Friday, November 27, 2020

NO SOY FAMOSO PERO TENGO ALGO QUE DECIR (27)

     MI VIDA Y SUS INFIERNOS.

 

Una vez que  la tormenta amainó en el ánimo del capitán del ANNA.C,   los castigados nos reunimos para decidir el camino a tomar: no nos podíamos quedar de brazos cruzados.  Hablamos con   el comisario de nuestro sector,  quien se había mostrado solidario con nosotros. Nos dijo que  descendía  de marranos y  que   la única manera de ablandar al capitán  era a través de su  amante una  rubia artificial, pasada en años y en kilos, pintarrajeada y empolvada al mejor estilo de las féminas que se veían en las películas dirigidas por el  italiano Federico Fellini (n. 1920.)

Ni cortos ni perezosos fuimos a hablar con ella. De  la conversación surgió  la idea de  ofrecerle al  capitán  un espectáculo coral  con repertorio de las  canciones populares italianas. La mujer se comprometió   venir con su amante.

JORGE,  MI COTERRÁNEO, se encargó del acompañamiento musical y de  elegir las Voces del coro. 

  El espectáculo resultó todo un éxito.   Al Capitán se lo vio  emocionado. Para que la zalamería fuera total  le regalamos una cigarrera de plata y a su amante, artículos de belleza, que compramos  en el free shop del barco.

Al día siguiente   nuestro Comisario    nos informó que por una cuestión de autoridad  no bajaríamos   en  las islas Canarias,  pero se nos levantaba la pena a partir de   Lisboa que era la siguiente parada.   

 La travesía había recobrado su normalidad hasta que  el chico  de Paraná encendió  un  CALENTADOR DE ALCOHOL  sobre el piso plastificado. Iba a   hervir  agua para  tomar   mate. 

De pronto   el camarote se llenó de  humo lo que provocó  la liberación de la ampolleta del extinguidor que colgaba  del techo.  El agua brotó a chorros. El habitáculo se inundó en contados minutos. La  alarma ensordecía. Los  operarios llegaron en tropel portando matafuegos y una máquina  de desaguar.   

No sé si el   capitán  no  se enteró o se hizo desentendido para nos sancionarnos nuevamente. 

CUANDO SE CRUZÓ  EL ECUADOR hubo una gran fiesta organizada por la tripulación. Se realizaron  bautismos alegóricos, se coronó a  la reina consorte del portentoso  señor  de los mares (Neptuno), y se nos sirvió una cena espectacular. La velada  se cerró con un baile.

Yo me quedé sentado en la borda, mirando como la luna se bañaba en el océano.         

Me fui a dormir cuando estaba amaneciendo.  En el camino a mi camarote vi una llave  que colgaba de una  puerta que tenía el número  ciento cuatro. Pícaro yo, giré el picaporte  y me la llevé  convencido que había encerrado a gente de mi  grupo. 

En horas del mediodía,  nuestro compañero – coordinador,   que hacía de enlace entre el Comisario y los becarios--  nos reunió para comunicarnos que un matrimonio suizo nos  había denunciado  de  haber sido  encerrados.

Todos se  declararon  inocentes y  yo también. La llave la conservé   durante diecisiete años hasta que me la robaron, con otros objetos, en la Aduana de Buenos Aires.

  CONFLICTO CON UN PRIMO. El clima atlántico era  más que benigno.  Muchos becarios alivianaron sus vestimentas como si ya estuvieran viviendo en Medio Oriente. Y un día fueron a  

almorzar en  ropa playera. Esto no  fue  del agrado del encargado del salón comedor, un italiano descendiente de árabes, quien  no les   permitió entrar  salvo que  se cambiaran  la  indumentaria.  En solidaridad con los involucrados en el incidente todos los becarios  nos   quedamos sin comer.

Hacia el atardecer nos reunimos para analizar la delicada situación. Se coincidió que al primo había que   darle un escarmiento.

Para la cena los varones entramos al salón comedor vistiendo   camisetas, algunos se colgaron una  corbata en el cuello pelado, saco sport,  o campera, y un short. Unos  se calzaban zapatillas, otros vinieron en  alpargatas.

Las chicas vestían traje  de baño y pollera. Unas se calzaron  sandalias y  otras lo hicieron en   chancletas. 

Los comensales nos recibieron con risotadas y   aplausos.   A nuestro primo  no le quedó otra que   hacerse el boludo para no abrir un nuevo frente de conflicto árabe—israelí. Y nunca más se metió con nuestros  atuendos. Tampoco exageramos  la cosa como para que el tipo no  tuviera pretexto para volverse  a enfadar.

A  las Canarias llegamos al anochecer. No  lamenté  no poder bajar. Era poco y nada lo que se podía apreciar.

