Friday, September 10, 2021

NO SOY FAMOSO PERO TENGO ALGO QUE DECIR 50)

MI  VIDA Y SUS INFIERNOS.


MIS  ÚLTIMAS  FRUSTRACIONES. Regresé  a Tierra Santa con  renovadas   ilusiones.  A poco de andar  me di cuenta que el país había cambiado.  El Gobierno estaba dedicado enteramente a la absorción del millón y medio de personas proveniente de la EXCORTINA DE HIERRO. Era gente que había crecido en medio de la CORRUPCIÓN,   LA PROSTITUCIÓN,  EL   TRÁFICO  DE DROGAS y    otras lacras heredadas de ese comunismo agonizante.

Había  una enorme  cantidad de matrimonios mixtos y también de  truchimanes (CRISTIANOS COLADOS), que se las habían ingeniado  para   recibir los mismos  beneficios  que cualquier inmigrante.    

Esta corriente inmigratoria no tenía ideales. Nada que ver con aquellos rusos que llegaron en los años setenta,  gente que pensaba en   Israel como la cuna de sus ancestros y no como una alternativa por no poder emigrar a los EEUU.

Los excomunistas de origen hebreo reforzaron a la derecha israelí. Y se hicieron sentir en cada elección.  Este proceso se asemejaba  los gusanos cubanos, aquellos que Fidel Castro  liberó   para que pudrieran a la sociedad norteamericana.

“La CIA llamó ‘gusanos’ a sus servidores en Cuba.”

Cuando aterricé   Mi Hijo, el menor,  me estaba esperando.  En el coche de un amigo me llevó hasta el mono ambiente, que Mi  Hermano Menor tenía  en Bat Yam--Hija del mar, (fundada en 1926). Me adueñé de la pequeña habitación aprovechando que su inquilino se pasaba la mayor parte del año en la casa de su amiga argentina que vivía en Eilat.

Hurgando  unas cajas que estaban amontonadas en el único ropero que había en  la habitación, encontré una parva de facturas impagas de varios años. La deuda que en un principio eran  grushim (monedas) se habían transformado en cientos de  schekalim, imposibles de pagar, salvo que el deudor  fuera amnistiado, o se decidiera a trabajar.  

Como  Mi Hermano  no movía un dedo  le  empezaron a llover  las  amenazas de desalojo.  Perdió la pieza  en el año 2001.      

Mi Hermano, eL MEDIANO,  como corresponde a un selfish (egoísta) genéticamente perfeccionado, no se dio por enterado de mi llegada. Como siempre le aterraba  la  sola idea de que yo le pidiera  ayuda.

Yo tenía que empezar a trabajar, juntar  el  dinero suficiente como para alquilar una vivienda medianamente digna  en una  zona que fuera cercana a  Tel Aviv, para que Mi Mujer y yo pudiéramos  conseguir  un empleo en algunos de los  hospitales que había en la zona.   Mi Mujer tenía previsto llegar  en unos seis meses, para setiembre de 1997.

Del poco dinero que había traído, una gran parte  lo invertí en traducir  nuestros  títulos de Enfermeros  Profesionales.  Además,   Mi Mujer tenía el de Técnica de Hemoterapia.

Sin   el aval del Ministerio de Salud,  era imposible que a uno lo  tomaran tanto fuera en una repartición pública como en la actividad  privada.

Los únicos diplomados que estaban libres de rendir equivalencias  eran los provenientes  de  países    anglosajones y  los recibidos en la Cruz Roja Internacional.

 En el Ministerio de Salud la prioridad la tenían los inmigrantes provenientes de la  exUnión Soviética,  a quienes había que darles  trabajo. Desocupados eran un peligro. Además,  había que controlarles sus documentaciones dado que muchas   eran apócrifas.

Nuestros papers se durmieron en alguna gaveta  y nadie se molestó  en hacerla circular.         

En el mes de marzo de 1998  Mi Mujer,  por el  temor de  quedarse sin el pan y sin la torta,  regresó a Mar del Plata. Había pedido un año sin goce de sueldo y no era cuestión  de tirar doce años a la basura.

Mis primeros meses fueron    duros. Ya no estaba el Estado benefactor  para que me pudiera socorrer. Busqué  trabajo en los clasificados de los diarios. No calificaba

para ninguno que exigiera un título. Y el único que tenía no lo podía utilizar.    

