MI VIDA Y SUS
INFIERNOS.
Contaré mi vida antes que la parca se anticipe
MI DESPERTAR SEXUAL.
Mis Padres nunca me dieron pie
para que yo les pudiera preguntar
sobre la sexualidad humana. Y no
estaba en mí encararlos.
Yo en la calle oía cosas en boca de otros chicos que no entendía:
“Hijo de una puta; la concha de tu
madre; te cogieron la madre;
parece que te la bombearon sin
condón; nena, ¿te bajó la regla?”; y
otras expresiones parecidas.
Una mañana encontré en el
tacho de desperdicios que estaba en el
baño un montón de
algodones sanguinolentos. Enseguida los relacioné con
Mi Madre.
Decidí hablar con MI PRIMO, el colorado, a pesar de que yo no me fiaba de él. Ignorante y mentiroso.
Lo encontré, como siempre, sentado en la cuneta de una vereda
mirando pasar las horas.
Me acomodé a su lado y sin rodeos desembuché mi aflicción. Con cara de tipo que la sabía lunga me dijo:
“Che boludo: lo que tiene tu madre es la
regla”. Y con poco rigor científico me
explicó lo que era la menstruación.
Ya que estaba le conté que había visto como su TÍO, Mi Padre, se
montaba a su tía. Mi MADRE.
Mi Primo, el colorado, largó una
carcajada. Sin mejorar su lenguaje me dijo: “Pelotudo tus padres estaban cogiendo.”
Comprendí que ese subibaja de Mi Padre era coger. Y entendí porque esa tarde Mi Madre no se había opuesto a que sus tres
hijos se fueran a callejear, cuando la siesta era obligatoria especialmente en
el verano.
En la segunda temporada que estuve con Mis Tías y Mis Primas en
San Bernardo, una de las cosas que me embolaba, como siempre, era la siesta.
Con la mayor de Mis Primas,
creamos un frente opositor: en vez de dormir jugábamos a las cartas.
De pronto, mi pene se descontroló. Era algo nuevo para mí. Sentí
un dolor punzante en la zona inguinal.
Me metí en el baño. Cuando me bajé
los lienzos vi que mi miembro moqueaba como si estuviese resfriado . De su
pequeña abertura salía un líquido
viscoso que, en su descenso, dejaba huellas en mis pendejos y en mi short. Del susto que tenía salí disparado hacia el chalet donde vivía un
médico cuyos hijos eran mis amigos.
Encontré a la familia sentada en el jardín. Se preocuparon al
verme tan compungido. Cuando terminé mi relato
mis amigos se rieron lo que no
hizo otra cosa que aumentar mi
confusión.
El médico se me acercó y con expresión indulgente puso su mano sobre uno de mis hombros y me explicó: “Lo que tuviste fue una
expulsión espermática”. Mi
pene había adquirido la
mayoría de edad.
“Una orgía real nunca excita tanto
como un libro pornográfico”. Aldous Huxley.
Una noche muy fría,
de esas que recluye que a la gente
en sus casas, yo habìa ido a dar una vuelta por el Centro de Capilla del
Monte.
De regreso me encontré con
un compañero de la Secundaria, hijo de
un preboste evangélico. Nos pusimos hablar de bueyes perdidos. Noté
que llevaba un libro. Le
pedí que me lo mostrara: era el DIARIO DE LA PRINCESA RUSA.
El ejemplar venía
acompañado de una serie de fotografías. Se lo pedí prestado y le prometí
devolvérselo al día siguiente. Después
de cenar me encerré en mi pieza y de un
tirón leí “la historia de la princesa
Vávara Softa, hija del príncipe Demetri, un
gobernador militar. Tenía catorce años cuando se dejó seducir por un ayudante de campo de
su padre. Cansada de su amante lo asfixió. Entonces se entregó a una vida licenciosa y escandalosa: orgías, incestos,
bestialismo, sodomía y crímenes jalonaron su vida.
El manuscrito original del diario,
fue escrito entre 1796 y 1800.”
No me importó que me dijeran que la masturbación dañaba la salud y que provocaba el crecimiento de
vello en las palmas de las manos. Lo
cierto que eyaculé hasta el agotamiento.
Estaba para anotarme en el libro de los records: el Guinness. Quedé
destruido. A la mañana no me podía levantar.
