Contaré mi vida antes que la parca se anticipe.
MI MADRINA CATALINA. La hermana mayor de Mi Padre era una mujer alta, robusta, de una cabellera tan blanca como su piel. Tenía ojos grises y una mirada dominante. Ejercía una especie de matriarcado familiar. Nadie se le animaba a contradecirla. Mi Madre tenía en ella a una gran aliada.
Catalina estaba casada con un rumano. León, un tipo bonachón que jamás se permitía una opinión sin que su mujer se lo autorizara.
No tuvieron hijos: se conformaron con sus seis sobrinos.
LEÓN se dedicaba al reparto domiciliario de artículos de librería. Los pedidos los llevaba en un sulky. A mí me gustaba acompañarlo aunque tuviera que comerme el garrón de esperarle hasta que concretaba la venta.
MI MADRINA me quería mucho, aunque se enfurecía cuando veía que yo me tropezaba o me resbalaba. No soportaba a los chambones. Sin embargo, el destino le deparó un triste final: falleció al caerse y darse la cabeza contra uno de los bordes de una bañera. Fue el mismo mes y día, solo que un año después que muriera Evita.
Cuando su marido fue hospitalizado por una afección cardiaca, Catalina se dedicó a cuidarlo día y noche. No permitía que nadie la suplantara. El cansancio fue minando sus fuerzas. La fatal caída se produjo mientras se estaba duchando.
A MI MADRINA, la velaron en la casa de su hermano Israel, el colorado. Como era un viernes, día de descanso para los creyentes, se la enterró al día siguiente, con la aparición de la primera estrella.
Yo no fui al colegio en señal de duelo, de todas maneras me la pasé jugando a la pelota con Mis Hermanos, en el patio cubierto de casa.
MIS PADRES me llevaron al cementerio, pero me dejaron en el auto fuera del Beit kvarot. Mis Dos Hermanos se quedaron al cuidado de la Sorda Ángela, una solterona, antigua cliente de Mi Padre, que cada vez que se la requería nos venía a ayudar.
Mientras esperaba a Mis Padres, las sombras de la noche avanzaban sobre el lugar. La oscuridad me daba miedo. Por suerte la ceremonia fue breve: no abundaron los discursos.
Mi Madrina no se quedó sola: la acompañaba su hermano Jacobo. Unos años más tarde se les sumaba Mi Tío el colorado.
Mi Padre llevó durante un tiempo un brazalete negro en su ropa de calle. Era el mismo pedazo de tela que había utilizado después de la muerte de Evita.
Mi primera visión de la muerte fue dos años antes de la partida de Mi Madrina, cuando vi como una mujer era arrollada por un tranvía.
Ocurrió en el verano de 1951. MI TÍA SUSANA, la hermana mayor de Mi Madre, me había invitado a su casa. No porque el clima de la ciudad de Buenos Aires fuera bueno para el asma, sino para que Emma se recuperara de esa angustia que padecía todos los inviernos al no poder lidiar con mi salud.
Susana me había pedido que le fuera a comprar pescado a un mercado que estaba a dos cuadras de la casa. Cuando estaba por ingresar al negocio oí el chirrido de unos frenos y al mirar en esa dirección vi a una mujer tirada sobre los rieles. No tuve el coraje de acercarme al lugar del accidente. Alguien pidió una ambulancia. Una voz pesimista definió la situación como irreversible.
Durante muchos días me sentí abrumado, por lo que había presenciado. En el año 1964 yo estaba viviendo en la casa de la hermana menor de Mi Madre, la Tía Rosita. MI PRIMA FLORINDA, hija única de Mi tía Susana, la hermana mayor de Mi Madre, me llamó por teléfono y me pidió que fuera a colaborar para destrabar el cadáver de su tío Isidoro que había quedado atrapado en el inodoro. La muerte lo encontró defecando. Era una situación que exigía coraje algo que yo no tenía.
Como no podía decirles que ‘No’, di unas cuantas vueltas por mi habitación hasta que me decidí a ir. En todo el trayecto hasta el negocio de MI TÍO HERMAN, donde estaba el finado, me imaginaba las más variadas y ridículas situaciones. Cuando llegué me sentí aliviado: el cuerpo ya no estaba. Mi Tío había contratado un servicio de ambulancia que se encargó de sacar el cuerpo del inodoro, certificar su defunción y trasladarlo hasta el lugar destinado a su velatorio.
Anduve rumbeando por el centro de la ciudad durante un par de horas. Después me fui hasta la funeraria para acompañar a Mi Tío Herman. Él no solamente había perdido a su hermano sino a quien había sido su mano derecha en el negocio de repuestos para el automotor.