Fue en horas del  mediodía cuando el Anna C ancló en Lisboa.  Después de  diez   días de    navegación  mi cabeza volvía a  girar como en una calesita.     

Todos los becarios nos fuimos   al correo.  Unos  enviaron   cartas y postales; los  filatélicos trataron de conseguir  estampillas para sus colecciones;  y los menos  intentaron  una hazaña: comunicarse  telefónicamente con sus familiares.   

El correo estaba en un primer piso de un enorme edificio.  El  CAPOCHO CORDOBÉS, que nunca había subido a una escalera mecánica,  le erró  a un escalón y aterrizó en la planta baja. Aparte de algunos machucones perdió o le robaron un reloj  que se había comprado unos minutos antes.   

Con tal de regresar a horario  me limité a caminar por una  zona cercana al puerto. En el camino me encontré con mi simpático camarero que iba  abrazado a una mujer y llevando  de la mano a due bembona.  El napolitano me había dicho que  estaba casado   y que  tenía  tre figli.  Era verdad aquello  que el  marinero  tenía un amor en cada puerto.

Cuando cruzamos el peñón de Gibraltar, nos reunimos en una zona cercana a la proa y nos pusimos a cantar aquellas canciones que  ENTONARON LOS  REPUBLICANOS durante  la Guerra Civil Española: ¡Ay! Carmela,  Hijos del pueblo, A las barricadas y Los campesinos.  Y como colofón, cada uno a su manera, expresamos nuestra aversión  al  fascista español  Francisco Franco (n. 1892.)

EN   BARCELONA, la ciudad condal y centro político y económico de Cataluña,  caminé    durante tres horas   por su Rambla.  Di con  un barrio donde alguna vez convergieron las tres  religiones más importantes de Occidente,  hasta que los Reyes Católicos,   apoyados por una curia retrógrada y una nobleza vaga y decadente, destruyeron todo lo que los hebreos y moros supieron  construir.

Volví sobre mis pasos   en 1972: esta vez con Mi Esposa y Mis dos Hijos. Y tres décadas después, vine a   visitar a Mi Hijo, el mediano, que vive aquí.

BARCELONA. “Los primeros testimonios de población humana  se remontan a unos 4000 años atrás, a fines del neolítico (2000 a 1500 a.C.). De los siglos VII a VI adC. Existen relatos que citan la existencia de poblados de las tribus layetanas (iberos). De esta misma época se habla de la existencia de una colonia griega (Kallipolis.)”

*****

Hubo una breve parada   en CANNES,  lejos de la costa.  Había   que pagar el traslado hasta el puerto.  No me interesaba  ver este  paraíso de la Costa Azul en invierno.    

NUESTRO ENCUENTRO CON JUAN EL BUENO. Nuestro viaje concluyó en Nápoles que  nos dio la bienvenida en medio de una tenue llovizna y un frío que acobardaba. 

En Italia nos íbamos a quedar una semana antes de viajar  a Israel.

Gente del Consulado israelí  nos  reservó  varias habitaciones en un hotel de medio pelo. Solamente las ocupamos por un par de horas. A medianoche  todos los becarios  tomamos un  tren   a Roma.

Después del almuerzo fui  a conocer el llamado “MERCADO DE LOS   LADRONES”, donde se podía comprar  cosas buenas y baratas  siempre y cuando uno conociera el producto que iba a adquirir,  de lo contrario se podía quedar  con un clavo remachado.  Por ejemplo: había cámaras fotográficas que tenían en    la lente  un vidrio cualquiera.  O la  lapicera   Parker, que venía con  un  punto entre las  letras lo que la convertía en trucha.

Con el poco dinero que tenía (algo me dio   la Organización y otro tanto Mis Tíos),  me compré un grabador  Geloso y una radio portátil  Spica, dos sueños hechos realidad.

El Mercado de los Ladrones ocupaba varias cuadras.  Los negocios estables  y los puestos callejeros se amontonaban sin que nadie se quejara de semejante zafarrancho: todos trabajaban por igual. 

Las  casas que rodeaban el mercado eran viejas construcciones. En el umbral de muchas de ellas  estaban   LAS PUTTANAS ofreciendo sus servicios sexuales.  En el precio estaba incluido   el bulín. 

Otras servidoras públicas  ocupaban un amplio espacio  en un  parque cercano donde esperaban a  sus clientes mayoritariamente automovilistas.   Como se vestían con  poca ropa cada una de ellas tenía un caldero para mitigar el frío. De lejos se asemejaban a sombras chinescas.

