Tuesday, January 10, 2023

LOCO POR EL FÚTBOL. (1)


MIS PADRES me agobiaban con sus prevenciones en cuanto al asma. Decían que por correr y transpirar afectaba, aún más, mi salud.
Toda mi energía deportiva se convirtió en un fanatismo por Boca Juniors.
Cuando el equipo ganaba yo sabía que tenía una semana de tranquilidad. La derrota me transformaba en un chico irascible, que no quería ver a nadie, sabiendo que me tenía que bancar las cargadas de los contras.
El jueves 11 de noviembre de 1954, Boca tenía la chance de salir campeón después de una sequía de diez años.
Me fui a la Portería del colegio a escuchar el partido. El equipo de la Ribera sumó otra estrella al ganarle a Tigre, uno a cero, con el gol convertido por el exdelantero de Estudiantes de la Plata, MIGUEL ÁNGEL BAIOCCO (1930-2004).
En el auriazul jugaba mi coterráneo, llamado “El patrón del área”: Juan Carlos Colman (n. 1922 -1999). Y el arquero era el correntino Julio Elías Musimessi (n. 1924-1996), quien también era un destacado chamamecero.
Él popularizó una canción dedicada a los boquenses: “Dale Boca, viva Boca, el cuadrito de mi amor..."
Esa tarde no pude dar la vuelta olímpica porque la regente Inchausti me pilló y me puso en penitencia.
MI PADRE no me dejaba escuchar los partidos de fútbol porque, desde su óptica, menoscaba mi personalidad. Los domingos el barrio era un enorme parlante. Yo trataba de escaparme de casa y pegar mi oído a algún paredón donde alguien tenía su radio puesta a full para escuchar el partido de Boca.
Y si algún fin de semana me iba al campo con la familia no tenía paz hasta no enterarme como habían salido los bosteros.
En la única ocasión que logré eludir el control de Mi Padre fue durante el Mundial de Suiza de 1954. En los horarios de los partidos Aarón estaba trabajando. Y Mi Madre no tenía ganas de discutir ARGENTINA se había quedado en las eliminatorias. Yo cinché por Uruguay que defendía el título después del batacazo del 50’ en el mismísimo estadio Maracaná cuando venció al local, Brasil.
La escuadra Celeste ocupó el tercer lugar. El campeonato lo ganó Alemania reventando a patadas al conjunto húngaro, que era un equipazo al que se lo denominaba “las libélulas blancas.”
Cuando conocí el rostro corrupto del fútbol quise disculparme con Mi Padre, pero ya era demasiado tarde: había fallecido.
El mejor estadio de fútbol de Concordia era el del CLUB LIBERTAD. Su campo de juego estaba camino al Puerto, a metros del Parque de la ciudad. Un par de veces me escapé de casa, para ir a ver un partido por el torneo oficial de primera división.
Yo entraba sin pagar por ser menor de edad. Iba y volvía caminando.
Después tenía que encontrar algún pretexto para justificar mi ausencia.
La única vez que tomé un colectivo me lo pagó Pepe, el rengo de la esquina de casa, un fanático de Independiente de Avellaneda.
A veces me escondía en su garaje para escuchar el juego de los rojos, no lo podía obligar a que cambiara de dial.
La cancha de Libertad fue el escenario de un HECHO INSÓLITO que figura en el libro Guinness de los records. El equipo visitante entró al campo de juego decidido a no jugar en disconformidad con el árbitro designado quien, al parecer, los había bombeado en la fecha anterior. Los jugadores se sentaron en el césped ocupando cada uno de ellos sus respectivos puestos.
Después de cada gol, los delanteros hacían el saque de salida y enseguida todo el plantel se volvía a sentar en el campo de juego. El encuentro—no encuentro, terminó setenta y nueve a cero, a favor de Libertad. Menos mal que el cuestionado juez no dio tiempo de descuento.
Mi relator preferido fue el uruguayo FIORAVANTI (Joaquín Carballo Serantes n. 1911), un maestro de la descripción y del lenguaje, a quien conocí personalmente durante el homenaje que le rindió el Círculo de Periodistas Deportivos de Mar del Plata en 1986.
Mi locura bostera quedó en evidencia ese domingo de agosto de 1959. Yo vivía en una pensión en Mendoza. Dos chilenas, la Tía y su Sobrina, habían venido por asuntos de negocio.
El hijo del dueño de la pensión concertó con las chicas una salida. Ellas querían conocer la ciudad.
Miguel no tenía freno alguno cuando de mujeres se trataba. Me sumó a mí para conformar el cuarteto. Nos fuimos en colectivo hasta el Parque San Martín, uno de los lugares preferidos tanto para los locales como para los visitantes.