Menos mal que al Colegio en el turno tarde.
Hoy renombrados sexólogos estadounidenses reconocen como
beneficiosa la autosatisfacción: es
bueno como prevención del cáncer de próstata.
Estoy a salvo.
En el año 2004, en una zona
rural de Mar del Plata, hubo un émulo de la princesa rusa: un tipo se clavó
a una burra, pero con tanta mala suerte
que se quedó abrochado al animal. Sus gritos fueron oídos por unos vecinos
quienes alertaron a la Policía y a un
servicio de ambulancia. Los paramédicos, después de mucho esfuerzo, lograron
liberarlo de tan difícil situación.
Durante el mandato del
último Zar, hubo un personaje cuya potencia sexual y
facilidad en voltearse a las mujeres, era digno de envidia.
En una de las biografías
sobre GRIGORI YEFÍMOVICH RASPUTÍN (n.
1869), se dice que mantenía relaciones sexuales todos los días, y
eyaculaba tantas veces como se le antojara, sin abandonar su postura amatoria.
Algo
similar decían del difunto boxeador argentino Carlos Monzón
Mujeres de la alta sociedad moscovita, hacían cola para entregarle
la cola. Hasta
sedujo a la esposa del Zar.
Rasputín tenía fama de
sanador y había sido convocado para que
curara al zarévich Alexis que padecía de hemofilia. El milagrero no solamente mejoró la salud del
chico sino que lo dominó psicológicamente, haciéndolo dependiente de él.
Rasputín fue asesinado por un príncipe y un cómplice, molesto por
la influencia que el místico tenía
sobre la zarina.
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SAN BERNARDO. En 1942, un
activo industrial, Juan Carlos Chiozza, invitó a un grupo de amigos a impulsar
un nuevo balneario, limítrofe a Mar de
Ajó. El 20 de noviembre de 1942 se
firmó el acta fundacional.
CALZONCILLO. Se puso de moda en 1920.
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“El conocimiento es el alimento del alma”. Platón.
BUENA MEMORIA, MAL ESTUDIANTE. Cursé los siete años del ciclo básico en el Normal de Concordia (fundado en 1910).
Se podía ingresar con seis años, siempre cuando el niño los cumplía
antes de julio. Yo era de octubre, así que me embromé.
Para no seguir haciendo cebo en casa antes de ingresar a la Primaria,
estuve un año en el Idische Schule, una institución educativa
sostenida por la comunidad hebrea.
A diferencia de otros
chicos, nunca fui a un Jardín de Infantes.
De mis años en la Escuela
Normal rescato al delantal como
una prenda democrática: igualaba a los chicos de la clase, sin distinciones
sociales.
Mi Madre nunca me almidonó
el guardapolvo
Las clases se desarrollaban en el turno tarde. De mañana
estudiaban las jóvenes
que seguían el Magisterio.
Los varones que querían ser maestros
se contaban con los dedos de una
mano.
La Escuela me
resultaba aburrida. Yo me sentía como un
conscripto que en vez de cargar
pertrechos, eran carpetas y
cuadernos.
Yo a mis maestras las cansaba metiendo bulla,
no sabía lo que era quedarme quieto. Si no tenía tema
me lo inventaba. Si en el vecindario no tenía con quien conversar, me
iba al fondo del aula en busca de algún
oyente.
Mis carpetas y cuadernos eran un compendio de borrones y manchones. La peor
época fue cuando empecé a escribir con tinta (se comenzó a utilizar
en China 400 adC.).
Lo que redactaba lo arrastraba con el codo. Para mí el papel secante no existía. Menos mal que el tintero era involcable. De
todos modos mi guardapolvo estaba hecho un asco. Y Mi Madre se cansaba de fregar.
Me alegré el día que Mi Padre me regaló una lapicera fuente (invento del estadounidense Lewis Waterman n. 1837). Me liberé de los
tinteros, pero no me volví más prolijo.
Una vez tuve que calcar el mapa de la Argentina. No tenía papel
transparente y de puro fiaca no lo fui a comprar. Me mandé un croquis a ojo de buen cubero.
Cuando la maestra vio mi trabajo, lo primero que me preguntó fue: “¿Qué país es
este?”. Chile se había ensanchado y la
Argentina había perdido parte de su
territorio. Estaba como para generar un
conflicto armado.
