Mi vida y sus infiernos.
CRUZANDO EL ATLÁNTICO. Cada Movimiento
juvenil argentino tenía asignado
un determinado número de representantes de acuerdo a la importancia que tenía
dentro de sus comunidades.
La COORDINADORA APARTIDARIA
recibió dos lugares. Conmigo viajaba una
porteña, para nada atractiva. Era
alta y flaca, y su cara me recordaba a
un tero. Creo que nunca en su vida se sonrió. Mucho menos en Israel, ya que se pasó todo el año extrañando a su novio.
Eso sí: tenía una hermosa voz.
Desde un primer momento estuvimos distanciados. El
rechazo fue mutuo. Nos tratábamos lo justo y necesario. Y a la
vuelta hasta nos faltó el “Chau.”
Cara de Tero
cumplió el contrato de dos años y dejó
el Movimiento.
Ningún dirigente
de la Coordinadora se molestó en prepararme para semejante experiencia. Me enviaron crudo. A mis superiores solamente
les importaba que yo no desertara. Que no me pasara a alguna otra agrupación como había
sucedido con los dos muchachos que me precedieron.
La mayoría de los cincuenta BECARIOS que partieron desde el puerto de Buenos Aires eran
argentinos. El resto se repartía
entre chilenos y uruguayos.
La veintena de
brasileños, los dos colombianos y otros tantos venezolanos; los diez
mexicanos, un costarricense y la treintena, entre australianos, neozelandeses y sudafricanos, como
teñían un buen poder adquisitivo,
se pagaron el viaje avión.
En Jerusalém se incorporó un francés, que si bien
pertenecía a la camada anterior, por problemas familiares debió postergar el
viaje. El pibe fue aceptado porque sabía
inglés y castellano.
LA DELEGACIÓN ARGENTINA estaba integrada por cordobeses,
chaqueños, santiagueños, bahienses, porteños y entrerrianos (uno de Paraná y
dos de Concordia.)
El becario de mi
pueblo representaba al Movimiento juvenil más importante de la comunidad al que adherían Mis dos
hermanos.
Nuestras respectivas familias eran muy amigas. Su
padre era quien les cortaba el cabello a
los hermanos Rabín.
Mi coterráneo era profesor de acordeón a piano. Su hermana
tocaba el piano y su papá el
violín. Eran los que habitualmente amenizaban las fiestas que se organizaban
en la Sociedad.
Con el Gordo
Jorge compartí el camarote y,
en el Instituto, el mismo cuarto.
Yo fui quien tuvo que darle
la infausta noticia de la muerte de su padre. Y también, quien lo convenció
para que no abandonara el
Instituto--Majón y terminara el curso.
Volviendo al Anna C: en
las otras tres literas del
camarote, las ocupaban Moisés,
el muchacho de Paraná, (murió en la Guerra de los Seis Días); Yosef, un porteño fanfarrón e insoportable,
y Miguel un capocho
oriundo de la localidad cordobesa
de Villa Soto, hasta entonces desconocida para mí.
Él me contó que su pueblo estaba a
cuarenta y cinco kilómetros de Capilla del Monte, donde viví un año
Nunca supe cómo le cayó la beca. Lo cierto que de un día para el otro, dejó el
tambo donde estaba trabajando, para viajar a Jerusalém. Lo hacía representando
a la misma agrupación que el Gordo
Jorge.
EL ANNA C zarpó
con destino a MONTEVIDEO, donde hubo una
parada de dos horas. No pude pasear porque quedé atrapado en medio de una
multitud que marchaba en apoyo a
la Revolución Cubana. En ese momento
nadie podía predecir en qué derivaría ese sueño redentor de millones de seres humanos.
Cuando regresé al barco tuve que ascender por la única
rampa que estaba disponible para los rezagados.
Llegamos al puerto
brasileño de SANTOS. Cuando bajé
la cabeza me daba vuelta, porque durante la noche el
Anna C había bailado de lo
lindo y sin orquesta.
Junto al puente había varias mocosas ofreciendo sus
cuerpos a cambio de unos pocos dólares. No vi que nadie agarrara viaje. Había que verles la traza de esas niñas, para darse cuenta qué tipo de vida llevaban: de hambre y miseria.
