MI VIDA Y SUS INFIERNOS.
MIS ÚLTIMAS FRUSTRACIONES. Regresé a Tierra Santa con renovadas ilusiones. A poco de andar me di cuenta que el país había cambiado. El Gobierno estaba dedicado enteramente a la absorción del millón y medio de personas proveniente de la EXCORTINA DE HIERRO. Era gente que había crecido en medio de la CORRUPCIÓN, LA PROSTITUCIÓN, EL TRÁFICO DE DROGAS y otras lacras heredadas de ese comunismo agonizante.
Había una enorme cantidad de matrimonios mixtos y también de truchimanes (CRISTIANOS COLADOS), que se las habían ingeniado para recibir los mismos beneficios que cualquier inmigrante.
Esta corriente inmigratoria no tenía ideales. Nada que ver con aquellos rusos que llegaron en los años setenta, gente que pensaba en Israel como la cuna de sus ancestros y no como una alternativa por no poder emigrar a los EEUU.
Los excomunistas de origen hebreo reforzaron a la derecha israelí. Y se hicieron sentir en cada elección. Este proceso se asemejaba los gusanos cubanos, aquellos que Fidel Castro liberó para que pudrieran a la sociedad norteamericana.
“La CIA llamó ‘gusanos’ a sus servidores en Cuba.”
Cuando aterricé Mi Hijo, el menor, me estaba esperando. En el coche de un amigo me llevó hasta el mono ambiente, que Mi Hermano Menor tenía en Bat Yam--Hija del mar, (fundada en 1926). Me adueñé de la pequeña habitación aprovechando que su inquilino se pasaba la mayor parte del año en la casa de su amiga argentina que vivía en Eilat.
Hurgando unas cajas que estaban amontonadas en el único ropero que había en la habitación, encontré una parva de facturas impagas de varios años. La deuda que en un principio eran grushim (monedas) se habían transformado en cientos de schekalim, imposibles de pagar, salvo que el deudor fuera amnistiado, o se decidiera a trabajar.
Como Mi Hermano no movía un dedo le empezaron a llover las amenazas de desalojo. Perdió la pieza en el año 2001.
Mi Hermano, eL MEDIANO, como corresponde a un selfish (egoísta) genéticamente perfeccionado, no se dio por enterado de mi llegada. Como siempre le aterraba la sola idea de que yo le pidiera ayuda.
Yo tenía que empezar a trabajar, juntar el dinero suficiente como para alquilar una vivienda medianamente digna en una zona que fuera cercana a Tel Aviv, para que Mi Mujer y yo pudiéramos conseguir un empleo en algunos de los hospitales que había en la zona. Mi Mujer tenía previsto llegar en unos seis meses, para setiembre de 1997.
Del poco dinero que había traído, una gran parte lo invertí en traducir nuestros títulos de Enfermeros Profesionales. Además, Mi Mujer tenía el de Técnica de Hemoterapia.
Sin el aval del Ministerio de Salud, era imposible que a uno lo tomaran tanto fuera en una repartición pública como en la actividad privada.
Los únicos diplomados que estaban libres de rendir equivalencias eran los provenientes de países anglosajones y los recibidos en la Cruz Roja Internacional.
En el Ministerio de Salud la prioridad la tenían los inmigrantes provenientes de la exUnión Soviética, a quienes había que darles trabajo. Desocupados eran un peligro. Además, había que controlarles sus documentaciones dado que muchas eran apócrifas.
Nuestros papers se durmieron en alguna gaveta y nadie se molestó en hacerla circular.
En el mes de marzo de 1998 Mi Mujer, por el temor de quedarse sin el pan y sin la torta, regresó a Mar del Plata. Había pedido un año sin goce de sueldo y no era cuestión de tirar doce años a la basura.
Mis primeros meses fueron duros. Ya no estaba el Estado benefactor para que me pudiera socorrer. Busqué trabajo en los clasificados de los diarios. No calificaba
para ninguno que exigiera un título. Y el único que tenía no lo podía utilizar.
