Sunday, May 10, 2020

NO SOY FAMOSO PERO TENGO ALGO QUE DECIR (18)



MI VIDA Y SUS INFIERNOS.

Contaré mi vida antes que la parca se anticipe
 MI DESPERTAR SEXUAL.  Mis Padres nunca me dieron pie   para que yo les pudiera preguntar  sobre la  sexualidad humana. Y no estaba en mí encararlos.
Yo en la calle oía cosas en boca de otros chicos que no entendía: “Hijo de una puta;  la concha de tu madre; te  cogieron la  madre;  parece que te  la bombearon sin condón;  nena, ¿te bajó la regla?”; y otras expresiones parecidas.
Una mañana encontré  en el tacho de desperdicios que estaba en el  baño un montón de
algodones sanguinolentos. Enseguida los relacioné   con  Mi Madre.
Pensé que  estaba padeciendo una grave enfermedad, quizá se estaba muriendo. Y este pensamiento se me convirtió en una obsesión.
Lo encontré, como siempre, sentado en la cuneta de una vereda mirando pasar las horas.
Me acomodé a su lado y sin rodeos desembuché mi aflicción.  Con cara de tipo que la sabía lunga me dijo: “Che boludo: lo que tiene tu madre  es la regla”. Y con poco rigor  científico me explicó lo que era la menstruación.
Ya que estaba le conté que había visto como  su TÍO, Mi Padre,   se  montaba a su tía.      Mi MADRE. Mi Primo, el colorado,  largó una carcajada. Sin mejorar  su lenguaje  me dijo: “Pelotudo tus padres estaban cogiendo.”
Comprendí que ese subibaja de Mi Padre era coger. Y entendí  porque esa tarde  Mi Madre no se había opuesto a que sus tres hijos se fueran a callejear, cuando la siesta era obligatoria especialmente en el verano.
En la segunda temporada que estuve con Mis Tías y Mis Primas en San Bernardo, una de las cosas que me embolaba, como siempre,  era la siesta.
Con la mayor de Mis Primas,  creamos un frente opositor: en vez de dormir jugábamos a las cartas.
De pronto, mi pene se descontroló. Era algo nuevo para mí. Sentí un dolor punzante en la zona inguinal.  Me metí en el baño. Cuando me bajé   los lienzos vi  que  mi miembro  moqueaba como si estuviese resfriado . De su pequeña abertura  salía un líquido viscoso  que, en su descenso,  dejaba huellas en mis pendejos y en mi short.  Del susto que tenía  salí disparado hacia el chalet donde vivía un médico cuyos hijos eran mis amigos.
Encontré a la familia sentada en el jardín. Se preocuparon al verme tan compungido. Cuando terminé mi relato  mis amigos  se rieron lo que no hizo otra cosa que aumentar  mi confusión.
El médico se me acercó y con expresión indulgente  puso su mano sobre uno de mis hombros  y me explicó: “Lo que tuviste fue una expulsión espermática”. Mi
pene  había adquirido la mayoría de edad.
“Una orgía real nunca excita tanto como un libro pornográfico”. Aldous Huxley.
Una noche  muy  fría,  de esas que recluye que a la gente  en sus casas, yo habìa ido a dar una vuelta por el Centro de Capilla del Monte.
De regreso me encontré  con un compañero de la Secundaria,   hijo de un preboste evangélico. Nos pusimos hablar de bueyes perdidos.  Noté  que llevaba  un libro. Le pedí  que me lo mostrara:  era el DIARIO DE LA PRINCESA RUSA.
El ejemplar venía   acompañado de una serie de fotografías. Se lo pedí prestado y le prometí devolvérselo   al día siguiente. Después de cenar me encerré en mi pieza y   de un tirón leí  “la historia de la princesa Vávara Softa, hija del príncipe Demetri, un  gobernador militar. Tenía catorce años cuando  se dejó seducir por un ayudante de campo de su padre.   Cansada de su amante  lo asfixió. Entonces  se entregó a una vida   licenciosa y escandalosa: orgías, incestos, bestialismo, sodomía y crímenes jalonaron su vida.
El manuscrito original del diario,  fue escrito entre 1796 y 1800.”
Estaba  para anotarme  en el libro de los records: el Guinness. Quedé destruido. A la mañana no me podía levantar.   Menos mal que al Colegio en el turno tarde.