Lo único que yo sabía de esta ciudad que aquí había nacido
en 1940 PELÉ (Edson Arantes do Nascimento), considerado uno de los
mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos, aunque él no llegó a ser
profeta en otras tierras, como lo sería
Diego Armando Maradona (n. 1960). Siempre jugó en el Santos.
Cuando fue contratado por el Cosmos de los Estados Unidos de
Norteamérica ya estaba en la última etapa de su carrera
deportiva. Fue un golpe publicitario:
los yanquis querían popularizar el soccer en su país.
YO A PELÉ lo vi jugar dos veces: una en Mar del Plata y la otra en el estadio Monumental de Núñez. Y en
ambos casos goleando a River Plate.
Me mandé solo a recorrer
Santos, porque no estaba en condiciones de pagarme un tour.
Me subí a un colectivo atiborrado y maloliente que me
aproximó hasta un cerro, al que ascendí
en un funicular. Desde su cumbre pude
apreciar las bellezas de la ciudad.
El Monte Serrat o “morro de San Jerónimo, tiene una
altura de ciento cincuenta y siete
metros sobre nivel del mar. En 1604, el
entonces gobernador de San Pablo
Francisco de Souza mandó
construir la Capilla de Nuestra Señora del Monte Serrat, de la que era devoto.”
Estaba embelesado
y abstraído mirando el pasaje que se extendía a mis pies, cuando
una serie de disparos y el
ulular de sirenas me regresaron a la realidad.
Cuando volví a la
base me enteré que un grupo de presos se
había fugado de una cárcel considerada de máxima seguridad, y cuyo
prestigio se vería dañado.
En las calles aledañas a la prisión reinaba el caos. Me
costó encontrar la parada del colectivo: la policía había desviado el tránsito.
Una vez que di con el bondi, éste se movía a paso de hombre.
Subí al barco por una escalerilla mucho más precaria que la de Montevideo. Por un instante pensé que me caía al agua.
LA GRAN AVENTURA Dos días después el buque atracó en Río de Janeiro, en aquel entonces capital de Brasil, a las ocho de la mañana. Yo me agregué a
un grupo que iba a subir al Pan de Azúcar.
Al verme frente al
Cristo Redentor me pareció mirar
una página de mi antiguo libro de
Geografía. Desde mi posición
privilegiada descubrí la bahía de Guanabara, las playas de Copacabana
y el mítico estadio Maracaná construido
para el Mundial de fútbol de 1950.
Todo iba muy bien hasta que apareció un pájaro de mal
agüero. Un becario uruguayo nos avisó que íbamos a tener problemas para
volver. Había visto gente
amontonada en los sitios de salida. Un
corte de luz había demorado el regreso
de los visitantes. Entramos en pánico.
Todos los becarios nos reunimos en un punto de la montaña
para coordinar qué hacer frente a tan inesperada situación. Tratamos de consensuar con algunas
personas para que nos permitieran
adelantarnos en la cola y descender
antes que el resto.
Parecía que
nuestra actitud de ablande tendría éxito cuando apareció un frente opositor encabezado por un negro que estaba junto
a una rubia teñida, quien nos
mandó un mensaje claro y preciso: “Vocé, argentinos de merda.”
Finalmente conseguimos
que el pájaro de mal agüero pudiera ir a
avisar a las autoridades del Anna C que estábamos atascados en el Pan de
Azúcar.
Cuando ingresamos a la Dársena nuestro
barco era un punto a la distancia. Yo me veía volviendo
a la Argentina.
La suerte fue que las autoridades de la Subprefectura
local no se quisieron hacer cargo
veintinueve almas errantes.
Detuvieron el barco antes que traspusiera las aguas jurisdiccionales
brasileñas. Nos transportaron en una lancha costera.
Cuando ascendimos al buque sobraban las caras de pocos
amigos. Hasta hubo quien nos envió una
dedicatoria: “Judíos de mierda—Giudeo stronzo.”
A nosotros lo
único que nos preocupaba era la reacción
que pudiera tener el capitán, quien no tardó en convocarnos en su oficina.
Sus ojos celestes acerados estaban decididos a fulminarnos. Utilizando el idioma
cervantino, y sin levantar la voz, nos informó que no íbamos a descender en ninguna de las
escalas programadas hasta el final del viaje.
Tratamos de defendernos, explicándole lo que nos había
ocurrido, pero todo fue inútil.
(Continuará)
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