Sunday, November 8, 2020

NO SOY FAMOSO PERO TENGO ALGO QUE DECIR (26)

 

Mi vida y sus infiernos.

 

CRUZANDO EL ATLÁNTICO. Cada  Movimiento  juvenil argentino  tenía asignado un determinado número de representantes de acuerdo a la importancia que tenía dentro de sus comunidades.

La  COORDINADORA  APARTIDARIA  recibió  dos lugares.  Conmigo viajaba  una  porteña, para nada atractiva.  Era alta y flaca,  y su cara me recordaba a un  tero. Creo que nunca en su vida  se sonrió. Mucho menos en Israel,  ya que se pasó  todo el año extrañando a su  novio.  Eso sí: tenía una  hermosa   voz. 

Desde un primer momento estuvimos distanciados. El rechazo fue   mutuo.  Nos tratábamos lo justo y necesario. Y a la vuelta hasta nos faltó el “Chau.”

 Cara de Tero cumplió   el contrato de dos años y dejó el Movimiento.

  Ningún dirigente de la Coordinadora se molestó en prepararme para semejante  experiencia. Me  enviaron crudo. A mis superiores  solamente  les importaba que yo no desertara. Que no  me pasara a alguna otra agrupación como había sucedido con  los dos muchachos que  me precedieron. 

La mayoría de los cincuenta   BECARIOS que partieron   desde el puerto de Buenos Aires  eran   argentinos.  El resto se repartía entre chilenos y uruguayos.  

La veintena de  brasileños, los dos colombianos y otros tantos venezolanos; los diez mexicanos, un costarricense y la treintena, entre  australianos, neozelandeses y sudafricanos,  como  teñían un buen poder adquisitivo,  se pagaron el viaje  avión.

En Jerusalém se incorporó un francés, que si bien pertenecía a la camada anterior, por problemas familiares debió postergar el viaje.  El pibe fue aceptado porque sabía inglés y castellano.

LA DELEGACIÓN ARGENTINA estaba integrada por cordobeses, chaqueños, santiagueños, bahienses, porteños y entrerrianos (uno de Paraná y dos de Concordia.)

El becario  de mi pueblo representaba al Movimiento juvenil más importante de la comunidad  al que adherían  Mis dos  hermanos. 

Nuestras respectivas familias eran muy amigas. Su padre  era quien les cortaba el cabello a los hermanos Rabín.

Mi coterráneo era profesor de acordeón a piano.  Su hermana   tocaba el piano y su papá  el violín.  Eran los que habitualmente  amenizaban las fiestas que se organizaban en  la Sociedad.

Con  el Gordo Jorge   compartí el  camarote y,  en el Instituto, el mismo cuarto.   Yo   fui quien tuvo que darle la  infausta noticia de  la muerte de su padre. Y también, quien lo convenció para que  no abandonara  el  Instituto--Majón y terminara el curso. 

Volviendo al Anna C: en  las otras tres literas del  camarote, las ocupaban Moisés,   el muchacho de Paraná, (murió en la Guerra de los Seis Días);  Yosef, un porteño fanfarrón e insoportable, y  Miguel un   capocho   oriundo de la  localidad cordobesa de  Villa   Soto, hasta entonces desconocida para mí. Él  me contó que su pueblo estaba a cuarenta y cinco kilómetros de Capilla del Monte, donde viví un año

Nunca supe cómo le cayó la beca.  Lo cierto que de un día para el otro, dejó el tambo donde estaba trabajando, para viajar a Jerusalém. Lo hacía representando a   la misma agrupación que el Gordo Jorge.

EL ANNA C  zarpó con destino a  MONTEVIDEO, donde hubo una parada de dos horas.  No pude pasear   porque quedé atrapado en medio de  una  multitud que marchaba  en apoyo a la Revolución Cubana.  En ese momento nadie podía predecir en qué derivaría ese sueño redentor   de millones de seres humanos.

Cuando regresé al barco tuve que ascender por la única rampa que estaba  disponible para  los rezagados. 

Llegamos al puerto   brasileño de SANTOS.  Cuando bajé la cabeza me daba vuelta, porque durante la noche  el  Anna C  había  bailado de lo  lindo y sin orquesta.

Junto al puente había varias mocosas ofreciendo sus cuerpos a cambio de  unos pocos  dólares. No vi que nadie   agarrara viaje. Había que verles la traza de  esas niñas, para darse  cuenta qué tipo de vida llevaban: de  hambre y miseria.

