MI VIDA Y SUS INFIERNOS
Todas las semanas MI BOSS y yo viajábamos
a Beer Sheva para realizar las compras para las distintas áreas de la
Comuna. Cuando los pedidos eran de poca
importancia yo viajaba solo en una camioneta
Susita, de fabricación israelí.
Dos
veces por semana, en horas de la tarde, yo me
encargaba de la limpieza de un
depósito que estaba en un terreno
municipal.
La construcción era de
asbestos, un material considerado
altamente cancerígeno.
El polvo
que se acumulaba en los estantes me dificultaba la respiración, aunque no llegaba al punto de sufrir
ataques. Arad tiene un clima altamente
recomendable para el asmático.
En el depósito me tenía que cuidar de
los alacranes amarillos cuyas picaduras
resultan mortales.
En este mismo terreno tenía su espacio el Departamento de Higiene. Aquí se traían a los perros callejeros para matarlos.
Se les aplicaba una inyección letal. A
los más grandes, primero se los adormecía y después se los liquidaba.
También
había un cobertizo donde se guardaba el único coche fúnebre que tenía Arad.
Su chofer, oriundo del Yemen, se lamentaba
cuando le faltaban los muertos. Además
del sueldo tenía comisión por cada traslado.
Yo
nunca fui lo que se dice un tipo piola.
Sin embargo, me di cuenta que en mi trabajo
había una tormenta en ciernes.
RENUNCIÉ para no estar
involucrado en los tejes y manejes de mi
jefe.
Lo echaron por pedir
coima a un empresario que era amigo del intendente.
Su mujer no lo acompañó en su huida. Ella se juntó con el responsable de las luminarias
quien, a su vez, dejó un matrimonio de
casi treinta años de convivencia.
A mí me sustituyó un joven beduino, hijo
de uno de los jefes tribales de la zona.
Había hecho el servicio militar y gozaba
de los mismos derechos de cualquier israelí.
EL BEDUINO era un pibe bárbaro. Tenía un solo problema: tenía que ahorrar para poder comprarse una esposa. Mientras
tanto se sacaba las ganas con las israelíes Como sucesor natural de su padre no
podía esposar a ninguna que no fuera una
mujer de su pueblo.
Yo
desdeñaba relacionarme CON ARGENTINOS que
habían venido a Israel cagados de hambre y que al poco tiempo
añoraban el mate, el dulce de leche y el
tango, cuando no habían visto una bombilla ni siquiera en foto, o no sabían
quién era Gardel. Y no ponían el menor empeño en aprender el idioma. Y cuando se
reunían era para sacarse el cuero.
Una sola vez concurrí a una actividad para ver el film BOQUITAS PINTADAS (del año
1974), dirigida por Leopoldo Torre
Nilsson, en una adaptación de la obra del escritor Manuel Puig (n. 1932.)
Mi siguiente
trabajo fue en una oficina contable propiedad de un rumano. Con este hombre tampoco la tuve fácil:
era un
ludópata incurable. Se rajaba a
Tel Aviv para tirarse la plata en las mesas de póker. Podía pasarse una semana fuera de su casa.
El Ludópata era un tipo con mucha
experiencia en el manejo de las cuentas
ajenas, a pesar de no tener un título habilitante. Los balances los firmaba un
contador amigo suyo.
Me dio el trabajo porque
le dije que estaba terminando el segundo curso de Técnico Contable, y a pesar
de no tenía ninguna experiencia en este
laburo.
EL RUMANO tenía cincuenta años, alto cabello blanco, ojos grises, físicamente bien
puesto y con mucho carisma. Eso sí: fumaba
un cigarrillo tras otro.
Su esposa lo complacía en todo y perdonaba
sus traiciones. Le agradecía el haberse casado con ella. Era gorda y deforme. Iba camino a ser un hombre
cuando la naturaleza se arrepintió. Ni
el más habilidoso de los cirujanos plásticos la
hubiese podido ayudar.
El rumano tenía dos hijas tan feas como la madre. A una de
ellas el padre la trataba como si fuera
un varón: era una buena jugadora de hándbol. La otra no existía para él.
Mi
función en la oficina era colaborar con
su secretaria, una joven a quien el Ludópata le
tenía mucha confianza. Hasta que
yo llegué, ella manejaba sola toda su cartera de clientes.
