MI VIDA Y SUS INFIERNOS.
PUNTO FINAL A UN AÑO
INOLVIDABLE. Cuando llegué al puerto napolitano y vi las caras de mis javerím
(compañeros), me di cuenta que ya todos extrañábamos ese año que habíamos
vivido en Israel. Quedaba atrás una increíble experiencia.
El
regreso fue en el AUGUSTUS, un barco de
mayor porte que el Anna C. La travesía no tuvo sobresaltos. Ninguno de
nosotros mostró el menor interés de pasear por las ciudades donde el barco se
detenía para abastecerse. Eran los
mismos puertos que se atracaron
en el viaje de ida. Yo sólo
bajaba para poder estirar las piernas.
El
novelista y dramaturgo español ENRIQUE
JARDIEL PONCELA (n. 1901), escribió: “La experiencia es una cadena de
errores.”
El uruguayo, el mismo que nos anticipó que íbamos a tener
problemas para descender del Pan de Azúcar, perdió el barco.
A último momento se enteró que había un negocio que vendía
tocadiscos muy baratos. Encontró el lugar pero erró la vuelta. Cuando llegó al
puerto el Augustus, estaba lejos de la costa. El muchacho viajó a Roma. La
Embajada de su país le dio un préstamo para que tomara un tren que lo depositaria en Lisboa, donde
finalmente pudo unirse al grupo.
El gramófono le salió un poco caro.
UN CONTRABANDISTA
FRUSTRADO. El Comisario de Primera Clase era un tipo tan bueno y servicial como lo
había sido su colega del Anna C. Como nos
tenía confianza, antes de llegar a Montevideo, reunió a un grupo de becarios entre los que me
contaba: quería que le pasáramos por la Aduana unos cincuenta
pilotines de nylon convencido que no nos iban a revisar por ser
pasajeros en tránsito. Esa mañana la
ciudad capital uruguaya ardía de tanto calor.
Muchos de los noveles traficantes queriendo disimular la
mercadería se vistieron como para ir a la Antártida.
Inmediatamente quedamos al descubierto. Los inspectores
nos decomisaron toda la mercadería. Ninguno
de nosotros se salvó de la
requisa.
Mi comportamiento fue el de un delincuente común, porque
actué al margen de la ley. De todos modos
sentí pena por haberle
fallado al Comisario.
Mi bronca fue
mayúscula, cuando vi como los empleados de la Aduana se
llevaban la mercadería secuestrada a un
auto particular que estaba estacionado en un playón cercano a la dársena. A las nueve de la mañana
del 21 de marzo de 1963 el Augustus
atracó en el Puerto de la ciudad de Buenos Aires.
“EL CARÁCTER DE CADA HOMBRE ES
EL ÁRBITRO DE SU FORTUNA. EL IDEAL ES
UNA MENTIRA PAGANA.”
Yo fui
uno de los primeros en desembarcar. Pasé
el control aduanero sin inconvenientes. No
tenía nada que declarar. El permiso de importación era de ciento
cincuenta dólares. Mi pasaporte quedó intacto.
Me vinieron a recibir
dos capos de la Coordinadora Apartidaria. A modo de saludo me pidieron el documento. Según ellos, lo iban a vender a un importador y con lo
recaudado podían solventar algunos gastos institucionales. La actitud de los
tipos me enojó muchísimo. Fue el inicio de mi desilusión con el Movimiento.
La gran mayoría de
mis colegas había agotado el cupo con las compras que habían hecho en Europa.
Vi como untaban a los vistas de la
Aduana para que se hicieran los distraídos.
La segunda
decepción fue cuando me comunicaron que no iba ir a trabajar a Concordia,
como habíamos acordado. Mi destino era
Mar del Plata, la ciudad que a principios del siglo XX se la conocía como la “Biarritz argentina”. Su rápido
desarrollo como centro turístico
se debió a que gozaba de la preferencia de
los porteños teniendo en cuenta que se halla a cuatrocientos kilómetros
de la metrópoli.
En ese momento tenía
buenas playas y contaba con un
atractivo único en el país: el imponente
Casino provincial inaugurado en
1939. En los últimos años del siglo XX,
la también llamada “Perla del Atlántico”, fue perdiendo sus
encantos y aumentando sus miserias.
