MI VIDA Y SUS INFIERNOS
Después
de haber sido descartado para
el curso de asistente social, me quedé expuesto al deseo de la familia para
regresar a la Argentina. Me dolió en
el alma dejar Arad. Era un lugar ideal
para los niños. Aquí gozaban de la libertad más absoluta. Aquí mis
tres críos y yo, éramos muy felices.
El asma me veía tan contento que
dejó de molestarme.
Cuando
se presentaron las elecciones generales
de 1977 para sentirme totalmente
israelí adherí a un nuevo movimiento
político atraído por quienes eran sus dirigentes.
CAMBIO --Shinui, era de carácter secular, liberal y tenía una estrategia motivadora. Sus máximos dirigentes eran personas de
conductas intachables: el arqueólogo y militar
Yigal Yadin (n. 1917); y el abogado Amnon Rubinstein (n. 1931.)
El
flamante partido, con pocos medios económicos disponibles y mucho esfuerzo
individual y colectivo consiguió quince
bancas en el Parlamento—Knesset , sin embargo,
esto no alcanzó para evitar que la derecha triunfante transara con los partidos religiosos a la hora de
conformar un Gobierno medianamente sólido.
Como sucedió en la Argentina con la Alianza,
varias décadas después, SHINUI se partió lo que produjo una enorme desilusión, entre los jóvenes, Sus máximos dirigentes optaron por algún cargo
electivo, en el partido victorioso,
antes que conservar las
ideas.
En
ese acto comicial se
produjo un hecho que a mí me asqueó. El cuasi mafioso francés
SAMUEL FLATTO-SHARON (n. 1930), logró
una banca con el apoyo de los votantes provenientes de los barrios marginales,
en su mayoría gente que se dejó seducir por el dinero del candidato.
Lo caricaturesco que el flamante legislador, en el Parlamento hablaba en
idish porque no sabía hebreo.
La Justicia se tomó su tiempo y cuando tuvo todas las pruebas
de sus actos de corrupción lo encarceló.
Las
naciones que se son parte del llamado
“Tercer Mundo” son coincidentes en sus defectos. Nuestro edificio en
Arad, al año de ser habilitado,
comenzó a agrietarse. Mucho más
grave era la situación de una
construcción vecina cuyo derrumbe era inminente. Sus locatarios fueron
rápidamente evacuados y reubicados en un edificio de mejor calidad.
Arquitectos,
verdaderamente inútiles, construyeron los dos edificios sobre
un río seco—wadi, sin darle a sus pilotes la debida profundidad. Rápidamente ambas construcciones
sintieron el cimbronazo.
Yo pensaba
que merecíamos un trato igualatorio.
Hablé con algunos de mis vecinos y
conseguí que se movilizaran. Denunciamos
a la empresa que administraba nuestro
inmueble y a la constructora.
Una
periodista de un medio gráfico nacional vino a Arad para entrevistarnos. Publicó varias fotos donde se veían
claramente las grietas.
La
Justicia no aceptó nuestros reclamos, en cambio, dio conformidad
a la postura de la constructora
que se comprometió a reparar
las fallas estructurales reforzando la base del edificio.
Las
fisuras se rellenaron con cemento: se
veían como heridas que no terminaban de cicatrizar.
En noviembre de 1979 vendimos nuestro departamento a un precio
mucho menor de su valor real.
En
1981, ya de regreso en Mar del Plata, recibí
una vivienda en un complejo
habitacional destinado a quienes nunca habían sido propietarios en la ciudad.
Al poco a tiempo aparecieron fisuras en sus paredes.
La
constructora no había tomado en cuenta que en ese terreno había funcionado un
matadero municipal. La situación no se agravó
porque cada monobloque era de tres pisos.
LA VIDA ES UNA FOTOCOPIA.
UN MINI TOUR EUROPEO. En
marzo de 1979 El Ogro y su mujer
reaparecieron en Arad. Recuerdo que me trajeron un reloj pulsera y
un traje sport. Tanta franela no era gratuita. El Ogro
vino a repatriar a su hija. Empezó
a hablar de lo bien que se vivía en la Argentina.