Además, en estos casos, a uno le parece que la parca lo está acechando.
Herman se marchó tres años después. Su muerte fue mucho más cómoda que la de su hermano: lo sorprendió durmiendo. Mi Tía Susana no volvió a casarse. Ella vivió hasta los noventa y cinco años. Todos los santos días se lamentaba de lo mal que le había ido en la vida.
La desaparición de Catalina aisló a MI MADRE DE MIS TÍOS, LOS COLORADOS, a quienes nunca los soportó. Era gente bruta y se notaba a la vista.
Israel y su esposa Añuta, no perdían oportunidad para burlarse de ella. En la última Pascua que la festejamos con las dos familias, Emma terminó llorando. Lo peor de todo que Mi Padre, no salió en defensa de su mujer.
A MI TÍO LEÓN se le ocultó la muerte de su esposa hasta que recibió el alta médica. Él no guardó luto. No se llevaba bien con la soledad. Un conocido suyo le presentó una viuda que tenía la virtud de desplumar a los hombres. Cuando los cuñados se enteraron de esta situación, sintieron enormes deseos de matarlo, pero la cosa ya no tenía arreglo.
Mi Tío León por su estado de salud, tuvo que reducir sus horas de trabajo. Sus ingresos mermaron. A la embaucadora esto no le importó. Con la plata de su marido se hizo un comedor nuevo, para mejorar su diabólica sonrisa; iba a la peluquería casi todos los días; y una vez por mes desaparecía por varios días: viajaba a visitar a sus dos hijos que vivían en la ciudad de Buenos Aires. Y cargaba regalos para sus dos nietos como si fuera Mamá Noel.
A León lo encontraron muerto en el piso de su dormitorio. La timadora no estaba con él. Solamente volvió para deshacerse de todo lo que era posible vender, incluido el inmueble. Nunca más regresó a Concordia. Se había quemado para siempre.
El Tío León le había regalado a MI PRIMO MARCOS, el hijo mayor de Israel, el caballo que ataba a su sulky. Mi Primo se creyó que era un avezado jinete y se fue cabalgando hasta la quinta familiar donde el equino iba a tener su nueva residencia.
A la altura del Puente Alvear el caballo, poco acostumbrado a los transportes de gran porte, se asustó ante la presencia de un camión con acoplado y se salió de la ruta precipitándose al vacío. Marcos saltó a tiempo: solo se fracturó una pierna.
En este mismo lugar Mi Padre se pegó flor de julepe cuando volviendo de nuestra pequeña quinta en el coche su hermano derrapó quedando con su trompa suspendida de una valla. No podían moverse para no tentar a la fatalidad. Había diluviado de lo lindo y el arroyo Yuquerí Grande había sobrepasado su cauce normal. La suerte los acompañó porque un baqueano que pasaba por el lugar regresó con una grúa y los liberó de tan dramática situación.
MI PADRE cuando llegó a casa estaba desencajado. Había visto la muerte mucho más cerca que cuando se enfermó de malaria.
Israel, era el tercero de los cinco hermanos Rabín. No tenía ningún parecido con Mi Padre, ni con su hermana Mi Madrina. Él era rollizo y rojizo. Sus ojos eran celestes y saltones, como el de un pequinés. Un mal pensado podía decir que su madre había tenido una relación extramatrimonial.
Mi Tío se dedicaba a la comercialización mayorista de cigarrillos y le iba muy bien. En los años cuarenta y cincuenta, del siglo XX, la gente fumaba sin pensar en el cáncer.
Muy pocos eran los médicos que lo advertían y en la pantalla grande no había actor o actriz que no cortara una conversación para dar una pitada.
El depósito de los puchos ocupaba uno de los ambientes de la casa. Y el reparto lo hacía en su coche de cuatro puertas, mucho más confortable que la voiture de Mi Padre.
Su mujer, MI TÍA AÑUTA, era pelirroja, pecosa, cuadrada de cuerpo y de mente (incapaz de hilvanar una oración de modo coherente). De baja estatura, llamaba la atención por sus senos enormes. Añuta se casó en con Israel en Polonia, antes de viajar a la Argentina. Ella no tenía ni voz ni voto. Debía ocuparse de los quehaceres domésticos, el cuidado de sus tres hijos (un varón y dos mujeres), y de obedecer a su marido.
Mis primos no eran físicamente agraciados.