Vivian era una
marroquí, que había vivido muchos años
en el Sur de Francia. Tenía veintiocho
años, y estaba casada con un
coterráneo de su misma edad. Tenían dos
hijos, una nena y un varón. El marido era
un gordito macanudo que
trabajaba muy duro en la fábrica de fosfatos.
La relación de la pareja era buena,
solamente se complicaba porque el tipo
siempre estaba dispuesto a coger.
Si su mujer le decía que no tenía ganas, el petiso se enfurecía y ella tenía que aflojar, todo fuera por la
concordia matrimonial.
Vivian era delgada, de baja estatura, morocha, pelo lacio y ojos oscuros. Su voz era ronca y su hebreo se
oía afrancesado.
Los hombres que venían a la oficina se
volvían locos por el culo de la mina: chiquito, paradito, siempre entubado
dentro de unos pantalones azules.
Nos hicimos muy amigos. La oficina
contable comenzó a funcionar a pleno a partir del momento que una cooperativa de taxis contrató nuestros
servicios. Había que estar organizado de tal manera que cada asociado
pudiera recibir un informe diario del estado de sus cuentas.
El
trabajo administrativo era manual. Sin embargo, se logró aceitar la maquinaria a
tal punto que los tacheros
nos fueron acercando nuevos
clientes.
Esta prosperidad solo duró unos seis meses, porque El Ludópata
volvió a perderse en los garitos.
La situación de la oficina se tornó caótica: los problemas se fueron
acumulando porque el tipo no estaba
cuando los clientes lo necesitaban. Y de a poco fuimos perdiendo confiabilidad.
El
Ludópata no tomaba conciencia de lo que
estaba pasando. Encima se echó una
amante, inmigrante rusa, treinta años menor que él. El rumano se sentía un pendeviejo. Como el
marido de la mina trabajaba fuera del
pueblo, tenían todo el tiempo del mundo para fornicar.
El
Ludópata por las tensiones del juego, el poco descanso y tener que
satisfacer a su flamante adquisición. Terminó
internado en un hospital cerca de Tel Aviv,
a causa de un fallo cardíaco.
Cuando se le pasó el susto volvió las andadas: timba,
pucho, y sexo. De trabajar ni hablar.
La cartera de clientes se achicó. Ya no
había razón para que yo continuara en la oficina: mi despido era cuestión de tiempo. Me le adelanté y renuncié.
No me
quedé sin trabajo. En el mismo edificio
estaba el contador que le firmaba los balances al Ludópata. Su bureau era el más prestigioso de Arad.
Todas las cuentas se realizaban a través de
un incipiente sistema de computación.
EL
CONTADOR se encargaba de la parte profesional y su mujer de la cobranza. El que
no pagaba en término automáticamente se lo echaba.
Mi tarea, de cuatro horas, se circunscribía a controlar las cuentas a un determinado número de clientes. Antes de cumplir el mes me fui. Había
recibido una mejor propuesta.
En la filial de la empresa estatal de viviendas--AMIDAR--
se había producido una vacante. Esto me
enteré a través de una administrativa, que era la misma que hizo toda la
papelería para que yo pudiera ingresar a
mi departamento.
Fue un viernes cuando recibí el dato. El
día lunes estaba viajando a Tel Aviv,
a la casa matriz, para una
entrevista. Dos semanas después
estaba metido de lleno en mi nuevo job.
Yo era el único varón entre seis mujeres.
Mi función era controlar las refacciones que se hacían en las casas que se habían desocupado y debían
ser habilitadas para nuevos inquilinos.
El que hacía las refacciones era otro
rumano, uno más de los tantos que
pasaron por mi vida.
El Contratista estaba acostumbrado a hacer
lo que se le venía en ganas. Inflaba las cuentas como si fueran barriletes.
Estoy seguro que había contado con la complicidad de mi
antecesor, al que no tuve oportunidad de conocer, porque se había ido de
Arad.
De entrada
nomás, el kablán se puso nervioso
cuando le dije que yo no le firmaba ninguna
cuenta no sin antes inspeccionar el trabajo realizado y comprobar si se ajustaba al pliego de condiciones. Me amenazó con renunciar; que conmigo no se podía trabajar. Yo hice como
que no lo escuchaba. Sabía que el tipo
no se iba a perder
semejante curro.