Estaba sacando mi nueva cédula de identidad, cuando un hombre, con quién me había puesto a conversar, me dio la dirección de una oficina subvencionada por el
Estado que se encargaba de buscarle trabajo a los inmigrantes rusos, pero que no era algo determinante. Decidí presentarme. Seguramente había lugares donde no se necesitaban demasiados pergaminos. ![]()
Al día siguiente, bien temprano, viajé de Bat Yam a Tel Aviv. Caminé dos cuadras hasta dar con la dirección indicada. Me recibió una mujer regordeta. Me di cuenta que era rusa por su pronunciación y porque de su boca se desprendía un fuerte olor a cebollaLa oficina carecía de un mobiliario acorde a lo que se suponía era la actividad que desarrollaba. Había una mesa vieja, dos sillas, una computadora del año del jopo, y un estante amurado a la pared, con un par de carpetas sin membretes.
EL FARDO CON PATAs me invitó a sentarme. Ella corrió su panza para poder abrir un cajoncillo. De él sacó un montón de papeles todos arrugados. Me leyó los trabajos que tenía disponibles: en una azucarera, en un estacionamiento subterráneo y en la conserjería de un hotel.
Consulté con mi asma: lo más conveniente era el cargo de conserje. Enseguida la mujer me hizo llenar una serie de formularios, que yo los firmé sin molestarme en leerlos. De las buenas intenciones uno no debe dudar. Me entregó la nota de recomendación dirigida al hotel. Por el nombre del establecimiento me di cuenta que era de categoría.
Al Fardo con Patas le agradecí su gestión. Pero cuando estaba por irme me dijo que esto no era gratis: yo le tenía que dar un pedazo de mis tres primeros sueldos. Me quedé sin reacción, después reflexioné con la lógica de quien ya tiene muchos almanaques encima. Entonces le pedí que me devolviera los papeles que yo le había firmado. Y sin saludarla, me fui dando un golpe a la puerta como para hacerle saber de mi indignación.
La vida es una fotocopia.
En el año y medio que estuve viviendo en Israel supe cómo se manejaba el gobierno derechista de Benjamín BIBI NETANYAHU (n. 1949), quien tenía las mismas ínfulas que el argentino Carlos Menem: tanto por sus promesas incumplidas como por sus extravagancias.
El sudaca le había pateado el trasero a su mujer. El israelí estaba casado con una exazafata, quien había tomado tanto vuelo que al inútil de su marido lo manejaba
como si fuera su valet.
Fue muy comentado el día que Bibi se disculpó públicamente de haberle metido los cuernos a su mujer. Por supuesto que ella lo perdonó: no se iba a perder el conchabo de ser la mujer de un Primer Ministro.
El periodismo una vez escrachó a Netanyahu yendo al cine con setenta guardaespaldas.
En otra ocasión descubrió que la dulce Sarita tenía sesenta pares de zapatos.
La esposa de Bibi fue acusada de déspota, de explotar y de humillar a una antigua ama de llaves.
Los israelíes siguieron votando por Netanyahu. Los exrusos y el sector religioso que no quieren perder sus prebendas.
EN EL MUNDO DE LOS GERONTES. En el año 1997 La Geriatría era un gran negocio en Israel. Y lo siguirá siendo. Muchas familias internaban a sus mayores porque éstos habían perdido su autonomía convirtiéndose en una carga o porque no querían ocuparse de ellos. Me gané mis primeros schekalim trabajando en este universo inhóspito.
Me anoté en una empresa internacional que, entre otras cosas, se encargaba de ubicar a asistentes en casas de familias.
En Manpower no importaban los antecedentes del postulante. A la empresa solo le interesaba el negocio, que fuera bien redondo, ya que se quedaba con la mayor tajada de lo que pagaba la familia del asistido o en su defecto, la Seguridad Social.
Eilat. El pasado de esta zona costera puede remontarse hasta el reinado de Salomón, quien en el siglo X adC., fundó el puerto de Esyon-Geber en la costa del mar Rojo para comerciar con los países de Ofir y Saba, tal como narra la Biblia.