ISRAEL era un tipo violento y a su mujer la surtía de lo lindo. Añuta se aguantaba los mamporros, mientras maduraba su venganza. Tuvo que esperar hasta los primeros años de la década del sesenta cuando Mi Tío tuvo un gran problema cardíaco que lo dejó enclenque y esto lo aprovechó su mujer para tomar el control de su casa e imponerle a su marido sus condiciones de convivencia.
Mi Tío, incapaz de llevar una vida tranquila, tuvo varias recaídas hasta que la parca lo sacó a pasear y nunca más lo regresó.
El bobo de Israel había quedado malamente herido en el año 1954, después de una cruenta pelea que tuvo con un inquilino a quien lo quiso echar de prepo, estando vigente el contrato de locación.
Mi Tío había construido un pequeño departamento, en lo que había sido el jardín de su casa y se lo había arrendado a un paisano de origen polaco, sobreviviente de la SGM, quien tenía mujer y un hijo de corta edad. El hombre se dedicaba a la venta domiciliaria de leche fresca. Mis primos se burlaban de él, por su manera de hablar. Le decían: “¿Querileche?”
Israel quería recuperar el departamento a toda costa para transformarlo en una mercería para su mujer. Siendo ella una terrible chismosa y conocida en todo el barrio, pensaba, con cierta lógica, que el negocio podía funcionar.
Un mañana MI PRIMO MARCOS llegó a casa hecho una exhalación. Estaba tan pálido que creí que se iba a desmayar. A los gritos le pidió a Mi Padre que fuera a socorrer a Israel porque Querileche lo estaba matando a golpes.
AARÓN, cuando se ponía nervioso, perdía el control de sus esfínteres. Se encerró en el baño. Cuando llegó a la zona del conflicto los beligerantes ya estaban sentados en un móvil policial. Mi Tío tenía el cuerpo bañado de sangre. Su inquilino le había abierto la cabeza con una fusta en cuyo extremo tenía clavos.
Mi Padre sintió vergüenza ajena por lo que decían los vecinos: no podían creer que dos hebreos se fajaran de esa manera. El mito urbano creía que nuestra comunidad era muy unidad.
Y terminó por agobiar a Mi Padre cuando los nombres de Israel y Querileche aparecieron en la página policial del diario El Heraldo (fundado en 1915.)
El inquilino, abandonó Concordia un año después del incidente. Nunca más se supo de él. Yo pienso que viajó a Israel.
Este incidente alegró a Mi Madre: pudo hacerle ver a su marido lo mediocre que era su hermano.
Catalina estaba casada con un rumano. León, un tipo bonachón que jamás se permitía una opinión sin que su mujer se lo autorizara.
No tuvieron hijos: se conformaron con sus seis sobrinos.
LEÓN se dedicaba al reparto domiciliario de artículos de librería. Los pedidos los llevaba en un sulky. A mí me gustaba acompañarlo aunque tuviera que comerme el garrón de esperarle hasta que concretaba la venta.
MI MADRINA me quería mucho, aunque se enfurecía cuando veía que yo me tropezaba o me resbalaba. No soportaba a los chambones. Sin embargo, el destino le deparó un triste final: falleció al caerse y darse la cabeza contra uno de los bordes de una bañera. Fue el mismo mes y día, solo que un año después que muriera Evita.
Cuando su marido fue hospitalizado por una afección cardiaca, Catalina se dedicó a cuidarlo día y noche. No permitía que nadie la suplantara. El cansancio fue minando sus fuerzas. La fatal caída se produjo mientras se estaba duchando.
A MI MADRINA, la velaron en la casa de su hermano Israel, el colorado. Como era un viernes, día de descanso para los creyentes, se la enterró al día siguiente, con la aparición de la primera estrella.
Yo no fui al colegio en señal de duelo, de todas maneras me la pasé jugando a la pelota con Mis Hermanos, en el patio cubierto de casa.
MIS PADRES me llevaron al cementerio, pero me dejaron en el auto fuera del Beit kvarot. Mis Dos Hermanos se quedaron al cuidado de la Sorda Ángela, una solterona, antigua cliente de Mi Padre, que cada vez que se la requería nos venía a ayudar.
Mientras esperaba a Mis Padres, las sombras de la noche avanzaban sobre el lugar. La oscuridad me daba miedo. Por suerte la ceremonia fue breve: no abundaron los discursos.
Mi Madrina no se quedó sola: la acompañaba su hermano Jacobo. Unos años más tarde se les sumaba Mi Tío el colorado.
Mi Padre llevó durante un tiempo un brazalete negro en su ropa de calle. Era el mismo pedazo de tela que había utilizado después de la muerte de Evita.
