regresaba  a la Argentina.

Me dio mucha tristeza  ver el sufrimiento de Zulema. Era una piba buenísima, muy comunicativa y  solidaria con el grupo. 

La bahiense,  a quien le habían tocado el traste en el tren, me  contó que en  Lisboa la cleptómana se había llevado una prenda tejida  de un supermercado  que estaba cerca del puerto. Tuvo suerte que nadie  la pescó y los que estaban con ella ocultaron su delito.

Antes de dejar Matzuva, tuvimos  otra deserción.  Aarón, el  sudafricano,  que nunca supe a qué Movimiento representaba se quedó en la colonia: se había enamorado de una las más bellas gurisas del meshek. Como se había pagado el pasaje supongo que podía hacer lo que se le antojara.

Después viajé a conocer al  único kibutz  que tenía mi Movimiento: BAJAN,  fundado  en 1954 por un grupo  de Najal  e inmigrantes de América del Sur. Sería mi hogar cuando volviera al país. Su ubicación geográfica era privilegiada. En el centro del país en una zona sumamente fértil

 Por su cercanía con la  antigua frontera jordana, de  noche era posible ver las luces de los poblados árabes de Tulkarem y  Kalkilia.

Con el correr de  los años estas localidades  pasaron  a ser parte de la  Autoridad Nacional Palestina (ANP.)     

BAJAN tenía una exigua  población. Más de una vez hizo falta  contratar  mano de obra externa para cumplir con determinadas tareas. 

Tantos  sudamericanos juntos conspiraba para el  normal desarrollo del kibutz: esta gente trabajaba mucho pero sin orden y sin horario. Su actividad económica se circunscribía  a los cítricos, a un tambo, a un enorme gallinero y a una modesta fábrica de caños plásticos (mamterot), que se utilizan para regar  los campos.

  En Bajan me encontré con un grupo de  VOLUNTARIOS ALEMANES, todos universitarios,  quienes querían sacudirse el estigma de sus padres, demostrando  que no todo lo   alemán era malo.

Muchos becarios no quisieron  saber nada de ellos. Yo, en cambio, anudé una linda amistad  con dos de ellos: ambos berlineses: Christa y  Hans. Me entendía con ellos mezclando  el idish con el  inglés.

 CHRISTA  se había enamorado del tesorero del kibutz  y trataba de convencerlo para que se fuera  a vivir con ella a Alemania. Moshé  no quería  saber nada con  dejar la colonia.

Ellos estaban en eso cuando   regresé a la Argentina

  Con HANS nos prometimos reencontrarnos  para el verano boreal de 1964. Hasta me dijo que me iba costear  parte del pasaje. Fue un deseo que quedó inconcluso.

En setiembre  de 1963  recibí una carta de  Christa: me anoticiaba de la muerte de Hans en un accidente de ruta al estrellarse con su moto contra un camión.

Con Christa perdí todo contacto: Mi Madre me incautó todas las cartas que ella me había enviado.  Corrieron  la misma suerte que las misivas de la Rosarina.

 EN BAJAN yugué más duro que en Matzuva. Me pasaba  metido entre  los  estiércoles  del tambo y del gallinero.

El asma  fue bastante tolerante conmigo   a pesar del clima húmedo que imperaba  aquí.

Mi  turno  comenzaba  antes de medianoche y se extendía  hasta las ocho de la mañana.   A las tres   de la mañana yo  hacía un parate y me preparaba un suculento  desayuno.

  A veces comía solo y,  en otras ocasiones,  con los policías fronterizos  de origen druso,  que recorrían la zona y se detenían en el kibutz para  tomarse un café o un té. Eran tipos hoscos pero leales. Apenas si se hablaban entre ellos.  Y mucho menos conmigo. Y eso que yo era capaz de hacer hablar  hasta  las piedras.

En el año 2011 estuve en la  capital germana. Fui a visitar a Mi Hijo, el menor. Contra todas mis aprensiones  debo reconocer que me gustó la ciudad y lo que

hicieron de ella los alemanes, teniendo en cuenta que al finalizar la SGM, lo único que había quedado en pie había sido el edificio  de la Embajada de Suiza.

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BERLÍN. Fundada en 1237 como “Cölln”, fue sucesivamente capital del Reino de Prusia (1701-1918), del Imperio Alemán (1871–1918), de la República de Weimar (1919–1933) y del Tercer Reich (1933–1945.)

DRUSOS. Su origen está a finales del siglo X y principios del XI cuando algunos de sus seguidores consideraron al califa fatimí Al-Hakim como una manifestación de Dios, apartándose   de los otros ismailíes. Cumplen con el servicio militar. Babismo. Sistema religioso fundado en Persia en el siglo XIX por MIRZA ALÍ MOHAMED, que pretendió la renovación y abolición de ciertas leyes sociales de Mahoma.

  Una tarde  fui a ver si todos los grifos que regaban los  cítricos--pardés  funcionaban

en su totalidad. En medio de unos árboles estaba  un  primo  robando naranjas.  

El árabe  al verse sorprendido con las manos en la masa  se puso de rodillas  implorando  mi perdón.

Yo era nuevito en esto de tratar con mis parientes: me  parecía una exageración teniendo  en cuenta la magnitud del delito  cometido. 

A duras penas conseguí  que se levantara. Dejé  que se llevara  lo que había recogido, y le dije  que  una próxima vez pidiera permiso,  nadie se lo iba a negar. 

Yo, de curioso nomás, me quedé mirando  como  el ladrón  se alejaba  con su bolsa de tapuzim.  De pronto se detuvo,  se agachó  y comenzó  a tirarme piedras. Un modo sutil de decirme “Gracias.”

La paz con los árabes es difícil: no es una cuestión de tierras, es la idiosincrasia del musulmán, es la que conspira porque asfixiado por sus gobernantes  canaliza la falta de libertad  tratando de  aniquilar a todo aquel que cae obstruye el camino delineado por sus políticos.    

 

YO, UN COLIMBA Un par de  semanas antes de dejar el país estuve en un campamento militar, sin  tener que pasar por el rigor a que eran sometidos  los auténticos  colimbas.

Uno de los responsables de los becarios, no quería que yo pasara por esta experiencia por mi asma.  Fui igual.

Una noche  corrí  más de siete kilómetros cargando  pertrechos sobre mis espaldas.  En una mano llevaba  un fusil descargado y en la otra un candil.

Llegué al campamento  largando los bofes, pero dándome el gusto de terminar la prueba.

Dormíamos  en carpas.  Cada uno de nosotros montaba  guardia  con una  carabina  que yo solamente había visto en fotos, a la que tenía que limpiar permanentemente.        

En el tiempo que estuve en el Majané tzvaí  aprendí a armar y desarmar un revólver y recibí unas breves lecciones de defensa personal, que nunca apliqué.

El campamento era mixto.   Había  pendejas que rajaban la tierra. Muchas de ellas caían   en las redes amatorias de sus superiores.  Las jevas vestían polleras, salvo cuando salían de fajina. El trayecto para llegar al coito era muy corto.

En una mishmeret (guardia) vi como un  mefaked  se fornicaba a una jaielet (a una soldadita)  de paradito  y contra un árbol. Se dieron  hasta el cansancio, sin importarles  que tuvieran un público que seguía con  ojos envidiosos, el vaivén de sus respectivas  pelvis.

Antes de abandonar el cuartel todos los becarios le dimos una alegre bienvenida a la  nueva promoción de colimbas. Marchamos  cantando como  para hacerles creer   que la cosa no era tan brava. Los pobres críos se iban a comer los tres mejores años de sus vidas

(Continuará)