Mostró recortes de notas aparecidos en el diario La Capital, donde se ensalzaban los
avances económicos producidos por la
Dictadura militar. Mi Mujer terminó involucrándose en esa promesa de tener una
mejor vida de la que llevaba en Israel.
EL PARAÍSO
argentino se sustentaba en la especulación
bursátil, lo que auguraba un final harto conocido: los ahorristas
despojados de sus dinerillos.
Yo
sabía perfectamente que esos artículos
eran payasadas propias de un medio
gráfico acostumbrado a servir al Gobierno de turno.
MI
PADRE, que se había acostumbrado a
visitarnos todos los fines de semana, se
sintió muy dolido por nuestra decisión.
Estaba a gusto con nosotros. Mi Mujer lo trataba a cuerpo de rey.
Prometió
ayudarnos económicamente con tal que nos quedáramos. Mi Mujer estaba hecha una tapia no quería
escuchar a nadie.
Cuando Mi Padre falleció, Mis Hermanos
me quitaron del medio. Según ellos,
me había desheredado por haberme ido del país lo que equivalía
haberlo abandonado.
Mi
Padre se había comprado un pequeño
departamento en Beer Sheva.
Mis dos hermanos se quedaron con él.
Lo alquilaban y la guita de la renta
se la repartían entre ellos.
Con
una parte del dinero obtenido por la
venta de nuestro inmueble, El Ogro nos
organizó un tour europeo. En los primeros días de diciembre de 1979 aterrizamos
en el aeropuerto parisino de Orly.
Los
Suegros estaban en la casa de su hija la médica
tratando de agregarla a la lista de viajeros. No solamente
se había separado de su marido sino que había tenido un par de entradas
a un instituto psiquiátrico.
En
la Ciudad Luz, nos alojamos en un
pequeño hotel no lejos del Barrio
Latino. Durante diez días pateamos la capital francesa. Armé un itinerario que incluyera los lugares más
atractivos para un turista que
viene por pocos días. Yo tenía la
certeza que no volvería a París, por eso no le daba tregua
a mis pies.
Con
Mi Mujer, después de cenar y de acostar a los Hijos, nos íbamos a un piringundín que no estaba lejos de nuestro hotel, para
tomar unos tragos y de paso escuchar a
una banda en vivo.
Después
de visitar el Sacre Coeur bajo una
pertinaz llovizna nos fuimos a un
parque de diversiones que estaba cerca de la catedral. Para Mis Hijos
era estar en el paraíso. Querían
montarse a todos los juegos mecánicos que había en el lugar.
Eran
niños normales. En las proximidades del
Sagrado Corazón vi una cara conocida: era el solterón francés que había vivido en Los
Campos de Najúm, Se había vuelto para cuidar
a su anciana madre, que estaba muy
enferma. Me dio a entender que ya
no volvería a Israel
PARIS. “Los parisios,
pueblo galo, del que deriva el
nombre de la capital francesa, la
fundaron entre los años 250 adC., y 200 ad C.”
A
LONDRES volamos en un avión de carga.
Por momentos me pareció que la nave rozaba las aguas del Canal de la
Mancha.
En el aeropuerto inglés Heathrow
tomamos un tren hasta la Estación Victoria (veinticuatro kilómetros de
distancia), en el corazón de la ciudad.
Alquilamos
un modestísimo hotel en un barrio de
hindúes. En el precio estaba
incluido el desayuno.
La habitación,
el era amplia, sus paredes de yeso y
tenía una especie de ventiluz, desde
donde se podían ver las piernas de los transeúntes. Dormíamos en unas cuchetas. El baño era compartido. Menos mal que los pasillos
estaban calefaccionados. Estábamos en pleno invierno europeo.
El dueño de casa vestía a la usanza de su país como
un maharajá (título aplicado a los príncipes
indios.)