Yo tenía muy buenas notas en Historia, Lenguaje y en
Geografía. Lo mismo fue en la
Secundaria.
Manualidades fue una materia que estimuló mi pereza: lo único que alcancé a hacer en los siete años fue una bolsa de hilo
sisal. El resto del tiempo me la pasé
dando vueltas por los cursos.
Las maestras se guiaban por un manual que todo alumno debía
comprar para no quedarse rezagado. Y
estaban los que tenían las nuevas ediciones y otros que se las arreglaban con
los textos usados.
La Escuela estaba teñida de peronismo: todo lo bueno era gracias a Perón y a Evita. Y todo lo
malo era gorila (oposición.)
Los alumnos no teníamos mucho espacio para el debate. Todo aquel
que se atrevía a corregir al
Docente era censurado. Y si se empecinaba en imponer su razón era enviado
a la Dirección, donde la Regente
se encargaba de poner al impío en órbita.
Una vez le advertí a Mi Maestra que se había equivocado en la
fecha de nacimiento del patriota salteño, Martín de Güemes (n. 1785). Se molestó tanto que nunca
más volví a demostrar lo mucho que me gustaba la
Historia.
Mi Hijo, el menor, tuvo una
experiencia similar: la educadora le hizo tal desprecio que el pobre se puso
a llorar.
La vida es una fotocopia.
En Primero Superior
tuve una maestra que se
imponía a los gritos. Las otras docentes
les enviaban a sus alumnos
díscolos, para que ella los amaestrara.
Esta bruja de guardapolvo
blanco, causaba tanto miedo en los
chicos, que muchos padres hablaban con la Directora para que sus hijos se
cambiaran a otro curso.
Fue con ella que me cagué
encima porque no me animé a pedirle permiso para ir al baño.
La mayoría de las docentes
de la Escuela Normal sentían una inocultable debilidad por los militares.
Había oficiales de alto rango que mandaban sus hijos a nuestro
colegio. En ese entonces los milicos no tenían tan mala prensa. Se suponía que
todos ellos respondían al Gobierno constitucional. Después se demostró que no
era así.
En Segundo grado se incorporó una chica de apellido
VERDURA, hija de un oficial de la Guarnición local. La maestra la mimó desde un primer momento, sin
embargo, la gurisa que era muy simple se sentía molesta de tanta franela. Una vez que entró en confianza se prendió
en todos los despelotes tanto fueran espontáneos como organizados.
Mi Padre venía al colegio cuando era requerido por la Docente o
para una reunión de padres. Yo me escondía de él porque me daba vergüenza su calvicie y
su manera poco elegante de vestir.
cosas de chico.
En cuarto grado Mi Maestra, que era cliente de Mi Padre, me lo
elogió frente a la clase. Me lo definió
como un “Hombre culto y de una enorme decencia.”
Era la primera vez que
alguien me hacía saber que yo tenía
suficiente motivo para estar orgulloso de Un Padre.
Yo era un alumno de medio pelo conforme con obtener las mínimas
notas, con tal de aprobar el año.
No me importaba no ser
abanderado. En sexto grado me dieron
la cinta de escolta, por ser el único que no había tenido ese atributo.
Las jóvenes que cursaban el
último año del Magisterio, venían a nuestro curso para ser
evaluada en Didáctica.
La profesora que las evaluaba, era vista como el diablo: en vez de
tridente usaba un lápiz para decidir si la clase había merecido su aprobación.
Los valores determinantes en Didáctica eran: presentación de los
gráficos de lo que se iba a explicar; y
si los alumnos habían mostrado interés en
lo que se le estaba enseñando.
Los varones a pesar de ser púberes, nos sentíamos con suficiente
autoridad como para saber distinguir entre
las practicantes lindas de las
feas.
La belleza es un plus en cualquier actividad. Las
bonitas contaban con todo nuestro apoyo.
Y las feas debían esforzarse
mucho más para poder aprobar la
materia.
Nunca faltaba el guasón que
se pasaba de rosca y le arruinaba la clase
a la chica fea. Más de una dejaba el curso
llorando por haber sido desaprobada.
En sexto grado me enamoré de una de las practicantes.