Mi primera visión de la muerte fue dos años antes de la partida de Mi Madrina, cuando vi como una mujer era arrollada por un tranvía.
Ocurrió en el verano de 1951. MI TÍA SUSANA, la hermana mayor de Mi Madre, me había invitado a su casa. No porque el clima de la ciudad de Buenos Aires fuera bueno para el asma, sino para que Emma se recuperara de esa angustia que padecía todos los inviernos al no poder lidiar con mi salud.
Susana me había pedido que le fuera a comprar pescado a un mercado que estaba a dos cuadras de la casa. Cuando estaba por ingresar al negocio oí el chirrido de unos frenos y al mirar en esa dirección vi a una mujer tirada sobre los rieles. No tuve el coraje de acercarme al lugar del accidente. Alguien pidió una ambulancia. Una voz pesimista definió la situación como irreversible.
Durante muchos días me sentí abrumado, por lo que había presenciado. En el año 1964 yo estaba viviendo en la casa de la hermana menor de Mi Madre, la Tía Rosita. MI PRIMA FLORINDA, hija única de Mi tía Susana, la hermana mayor de Mi Madre, me llamó por teléfono y me pidió que fuera a colaborar para destrabar el cadáver de su tío Isidoro que había quedado atrapado en el inodoro. La muerte lo encontró defecando. Era una situación que exigía coraje algo que yo no tenía.
Como no podía decirles que ‘No’, di unas cuantas vueltas por mi habitación hasta que me decidí a ir. En todo el trayecto hasta el negocio de MI TÍO HERMAN, donde estaba el finado, me imaginaba las más variadas y ridículas situaciones. Cuando llegué me sentí aliviado: el cuerpo ya no estaba. Mi Tío había contratado un servicio de ambulancia que se encargó de sacar el cuerpo del inodoro, certificar su defunción y trasladarlo hasta el lugar destinado a su velatorio.
Anduve rumbeando por el centro de la ciudad durante un par de horas. Después me fui hasta la funeraria para acompañar a Mi Tío Herman. Él no solamente había perdido a su hermano sino a quien había sido su mano derecha en el negocio de repuestos para el automotor.
Además, en estos casos, a uno le parece que la parca lo está acechando.
Herman se marchó tres años después. Su muerte fue mucho más cómoda que la de su hermano: lo sorprendió durmiendo. Mi Tía Susana no volvió a casarse. Ella vivió hasta los noventa y cinco años. Todos los santos días se lamentaba de lo mal que le había ido en la vida.
La desaparición de Catalina aisló a MI MADRE DE MIS TÍOS, LOS COLORADOS, a quienes nunca los soportó. Era gente bruta y se notaba a la vista.
Israel y su esposa Añuta, no perdían oportunidad para burlarse de ella. En la última Pascua que la festejamos con las dos familias, Emma terminó llorando. Lo peor de todo que Mi Padre, no salió en defensa de su mujer.
A MI TÍO LEÓN se le ocultó la muerte de su esposa hasta que recibió el alta médica. Él no guardó luto. No se llevaba bien con la soledad. Un conocido suyo le presentó una viuda que tenía la virtud de desplumar a los hombres. Cuando los cuñados se enteraron de esta situación, sintieron enormes deseos de matarlo, pero la cosa ya no tenía arreglo.
Mi Tío León por su estado de salud, tuvo que reducir sus horas de trabajo. Sus ingresos mermaron. A la embaucadora esto no le importó. Con la plata de su marido se hizo un comedor nuevo, para mejorar su diabólica sonrisa; iba a la peluquería casi todos los días; y una vez por mes desaparecía por varios días: viajaba a visitar a sus dos hijos que vivían en la ciudad de Buenos Aires. Y cargaba regalos para sus dos nietos como si fuera Mamá Noel.
A León lo encontraron muerto en el piso de su dormitorio. La timadora no estaba con él. Solamente volvió para deshacerse de todo lo que era posible vender, incluido el inmueble. Nunca más regresó a Concordia. Se había quemado para siempre.
El Tío León le había regalado a MI PRIMO MARCOS, el hijo mayor de Israel, el caballo que ataba a su sulky. Mi Primo se creyó que era un avezado jinete y se fue cabalgando hasta la quinta familiar donde el equino iba a tener su nueva residencia.
A la altura del Puente Alvear el caballo, poco acostumbrado a los transportes de gran porte, se asustó ante la presencia de un camión con acoplado y se salió de la ruta precipitándose al vacío. Marcos saltó a tiempo: solo se fracturó una pierna.