Para finales de
marzo viajé a Concordia para pasar Pesaj
con Mi Familia. Los días que
estuve en mi ciudad de nacimiento no quería salir a la calle para no
encontrarme con la gente a quien se le había prometido que yo iba a trabajar en su comunidad. Tampoco no
tenía ningún argumento como para explicar
por qué la cúpula Apartidaria había cambiado de parecer.
EL 15 DE ABRIL LLEGUÉ
A MAR DEL PLATA. En la Terminal
de Ómnibus me estaba esperando
el joven, que según me habían dicho, era
el que había gestionado mi llegada para que organizara el Departamento de la
juventud hebrea local. Los
jóvenes que venían a
la Sociedad Israelita Marplatense (SUIM), eran aquellos que no sabían qué hacer de sus
vidas; o los que eran obligados por sus padres para que no se
asimilaran.
El
número de asociados que tenía SUIM era
exiguo. Y no se tenía idea de
cuántos hebreos vivían en Mar del
Plata.
Cuando dejé SUIM,
un año después, me desconecté definitivamente, de la vida comunitaria.
En la sede social de SUIM funcionaba una escuelita primaria subvencionada por el departamento de Educación de la Asociación Mutual Israelita Argentina
(AMIA). No era serio lo que se enseñaba
porque no tenía un plan de estudio ni
había un control sobre su funcionamiento.
Durante un mes viví en la casa de Eduardo. Él era el único
de su casa que intentaba
salvaguardar la tradición judía. Sus padres (médico y docente
respectivamente), estaban en otra. Más cerca de Cristo que de Jehová. El
hermano mayor era un tiro al aire y su hermana, una chicuela en la edad
de la inocencia.
Todos los tíos de Eduardo estaban casados con católicas.
En la casa de
Eduardo vivía la abuela materna. Ni bien me conoció se me puso en mi contra.
Le aterrorizaba la idea que sus nietos
se fueran a vivir a Israel.
Eduardo iba a cumplir quince años, pero aparentaba tener mucho
más. Era alto, robusto, rubio, de ojos celestes saltones y voz gruesa.
Era un líder natural.
A pesar de la diferencia de edad
que nos separaba enseguida
congeniamos y mantuvimos una larga amistad, que se fue deteriorando a partir
del momento que se casó. Lo dejé de ver definitivamente en el año 2005.
Eduardo siguió los pasos de su padre: estudió Medicina.
No se especializó en Gastroenterología como su progenitor, sino que eligió la Psiquiatría. Se casó con una católica, Beatriz, una psicóloga marplatense. Apenas la
conocí me di cuenta que era una mala
persona
Cuando los militares tomaron el poder en 1976, se fueron a Israel. A su esposa le costó
adaptarse a la vida de Jerusalém. Terminaron en Madrid. Tuvieron tres hijas y el tiempo suficiente
como para divorciarse.
En el mes de mayo me fui de la casa de Eduardo, después de presenciar un incidente doméstico. Yo volvía
de la Sociedad. Era casi medianoche. En
la puerta de calle una mujer estaba
pidiendo a gritos que quería hablar con el dueño de casa.
Era su secretaria y amante que le estaba
reclamando un lugar en el equipo
titular. En el dormitorio la esposa se
estaba deshidratando de tanto llorar.
Los padres de Eduardo se reconciliaron, o mejor dicho: el
infiel fue perdonado. De todos modos
estaba clarísimo que la
separación era irreversible. Dos años después Ernesto abandonó a su mujer y también se
radicó en Madrid. Dejó la
Medicina para dedicarse a la promoción de libros médicos que publicaba la editorial Panamericana de la
Salud, propiedad de su único hermano.
En el año 1965 se me dio la oportunidad de vender los
libros médicos en Mar del Plata. No tuve agallas de dejar todo y meterme de
lleno en este laburo.
Una ocasión desperdiciada teniendo en cuenta la expansión
que tuvo la editorial en
América Latina y España.
MI
PRESENTACIÓN en SUIM se hizo un viernes, durante un Kabalat Shabat (se le da la bienvenida anticipada
al sábado). Había más gente de lo habitual. Eduardo se había encargado de
difundir que iba a estar presente el nuevo conductor ---madrij. Yo era
toda una novedad.
Cuando comencé a delinear lo que pensaba realizar
institucionalmente se apareció una
patota encabezada por dos hermanos
que no estaban dispuestos
a perder su poder en el grupo.
