MI VIDA Y SUS INFIERNOS.
UNA DESPEDIDA RUIDOSA. Días antes de irme del país me fui
a Jerusalém para recibir el analítico y el titulo del curso y retirar
el resto de mi equipaje. Me despedí lagrimeando de la gobernanta del Majón.
TOBA era un ser
excepcional que se había ganado todo mi
cariño. Ella también estaba emocionada. Un mes más y se jubilaba. Fui uno de
sus últimos hijos.
En el tiempo que me demandaba terminar con todos los
trámites, me alojé en un instituto para
maestros-morim que en ese momento estaba a medio ocupar.
La última noche
me sumé a aquellos que no tenían sueño y
nos fuimos a caminar por la bulliciosa arteria jerosolimitana Ben
Yehuda. Hacía tanto frío que terminamos todos metidos en una confitería de
medio pelo. Yo me comí un falafel y me tomé un café con leche.
Regresamos al maón entrada la madrugada. De pronto a alguien se le encendió el bichito de la maldad:
diseñó un plan para arruinarles el sueño a los que se habían quedado a
apoliyar. Enseguida sumó adeptos.
Con pasta
dentífrica y lápiz labial entramos
a marcar caras y embadurnar cabellos. Todo iba bien hasta que uno
decidió extremar la joda. Tomó un balde
extinguidor que colgaba de una
pared y que se suponía estaba lleno de arena. Lo que había era
barro mezclado con la orina de
aquellos que no deseaban ir a los baños que estaban lejos de las habitaciones.
La batahola que se armó fue de tal magnitud que
gente del vecindario llamó a la policía.
Estaba convencida que el Instituto había
sido copado por terroristas árabes.
MIS PARIENTES ITALIANOS. Todos los becarios habían contratado antes de viajar un tour por
Europa. Sabían que había un mes de espera antes de regresar a la Argentina.
Lea Y Débora me
habían dado unos dólares como para que
no tuviera que quedarme encerrado todo el tiempo en el hotel napolitano.
De pronto a Mi Tía (Debora) se le encendió la lamparita:
“Ve a visitar a mi primo que vive en Milán.”
Ni bien pisé suelo italiano me
tomé el primer tren que se
dirigía a la ciudad más importante de la Península. Estaba nevando de lo lindo. Un colchón
blanco se extendía a ambos lados de las
vías.
Compartí el asiento con
un joven milanés quien me fue de mucha utilidad: me llevó hasta la casa
de los parientes en el coche de su novia, que lo había venido a esperar.
El encuentro con
el primo de Mi Padre (Yaacov) fue
inolvidable. Me encontré con un ser humano excepcional. Físicamente era un calco de Aarón. Él estaba casado con una católica, hermana de un compañero suyo de la
Universidad.
En esta boda había
algo de gratitud (la mujer era muy fea), porque su familia lo había protegido durante la SGM, llevándolo
a un refugio montañoso.
Tenían una hija, que cursaba el profesorado de
Matemáticas. La giovinetta fue mi guía e
hizo que mi estadía fuera placentera.
Haia medía un
metro sesenta. Era delgada lo que no impedía que su cuerpo tuviera
ciertos encantos. Para mi gusto, le fallaba la trucha. No tenía un rostro
atractivo. En cambio, era muy simpática. Congeniamos desde un primer momento.
La familia vivía
en el avenida-corso Buenos Aires, que es una de las arterias más largas de
Europa: une Porta Venezia con Piazzale
Loreto. Aquí fueron expuestos los cuerpos del Duce de y su
amante, CLARA PETACCI el 29 de abril de 1945.
Para ingresar en
la vivienda había que cruzar un
portal que daba a un patio enorme y en donde se alineaban varias casas. Me parecía
ingresar en el túnel del tiempo.
Por fuera todo se veía antiquísimo, y por dentro eran
muy confortables.
El primo de Mi Padre era dermatólogo y trabajaba full time en un dispensario
municipal. Nunca tuvo su propio
consultorio.
Yaacov salió de
Ucrania para estudiar Medicina. Cada vez que yo le preguntaba quién le había
bancado la carrera, hacía como que no me oía. Pienso que fue becado por el
régimen fascista de Mussolini.
En Milán la
comunidad hebrea se repartía entre religiosos y aquellos que habían constituido
matrimonios mixtos. Me costaba
distinguir entre quien era hebreo y
quien no, por la naturaleza de los
apellidos.
En Italia se ocultaron
los perseguidos por la Inquisición española y portuguesa. Con el tiempo aquí también la pasaron mal.
Yo sabía que nunca más
volvería a ver al primo de Mi
Padre porque era un hombre de mucha edad por eso trataba de estar con él el mayor
tiempo posible.
Con él y con Haia hablábamos en hebreo.
Con la esposa de Yaacov no tenía
mucha onda. Era una mujer que demostraba ser una amargada crónica.
Algunas noches, después de la cena yo salía con Haia a caminar por el barrio y a
conversar de nuestras vidas y de
nuestros mundos tan distintos.
Los sábados yo
compartía la cena con la familia. La
sobremesa era sentarse frente al
televisor para ver un programa musical donde
se presentaban artistas europeos
consagrados. En uno de los shows estuvo la bailarina francesa Zizí Jeanmarie
(Renée Marcelle n. 1924). Y en otra ocasión estuvo la
cantante y actriz gala Juliette Gréco,
(n. 1927), a quien yo la
recordaba por su actuación en la
película Raíces del cielo (1958.)
En la Argentina había comenzado a emitirse un programa
parecido: Sábados Circulares de Nicolás
Pipo Mancera (n. 1930), que se mantuvo en el aire durante doce años.
Una noche me enganché con un debate político. Uno de
los panelistas hablaba de las desigualdades que existían en
su país. Me sorprendió cuando dijo: “NO
TENEMOS POR QUÉ PARECERNOS A LA ARGENTINA: UN PAÍS DE CABEZA GRANDE Y CUERPO CHICO.”
En la casa de Yaacov me quedé una semana. Después él
me alquiló una habitación en un pequeño hotel que había en la vecindad. Quería que estuviéramos
cómodos tanto su familia como yo.
Haia
me obligaba a madrugar para que pudiera aprovechar el día. Ella pasaba por el
hotel antes ir a la Facultad. El conserje, que se había acostumbrado a verla,
le permitía subir directamente a mi habitación que estaba en el primer piso. Yo
no cerraba la puerta con llave y ella entraba sin golpear. No le molestaba
verme en calzoncillos y con el pájaro inhiesto. Hubo momentos en los que tenía la sensación que, de haberla apurado quizá me
hubiese dado cama. Esto lo digo porque una vez
que fuimos juntos al cine me permitió que le acariciara una gamba. Era poca la distancia que mediaba entre mis
manos y su sexo. Me frené pensando que si le llegaba a molestar se rompería una
bellísima relación.
Me despedí de mi familia italiana, llorando
desconsoladamente. A Haia la volví a ver
una sola vez y por un par de horas. Me vino a visitar al kibutz donde vivía con mi familia. Después
supe que se había separado y que de ese fallido matrimonio le había
quedado un hijo.
(Continuará. ///Todos los capítulos, en: el
hombredelamemoriacorta,blogspot.com)
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