En la HUMILLACIÓN( el geriátrico en Israel) no había estabilidad laboral. Continuamente se renovaban los planteles. El patrón prefería echar a un determinado número de trabajadores y después volverlos a tomar y en caso de despido no indemnizarlos. Pedir un aumento era un imposible. En un principio cualquier trabajador podía almorzar. Después se dijo que podían hacerlo aquellos que cumplían doble turno. L a comida no siempre alcanzaba: había que conformarse con las sobras.
Yo me podía jactar de ser distinto al resto de los asistentes, si me guiaba por los regalos que me hacían los familiares de la gente que yo atendía. Esto terminó molestando al encargado del personal, quien un buen día decidió pasearme por los otros dos pisos.
A los gerontes no los bañábamos todos los días. Con la práctica íbamos seleccionando aquellos que veíamos que apestaban a orina o que se habían cagado hasta la coronilla.
Para trasladarlos hasta las duchas utilizábamos unas sillas plásticas. el asiento era hueco en su parte central. y había una bacinilla para que las deposiciones cayeran en su interior mientras los lavábamos.
Los asistentes no teníamos una ropa adecuada para entrar a las duchas. por más que yo me cuidaba salía empapado. Un hongo me afectó el dedo gordo del pie derecho. casi pierdo la uña.
A todos los pacientes les poníamos pantalones, lo que nos El problema que había algunas que eran muy gordas y difíciles de sostener. Más de una se nos cayó. Curados de espanto los cargábamos entre dos.
Yo tenía una buena relación con todos los trabajadores. Siempre estaba dispuesto a ayudar, especialmente a las chicas árabes—israelíes, porque los varones de su comunidad se aprovechaban de ellas, recargándolas de tareas, mientras ellos se rascaban.
Estaban las filipinas quienes venían a trabajar a Israel para poder ayudar a sus familias. Con lo poco que ganaban en el geriátrico era una fortuna en su país.
Muchas de ellas se enteraban que sus maridos le habían dilapidado todo en tragos y juergas. Sus historias eran parecidas a la prostituta mendocina, cuyo cafiolo le malgastó en una amante, el dinero que su mujer había ganado en Curazao, donde había viajado para hacer una diferencia y con lo ahorrado pensaba largar el curro.
Como yo respetaba tanto a las árabes israelíes como a la filipinas, no solamente se habían encariñado conmigo sino que me contaban sus cuitas. Una de ellas, estudiante de sociología, antes que me fuera del geriátrico me regaló un libro del escritor de origen húngaro Efraím Kishón, (n. 1928.)
La responsable del lavadero era una adolescente árabe--israelí. físicamente parecía mucho más a sus declarados dieciocho años. Fue hospitalizada un par de veces por intoxicación: su lugar de trabajo no tenía la ventilación adecuada.
Yo hablè con la enfermera jefe y después con el encargado del personal. Nadie movió un dedo por esta chica. También es cierto que ella nunca me ayudó en mis reclamos. no es que tomara el trabajo a la chacota sino que el dinero que ganaba lo utilizaba para sus escapadas a los boliches de Tel Aviv.
En noviembre de 1997 ingresaron en el geriátrico diez nuevos asistentes, todos ellos libaneses cristianos, gente muy respetuosa. Cobraban poco porque comían y dormían en el lugar. Lo que ahorraban lo enviaban a sus familias, para que mejoraran sus viviendas.
Uno de ellos tenía mucho éxito con las mujeres. Farid, no hacía mucho que se había casado. Su mujer se había quedado en la aldea. Tenía toda la libertad del mundo: no solamente se cogía a algunas mujeres del barrio, sino también aquellas que venían a visitar a sus familiares. Rara vez dormía en su cama.
Con él tuve un entredicho porque el muy vago se aprovechaba abiertamente tanto de las árabes como de la filipinas. Hicimos las paces antes que yo me marchara. Me regaló una camisa.
El encargado del personal era un tipo carismático, alto, de buen físico. tenía mucha experiencia en el cargo. Con cuarenta y cinco años edad había reincidido en el matrimonio con una mujer mucho menor que él y con quien tenía tres hijos de corta edad.
Algunas asistentas se mostraban dispuestas a mantener algún flirt con él, pero el tipo se mantenía al margen de todo esto: no quería complicarse con estas mujeres, quizá porque las consideraba inferiores, no merecedoras ni siquiera de un polvo sin pretensiones. En cambio, se perdió por la joven que enseñaba manualidades. La acosaba de tal manera que la mujer, que era casada, renunció al laburo. Como era una buena docente, el patrón obligó al acosador a disculparse y pedirle que la joven retomara su tarea.
La acosada era hija de iraquíes. a pesar de haber nacido en israel hablaba a la perfección el idioma de sus mayores. fanática de la música árabe, ponía el pasacasete a full, a punto de aturdir. había que rogarle que bajara el volumen.
