Saturday, June 5, 2021

NO SOY FAMOSO, PERO TENGO ALGO QUE DECIR (42).

 

MI VIDA Y SUS INFIERNOS

 

Todas las semanas MI BOSS y yo viajábamos a Beer Sheva para realizar las compras para las distintas áreas de la Comuna.  Cuando los pedidos eran de poca importancia yo viajaba solo en una camioneta  Susita, de fabricación israelí.     

Dos veces por semana, en horas de la tarde, yo me  encargaba de la limpieza de  un depósito que estaba en un terreno  municipal.  

La construcción  era  de asbestos, un material considerado  altamente cancerígeno.

El polvo  que se acumulaba en los estantes me dificultaba la respiración,  aunque no llegaba al punto de sufrir ataques.  Arad tiene un clima altamente recomendable para el asmático. 

En el depósito me tenía que cuidar de los  alacranes amarillos cuyas picaduras resultan  mortales.  

En este mismo terreno tenía su espacio  el Departamento de Higiene. Aquí se  traían a los perros callejeros para matarlos. Se les  aplicaba una inyección letal. A los más grandes, primero se los adormecía y después se los liquidaba.

También  había un cobertizo donde se guardaba el único   coche fúnebre que tenía Arad.  

Su chofer, oriundo del Yemen, se lamentaba cuando le faltaban los muertos.  Además del sueldo tenía comisión por cada traslado.

Yo nunca fui  lo que se dice un tipo piola. Sin embargo, me di cuenta que en mi trabajo  había una tormenta en ciernes.  RENUNCIÉ para  no estar involucrado  en los tejes y manejes de mi jefe.

Lo echaron   por pedir   coima a un empresario que era amigo del intendente.

Su mujer no lo acompañó en su huida.  Ella se juntó con el responsable de las luminarias quien, a su vez,  dejó un matrimonio de casi treinta años de convivencia.

A mí me sustituyó un joven beduino, hijo de uno de los jefes tribales de la zona.

Había hecho el servicio militar y gozaba de  los mismos derechos de cualquier   israelí.    

EL BEDUINO era  un pibe bárbaro. Tenía un  solo problema: tenía que ahorrar   para poder comprarse una esposa. Mientras tanto se sacaba las ganas con las israelíes Como sucesor natural de su padre no podía esposar a ninguna  que no fuera una mujer de su pueblo.

Yo desdeñaba relacionarme CON  ARGENTINOS   que  habían venido a Israel cagados de hambre y que al poco tiempo añoraban  el mate, el dulce de leche y el tango,  cuando  no habían visto una  bombilla ni siquiera en foto, o  no sabían  quién era Gardel. Y no ponían el menor empeño  en aprender el idioma. Y cuando se reunían  era para   sacarse el cuero.

Una sola vez concurrí a una actividad  para ver el film BOQUITAS PINTADAS (del año 1974),  dirigida por Leopoldo Torre Nilsson, en una adaptación de la obra del escritor Manuel Puig (n. 1932.)

 Mi siguiente   trabajo fue en una oficina contable propiedad de un  rumano. Con este hombre tampoco la tuve fácil: era  un  ludópata incurable.  Se rajaba a Tel Aviv para tirarse la plata en las mesas de póker.  Podía pasarse una semana fuera de su casa. 

El Ludópata era un tipo con mucha experiencia en el manejo de las  cuentas ajenas, a pesar de no tener un título habilitante. Los balances los firmaba un contador  amigo suyo.

Me dio el trabajo porque le dije que estaba terminando el segundo curso de  Técnico Contable, y a pesar de  no tenía ninguna experiencia en este laburo. 

EL RUMANO  tenía   cincuenta años, alto  cabello blanco, ojos grises, físicamente bien puesto y con mucho carisma.  Eso sí: fumaba un cigarrillo tras otro. 

Su esposa lo complacía en todo y  perdonaba  sus traiciones. Le agradecía el haberse casado con ella. Era  gorda y deforme. Iba camino a ser un hombre cuando  la naturaleza se arrepintió. Ni el más habilidoso de los cirujanos plásticos la  hubiese podido ayudar. 

El rumano tenía     dos hijas tan feas como la madre. A una de ellas el padre la trataba como si fuera  un varón: era una buena jugadora de hándbol.  La otra no existía para él.          