Estaba sacando mi nueva cédula de identidad, cuando un hombre, con quién me había puesto a conversar, me dio la dirección de una oficina subvencionada por el

Estado que se encargaba de buscarle trabajo a los inmigrantes rusos, pero que no era algo determinante.  Decidí presentarme. Seguramente había lugares   donde  no se necesitaban demasiados pergaminos.  

Al día siguiente, bien temprano, viajé de Bat Yam a Tel Aviv. Caminé dos cuadras hasta dar con la dirección indicada. Me recibió una mujer regordeta. Me di cuenta que era rusa por su pronunciación y porque de  su boca se desprendía un fuerte olor a cebollaLa  oficina carecía de un mobiliario acorde a lo que se suponía era la actividad que desarrollaba. Había una mesa vieja, dos sillas,  una computadora del año del jopo, y un estante amurado a la pared, con un par de carpetas sin membretes.

EL FARDO  CON PATAs  me invitó a sentarme. Ella corrió su panza para poder  abrir un  cajoncillo. De él sacó un montón de papeles todos arrugados. Me leyó los trabajos que tenía disponibles: en una azucarera, en un estacionamiento subterráneo y en la conserjería de un hotel.

Consulté con mi  asma: lo  más conveniente era el cargo de conserje.   Enseguida la mujer me hizo llenar una serie de formularios, que yo los firmé  sin molestarme en leerlos. De las buenas intenciones uno no debe dudar. Me entregó la nota de recomendación dirigida al  hotel.   Por el nombre del establecimiento me di cuenta que era de categoría.  

Al  Fardo con Patas le agradecí su gestión.  Pero cuando estaba por irme  me dijo que esto no era gratis: yo le tenía que dar  un  pedazo de mis tres primeros sueldos. Me quedé sin reacción, después reflexioné con la lógica de quien ya tiene muchos almanaques encima. Entonces  le pedí que me devolviera  los papeles que yo le había firmado. Y sin saludarla, me fui dando  un golpe a la puerta como para hacerle saber de mi indignación.

La vida es una fotocopia.

En  el año y medio que estuve viviendo  en Israel  supe cómo se manejaba el gobierno derechista de Benjamín BIBI NETANYAHU (n. 1949), quien  tenía las mismas ínfulas que el argentino Carlos Menem:   tanto por sus promesas incumplidas como por sus extravagancias.

El sudaca le había pateado el trasero a su mujer.  El israelí estaba casado con una exazafata, quien  había tomado tanto vuelo que al  inútil de su marido  lo manejaba   

como si fuera su valet.

 Fue muy comentado el día que  Bibi se disculpó públicamente de haberle metido los cuernos a  su mujer. Por supuesto que ella lo perdonó: no se iba a perder el conchabo de ser la mujer de un  Primer Ministro.

El periodismo una vez escrachó a Netanyahu  yendo al cine con setenta guardaespaldas.

 En otra ocasión descubrió que la dulce Sarita   tenía sesenta pares de zapatos.  

La esposa de Bibi fue   acusada de déspota, de explotar y de humillar a una antigua ama de llaves.

Los israelíes siguieron votando por Netanyahu. Los exrusos y el sector religioso que no quieren perder sus prebendas.

EN EL MUNDO DE LOS GERONTES.  En  el año  1997  La Geriatría  era  un  gran negocio en Israel.  Y  lo siguirá siendo. Muchas familias internaban a sus mayores porque éstos  habían perdido su autonomía convirtiéndose  en una carga o porque no querían ocuparse de ellos.    Me gané   mis primeros  schekalim  trabajando en este universo inhóspito.

Me anoté en  una empresa internacional que, entre otras cosas, se encargaba de ubicar a asistentes en casas  de familias.   

En Manpower  no importaban  los antecedentes del postulante.  A  la empresa solo le  interesaba el negocio, que fuera bien redondo,  ya que se quedaba con la mayor tajada de lo  que pagaba la familia del asistido o en su defecto, la Seguridad Social.

Eilat. El    pasado de esta zona costera puede remontarse hasta el reinado de Salomón, quien en el siglo X adC., fundó el puerto de Esyon-Geber en la costa del mar Rojo para comerciar con los países de Ofir y Saba, tal como narra la Biblia.   