Hoy renombrados sexólogos estadounidenses reconocen como beneficiosa la  autosatisfacción: es bueno como prevención del cáncer de próstata.  Estoy a salvo.
En  el año 2004, en una  zona  rural de Mar del Plata, hubo un émulo de la princesa rusa: un tipo  se  clavó a una burra, pero con tanta  mala suerte que se quedó abrochado al animal. Sus gritos fueron oídos por unos vecinos quienes alertaron a la Policía y   a un servicio de ambulancia. Los paramédicos, después de mucho esfuerzo, lograron liberarlo de tan difícil situación.
Durante el mandato  del último Zar, hubo un  personaje   cuya potencia sexual y facilidad en voltearse a las mujeres,  era digno de envidia.
En una de  las biografías sobre  GRIGORI YEFÍMOVICH RASPUTÍN (n. 1869),  se dice que mantenía  relaciones sexuales todos los días, y eyaculaba tantas veces como se le antojara, sin abandonar su postura amatoria.
Algo similar decían del difunto boxeador argentino Carlos Monzón
Mujeres de la alta sociedad moscovita, hacían cola para entregarle la cola. Hasta
sedujo a la esposa del Zar.
Rasputín  tenía fama de sanador y había sido convocado para que  curara al zarévich  Alexis   que padecía de hemofilia.  El milagrero no solamente mejoró la salud del chico sino que lo dominó psicológicamente, haciéndolo   dependiente de él.
Rasputín fue asesinado por un príncipe  y un cómplice,  molesto por  la influencia que  el místico  tenía  sobre la zarina.
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SAN BERNARDO. En 1942,  un activo industrial, Juan Carlos Chiozza, invitó a un grupo de amigos a impulsar un nuevo  balneario, limítrofe a Mar de Ajó.  El 20 de noviembre de 1942  se  firmó el acta  fundacional.
CALZONCILLO. Se puso de moda en 1920.
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“El conocimiento es el alimento del alma”. Platón.
BUENA MEMORIA, MAL ESTUDIANTE. Cursé  los siete años del ciclo básico en el  Normal de Concordia (fundado  en 1910).  Se podía ingresar con seis años, siempre cuando el niño los cumplía antes de julio. Yo era de octubre, así que me embromé.
Para no seguir haciendo cebo en casa antes de ingresar a la Primaria, estuve un año en el  Idische Schule, una institución educativa   sostenida por la comunidad hebrea.
A diferencia   de  otros   chicos,  nunca fui a  un Jardín de Infantes.
De mis años en la Escuela  Normal rescato al delantal  como una prenda democrática: igualaba a los chicos de la clase, sin distinciones sociales.
Mi Madre nunca me almidonó  el guardapolvo
Las clases se desarrollaban en el turno tarde. De mañana estudiaban las jóvenes que seguían el Magisterio.  Los varones que querían ser maestros  se contaban  con los dedos de una mano.
La  Escuela me resultaba  aburrida. Yo me sentía como un conscripto que en vez de cargar   pertrechos, eran  carpetas y cuadernos.
Yo  a mis  maestras las cansaba metiendo  bulla,  no sabía lo que era quedarme quieto. Si no tenía  tema  me lo inventaba. Si en el vecindario no tenía con quien conversar, me iba al fondo del aula en busca de algún  oyente.
Mis carpetas y cuadernos eran un compendio  de borrones y manchones.  La peor
época fue cuando empecé a escribir con tinta (se comenzó a utilizar en   China 400 adC.).
Lo que redactaba lo arrastraba con el codo.  Para mí el papel secante no existía.  Menos mal que el tintero era involcable. De todos modos mi guardapolvo estaba hecho un asco.  Y Mi Madre se cansaba de fregar.
Me alegré el día que Mi Padre me regaló una  lapicera fuente  (invento  del estadounidense  Lewis Waterman n. 1837). Me liberé de los tinteros, pero no me volví más prolijo.
Una vez tuve que calcar el mapa de la Argentina. No tenía papel transparente  y   de puro fiaca no lo fui a comprar.  Me mandé un croquis a ojo de buen cubero. Cuando la maestra vio mi trabajo, lo primero que me preguntó fue: “¿Qué país es este?”.  Chile se había ensanchado y la Argentina  había perdido parte de su territorio. Estaba como para generar un  conflicto armado.