Mi función en la oficina  era colaborar con su secretaria, una joven a quien el Ludópata le  tenía  mucha confianza. Hasta que yo llegué,  ella manejaba sola toda  su cartera de clientes.

Vivian  era  una marroquí, que había vivido  muchos años en el Sur de Francia.  Tenía veintiocho años,  y estaba casada con un coterráneo   de su misma edad. Tenían dos hijos, una nena y un varón. El marido era  un gordito macanudo   que trabajaba muy duro en la fábrica de fosfatos.

La relación de la pareja era buena, solamente se complicaba porque el tipo   siempre  estaba dispuesto a coger. Si su mujer le  decía que no tenía  ganas, el petiso se enfurecía  y ella tenía que aflojar, todo fuera por la concordia matrimonial. 

Vivian era   delgada, de baja estatura,   morocha, pelo lacio y  ojos oscuros. Su voz era ronca y su hebreo se oía afrancesado. 

Los hombres que venían a la oficina se volvían locos por el culo de la mina: chiquito, paradito, siempre entubado dentro de unos pantalones azules.

Nos hicimos muy amigos. La oficina contable comenzó a funcionar a pleno a partir del momento que  una cooperativa de taxis contrató nuestros servicios. Había que estar organizado de tal manera que cada asociado pudiera  recibir un  informe diario del estado de sus  cuentas.   

El trabajo administrativo  era manual.  Sin embargo, se logró aceitar la maquinaria a tal punto que   los  tacheros   nos fueron acercando nuevos  clientes.

Esta prosperidad solo duró unos  seis meses, porque  El Ludópata   volvió   a perderse en  los garitos.  La situación de  la oficina  se tornó caótica: los problemas se fueron acumulando porque el tipo   no estaba cuando los clientes lo necesitaban. Y de a poco fuimos perdiendo confiabilidad.

El Ludópata  no tomaba conciencia de lo que estaba pasando.  Encima se echó una amante, inmigrante rusa, treinta años menor que él.  El rumano se sentía un pendeviejo. Como el marido de la mina  trabajaba fuera del pueblo, tenían todo el tiempo del mundo para fornicar. 

El Ludópata por las tensiones del juego, el poco descanso  y tener que  satisfacer a su flamante adquisición.   Terminó internado en un hospital cerca de Tel Aviv,   a causa de un  fallo cardíaco.

Cuando se le pasó  el susto volvió las andadas: timba, pucho,  y sexo. De trabajar ni hablar.

La cartera de clientes se achicó. Ya no había razón para que yo continuara en la oficina: mi despido  era cuestión de tiempo.  Me le adelanté y renuncié. 

No me quedé sin trabajo. En el mismo edificio  estaba el contador que le firmaba los balances al Ludópata.  Su bureau era el más prestigioso de Arad. Todas las cuentas se realizaban a través de  un incipiente sistema de computación.

 EL CONTADOR se encargaba de la parte profesional y su mujer de la cobranza. El que no pagaba en término automáticamente se lo echaba. 

Mi tarea, de cuatro horas,  se circunscribía a controlar las cuentas  a un determinado número de clientes.   Antes de cumplir el mes me fui. Había recibido  una mejor propuesta.

 En la filial de la empresa estatal de viviendas--AMIDAR-- se había producido una vacante.  Esto me enteré a través de una administrativa, que era la misma que hizo toda la papelería para que yo pudiera  ingresar a mi  departamento.  

Fue un viernes cuando recibí el dato. El día lunes estaba viajando a  Tel Aviv, a  la casa matriz,  para una  entrevista. Dos semanas después  estaba metido de lleno en mi nuevo job.

Yo era el único varón entre seis mujeres. Mi función era controlar las refacciones que se hacían en  las casas que se habían desocupado y debían ser habilitadas   para    nuevos inquilinos.

El que hacía las refacciones  era otro  rumano, uno  más de los tantos que pasaron por mi vida.  

El Contratista estaba acostumbrado a hacer lo que se le venía en ganas. Inflaba las cuentas como si  fueran barriletes.

Estoy seguro que   había contado con la complicidad de mi antecesor, al que no tuve oportunidad de conocer, porque se había ido de Arad. 

De entrada  nomás, el kablán  se puso nervioso cuando le dije que yo no le  firmaba ninguna cuenta no  sin antes inspeccionar  el trabajo realizado y comprobar   si se ajustaba al pliego de condiciones.  Me amenazó con renunciar; que  conmigo no se podía trabajar. Yo hice como que no lo escuchaba.  Sabía que el tipo no  se iba a  perder  semejante curro.  