Era lo que se dice un minón. Fue tal mi
metejón, que cuando terminó el año escolar me pasé quince días angustiado
porque sabía que no la volvería ver nunca más. El camote se me pasó una vez que
depuré mi mollera y comprendí que
la chica era un imposible.
Quizá en mi subconsciente me imaginaba viviendo una historia de amor como la de ese adolescente francés de dieciséis años de
edad que fue seducido por su profesora
de Literatura, GABRIELLE RUSSIER, quien
lo doblaba en años.
Denunciada por los padres
del joven, la docente terminó en la
cárcel. Consiguió su libertad
después de un largo juicio, pero su vida se habìa convertido en un calvario
En setiembre de 1969 se suicidó
inhalando el gas de su cocina.
CURAS Y ANTISEMITAS. Durante
el primer gobierno de Perón, y parte del segundo, se dictaban clases
de Religión (católica) en las escuelas.
Era una de las tantas concesiones que
Juan Domingo le
hizo al sector eclesiástico encabezado por el cardenal Santiago Copello (n. 1880), por
el apoyo recibido durante la campaña que
lo llevaría a la primera magistratura.
El párroco Virgilio Filippo, un antisemita de alto
voltaje, fue diputado de la Nación.
LA IGLESIA TRAICIONARÍA A PERÓN, una década
después, al alinearse con los grupos golpistas
que lo derrocaron.
Dos veces por semana se
aparecían unos cuervos vestidos con sotana para dar unas
sus clases por demás motivadoras:
odiar a los hebreos.
Los que profesábamos otras religiones (seis éramos de la
colectividad y una chica metodista),
abandonábamos el aula y nos
íbamos a otra pieza donde se suponía que nos iban a instruir sobre Moral
(conjunto de creencias y normas de una persona o grupo social determinado
que oficia de guía para el obrar). Nunca
hubo tal clase. Nuestro tiempo lo malgastábamos caminando por los pasillos o conversando de bueyes perdidos.
Cuando regresábamos al aula, nuestros compañeros nos miraban con odio: veían llegar a los asesinos de Cristo.
Los curas no se andaban con chiquitas habían alcanzado su sagrada
misión: recordarles a los chicos que
nosotros éramos los infieles.
Los más tocados por la
prédica eclesiástica nos gritaban: “Váyanse a Israel. Ustedes nos quieren
quitar la Patagonia”. Y otras sandeces
por el estilo.
Con los años los sectores más reaccionarios de la Iglesia y una
banda de forajidos acusaron a Israel de
querer apoderarse de tierras en el Sur del país, en lo que se llamó “Plan
Andinia”. Esos mismos que nos difamaban,
que se confesaban y se
santiguaban, que juraban por Dios y
por la Patria, no movieron un solo dedo cuando el suelo patagónico se vio
arrasado por empresas extranjeras ni cuando muchas tierras fiscales pasaron a manos privadas a precio vil.
LA IGLESIA CATÓLICA se sintió traicionada por Perón cuando en 1950,
el Presidente envió su saludo a un acto
de la Escuela Científica Basilio realizado en estadio Luna Park. A los primates eclesiásticos no les gustó para
nada.
La intromisión peronista
en la enseñanza primaria se puso
en evidencia con la lectura obligatoria
de La razón de mi vida, una especie de legado político de la exprimera
dama (Evita). De esto emergió un culto diferente y disociado de la Iglesia.
Perón concluyó su primera presidencia sin poder recuperar la
lealtad de la Iglesia.
Después de la muerte de Evita hubo un cierto mejoramiento en las
relaciones de
Perón con la iglesia. El Presidente fue el padrino de la
coronación pontificia de la Virgen de Luján como Patrona de la República. Sin
embargo, un año después, el ministro de Educación, Armando Méndez San
Martín, le advirtió a Perón que la Acción Católica difundía falsas versiones
sobre el comportamiento moral del primer mandatario. Y que había gente allegada
a su Gobierno que estaba conspirando.
Perón, molesto, retiró la
personería jurídica a todas las asociaciones religiosas. SE DECLARÓ A LA ACCIÓN
CATÓLICA Argentina una “institución
sospechosa de conspiración”. En esto tenía razón. Denunció como enemigos del Gobierno a varios
obispos. Suprimió la Enseñanza
religiosa de los colegios, aprobando,
la Ley de Divorcio y la apertura de
prostíbulos