En este mismo lugar Mi Padre se pegó flor de julepe cuando volviendo de nuestra pequeña quinta en el coche su hermano derrapó quedando con su trompa suspendida de una valla. No podían moverse para no tentar a la fatalidad. Había diluviado de lo lindo y el arroyo Yuquerí Grande había sobrepasado su cauce normal. La suerte los acompañó porque un baqueano que pasaba por el lugar regresó con una grúa y los liberó de tan dramática situación.
MI PADRE cuando llegó a casa estaba desencajado. Había visto la muerte mucho más cerca que cuando se enfermó de malaria.
Israel, era el tercero de los cinco hermanos Rabín. No tenía ningún parecido con Mi Padre, ni con su hermana Mi Madrina. Él era rollizo y rojizo. Sus ojos eran celestes y saltones, como el de un pequinés. Un mal pensado podía decir que su madre había tenido una relación extramatrimonial.
Mi Tío se dedicaba a la comercialización mayorista de cigarrillos y le iba muy bien. En los años cuarenta y cincuenta, del siglo XX, la gente fumaba sin pensar en el cáncer.
Muy pocos eran los médicos que lo advertían y en la pantalla grande no había actor o actriz que no cortara una conversación para dar una pitada.
El depósito de los puchos ocupaba uno de los ambientes de la casa. Y el reparto lo hacía en su coche de cuatro puertas, mucho más confortable que la voiture de Mi Padre.
Su mujer, MI TÍA AÑUTA, era pelirroja, pecosa, cuadrada de cuerpo y de mente (incapaz de hilvanar una oración de modo coherente). De baja estatura, llamaba la atención por sus senos enormes. Añuta se casó en con Israel en Polonia, antes de viajar a la Argentina. Ella no tenía ni voz ni voto. Debía ocuparse de los quehaceres domésticos, el cuidado de sus tres hijos (un varón y dos mujeres), y de obedecer a su marido.
Mis primos no eran físicamente agraciados.
ISRAEL era un tipo violento y a su mujer la surtía de lo lindo. Añuta se aguantaba los mamporros, mientras maduraba su venganza. Tuvo que esperar hasta los primeros años de la década del sesenta cuando Mi Tío tuvo un gran problema cardíaco que lo dejó enclenque y esto lo aprovechó su mujer para tomar el control de su casa e imponerle a su marido sus condiciones de convivencia.
Mi Tío, incapaz de llevar una vida tranquila, tuvo varias recaídas hasta que la parca lo sacó a pasear y nunca más lo regresó.
El bobo de Israel había quedado malamente herido en el año 1954, después de una cruenta pelea que tuvo con un inquilino a quien lo quiso echar de prepo, estando vigente el contrato de locación.
Mi Tío había construido un pequeño departamento, en lo que había sido el jardín de su casa y se lo había arrendado a un paisano de origen polaco, sobreviviente de la SGM, quien tenía mujer y un hijo de corta edad. El hombre se dedicaba a la venta domiciliaria de leche fresca. Mis primos se burlaban de él, por su manera de hablar. Le decían: “¿Querileche?”
Israel quería recuperar el departamento a toda costa para transformarlo en una mercería para su mujer. Siendo ella una terrible chismosa y conocida en todo el barrio, pensaba, con cierta lógica, que el negocio podía funcionar.
Un mañana MI PRIMO MARCOS llegó a casa hecho una exhalación. Estaba tan pálido que creí que se iba a desmayar. A los gritos le pidió a Mi Padre que fuera a socorrer a Israel porque Querileche lo estaba matando a golpes.
AARÓN, cuando se ponía nervioso, perdía el control de sus esfínteres. Se encerró en el baño. Cuando llegó a la zona del conflicto los beligerantes ya estaban sentados en un móvil policial. Mi Tío tenía el cuerpo bañado de sangre. Su inquilino le había abierto la cabeza con una fusta en cuyo extremo tenía clavos.
Mi Padre sintió vergüenza ajena por lo que decían los vecinos: no podían creer que dos hebreos se fajaran de esa manera. El mito urbano creía que nuestra comunidad era muy unidad.
Y terminó por agobiar a Mi Padre cuando los nombres de Israel y Querileche aparecieron en la página policial del diario El Heraldo (fundado en 1915.)
El inquilino, abandonó Concordia un año después del incidente. Nunca más se supo de él. Yo pienso que viajó a Israel.
Este incidente alegró a Mi Madre: pudo hacerle ver a su marido lo mediocre que era su hermano.
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