En la
capital inglesa repetí la receta parisina: matarnos caminando. El tiempo mayormente desapacible no nos impedía pasear. Me movía con un mapa en
la mano y así llegábamos a todos lados.
Una
tarde que volvíamos de la Torre de
Londres decidimos tomar un colectivo cuya
parada estaba en el puente
de Waterloo en el mismo lugar
donde el opositor al régimen comunista, el búlgaro GEORGI MARKOV, fuera
envenenado.
El 7 de septiembre de 1978 el escritor y dramaturgo disidente estaba
esperando un transporte de
pasajeros cuando alguien
que pasó a su lado, le golpeó en una pierna con su paraguas. Markov lo tomó como algo fortuito. Sin embargo, en
el extremo de la umbrela había un dispositivo que al contacto con la piel
soltaba un veneno. Markov murió cuatro
días después, sin que los médicos encontraran el antídoto para neutralizar la
toxina que después se descubrió, estaba preparada en base a la planta del ricino.
Mi
Madre, cuando estábamos constipados, nos
suministraba aceite de ricino que, dicho
sea de paso, tenía un gusto asqueroso, por más que lo mezclábamos con jugo de naranja. Eso sí, cagábamos hasta
las tripas.
MIS
HIJOS aceptaban a regañadientes el paseo londinense porque les había prometido que íbamos a ir a conocer el gran emporio de los juguetes
Hamleys. El primer local fue inaugurado en 1760
conocido inicialmente, “Arca de
Noé.” Decidí llevar a mis críos al local que estaba en Regent Street que data de 1881.
Mis Hijos se pasaron tres horas maravillosas jugando con todo lo que era posible
tocar. Algo ligaron. Una pequeña porción
de todo lo que ellos hubiesen querido tener.
Antes
de irnos de Londres, Mi Mujer y Mis Hijos se tuvieron que comprar zapatos. A
los viejos timbos no les quedaron ni siquiera
los cordones.
Llegamos
al aeropuerto inglés con el tiempo suficiente como para despachar nuestro
equipaje. Y fue el comienzo de
una inesperada odisea: la British
Airways nos informó que nuestro equipaje tenía un peso superior al permitido. Habíamos
venido sin contratiempo desde Tel Aviv, y ahora me veía impedido a seguir
viaje con todos mis bártulos. De nada
valieron mis protestas.
Mi
Familia tuvo que viajar primero. Yo me quedé
para rehacer los bultos. Mandé el
excedente por correo y sin
seguro. Fue un esfuerzo inútil: los cleptómanos de la Aduana argentina se quedaron con mis suvenires, mi ropa de cama, mis libros y discos.
Mi
Familia viajó y yo la seguí tres días
después. Mi dormitorio era un sillón del aeropuerto de
Heathrow. Me higienizaba en los baños públicos.
Capitalicé
el tiempo muerto yéndome a pasear por el centro londinense. Hasta me subí a un bus de doble piso y me dejé llevar de
una punta a otra de su recorrido. Fue
otra manera económica de hacer
turismo.
En
una de mis idas a Londres, en la salida
de la Estación Victoria me encontré con una banda perteneciente al Ejército de Salvación, una entidad
evangélica caracterizada por la
asistencia social a los sectores desprotegidos.
Esta obra de beneficencia fue creada en
1865 por el pastor metodista William
Booth. Sus miembros se identifican por sus uniformes, banderas y rangos.
En
Concordia había una filial del Ejército de Salvación. Mi Madre colaboraba llevando ropa nuestra y
de la que juntaba en el vecindario.
Lo
que me maravillaba de Londres era la atmosfera
navideña que se respiraba en calles y vidrieras. Todo se vendía a precios rebajados para que toda la gente pudiera tener
una linda Nochebuena. Igualito
que en la Argentina, que es cuando los
comerciantes más se aprovechan del consumidor cautivo.
En el aeropuerto me encontré con menores de edad trabajando en aéreas de servicio.