Con su cancha para el levante Miguel se apropió de la Tía que tenía treinta y dos años de edad, estaba separada y no tenía hijos. Era flaca y alta, con pocos atractivos físicos. En eso sí, con vasta experiencia en la catrera. Miguel y la Tía se metieron en unos yuyales y se dieron de paraditos nomás.
La Sobrina se calentó con la imaginación. Quiso violarme, yo me negué: no estaba de humor. Me había enterado que San Lorenzo había goleado a Boca. Fue una de las tantas oportunidades que desperdicié para terminar con mi celibato. La piba no ocultó su odio hacia mí tildándome de “macaquero”. Me lo tenía bien merecido.
Mi condición de boquense fanático, me llevó a vivir una experiencia singular. A principios de 1963 estuve un mes en Milán. Y tuve la oportunidad de darme cuenta cuán grande es Boca Juniors.
Yo había llegado esta ciudad para conocer a un primo de Mi Padre. Un mañana, caminando por el centro de la gran ciudad, me llamó la atención ver unos afiches que promocionaban el clásico de la ciudad.
Entré a un bar y le pregunté al camarero dónde podía adquirir una entrada para el Derby. El tipo me miró entre asombrado e incrédulo, como si yo me hubiese descolgado con una rareza. Cuando se dio cuenta de mi acento cocoliche, mezcla de español e italiano, se mostró indulgente.
Me explicó que las entradas ya se habían agotado. La única chance que tenía era caer en manos de los revendedores. No podía: pedían cifras siderales por una popular.
Durante la cena del día sábado le comenté al primo de Mi Padre, que me dolería en el alma perderme el clásico. No hizo falta estrujarme la sesera para darme cuenta que el hombre no cazaba una. No le interesaba el Calcio, igual que a Mi Padre.
El domingo del superclásico le pedí a la hija única del primo de Mi Padre que me indicara cómo llegar hasta el Estadio. Estaba decidido a mandarme una patriada.
Yo estaba en la explanada del San Siro (hoy Giuseppe Meazza), cuando un grito ensordecedor conmovió el cemento hasta sus bases: el Inter había madrugado a su rival. El gol lo había convertido su cannoniere SANDRO MAZZOLA (n. 1942.)
Su padre fue un mítico jugador del Torino. Murió en un accidente aéreo, con el resto del plantel en Superga.
Me habìa perdido un gol, no quería perderme otro. Me entró la desesperación: corrí hacia uno de los puntos de ingreso al estadio. Un portero me preguntó (muy amablemente), qué deseaba. Le dije que quería hablar con alguna autoridad. A los pocos minutos yo estaba ante un señor, impecablemente trajeado, que se identificó como el director del complejo deportivo. No me achiqué, raro en mí: le conté que yo estaba de paso por la ciudad, que era fanático de Boca Juniors, y quería ver el partido, aunque fuera por algunos minutos. Deseaba reencontrarme con exbosteros que ahora militaban en ambos equipos.
No lo podía creer cuando el funcionario municipal me autorizó a pasar con la condición que me fuera, una vez terminado el primer tiempo porque estaba prohibido permanecer de pie. Las gradas estaban todas completas.
Al buen hombre le fallé: me quedé hasta la finalización del partido.
No festejé el empate del Milán porque yo quería que ganara la escuadra que conducía el argentino HELENIO HERRERA (n. 1910), quien se había hecho famoso por crear un sistema defensivo, conocido como “El cerrojo-- catenaccio.”
En la escuadra interista jugaban Humberto Maschio (ex Rácing n. 1933), y Antonio Angelillo (ex Boca n. 1937). Una de las figuras del Inter era un español: Luis Suarez (n. 1935), quien durante una década participó de los mayores halagos futbolísticos de la institución.
Entre los milanistas estaban dos exboquenses: el brasileño DINO SANI (autor del gol del empate n. 1932) y el peruano Víctor Benítez Morales (n. 1932.)
Su figura estelar era Gianni Rivera (n. 1943), conocido como el “Bambino de oro.”
Abandoné el estadio sin sentir culpa y enormemente feliz.
Llegué a la casa del primo de Mi Padre justo a tiempo para cenar. Conté una y mil veces cómo había logrado entrar al estadio y el espectáculo que había presenciado. Los habitantes de la casa no comprendían por qué tanto alboroto de mi parte si sólo se trataba de un partido de fútbol.

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