Antes que la parca me lleve.MI PRIMER PUCHO. Yo tenía once años y me había sumado a un grupo de chicos que fumaba en el campito que estaba en el fondo de mi casa. Uno de ellos me pasó una pitada. De pronto se me apareció Mi Tía, la colorada, cargando un sifón de soda: lo descargó sobre el grupo. Y chau pucho. Nunca supe de donde salió y tan justo como para engancharme con el faso en la mano. Por suerte, no se lo batió a Mis Padres.
Hubo una época en la que yo participaba de las actividades sociales y culturales de
la Sociedad Israelita de Mendoza. Hasta practiqué basquetbol. Fue cuando entablé una corta amistad con una
borrega muy bonita. La única falla era su boca desproporcionada. En sus ojos se
reflejaban la tristeza. No me
ocultaba sus problemas, que eran del corazón.
Sufría por un tipo que la maltrataba emocionalmente.
Su novio, tenía mucho
éxito con las mujeres. Cuando conquistaba una mina buscaba cualquier pretexto
para deshacerse de ella. Y regresaba a sus brazos cuando terminaba la
aventura. Y la piba lo perdonaba.
Había pasado una semana de nuestro último encuentro
cuando la veo con
cara de culo. Me dice que sus padres querían hablar conmigo. No
debí haberle hecho caso. Como yo conocía
a su familia no tuve ningún problema en ir a su casa. Sobre la hora me agarró como una cierta
aprehensión y no encontré mejor idea que
comprarme un paquete de
cigarrillos COMMANDER. Me fumé un
cigarrillo y medio y el resto lo tiré
en un tacho de basura.
El tema que la piba les
había dicho que se comportaba con su novio como una prostituta. Aclarado
los tantos, fue el fin de nuestra amistad.
En el año 2004 me encontré en Tucumán con un
mendocino a quien había conocido
en mi adolescencia.
Me contó que la piba del amor complicado había fallecido siendo muy joven a causa de una
leucemia. Y que no se había casado con
el tipo que se suponía el amor de su vida.
No volví a agarrar un pucho hasta los veintisiete años.
Boludo de mí: siendo asmático. Corté
definitivamente mi nicotina dependencia veinte años después, cuando al toser
encontré hilitos de sangre mezclados con la saliva.
CIGARRILLO. De su existencia habló, por primera vez, el
“sacerdote Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez, en su obra Historia general de las Indias (Sevilla
1535.)
En 1828 dos científicos alemanes, Posser y Reimann, consiguieron aislar un
alcaloide de la planta de tabaco y bautizaron su descubrimiento con el nombre
de ‘nicotina’ en honor del embajador francés Jean Nicot.”
PROTESTAS Y CORRIDAS. En Tercer año
no me llevé ninguna materia. Mi problema que estudiaba de memoria,
especialmente, Física y Matemáticas dos materias que se me atragantaban de solo nombrarlas.
Éramos un grupo
era muy unido. Teníamos dos apellidos
ilustres: uno estaba emparentado con el
poeta y folklorista Hilario Cuadros (n.
1902); y el otro con el revolucionario Ernesto Che Guevara (n.
1928.)
Los sábados nos juntábamos para darle a la pelota. Yo iba
de arquero o de espectador, según las
circunstancias. Después del picado alguien
se ofrecía para llevarme a almorzar a su casa.
Yo me había hecho muy amigo de un chico que jugaba al básquetbol en un equipo de la
primera división de la asociación local.
Tenía un lomo impresionante, lo que hacía comprensible que colara en el
quinteto titular. Algunas noches, a la
salida del Colegio, yo lo iba a ver
jugar cuando su equipo enfrentaba a un rival de fuste.
Una tarde antes de entrar a clase me llevó a una reunión
de aquellos que apoyaban la continuidad
de la EDUCACIÓN LAICA y, por
consiguiente, estaban en contra de la
Educación Libre que proponía el gobierno del correntino Arturo Frondizi (n.
1908.)