En  Nápoles  vi,  por primera vez,   un homosexual en estado puro;  se movía con más  gracia que muchas modelos. Llevaba un  pantalón blanco bien ajustado que le transparentaba  un calzón negro.  

“En la antigua Roma era   frecuente que un hombre penetrara a un esclavo o a un joven; al revés   era considerado una desgracia.

De Julio César (n. 100 adC), el gran genio militar, el creador del Imperio romano, se decía que era  ‘el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos’.”

(continuará

Sunday, November 8, 2020

NO SOY FAMOSO PERO TENGO ALGO QUE DECIR (26)

 

Mi vida y sus infiernos.

 

CRUZANDO EL ATLÁNTICO. Cada  Movimiento  juvenil argentino  tenía asignado un determinado número de representantes de acuerdo a la importancia que tenía dentro de sus comunidades.

La  COORDINADORA  APARTIDARIA  recibió  dos lugares.  Conmigo viajaba  una  porteña, para nada atractiva.  Era alta y flaca,  y su cara me recordaba a un  tero. Creo que nunca en su vida  se sonrió. Mucho menos en Israel,  ya que se pasó  todo el año extrañando a su  novio.  Eso sí: tenía una  hermosa   voz. 

Desde un primer momento estuvimos distanciados. El rechazo fue   mutuo.  Nos tratábamos lo justo y necesario. Y a la vuelta hasta nos faltó el “Chau.”

 Cara de Tero cumplió   el contrato de dos años y dejó el Movimiento.

  Ningún dirigente de la Coordinadora se molestó en prepararme para semejante  experiencia. Me  enviaron crudo. A mis superiores  solamente  les importaba que yo no desertara. Que no  me pasara a alguna otra agrupación como había sucedido con  los dos muchachos que  me precedieron. 

La mayoría de los cincuenta   BECARIOS que partieron   desde el puerto de Buenos Aires  eran   argentinos.  El resto se repartía entre chilenos y uruguayos.  

La veintena de  brasileños, los dos colombianos y otros tantos venezolanos; los diez mexicanos, un costarricense y la treintena, entre  australianos, neozelandeses y sudafricanos,  como  teñían un buen poder adquisitivo,  se pagaron el viaje  avión.

En Jerusalém se incorporó un francés, que si bien pertenecía a la camada anterior, por problemas familiares debió postergar el viaje.  El pibe fue aceptado porque sabía inglés y castellano.

LA DELEGACIÓN ARGENTINA estaba integrada por cordobeses, chaqueños, santiagueños, bahienses, porteños y entrerrianos (uno de Paraná y dos de Concordia.)

El becario  de mi pueblo representaba al Movimiento juvenil más importante de la comunidad  al que adherían  Mis dos  hermanos. 

Nuestras respectivas familias eran muy amigas. Su padre  era quien les cortaba el cabello a los hermanos Rabín.

Mi coterráneo era profesor de acordeón a piano.  Su hermana   tocaba el piano y su papá  el violín.  Eran los que habitualmente  amenizaban las fiestas que se organizaban en  la Sociedad.

Con  el Gordo Jorge   compartí el  camarote y,  en el Instituto, el mismo cuarto.   Yo   fui quien tuvo que darle la  infausta noticia de  la muerte de su padre. Y también, quien lo convenció para que  no abandonara  el  Instituto--Majón y terminara el curso. 

Volviendo al Anna C: en  las otras tres literas del  camarote, las ocupaban Moisés,   el muchacho de Paraná, (murió en la Guerra de los Seis Días);  Yosef, un porteño fanfarrón e insoportable, y  Miguel un   capocho   oriundo de la  localidad cordobesa de  Villa   Soto, hasta entonces desconocida para mí. Él  me contó que su pueblo estaba a cuarenta y cinco kilómetros de Capilla del Monte, donde viví un año

Nunca supe cómo le cayó la beca.  Lo cierto que de un día para el otro, dejó el tambo donde estaba trabajando, para viajar a Jerusalém. Lo hacía representando a   la misma agrupación que el Gordo Jorge.

EL ANNA C  zarpó con destino a  MONTEVIDEO, donde hubo una parada de dos horas.  No pude pasear   porque quedé atrapado en medio de  una  multitud que marchaba  en apoyo a la Revolución Cubana.  En ese momento nadie podía predecir en qué derivaría ese sueño redentor   de millones de seres humanos.

Cuando regresé al barco tuve que ascender por la única rampa que estaba  disponible para  los rezagados. 

Llegamos al puerto   brasileño de SANTOS.  Cuando bajé la cabeza me daba vuelta, porque durante la noche  el  Anna C  había  bailado de lo  lindo y sin orquesta.