Le
pregunté a uno de esos chiquillos si eso
era legal y él me explicó que solamente
se permitía durante el mes de
diciembre, para que las familias
de escasos recursos pudieran tener una digna
Navidad.
El 20
de diciembre de 1979, no me moví del Aeropuerto. Mi vuelo salía a la hora veinte.
Pasado
el mediodía me senté en un bar para
darle el gusto a mi estómago protestón.
Tomé un café con leche y me comí un sándwich. No quería meterme en gastos: mi
presupuesto no me daba para grandes menús. Cenaría en el avión. Estaba leyendo un diario cuando me llamó la
atención un grupo de jóvenes uruguayos
que estaban planificando la manera de evitar los controles
aduaneros. Por lo visto habían comprado artículos que debían tener un alto
valor impositivo.
Recordé
mi mala experiencia con esos pilotines
que traté de pasar por el puerto
montevideano.
Yo no
era el único que seguía la conversación de los charrúas; noté que también lo hacía
una muchacha rubia, con un cierto parecido a la actriz estadounidense Laura Dern (n.
1967.)
En una
actitud impropia de mí, me levanté y me
fui a sentar a la mesa de la desconocida.
Enseguida entramos en confianza como si
hubiésemos sido viejos amigos.
Era
estadounidense, tenía veintinueve años, y hablaba el
castellano porque había estado casada, y ahora separada, de un colombiano.
Residía en San Francisco, California. Volvía a su casa para
terminar de solucionar algunos asuntos particulares porque
se marchaba por dos años a Arabia
Saudita, donde iba a hacerse cargo de la imagen institucional de un hotel top
en Riad.
Yo le
conté mi historia de los últimos años.
Al final m preguntó: “¿Cómo te podés volver
a un país que siempre está en
problemas?”
Se me hizo un nudo en las tripas. La Californiana me ofreció su casa. Ella conocía gente que me podría conseguir algún conchabo y la residencia temporal. Rechacé su propuesta de puro cagón.
Como
no sabía dónde iba a vivir le di la dirección de Mis Suegros para que me escribiera.
Mi error fue no haberle pedido el suyo.
A la
única carta que recibí de la californiana
El Ogro le había arrancado el
remitente. No quería que me llevara a su hija nuevamente.
En el
año 2002 visité San Francisco siguiendo los pasos de Mi Hijo el menor. La joven
que había conocido en Londres, era un
vago recuerdo.
LONDRES.
Situada a orillas del río Támesis, fue fundada alrededor del año 43 por los
romanos con el nombre de “Londinium.”
RETROCEDIENDO EN EL TIEMPO Cuando aterricé en el aeropuerto internacional de
Ezeiza, Mi Esposa me estaba esperando. En Mar del Plata la temporada turística había comenzado. El Ogro nos había
alquilado una casa medio derruida en una zona alejada del centro. Sería algo
provisorio hasta que pasara el furor del
verano.
Yo tenía que buscarme un trabajo. No había que tener
mucha imaginación para no darme
cuenta que no íbamos a poder vivir de los intereses
bancarios.
El Ogro no tardó en hacerse el desentendido como si no tuviera nada que ver con nuestra vuelta
a la Argentina. Nos dejó en banda.
“Lo que natura no da, Salamanca non presta.”
Yo con mis treinta y ocho años de edad y sin una profesión,
tuve que empezar de nuevo en un terreno que se me había vuelto distante,
desconocido, y hasta hostil.
EL OGRO estaba
distanciado de su hijo
favorito por la traición de Sin Cogote. Y como no tenía nada
que hacer nos presionó para que abriéramos una heladería. Me opuse
terminantemente. Armar un negocio de
apuro, en un lugar inadecuado y con una
mercadería que no se fabricaba, era comprarse el fracaso de antemano. Nadie
me escuchó. Era mucho mas redituable pasarnos
panza arriba.
El suicidio comercial nos costó diez mil dólares que se derritieron dentro de
una cantidad enorme de baldes helados que
no se vendieron.