El Presidente contaba con el aval del sector
católico que impulsaba la creación de
universidades privadas subsidiadas por el Estado. Como siempre: la
chancha, los veinte, y la máquina de hacer chorizos. Esta decisión presidencial precipitó la
renuncia del vicepresidente, el
maestro y abogado santafesino Alejandro
Gómez (n. 1908.)
YO PARTICIPÉ EN UNA
DE LAS MARCHAS DE PROTESTA como siempre
multitudinaria. La policía nos reprimió
con gases lacrimógenos. También se oyeron disparos de armas de fuego. Hubo una víctima fatal: un vendedor de
café.
Nunca
corrí tanto como esa tarde-- noche para no sufrir los efectos de las
granadas químicas.
CUANDO FRONDIZI ganó las elecciones, a
pesar de no haber votado festejé su triunfo sumándome a las caravanas
que recorrieron las calles de Capilla del Monte donde estaba residiendo. Y así
me pagó el muy turro.
En su vejez contemporizó con muchos de aquellos que lo habían depuesto
y basureado. FUE UN MAL RADICAL.
TAMBIÉN ALFONSÍN estropeó
su grandeza política acordando reformas constitucionales con el expresidente Carlos Menem, solamente
para satisfacer las ambiciones
reeleccionistas del riojano.
La primera vez que yo supe de la existencia de los gases
lacrimógenos fue a los cuatro años. Mi Madre me llevó a pasear por
el centro de Concordia. De pronto se nos
atravesó una manifestación Gorila que marchaba al grito
de: “PERÓN, EVITA, DONDE ESTÁ LA GUITA
QUE SAN JUAN LA NECESITA.”
La oposición
denunciaba la malversación de los
dineros aportados por empresas y particulares, para socorrer a las miles
de víctimas que había dejado el terremoto de San Juan (15 de enero de 1944.)
Todos los gobiernos
peronistas fueron muy hábiles a la hora de vaciar las arcas del Estado.
Lo de Concordia fue parte de un ensayo general ejecutado por el Dictador para reprimir a sus opositores.
RESCATADO A TIEMPO. En cuarto año
llegó un profesor proveniente del
Colegio Militar de Mendoza, y que era
docente en Física y Trigonometría.
De movida tomó un examen sorpresa, supuestamente de
evaluación, para conocer el nivel de
aprendizaje del alumnado, pero el muy guacho las notas las trasladó a la
libreta. Me super aplazó. Terminé el año
con un promedio en ambas próximo al cero y monedas.
El profesor era un hombre
retacón, de espaldas anchas y un cuello tan arrugado que a uno de los
nuestros se le ocurrió apodarle “MONDONGO.”
De los treinta y cinco alumnos que éramos en el curso
solamente aprobaron cinco. En abril de
1961, después de una reunión de padres, Mondongo fue despedido del Agustín Álvarez. Yo no pude participar de los festejos.
MONDONGO.
Deriva de “mondejo” y ésta de bandujo
que refiere a un embutido compuesto con la tripa grande del cerdo, carnero o
vaca relleno de carne picada. En América
del Sur se le dice a la panza.
Para que no
perdiera otro año Mis Padres me regresaron a Concordia para rendir las previas
y empezar quinto año.
MI PADRE había arreglado con un matrimonio amigo para que
me salvaran las dos materias. Estaba cantando que las iba a aprobar porque ambos estaban asignados
a la mesa examinadora. Califiqué con la
nota mínima. Y así pude terminar el
bachillerato en el NACIONAL ALEJANDRO CARBÓ (educador y parlamentario n.
1862.)
Tantos años lejos de Mi Familia la convivencia me resultaba
difícil.
El caserón estaba
peor de lo que yo la recordaba. Hacía años que no recibía una mano de pintura. La humedad había hecho
estragos: las paredes lloraban. Justo lo que no
necesitaban mis pulmones.
De entrada nomás,
Mis Padres me demostraron su enojo
porque había demorado el regreso:
me había detenido en Rosario. Había ido
a visitar a la chiquilla que había
conocido en Capilla del Monte.