Por ella supe de la existencia de la cantante egipcia UMM KALZUM (n. 1904), una de las más veneradas en el mundo musical árabe, quien desde niña demostró tener un gran talento para el canto. a los doce años, su padre la vistió como un chico para que pudiera actuar en su orquesta.
A fines de 1997 a la enfermera jefe, la echaron por gorda y fea. en su lugar vino una pendeja físicamente potable, y profesionalmente solvente. A pesar de estar casada estaba decidida a pecar con el encargado del personal. Este se mantuvo a la defensiva. pienso, que aún estaba fresca en su memoria la mala experiencia que había tenido con la profesora de manualidades.
La nueva enfermera jefe, me tenía mucho aprecio y fue la que más lamentó mi partida.
JAMES PARKINSON. médico clínico, sociólogo, botánico, geólogo, y paleontólogo británico (n. 1755). en 1817 describió la enfermedad que lleva su nombre.
ALOYSIUS ALZHEIMER. psiquiatra y neurólogo alemán (n. 1864). identificó por primera vez los síntomas de la enfermedad en una paciente que trató en 1901.
EL CIRCO RELIGIOSO. Yo no tengo duda alguna que la religión es la cosa más perversa y que mayor daño le ha provocado al hombre a lo largo de los tiempos.
El catolicismo alentó el odio entre los hombres especialmente contra los hebreos. Fue el artífice del crimen organizado a través de las cruzadas y la inquisición, entre otras linduras sacrosantas.
El judaísmo con todos sus defectos nunca se nutrió del clientelismo religioso. al contrario, siempre le puso escollos a quien se quería convertir. De todos modos, tenía sus mambos con aquellos que osaban tener un pensamiento crítico con respecto a la fe.
LA HUMILLACIÓN se vendía como una institución ideal para el religioso. Sin embargo, todo estaba montado en una vil patraña. Hasta se toleraba la agresión física a los ancianos, quienes se callaban por temor a las represalias.
Un árabe israelí y un ruso se pasaron de la raya: una asistente los denunció, para no verse comprometida. Varios abuelos presentaban hematomas en distintas partes del cuerpo. Los imbéciles fueron despedidos, y unos meses después, reincorporados. Eran mano de obra barata. Yo también lo era pero no pegaba.
Ell maltrato no era exclusivo de la Humillación. En uno de los geriátricos de la CGT—Histadrut, una joven árabe quemó con agua hirviendo a una anciana a la que estaba bañando. Quizá lo hizo porque en su propia casa le dijeron que los israelíes eran culpables de sus desgracias.
Cuando yo llegué a la Humillación había dos jóvenes rabinos que se encargaban en controlar el kashrut y darle apoyo espiritual a la gente del lugar. Uno de los religiosos era un gordito jovial, tenía muy buena onda con todos. El otro era alto, delgado, callado y especulador. éste le ayudaba al boss a ponerse los tfilim.
Una vez que el negocio se hubo afianzado, el dueño de la humillación decidió rajar a uno de los zánganos.
el gordito macanudo, que se llamaba saúl como yo, le sirvió en bandeja al iraquí la oportunidad de despedirlo.
El gordito jovial se había calentado con una asistente. Como la chica le daba bola una noche se vino al geriátrico y se la trincó en la sección ropería.
La seducida había nacido en Bujara, Uzbekistán, donde nuestros orígenes datan de los tiempos del imperio romano.
La asiática, que era tartamuda, cubría el tercer turno: de veintidós a seis de la mañana. Se corria la bolilla que era ninfómana.
La chica, a sus veintidós años, tenía un lindo físico. Una vez la vi
calentando a un geronte: mientras ella le ponía el pañal, el pobre tipo le acariciaba una teta. La tartamuda se reía feliz: le daba un poco de alegría a quien ya manoteaba el más allá.
Era tan buena samaritana como la changuita que conoci en Capilla del Monte.
Una noche, los jadeos del rabino y la tartamuda, llegaron a oídos de un asistente árabe israelí, a quien la gurisa lo había rechazado un par de veces.
Ella no quería complicarse la vida porque el tipo estaba en pareja con una israelí que también trabajaba en la Humillación.
El celoso encontró la forma de vengarse deschavándolos ante el encargado del personal. El rabino y la ninfómana fueron a parar a la calle.
El rabino sobreviviente se convirtió definitivamente en el alcahuete del patrón.Se cuidaba de no disgustarlo. Dejó de cuestionar cualquier irregularidad, inclusive la no observancia del kashrut.
A mediodía se daba una vuelta por el hogar. Bajaba a la cocina y se ahorraba el almuerzo.Y a fin de mes venía a buscar su sueldo. no tenía problemas de conciencia.
Varias veces me pidió que pusiera el ojo en la distribución de los platos y los cubiertos, para que no se mezclaran los destinados a los lácteos con los cárnicos. yo me hacía el desentendido: no era esa mi función. tampoco era un tema de mi interés.
Yo tuve que trabajar para las pascuas-- pesaj de 1998. Uno de mis compañeros, un ruso que vivió muchos años en Australia, tuvo la infeliz idea de hacer emigrar cuando ya era un sesentón.