Mi primer paciente fue  un hombre que padecía  el Mal de Parkinson, trastorno neurológico  que se da principalmente en personas de avanzada edad, y se  caracteriza por una  lentitud en  los movimientos voluntarios, debilidad y rigidez muscular y temblor rítmico de los miembros.

Yo iba solamente por  cuatro horas en horario vespertino  de domingo a jueves.

A  mi paciente lo liberaba de su silla de ruedas y lo  ayudaba a caminar por el  amplio  salón de su casa para que pudiera   desentumecer sus débiles piernas,  Le conversaba para darle ánimo. Por momentos   daba la sensación que me entendía. A las siete de la tarde le daba la cena y dos  veces por semana lo bañaba.

EL HOMBRE DEL PARKINSON, en sus años útiles, había sido un excelente carpintero. Ganaba muy bien y así fue como se construyó la mansión que habitaba en una de las zonas más caras de Tel Aviv.  

El Carpintero tenía lindas facciones. En cambio su esposa era una petaca  de mal carácter que maltrataba a su marido, como si su intención fuera que se  muriera  pronto. Quizá  se estaba vengando de algún acto de infidelidad  que ella no   podía  olvidar.

El  Carpintero estaba feliz conmigo.   Él me esperaba ansioso, se le  notaba en sus ojos cuando me veía llegar.        

 Un día le tuve que parar el carro a La Petaca  porque empezó a exigirme  cosas que no estaban incluidas en mi función específica.  Le tomé más bronca cuando

supe que era rumana. Ya me tenían harto, los propios y ajenos. Se me habían amontonado en mi vida y no sabía cómo sacármelos de encima

En esa casa  vivía    un hijo solterón, gran consumidor de bebidas colas.  Esto justificaba el tamaño de su panza. Había estudiado de todo y recibido de nada. Cuando lo conocí  practicaba la holgazanería.

El día que le dije al  Hombre del Parkinson  que no lo  iba a seguir atendiendo se puso a llorar. La noticia lo había agarrado en un momento de plena  lucidez.

Lo que ganaba no me alcanzaba para nada. Mientras atendía al carpintero, me anoté en otra empresa como para tener la mañana ocupada.

 Me dieron para atender a un paciente que estaba en la  fase terminal de un Alzheimer. Esta  enfermedad produce  una  atrofia cerebral difusa, asociada generalmente con demencia, que se presenta de ordinario en la edad senil.

Me era duro verlo sufrir ¡Qué gran solución fue para él la muerte.

! Vaya suerte la mía!: también esta familia era   rumana. La  esposa del enfermo era  una reliquia de maldad. Me trataba como si yo fuera culpable que su esposo se estuviera muriendo.   

Una   nuera  cada vez que venía a visitar a su suegro me elogiaba  de lo bien que yo  lo atendía. Más de una vez me preguntó cómo hacía para soportar a la arpía.

A Mi paciente alcancé atenderlo un mes y medio. Y partió.  

Yo sabía que los  geriátricos siempre estaban necesitados de  personal. No era una tarea fácil, la paga era mezquina y el recambio permanente. La ventaja que  no había que estar  pendiente de la vida de un  paciente, para poder cobrar el sueldo. En un diario pesqué  el  aviso de un beit abot, que  hacía un mes que se había inaugurado.  Llamé por teléfono y la persona que me atendió me dijo que me presentara al día siguiente. Me dio la dirección. Desde Bat Yam  tenía unos cuarenta y cinco minutos  de ida.

La institución se hacía cargo de   la seguridad social  del trabajador y le pagaba el ochenta  por  ciento del precio del  boleto mensual del colectivo y nada más.  

Para tener un salario medianamente  aceptable había que  meter horas extras a lo pavote.  

A mí se me asignó el segundo piso donde vivían los pacientes que eran  lúcidos   

pero estaban  imposibilitados de caminar.  Los movilizábamos  en sus sillas de ruedas.         

EL  GERIÁTRICO LA HUMILLACIÓN, era un edificio de tres pisos.  Estaba ubicado en el corazón de la  comunidad religiosa de Bnei Brak, entre Ramat Gan y Petaj Tikva.   En cada habitación había más camas de  las permitidas por el Ministerio de Salud. El dueño  sabía cómo infringir las leyes.

 En cada piso había  una pequeña cocina donde se preparaba  el té, el café con leche y los jugos. Y en la heladera se guardaban  las gelatinas  que se servían a media mañana y después de   la siesta.