El Director de la
filial Arad de Amidar, era un militar retirado, también rumano. Era
un hombre delgado y abundante cabellera blanca. Caminaba medio encorvado, Tenía cara de
abuelo bondadoso Su problema eran las mujeres de la oficina. Este veterano de varias guerras, no podía con
ellas. Había que saber lidiar con tipas que
tenían todos los vicios propios del empleado público.
No
necesité mucho tiempo para ganarme su
confianza , lo que sólo me sirvió para
que me diera más trabajo y por el mismo
sueldo.
En
Amidar tuve, por primera vez, una CUENTA BANCARIA Y UNA
CHEQUERA, Dejé de
lado el papel moneda inventado por los chinos (1442) para adherirme a una entidad crediticia.
El banco es una creación babilónica,
copiado por griegos y desarrollado por los romanos (flor de chorros.)
Yo cobraba puntualmente y en blanco.
Lástima que no me alcanzaba para alimentar
a mi familia.
Salí a
buscar una changa.
Conseguí ser tapón (sereno) los
fines de semana en el Centro de
Orientación Universitario (WOODGES), donde se le daba contención, a jóvenes inmigrantes,
poseedores de títulos universitarios. Durante seis meses aprendían el idioma y
después salían a buscar trabajo
Yo me
la pasaba leyendo o hablando por teléfono con
mis familiares. También le daba
al ojo recostado en un sillón.
Si algo
me faltaba en mi vida era verme involucrado
indirectamente en un supuesto PEDIDO DE
COIMA. La denuncia fue hecha por una familia contra el Director de Amidar, que según ella, debía recibir una casa, y había sido puenteada, al negarse
a pagar un basksish.
El acusado se
pasó varios días en la cárcel a pesar de declararse inocente.
El Coimero resultó ser el transportista que trabajaba para Amidar, quien le había
dicho a la familia denunciante que él, con plata de por medio, podía influir en
el Director para que recibiera un departamento antes que los otros
inscriptos.
Yo,
como me encargaba
de preparar carpetas y llenar formularios, tuve que ir declarar a la
Policía. La noche anterior no pegué un ojo. Me revolvía pensando en la cantidad
de inocentes que se pudrían entre rejas.
Fue un momento absolutamente desagradable. Unas semanas
después yo renunciaba a este trabajo. Cuando se supo en la central sur, de Beer
Sheva de mi dimisión me vino a ver la jefa de Personal, ofreciéndome un
significativo aumento salarial.
Le dije que había llegado demasiado tarde.
Y le recordé que la vez que le pedí un incremento me respondió que la empresa
no estaba en condiciones de acceder a mi pedido.
En esa misma época, un
aviso aparecido en un diario de tirada nacional el municipio de Ashdod (fundado en
1956), buscaba un postulante que quisiera hacer la carrera terciaria de TRABAJADOR SOCIAL. La única condición era trabajar por el término de dos años para la comuna.
Lo que me resultaba extraño en todo esto
que en una ciudad de casi doscientos mil habitantes, no hubiera ningún interesado en realizar dicho curso.
Como yo estaba acostumbrado a
que me pasaran las cosas más insólitas, no
dudé en viajar para someterme a los exámenes de ingreso.
Antes de regresar a Arad, pasé a saludar a
la uruguaya y al brasileño, quienes
después de abandonar Sdé Najúm,
se habían radicado allí y abierto una tintorería.
Yo tenía treinta y siete años cuando me
presenté al examen de ingreso. Al
parecer a edad no importaba. Me encontré rodeado de un ejército de
mujeres. El examen escrito lo pasé con un excelente puntaje. Me bocharon en el oral. Nadie me quiso explicar
en qué había fallado. Lo único que se me
dio por pensar que una de las examinadoras
era la esposa del intendente de Arad. Esta tipa no habría querido que una familia de cinco miembros y bien conceptuada,
se fuera del pueblo, cuando la política de su marido era, por sobre todo, atraer
matrimonios jóvenes con
hijos.
(Continuará)
(Todas mis notas figuran en el rincondelosimpios.blogspot.com/
(EL HOMBRE DE LA MEMORIA CORTA)
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