Mi primer paciente fue un hombre que padecía el Mal de Parkinson, trastorno neurológico que se da principalmente en personas de avanzada edad, y se caracteriza por una lentitud en los movimientos voluntarios, debilidad y rigidez muscular y temblor rítmico de los miembros.
Yo iba solamente por cuatro horas en horario vespertino de domingo a jueves.
A mi paciente lo liberaba de su silla de ruedas y lo ayudaba a caminar por el amplio salón de su casa para que pudiera desentumecer sus débiles piernas, Le conversaba para darle ánimo. Por momentos daba la sensación que me entendía. A las siete de la tarde le daba la cena y dos veces por semana lo bañaba. ![]()
EL HOMBRE DEL PARKINSON, en sus años útiles, había sido un excelente carpintero. Ganaba muy bien y así fue como se construyó la mansión que habitaba en una de las zonas más caras de Tel Aviv.
El Carpintero tenía lindas facciones. En cambio su esposa era una petaca de mal carácter que maltrataba a su marido, como si su intención fuera que se muriera pronto. Quizá se estaba vengando de algún acto de infidelidad que ella no podía olvidar.
El Carpintero estaba feliz conmigo. Él me esperaba ansioso, se le notaba en sus ojos cuando me veía llegar.
Un día le tuve que parar el carro a La Petaca porque empezó a exigirme cosas que no estaban incluidas en mi función específica. Le tomé más bronca cuando
supe que era rumana. Ya me tenían harto, los propios y ajenos. Se me habían amontonado en mi vida y no sabía cómo sacármelos de encima
En esa casa vivía un hijo solterón, gran consumidor de bebidas colas. Esto justificaba el tamaño de su panza. Había estudiado de todo y recibido de nada. Cuando lo conocí practicaba la holgazanería.
El día que le dije al Hombre del Parkinson que no lo iba a seguir atendiendo se puso a llorar. La noticia lo había agarrado en un momento de plena lucidez.
Lo que ganaba no me alcanzaba para nada. Mientras atendía al carpintero, me anoté en otra empresa como para tener la mañana ocupada.
Me dieron para atender a un paciente que estaba en la fase terminal de un Alzheimer. Esta enfermedad produce una atrofia cerebral difusa, asociada generalmente con demencia, que se presenta de ordinario en la edad senil.
Me era duro verlo sufrir ¡Qué gran solución fue para él la muerte.
! Vaya suerte la mía!: también esta familia era rumana. La esposa del enfermo era una reliquia de maldad. Me trataba como si yo fuera culpable que su esposo se estuviera muriendo.
Una nuera cada vez que venía a visitar a su suegro me elogiaba de lo bien que yo lo atendía. Más de una vez me preguntó cómo hacía para soportar a la arpía.
A Mi paciente alcancé atenderlo un mes y medio. Y partió.
Yo sabía que los geriátricos siempre estaban necesitados de personal. No era una tarea fácil, la paga era mezquina y el recambio permanente. La ventaja que no había que estar pendiente de la vida de un paciente, para poder cobrar el sueldo. En un diario pesqué el aviso de un beit abot, que hacía un mes que se había inaugurado. Llamé por teléfono y la persona que me atendió me dijo que me presentara al día siguiente. Me dio la dirección. Desde Bat Yam tenía unos cuarenta y cinco minutos de ida.
La institución se hacía cargo de la seguridad social del trabajador y le pagaba el ochenta por ciento del precio del boleto mensual del colectivo y nada más.
Para tener un salario medianamente aceptable había que meter horas extras a lo pavote.
A mí se me asignó el segundo piso donde vivían los pacientes que eran lúcidos
pero estaban imposibilitados de caminar. Los movilizábamos en sus sillas de ruedas.
EL GERIÁTRICO LA HUMILLACIÓN, era un edificio de tres pisos. Estaba ubicado en el corazón de la comunidad religiosa de Bnei Brak, entre Ramat Gan y Petaj Tikva. En cada habitación había más camas de las permitidas por el Ministerio de Salud. El dueño sabía cómo infringir las leyes.
En cada piso había una pequeña cocina donde se preparaba el té, el café con leche y los jugos. Y en la heladera se guardaban las gelatinas que se servían a media mañana y después de la siesta.