Lo único que yo sabía de esta ciudad que aquí  había nacido  en 1940 PELÉ (Edson Arantes do Nascimento), considerado uno de los mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos, aunque él no llegó a ser profeta en otras tierras, como lo sería  Diego Armando Maradona (n. 1960). Siempre jugó en el  Santos.  Cuando fue  contratado por el  Cosmos de los Estados Unidos de Norteamérica   ya  estaba en la última etapa de su carrera deportiva.  Fue un golpe publicitario: los yanquis querían popularizar el soccer en su país.

YO A PELÉ lo vi jugar dos veces:   una en Mar del Plata y la otra   en el estadio Monumental de Núñez. Y en ambos casos goleando a River Plate.            

Me mandé solo a recorrer   Santos,  porque no  estaba en condiciones de pagarme  un tour. 

Me subí a un colectivo atiborrado y maloliente que me aproximó hasta  un cerro, al que ascendí en un funicular.  Desde su cumbre   pude   apreciar las bellezas de la ciudad.

El Monte Serrat o “morro de San Jerónimo, tiene una altura de  ciento cincuenta y siete metros sobre  nivel del mar. En 1604, el entonces gobernador de San Pablo  Francisco de Souza  mandó construir la Capilla de Nuestra Señora del Monte Serrat, de la que era  devoto.” 

Estaba   embelesado y abstraído mirando el pasaje que se extendía a mis pies,  cuando  una serie de disparos y   el ulular de sirenas me regresaron a la realidad.

Cuando volví a   la base  me enteré que un grupo de presos se había   fugado de una cárcel  considerada de máxima seguridad, y cuyo prestigio  se vería dañado.

En las calles aledañas a la prisión reinaba el caos. Me costó encontrar la parada del colectivo: la policía había desviado el tránsito. Una vez que di con el bondi, éste se movía a paso de hombre.  

Subí al barco por una escalerilla mucho más   precaria que la  de Montevideo.  Por un instante pensé que  me caía al agua.

LA GRAN AVENTURA Dos días después el buque atracó en  Río de Janeiro, en aquel entonces   capital de Brasil,  a las ocho de la mañana. Yo me agregué a un  grupo que iba a subir al  Pan de Azúcar.   

Al    verme  frente al  Cristo Redentor me  pareció mirar una página de   mi antiguo libro de Geografía. Desde  mi posición privilegiada  descubrí la  bahía de Guanabara, las playas de Copacabana y el mítico estadio  Maracaná construido para el Mundial de fútbol de  1950.

Todo iba muy bien hasta que apareció un pájaro de mal agüero.  Un becario uruguayo  nos avisó que   íbamos a tener problemas  para  volver.  Había visto gente amontonada en los sitios de salida.  Un corte de luz  había demorado el regreso de los visitantes.  Entramos   en  pánico.      

Todos los becarios nos reunimos en un punto de la montaña para coordinar qué hacer frente a tan inesperada situación.  Tratamos de consensuar con algunas personas  para que nos permitieran adelantarnos en la cola y descender  antes que el resto.

Parecía  que nuestra actitud de ablande tendría éxito cuando apareció un frente  opositor encabezado por un negro que   estaba junto  a una rubia teñida, quien nos   mandó un mensaje claro y preciso: “Vocé, argentinos de merda.”  

Finalmente  conseguimos que  el pájaro de mal agüero pudiera  ir a  avisar a las autoridades del Anna C que estábamos atascados en el Pan de Azúcar.      

Cuando ingresamos a la Dársena  nuestro  barco  era  un punto a la distancia. Yo me veía volviendo a la Argentina.

La suerte fue que las autoridades de la Subprefectura local  no se quisieron hacer  cargo   veintinueve almas errantes.  Detuvieron el barco antes que traspusiera las aguas jurisdiccionales brasileñas. Nos transportaron en una lancha costera.  

Cuando ascendimos al buque sobraban las caras de pocos amigos.   Hasta hubo quien nos envió una dedicatoria: “Judíos de mierda—Giudeo stronzo.”

 A nosotros lo único que nos preocupaba era  la reacción que pudiera tener el capitán, quien no tardó en convocarnos en su oficina. 

Sus ojos celestes acerados estaban decididos  a fulminarnos. Utilizando el idioma cervantino, y  sin  levantar la voz, nos informó que  no íbamos a descender en ninguna de las escalas programadas hasta el final del viaje.

Tratamos de defendernos, explicándole lo que nos había ocurrido, pero todo fue  inútil.

(Continuará)                                         

 

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