El Director  de la filial Arad  de Amidar,  era un militar retirado, también rumano.   Era  un  hombre delgado y  abundante cabellera blanca.  Caminaba medio encorvado, Tenía cara de abuelo bondadoso Su problema eran las mujeres de la oficina. Este   veterano de varias guerras, no podía con ellas. Había que saber lidiar con tipas que  tenían todos los vicios propios del empleado público.

No necesité mucho tiempo para ganarme  su confianza , lo que    sólo me sirvió para que me diera   más trabajo y por el mismo sueldo.

En Amidar tuve,  por   primera vez, una CUENTA BANCARIA Y UNA CHEQUERA,  Dejé de

lado el papel moneda inventado por  los chinos (1442)  para adherirme a una entidad crediticia.

El banco es una creación babilónica, copiado por griegos y desarrollado por los romanos (flor de chorros.)

Yo cobraba puntualmente y en blanco. Lástima que no me alcanzaba para alimentar  a mi familia. 

Salí a  buscar  una  changa.   Conseguí   ser tapón (sereno)  los  fines  de semana en el Centro de Orientación Universitario (WOODGES), donde se le  daba contención, a jóvenes inmigrantes, poseedores de títulos universitarios. Durante seis meses aprendían el idioma y después salían a buscar trabajo

Yo me la pasaba leyendo o hablando por teléfono con  mis familiares. También le  daba al ojo recostado en un sillón.

Si algo me faltaba en mi vida era  verme involucrado indirectamente en  un supuesto PEDIDO DE COIMA.  La denuncia fue  hecha por una familia contra el   Director de Amidar,  que según ella,   debía recibir  una casa, y había sido   puenteada, al  negarse  a pagar un basksish.  

El acusado   se pasó varios días en la cárcel a pesar de declararse inocente.

El Coimero resultó ser  el transportista  que trabajaba para Amidar, quien le había dicho a la familia denunciante que él, con plata de por medio, podía influir en el Director  para que recibiera  un departamento antes que los otros inscriptos.

Yo,  como  me  encargaba  de preparar carpetas y llenar formularios, tuve que ir declarar a la Policía. La noche anterior no pegué un ojo. Me revolvía pensando en la cantidad de inocentes que se pudrían  entre rejas. Fue  un momento  absolutamente desagradable. Unas semanas después yo renunciaba a este trabajo. Cuando se supo en la central sur, de Beer Sheva de mi dimisión me  vino a ver  la jefa de Personal, ofreciéndome un significativo aumento salarial. 

Le dije que había llegado demasiado tarde. Y le recordé que la vez que le pedí un incremento me respondió que la empresa no estaba en condiciones de acceder a mi pedido.

En esa misma época,   un  aviso aparecido en un diario de tirada nacional   el municipio de Ashdod (fundado en 1956),  buscaba un  postulante que quisiera hacer la   carrera terciaria de TRABAJADOR SOCIAL.  La única condición era  trabajar por el término de  dos años para la comuna. 

Lo que me resultaba extraño en todo esto que en una ciudad de casi doscientos mil habitantes,  no hubiera ningún  interesado en realizar dicho  curso.   Como   yo estaba acostumbrado a que me pasaran las cosas más insólitas, no  dudé en viajar para someterme a los exámenes de ingreso.

Antes de regresar a Arad, pasé a saludar a la uruguaya y al brasileño, quienes  después de abandonar   Sdé Najúm, se habían  radicado allí y   abierto una tintorería.

Yo tenía treinta y siete años cuando me presenté al examen de ingreso.   Al parecer a edad no importaba. Me encontré rodeado de un ejército de mujeres.  El examen escrito lo pasé  con un excelente puntaje.  Me bocharon en el oral. Nadie me quiso explicar en qué había fallado.  Lo único que se me dio por pensar que una  de las examinadoras era  la esposa del intendente de Arad.  Esta tipa no habría querido   que una familia de cinco miembros y bien conceptuada, se fuera del pueblo, cuando la política de su marido era, por sobre todo,  atraer  matrimonios jóvenes  con hijos.   

 

(Continuará)

(Todas mis notas figuran en el rincondelosimpios.blogspot.com/ (EL HOMBRE DE LA MEMORIA CORTA)

 

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