Los asistentes debíamos lavar las vajillas. Los platos y los cubiertos estaban separados entre aquellos que eran utilizados para los alimentos lácteos de los cárnicos. Me acordaba la casa del rabino mendocino.
La cocina donde se elaboraban los alimentos estaba en el subsuelo. Era moderna, toda de acero inoxidable. La cocinera era una israelí y sus ayudantes eran árabes—israelíes.
Los distintos alimentos del menú diario eran transportados a los pisos en unos carros eléctricos utilizando uno de los dos ascensores que tenía el edificio. Las ollas térmicas estaban metidas en una fuente de agua caliente para que los comensales recibieran la comida a una temperatura ideal.
Al principio la comida tenía calidad y cantidad. Después, no fue ni una cosa ni la otra. La gente se quedaba con hambre. Los familiares no podían hacer nada para mejorar la situación. La patronal no los escuchaba. Y el único camino que les quedaba era llevarlos a otro geriátrico. No era para nada fácil llevar a los ancianos de un sitio a otro. Había peores lugares que La Humillación.
Casi todos los geriátricos tenían sus plazas cubiertas. Cama que se desocupaba había otro cuerpo que se acostaba.
El dueño de La Humillación era un tipo joven, descendiente de iraquíes. Se hizo rico cuando se ganó la lotería— el Mifal a pais. Su padre, que era maestro mayor de obras, le construyó el edificio.
No necesité mucho tiempo para darme cuenta que el iraquí era un mal bicho, un falso consagrado. Todas las mañanas rezaba en su oficina. Dejaba la puerta entreabierta para que todos los asistentes viéramos cómo se reconciliaba con Dios, para que no lo castigara por explotar al personal, por mezquinarles la comida a los abuelos y por mentirles a los familiares sobre las bondades de La Humillación.
Cuando se inauguró el geriátrico tenía salas de hidromasajes. A la semana las quitaron para transformarlas en dormitorios. Primaba la rentabilidad por sobre el confort. Hasta se llegó al extremo de convertir los refugios en habitaciones, cuando debían permanecer desocupados y acondicionados en caso de una confrontación bélica.
EL DUEÑO DE LA HUMILLACIÓN tenía untado a algunos de los inspectores del Ministerio de Salud, quienes le avisaban cuando iba a producirse una inspección.
Entonces el personal se encargaba de poner la casa en orden: las camas que estaban demás las escondíamos en un depósito; se modificaba la planilla del personal aumentando su número para que se ajustara a lo era exigido por ley. En la lista de los trabajadores figuraban los que habían renunciado y algunos que nunca habían estado con nosotros.
No sé de dónde sacaban esos nombres y sus documentos respectivos. La maniobra tenía un gran parecido a los padrones electorales argentinos.
En el turno matutino éramos cuatro los asistentes por piso. Dos en cada ala. De tarde podían ser tres, a veces dos; y de noche uno y una enfermera para todos los pisos.
Yo cumplía el horario de seis a catorce. En mi grupo había una israelí y el resto eran filipinos, todos ellos buena gente. A los asiáticos yo les hablaba en inglés.
RAQUEL HABLABA LADINO. Era una flaca escopeta: la comían los nervios. Se bajaba dos atados de Time por día. Había enviudado siendo muy joven. Su marido fue atropellado por un auto cuando cruzaba la calle.
Tenía un hijo que a los dieciséis años ya gozaba de un vasto prontuario por gresca y hurto. Más de una vez en plena madrugada tuvo que ir a sacarlo de la comisaría. El pibe no estudiaba y tampoco trabajaba. La pobre madre le bancaba la vagancia.
Raquel se había echado un amante. Era un empleado jerárquico de la empresa láctea Tnuva, propiedad de la CGT.
Un día ella se cansó de garchar en la clandestinidad y de sus falsas promesas, y lo despachó.
Raquel era veterana en este tipo de trabajos. Me fue de mucha ayuda.
Todas las mañanas me esperaba en la parada del colectivo donde yo descendía para tomar la combinación que nos dejaba en la puerta del laburo.
Fuimos un buen tándem, y mejores amigos.
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