El me reprendió cuando vio que yo comía pan común que me había convidado un asistente árabe, y no pan ácimo—matzá. No le respondí para no entrar en disquisiciones filosóficas-religiosas.
A la hora de la cena no se pudo juntar el número suficiente de hombres para la oración. Hubo que recurrir a los cristianos libaneses para poder legalizar el circo.
El ruso – australiano--israelí, se dio cuenta tardíamente, que entre los que invocan a dios sobran los hijos de puta: lo despidieron mientras se estaba restableciendo de una apendicetomía.
BNEI BRAK. fundada en 1924 está situada en la periferia sur de tel aviv. forma parte de la zona metropolitana conocida como gush dan.
PETAJ TIKVA. fundada en 1878 se halla en el centro del país y tiene una gran actividad tanto industrial como comercial.
la vida es una fotocopia.
LA MUERTE EN EL INODORO. La Humillación era, como la mayoría de los geriátricos, una verdadera yacija donde se amontonaban ancianos, no tan viejos pero incapaces de movilizarse por sus propios medios; y los que estaban totalmente idos. aquí no se hacían diferencias entre los que pagaban la internación, de aquellos que estaban a cargo de la seguridad social. todos tenían el mismo destrato.
Había una asistente grandota y de una fortalece increíble, la ucraniana era bruta y capaz de matar de una palmada. No sabía una palabra de hebreo. la tenían porque era barata. Su hija estaba muy bien conceptuada. ambas mujeres vivían solas. El marido de la ucraniana no quiso hacer aliá. se divorciaron antes del viaje.
Yo compartía con la ucraniana bruta el cuidado de los ancianos a la hora de las manualidades.
Un día, lo recuerdo como si fuera hoy, una de las mujeres le pidió a mi compañera que la llevara hasta el baño. La sentó en el inodoro y se fue a tomarse su descanso.
En eso, se me dio por mirar en dirección al baño y vi que la silla de ruedas permanecía en el mismo lugar. Disimuladamente me acerqué hasta la entrada del baño .La anciana estaba recostada sobre una de las paredes del beit shimush, que era más largo que ancho. No me hizo falta tomarle el pulso para darme cuenta que estaba muerta.
Yo seguí con mi rutina. Nno estaba para complicarme la vida, menos en un ámbito como éste, donde todo se tapaba con tal de resguardar el negocio.
Ni bien la ucraniana bruta volvió al salón, yo me fui al descanso de treinta minutos.
Uuna hija de la fallecida que no estaba satisfecha con las explicaciones que había recibido sobre la muerte de su madre, empezó a indagar al personal. Todos
habíamos sido instruidos lo que debíamos contestarle. finalmente la mujer se dio por vencida y nunca más se la vio por la humillación.
Recordé al tío que se había muerto sentado en el inodoro de su casa.
En la Humillación se contrataba personal sin tomar en cuenta sus antecedentes, y casi no se observaba su conducta, salvo que cometiera una falta muy grave, o no fuera del agrado del encargado del personal.
Había una moscovita desprendida del rebaño comunista que había llegado al país en 1995. Tenía menos sensibilidad que un guardián de un campo de concentración.
La moscovita insensible tenía treinta años de edad, ojos saltones e inexpresivos y un pasado de bailarina clásica, que ya no se le notaba: se había ensanchado de todos lados. Estaba casada en segundas nupcias con un compatriota suyo, médico de profesión, que estaba revalidando su título para poder ejercer la medicina en israel.
En un principio ella se mostró abierta conmigo y me contó que su primer marido había sido un musulmán con quien no había tenido hijos. ahora tenía una nena.
Su mayor frustración era haberse visto forzada a dejar la danza por una lesión en un pie.
La buena relación entre nosotros, duró muy poco. Ella hacía el segundo turno y un día que yo me había quedado a hacer horas extras, la mandé a pasear con familia y todo cuando vi cómo maltrataba a los ancianos que estaban a su cargo.Era capaz de negarles hasta un vaso de agua. La denuncié a la patronal por abandono de persona.
Yo me fui de la Humillación y ella seguía en el mismo puesto y manteniendo idéntica tesitura. ¿por qué la iban a echar si la mina era barata?
La moscovita insensible se había hecho muy amiga del ambulanciero, un muchacho árabe-- israelí, que estaba casado y tenía tres hijos. Su familia vivía en un kfar cercano a Haifa. La visitaba una vez por mes. El trabajo se lo consiguió un hermano suyo, que era enfermero profesional en un hospital en un hospital de Tel Aviv, Por las tardes cumplía un turno en la Humillación.
Un día corrió el rumor que a la moscovita insensible y al ambulanciero los habían encontraron cogiendo en una de las habitaciones aprovechando la ausencia de sus inquilinos.
Era comprensible: la mina era muy joven y su marido se pasaba todas las semanas fuera de su casa, cumpliendo residencias hospitalarias.
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