Yo tenía muy buenas notas en Historia, Lenguaje   y en  Geografía. Lo mismo fue  en la Secundaria.
Manualidades fue una materia que estimuló  mi pereza: lo único que alcancé a hacer  en los siete años fue una bolsa de hilo sisal. El resto del tiempo me la pasé  dando vueltas por los cursos.
Las maestras se guiaban por un manual que todo alumno debía comprar para no quedarse   rezagado. Y estaban los que tenían las nuevas ediciones y otros que se las arreglaban con los textos usados.
La Escuela estaba teñida de peronismo: todo lo bueno  era gracias a Perón y a Evita. Y todo  lo  malo era gorila (oposición.)
Los alumnos no teníamos mucho espacio para el debate. Todo aquel que se atrevía a  corregir  al  Docente era censurado. Y si se empecinaba en imponer su razón  era enviado   a la Dirección, donde   la Regente se encargaba de poner al impío en órbita.
Una vez le advertí a Mi Maestra que se había equivocado en la fecha de   nacimiento del  patriota salteño, Martín de  Güemes (n. 1785). Se molestó tanto que nunca más volví  a  demostrar lo mucho que me gustaba la Historia.
Mi Hijo, el menor,  tuvo una experiencia similar: la educadora le hizo tal desprecio que el pobre se puso a  llorar.
La vida es una fotocopia.
En Primero Superior  tuve  una maestra que se imponía  a los gritos. Las otras docentes les  enviaban a sus  alumnos  díscolos,  para que ella  los amaestrara.
Esta  bruja de guardapolvo blanco,  causaba tanto miedo en los chicos, que muchos padres hablaban con la Directora para que sus hijos  se  cambiaran   a otro curso.
Fue con ella que   me cagué encima porque no me animé a pedirle permiso para ir al baño.
La mayoría de las  docentes de la Escuela Normal sentían una inocultable debilidad por los militares.
Había oficiales de alto rango que mandaban sus hijos a nuestro colegio. En ese entonces los milicos no tenían tan mala prensa. Se suponía que todos ellos respondían al Gobierno constitucional. Después se demostró que no era así.
En Segundo grado se incorporó una chica   de apellido  VERDURA, hija de un oficial de la Guarnición  local. La maestra la  mimó desde un primer momento, sin embargo,  la gurisa  que era muy simple  se sentía molesta de  tanta franela. Una vez que  entró en confianza se  prendió  en todos los despelotes tanto fueran espontáneos como organizados.
Mi Padre venía al colegio cuando era requerido por la Docente o para una reunión de padres.  Yo me  escondía de él  porque me daba vergüenza su  calvicie y    su manera poco elegante de vestir.  cosas de chico.
En cuarto  grado Mi  Maestra, que era cliente de Mi Padre, me lo elogió frente a  la clase. Me lo definió como un “Hombre culto y de una enorme decencia.”
Era  la primera vez que alguien me hacía saber  que yo tenía suficiente motivo   para   estar orgulloso de Un Padre.
Yo era un alumno de medio pelo conforme con obtener las mínimas notas,  con tal de  aprobar el año.
No me importaba no ser  abanderado. En sexto grado me dieron  la cinta de escolta, por ser el único que no había tenido ese atributo.
Las jóvenes que  cursaban el último año  del  Magisterio, venían a nuestro curso para ser evaluada en Didáctica.
La profesora que las evaluaba, era vista como el diablo: en vez de tridente usaba un lápiz para decidir si la clase había merecido su aprobación.
Los valores determinantes en Didáctica eran: presentación de los gráficos de lo que se iba a explicar;  y si los alumnos habían mostrado interés en  lo que se le estaba enseñando.
Los varones a pesar de ser púberes, nos sentíamos con suficiente autoridad como para saber distinguir entre  las practicantes  lindas de las feas.
La belleza es un plus en cualquier actividad.  Las  bonitas contaban con todo nuestro apoyo.  Y las feas debían esforzarse  mucho más para  poder aprobar la materia.
Nunca faltaba el  guasón que se pasaba de rosca y  le arruinaba  la clase  a la chica fea.  Más  de una dejaba el  curso  llorando  por haber sido  desaprobada.