En marzo de 1980 nos mudamos a un nuevo departamento en un
edificio a estrenar en pleno centro
marplatense. El alquiler no era barato
y las expensas sencillamente escandalosas.
Los piratas financieros replegaron sus banderas y a emprender la
retirada hacia otros paraísos fiscales. Fueron miles los damnificados de esta
chorrada bursátil.
En junio de 1980 nuestros ahorros se habían licuado.
Nos quedaban unas
chirolas de los dólares que habíamos traído de Israel.
Una empleada de la financiera
nos aconsejó cerrar nuestra cuenta porque su quiebra era inminente.
Lo único positivo de esta desventura fue que AL OGRO me lo saqué de encima para siempre.
La relación entre el Ogro y su hijo preferido se
rompió para siempre cuando Mi Cuñado se enteró que la
cirugía para extirparle un tumor
cerebral había fracasado.
Mis Suegros y la amada nuera se habían juramentado no
decirle la verdad para que viviera en la
creencia que la operación había sido un éxito.
Un día Sin Cogote, en una demostración de suprema
hijaputez fue y le dijo a su marido toda la verdad y nada más que la verdad.
Mi Cuñado corrió hasta la casa de sus padres y les gritó
de todo menos bonito. Hasta los trató de nazis.
Fue la hecatombe familiar tanto en lo económico como en
lo afectivo. Los nietos del Trepador dejaron de visitar a sus abuelos. Mis
Suegros vendieron el departamento que tenían en el mismo edificio, dejándole al
hijo lo que quedaba de los prósperos negocios.
Una
noche el Trepador no despertó. Sin Cogote abrió su propia tienda creyéndose que era muy
hábil para los negocios. Al poco tiempo se fundió. Se fue del país rumbo a los
EEUU.
UN BARRIO DE MALANDRAS. El nuevo
departamento al que nos mudamos después de la temporada estival, al poco tiempo nos comenzó a comer los pocos
ahorros. Alquiler y expensas iban en constante incremento.
Había que encontrar una
solución. Y esta llegó cuando me anoté en un plan municipal de viviendas destinado a quienes nunca habían sido
propietarios. Nosotros encajábamos
perfectamente. Tuve la suerte de salir sorteado
en la primera tanda.
La nueva casa estaba en planta
baja, en un complejo habitacional de escasa
calidad como todo lo que hace el Estado y no controla.
La empresa constructora había quebrado, antes de
entregar la obra, y el Gobierno provincial
se tuvo que hacer cargo del muerto.
Lo importante que el alquiler no pesaba en el presupuesto familiar y con los años se podía adquirir el inmueble que tenía dos pequeñas habitaciones
y una cocina comedor. Sabíamos que íbamos a vivir hacinados. Cuando pedí uno más grande,
el entonces intendente nombrado por
la Dictadura, el médico
CARLOS RAÚL MARTÍN, me lo negó
rotundamente al culparme de ser el autor de un artículo periodístico
donde se explicitaban todas las deficiencias edilicias que tenía el
complejo habitacional.
Si bien yo trabajaba en el
diario en cuestión mi actividad se circunscribía a los deportes.
Con los años leí una nota
que identificaba al funcionario municipal como a un notorio antisemita y a una hija suya
como exmiembro del extremista y derechista Concentración
Nacional Universitaria
(CNU.)
Como en la Argentina no imperan ni
la Ley ni el Orden, muchos de los
adjudicatarios de este plan de viviendas
ya eran propietarios de otros inmuebles. Y al poco tiempo vendieron la vivienda adjudicada, a pesar de estar terminantemente prohibido.
Para Mis Hijos el nuevo hogar era
como vivir en una tapera. En
contadas oportunidades invitaron a sus
amiguitos del colegio a nuestra casa. Y
nunca se relacionaron con los chicos del
barrio,
(Continuará)
(Todas mis notas figuran en el rincondelosimpios.blogspot.com/ (EL HOMBRE DE LA
MEMORIA CORTA)
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