En enero de 1958
ella había venido con sus padres y un hermano a pasar las vacaciones y
se habían alojado en la pensión de la Espiritista. Lo nuestro fue un corto
noviazgo pero que en ella caló muy hondo. Durante tres largos años mantuvo la esperanza del reencuentro,
escribiéndome dos veces al mes.
Me recibió en su
casa como si fuera su novio oficial. Ella tenía dieciséis años. Era alta, delgada, ojos negros, mucha
simpatía y un cuerpo que apuntaba a
darle muchas satisfacciones, al primero
que lograra invadir su intimidad.
Cuando nos despedimos quedamos en escribirnos todas las
semanas. Una vez que yo terminara la Secundaria, me
vendría a su ciudad a iniciar mis
estudios universitarios.
Ella quería tenerme cerca, aun sabiendo que el clima de
Rosario era muy malo para mi asma. Quizá el amor hubiese podido sanarme.
Yo le escribí durante seis meses; ella nunca me respondió. Un cuarto de siglo después, MI MADRE me confesó que había quemado las
cartas de la rosarina. El cartero había
funcionado como censor y alcahuete.
Mi Madre no podía aceptar
que su primogénito se enamorara de
una chica católica.
Al oír su confesión, primero me sulfuré, después, me aplaqué: ya era cosa
juzgada. Quizá, como siempre, fui lento: haberle mandado un
telegrama, o procurado llamarla por teléfono. Supuse que un nuevo noviecito
habría aparecido en su horizonte.
Mi Madre era
una convencida que la
experiencia del Holocausto no iba a
borrar el antisemitismo de la faz de la
tierra. Y tenía razón.
Otro error garrafal que cometí en este tramo de vi
vida, fue haber traído conmigo al hijo del dueño de la
pensión, mi excompañero de primer año del Agustín Álvarez. Lo había invitado de corazón para que conociera Concordia.
Mi Madre sabía muy
bien lo que era sufrir la
discriminación, sin embargo, no tuvo ningún
empacho en segregar a mi invitado. Le tomó bronca sin conocerlo. Para
incomodarlo me hablaba en idish. El pobre pibe en una semana se agotó.
Se fue sin despedirse de mí; tampoco me envió
algunos de los bártulos que yo había
dejado en su casa. No podía esperar otra cosa de él. Mi Madre lo
había humillado hasta lo indecible.
Lo de MI MADRE fue, a todas luces, criticable.
Ya no estaba JONÁS
EL PENSIONISTA: se había ido a vivir con su hermana a Caseros, en el
conurbado bonaerense. Sentí su ausencia.
Como yo estudiaba
y no trabajaba el dinero que disponía era mínimo. A los diecinueve años no me era fácil acordar
con Mis Padres sobre algunas de mis necesidades básicas. Recuerdo que tuve que
armar un verdadero escándalo para que me compraran un par de zapatos.
Cuando
cumplí los doce años me peleé con Mi
Padre para que me comprara pantalones
largos. Yo había ido a
hacer un mandado. Un tipo que pasó a mi lado como quien no quiere la cosa me dijo: “Che,
grandulón, se te ven las bolas.”
Regresé
a casa y
dije que no volvería a salir a la
calle si no me ponía los largos.
Mi Padre, me dio
un pantalón pasado de moda que tenía de
clavo en su depósito. No le importó
verme embolsado. Quizá esto me marcó para siempre: dejé de
darle importancia a la ropa. Me daba lo mismo verme elegante,
El último año de la Secundaria fue una joda. Los
profesores perdonaban todo y a todos. Apenas si se estudiaba. Todos estábamos metidos en recaudar fondos
para la organización de lo que
sería la gran fiesta de Graduación.
El único que me amargó el año fue el profesor de
Educación Física: me mandó a diciembre a
pesar de haberle presentado un certificado médico para que me eximiera de la actividad por mi
asma crónica.
En abril de
1964 la rendí como alumno libre en un colegio de la Ciudad
de Buenos Aires.
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