Eran tipos acostumbrados a hacer
lo que se les antojaba sin que nadie se animara a contradecirlos. Además, tenían de su lado a las únicas pendejas que
merecían algo más que un piropo.
No me quedó
otra que enfrentarlos. Como
primera medida les quité la
organización de la colecta anual destinada
a juntar fondos para el Estado de Israel. Eduardo me había dicho que los muchachitos forzaban las alcancías y
se quedaban con parte de lo recaudado.
El padre de los cabecillas era de manotear cosas que
pertenecían a SUIM. El tipo,
muchos años después, integró el directorio del banco de la colectividad que
se vio involucrado en una quiebra
fraudulenta.
Eduardo, de a
poco, me fue marcando la gente que podía
serme útil en el armado del Departamento de la Juventud. Entre los leales estaba SALVADOR (q.e.p.d) que había sido
compañero mío en aquel campamento de
verano en la Laguna de los Padres, a
principios de los cincuenta. Estaba
hecho un paquidermo: alto, cabezón
y gordo.
Era un tipo muy simplote, pero de buen corazón. No tuvo
suerte en el amor. Su esposa lo dejó cuando
se dio cuenta que nunca lo había amado. Se había casado con él, solo
para darles el gusto a sus padres que no
admitían un yerno que no fuera de la
colectividad.
Día
a día se iba arrimando más gente a SUIM.
Llegó un momento que me sentí
desbordado. Entonces decidí dividir a la gente por edades poniendo
al frente de cada grupo a un mayor
---boguer, que yo sabía que me iba a responder.
Yo daba clases de
hebreo y charlas de Historia. Por mi
condición de sordo y patadura, le encargué
a una piba muy talentosa la enseñanza de
canto -- shir y danza
---rikud. Siendo una adolescente ya
era profesora de piano.
Marisa organizó
el cuerpo de baile y el coro, lo que
nos permitió salir de nuestro propio
gueto, y presentarnos en
programas de televisión y en centros comunitarios.
Marisa, físicamente
no aprobaba el más mínimo examen. Era
petisa, nariz gancho, poco pecho, caderas
anchas y patona.
En un principio la tuve de la vereda de enfrente. Le gustaba uno de los
patoteros. Como el tipo la ninguneó, despechada se cambió de bando.
La actividad de los viernes era obligatoria. En cambio, los fines de semana,
cada uno podía hacer lo que se le
antojara. La mayoría optaba por ir
a los boliches. A mí no me molestaba. Yo consideraba que no era cuestión de intoxicarlos hablándoles solamente de
judaísmo y sionismo. Eran jóvenes que necesitaban otro tipo de expansión.
Con
el tiempo mis dirigidos organizaron sus
propios asaltos. Siempre había una casa disponible para milonguear.
Yo me quedaba con
aquellos que no tenían nada programado para el weekend. Habitualmente nos metíamos en un café y siempre teníamos un
tema para discutir.
Se vivía una época
donde muchos pensábamos que era posible hacer de este mundo un poco
mejor.
YO
NUNCA ME LLEVÉ BIEN CON EL DINERO. Cuando me parecía que tenía al mango agarrado se me escurría entre
los dedos.
Yo era el único culpable de no
saber exigir lo que me correspondía. Era de esperar, de dar por sentado,
que las deudas había que pagarlas. Algo imposible en un país donde siempre se
forrea al trabajador.
Para
la COORDINADORA APARTIDARIA, Mar del
Plata y yo no existíamos. Era como si
sus popes se hubiesen arrepentido de haberme enviado al Majón. Quizá
les molestaba mi independencia,
haber aprendido a manejarme solo. Eran
mediocres que sufrían del
éxito ajeno.
Mi situación de guacho fue aprovechado por la directiva
de SUIM: me daban el sueldo cuando se le antojaba. La cosa se
agravó cuando me mudé a un hotel. Tuve la suerte que sus dueños (dos hermanos
solterones que llegaron de España en 1950), no me apuraban con la mensualidad
porque se habían encariñado conmigo.
LA
GALLEGA DEL SAN ANDRÉS, tenía un niño de un
padre que dejó la semilla pero
nunca quiso ver crecer el árbol. El hijo compensó el
sacrificio de su madre recibiéndose de
abogado.
(Continuará. ///Todos los capítulos, en: el
hombredelamemoriacorta,blogspot.com )