En sexto  grado  me enamoré de una de las practicantes. Era  lo que se dice un minón. Fue tal mi metejón, que cuando terminó el año escolar me pasé quince días   angustiado  porque sabía que no la volvería ver nunca más.   El camote se me pasó  una vez que  depuré mi  mollera y comprendí que la chica era un imposible.
Quizá en mi subconsciente me imaginaba viviendo  una historia de amor como la de ese   adolescente francés de dieciséis años de edad que fue seducido por su  profesora de Literatura,  GABRIELLE RUSSIER, quien lo doblaba en años.
Denunciada  por los padres del joven, la docente terminó en la  cárcel.  Consiguió su libertad después de un largo juicio, pero su vida se habìa convertido en un calvario
En  setiembre de 1969  se suicidó  inhalando  el gas  de su cocina.
CURAS Y ANTISEMITAS. Durante  el primer gobierno  de Perón,  y parte del segundo, se dictaban clases de  Religión (católica) en las escuelas. Era una   de las tantas concesiones que Juan Domingo  le  hizo   al sector  eclesiástico encabezado por  el cardenal Santiago Copello (n. 1880), por el  apoyo recibido durante la campaña que lo llevaría a la primera magistratura.
El  párroco Virgilio Filippo, un antisemita de alto voltaje, fue  diputado de la Nación.
LA  IGLESIA   TRAICIONARÍA A PERÓN, una década después,  al alinearse   con los grupos   golpistas  que lo  derrocaron.
Dos veces por semana  se aparecían   unos  cuervos vestidos con sotana  para dar unas  sus clases por demás  motivadoras: odiar a los hebreos.
Los que profesábamos otras religiones (seis éramos de la colectividad y una chica metodista),   abandonábamos el aula  y nos íbamos a otra pieza donde se suponía que nos iban a instruir sobre  Moral  (conjunto de creencias y normas de una persona o grupo social determinado que oficia de guía para el obrar). Nunca  hubo tal clase. Nuestro tiempo lo malgastábamos  caminando por los pasillos  o conversando de bueyes perdidos.
Cuando regresábamos al aula, nuestros compañeros nos miraban   con odio: veían llegar a  los asesinos de Cristo.
Los curas no se andaban con chiquitas habían alcanzado su sagrada misión: recordarles a los chicos  que nosotros éramos los infieles.
Los más  tocados por la prédica eclesiástica nos gritaban: “Váyanse a Israel. Ustedes nos quieren quitar la Patagonia”.  Y otras sandeces por el estilo.
Con los años los sectores más reaccionarios de la Iglesia y una banda de forajidos  acusaron a Israel de querer apoderarse de tierras en el Sur del país, en lo que se llamó “Plan Andinia”. Esos mismos que nos difamaban,  que   se confesaban y se santiguaban,    que juraban por Dios y por la Patria, no movieron un solo dedo cuando el suelo patagónico se vio arrasado por  empresas extranjeras   ni cuando muchas  tierras fiscales  pasaron a manos privadas a precio vil.
 

LA IGLESIA CATÓLICA se sintió traicionada por Perón cuando  en 1950,  el Presidente envió su saludo a un acto   de la Escuela Científica Basilio realizado en estadio Luna Park. A  los primates eclesiásticos no les gustó para nada.
La intromisión peronista  en   la enseñanza primaria se puso en evidencia con la lectura obligatoria   de La razón de mi vida, una especie de legado político de la exprimera dama (Evita). De esto emergió un culto diferente y disociado   de la Iglesia.
Perón concluyó su primera presidencia sin poder recuperar la lealtad de  la Iglesia.
Después de la muerte de Evita hubo un cierto mejoramiento en las relaciones de
Perón con la iglesia. El Presidente fue el padrino de la coronación pontificia de la Virgen de Luján como Patrona de la República. Sin embargo, un año después,  el   ministro de Educación, Armando Méndez San Martín, le advirtió a Perón que la Acción Católica difundía falsas versiones sobre el comportamiento moral del primer mandatario. Y que había gente allegada a su Gobierno que estaba conspirando.
Perón,   molesto, retiró la personería jurídica a todas las asociaciones religiosas. SE DECLARÓ A LA ACCIÓN CATÓLICA Argentina una  “institución sospechosa de conspiración”. En esto tenía razón.  Denunció como enemigos del Gobierno a varios obispos. Suprimió la   Enseñanza religiosa de  los colegios, aprobando, la   Ley de Divorcio y la apertura de prostíbulos

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