Junto al puente había varias mocosas ofreciendo sus cuerpos a cambio de  unos pocos  dólares. No vi que nadie   agarrara viaje. Había que verles la traza de  esas niñas, para darse  cuenta qué tipo de vida llevaban: de  hambre y miseria.

Lo único que yo sabía de esta ciudad que aquí  había nacido  en 1940 PELÉ (Edson Arantes do Nascimento), considerado uno de los mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos, aunque él no llegó a ser profeta en otras tierras, como lo sería  Diego Armando Maradona (n. 1960). Siempre jugó en el  Santos.  Cuando fue  contratado por el  Cosmos de los Estados Unidos de Norteamérica   ya  estaba en la última etapa de su carrera deportiva.  Fue un golpe publicitario: los yanquis querían popularizar el soccer en su país.

YO A PELÉ lo vi jugar dos veces:   una en Mar del Plata y la otra   en el estadio Monumental de Núñez. Y en ambos casos goleando a River Plate.            

Me mandé solo a recorrer   Santos,  porque no  estaba en condiciones de pagarme  un tour. 

Me subí a un colectivo atiborrado y maloliente que me aproximó hasta  un cerro, al que ascendí en un funicular.  Desde su cumbre   pude   apreciar las bellezas de la ciudad.

El Monte Serrat o “morro de San Jerónimo, tiene una altura de  ciento cincuenta y siete metros sobre  nivel del mar. En 1604, el entonces gobernador de San Pablo  Francisco de Souza  mandó construir la Capilla de Nuestra Señora del Monte Serrat, de la que era  devoto.” 

Estaba   embelesado y abstraído mirando el pasaje que se extendía a mis pies,  cuando  una serie de disparos y   el ulular de sirenas me regresaron a la realidad.

Cuando volví a   la base  me enteré que un grupo de presos se había   fugado de una cárcel  considerada de máxima seguridad, y cuyo prestigio  se vería dañado.

En las calles aledañas a la prisión reinaba el caos. Me costó encontrar la parada del colectivo: la policía había desviado el tránsito. Una vez que di con el bondi, éste se movía a paso de hombre.  

Subí al barco por una escalerilla mucho más   precaria que la  de Montevideo.  Por un instante pensé que  me caía al agua.

LA GRAN AVENTURA Dos días después el buque atracó en  Río de Janeiro, en aquel entonces   capital de Brasil,  a las ocho de la mañana. Yo me agregué a un  grupo que iba a subir al  Pan de Azúcar.   

Al    verme  frente al  Cristo Redentor me  pareció mirar una página de   mi antiguo libro de Geografía. Desde  mi posición privilegiada  descubrí la  bahía de Guanabara, las playas de Copacabana y el mítico estadio  Maracaná construido para el Mundial de fútbol de  1950.

Todo iba muy bien hasta que apareció un pájaro de mal agüero.  Un becario uruguayo  nos avisó que   íbamos a tener problemas  para  volver.  Había visto gente amontonada en los sitios de salida.  Un corte de luz  había demorado el regreso de los visitantes.  Entramos   en  pánico.      

Todos los becarios nos reunimos en un punto de la montaña para coordinar qué hacer frente a tan inesperada situación.  Tratamos de consensuar con algunas personas  para que nos permitieran adelantarnos en la cola y descender  antes que el resto.

Parecía  que nuestra actitud de ablande tendría éxito cuando apareció un frente  opositor encabezado por un negro que   estaba junto  a una rubia teñida, quien nos   mandó un mensaje claro y preciso: “Vocé, argentinos de merda.”  

Finalmente  conseguimos que  el pájaro de mal agüero pudiera  ir a  avisar a las autoridades del Anna C que estábamos atascados en el Pan de Azúcar.      

Cuando ingresamos a la Dársena  nuestro  barco  era  un punto a la distancia. Yo me veía volviendo a la Argentina.

La suerte fue que las autoridades de la Subprefectura local  no se quisieron hacer  cargo   veintinueve almas errantes.  Detuvieron el barco antes que traspusiera las aguas jurisdiccionales brasileñas. Nos transportaron en una lancha costera.  

Cuando ascendimos al buque sobraban las caras de pocos amigos.   Hasta hubo quien nos envió una dedicatoria: “Judíos de mierda—Giudeo stronzo.”

 A nosotros lo único que nos preocupaba era  la reacción que pudiera tener el capitán, quien no tardó en convocarnos en su oficina. 

Sus ojos celestes acerados estaban decididos  a fulminarnos. Utilizando el idioma cervantino, y  sin  levantar la voz, nos informó que  no íbamos a descender en ninguna de las escalas programadas hasta el final del viaje.

Tratamos de defendernos, explicándole lo que nos había ocurrido, pero todo fue  inútil.

(Continuará)