Los asistentes debíamos  lavar  las vajillas. Los platos y  los cubiertos estaban  separados entre aquellos que eran utilizados para los alimentos   lácteos de  los cárnicos.  Me acordaba   la casa del rabino mendocino.

La cocina donde se elaboraban los alimentos   estaba en el subsuelo. Era moderna, toda de acero inoxidable. La cocinera era una  israelí y sus ayudantes eran árabes—israelíes.  

Los  distintos alimentos del menú diario eran transportados a los pisos en  unos carros eléctricos utilizando  uno de los dos ascensores  que tenía el edificio. Las ollas térmicas estaban metidas en una fuente de agua caliente para que los comensales recibieran la comida  a una temperatura ideal.

Al principio la comida  tenía  calidad  y cantidad. Después,   no fue ni una cosa ni la otra.    La gente se quedaba con hambre. Los familiares no podían hacer nada para mejorar la situación. La patronal no los escuchaba. Y el único camino que les  quedaba era llevarlos a otro geriátrico.  No era para nada fácil  llevar a los ancianos  de un sitio a otro.  Había   peores lugares que La Humillación.

Casi todos los geriátricos tenían sus plazas cubiertas. Cama que se desocupaba había otro cuerpo que se acostaba.

El dueño de La Humillación  era un tipo joven, descendiente de iraquíes. Se hizo rico cuando  se ganó la lotería— el Mifal a pais.  Su padre, que era maestro mayor de obras,  le construyó el edificio.

No necesité mucho tiempo para darme cuenta que el iraquí era un mal bicho, un falso consagrado. Todas las mañanas rezaba en su oficina. Dejaba la puerta entreabierta para que todos los asistentes viéramos cómo se reconciliaba con Dios, para  que  no lo castigara  por explotar al personal, por mezquinarles la comida a los abuelos  y por mentirles a los familiares  sobre las bondades de La Humillación.

Cuando se inauguró el geriátrico  tenía    salas  de hidromasajes. A la semana las quitaron  para transformarlas en  dormitorios. Primaba la rentabilidad por sobre el  confort. Hasta se llegó al extremo de convertir    los refugios en habitaciones, cuando debían permanecer desocupados  y acondicionados en caso  de una confrontación bélica.

EL DUEÑO DE LA HUMILLACIÓN  tenía untado  a algunos de  los inspectores del Ministerio de Salud, quienes le avisaban cuando iba a producirse  una inspección.    

Entonces el personal se encargaba  de poner la casa en orden: las camas que estaban demás  las escondíamos en un depósito;  se modificaba la planilla del  personal  aumentando   su número para que se ajustara a lo era exigido por ley. En la lista de los trabajadores figuraban los que habían renunciado y algunos que nunca habían  estado con nosotros.

No sé de dónde sacaban  esos nombres y sus documentos respectivos.  La maniobra tenía un gran parecido a los padrones electorales argentinos.

En el turno matutino éramos  cuatro los asistentes por piso. Dos en cada ala. De tarde podían ser tres, a veces dos; y de noche uno y una  enfermera para todos los pisos.

Yo cumplía el horario de seis a catorce. En mi grupo había una   israelí y el resto eran filipinos, todos ellos buena gente. A los asiáticos yo les hablaba en inglés.

RAQUEL HABLABA LADINO.  Era una flaca escopeta: la comían  los  nervios.  Se bajaba dos atados de Time por día.  Había enviudado siendo  muy joven. Su marido  fue  atropellado por un auto cuando cruzaba la calle.

Tenía un hijo  que a  los dieciséis años  ya gozaba de un vasto  prontuario  por gresca y hurto.  Más de una vez en plena madrugada tuvo   que ir a sacarlo de la comisaría. El pibe no  estudiaba y tampoco  trabajaba. La pobre madre le bancaba la vagancia.     

Raquel se había echado un  amante. Era un empleado jerárquico de la empresa  láctea  Tnuva,   propiedad de la CGT.

Un día ella se cansó de  garchar en la clandestinidad  y de sus  falsas promesas, y  lo despachó.  

Raquel era veterana en este tipo de trabajos. Me fue de mucha ayuda.

Todas las mañanas   me esperaba  en la parada del colectivo donde yo descendía para tomar  la combinación  que nos dejaba en la puerta del laburo.  

Fuimos un buen tándem, y  mejores amigos.

 

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