Saturday, October 3, 2020

NO SOY FAMOSO PERO TENGO ALGO QUE DECIR (XXIV)

 Antes que la parca me lleve.MI  PRIMER PUCHO. Yo  tenía  once años y me había sumado a un grupo de  chicos que fumaba  en el campito que estaba en el fondo de mi casa. Uno de ellos me pasó una pitada. De pronto se me apareció    Mi Tía, la colorada, cargando un sifón de soda: lo descargó sobre el grupo. Y chau pucho.    Nunca supe de donde salió   y  tan justo como para engancharme con el faso en la mano. Por suerte, no se lo  batió a Mis Padres.

 Hubo una época en la que yo participaba  de las actividades sociales y culturales de la Sociedad Israelita de Mendoza. Hasta practiqué basquetbol.  Fue cuando entablé una corta amistad con una borrega muy bonita. La única falla era su boca desproporcionada. En sus ojos se reflejaban  la tristeza. No me ocultaba  sus problemas, que eran del corazón. Sufría por un tipo que la maltrataba emocionalmente.

Su novio,  tenía mucho éxito con las mujeres. Cuando conquistaba una mina buscaba cualquier pretexto para deshacerse de  ella.  Y regresaba a sus brazos cuando terminaba la aventura. Y la piba lo perdonaba.

Había pasado una semana de nuestro último encuentro cuando   la veo  con   cara de culo. Me dice que sus padres querían hablar conmigo. No debí  haberle hecho caso. Como yo conocía a su familia no tuve ningún problema en ir a su casa.  Sobre la hora me agarró como una cierta aprehensión y no encontré mejor idea que    comprarme  un paquete de cigarrillos COMMANDER.  Me fumé un cigarrillo y medio y  el resto lo tiré en  un tacho de basura.

El tema que la piba les  había dicho que se comportaba con su novio como una prostituta. Aclarado los tantos, fue el fin de nuestra amistad.

En el año 2004 me encontré en Tucumán con  un   mendocino  a quien había conocido en mi adolescencia. Me contó que  la piba del amor complicado había  fallecido siendo muy joven a causa de una leucemia. Y  que no se había casado con el tipo que se suponía el amor de su vida.

No volví a agarrar un pucho hasta los veintisiete años. Boludo de mí: siendo asmático.   Corté definitivamente mi nicotina dependencia veinte años después, cuando al toser encontré hilitos de sangre mezclados con la saliva.

CIGARRILLO. De su existencia habló, por primera vez, el “sacerdote Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez, en su obra  Historia general de las Indias (Sevilla 1535.)

En 1828 dos científicos alemanes,  Posser y Reimann, consiguieron aislar un alcaloide de la planta de tabaco y bautizaron su descubrimiento con el nombre de ‘nicotina’ en honor del embajador francés Jean Nicot.”

PROTESTAS Y CORRIDAS.  En  Tercer año  no me llevé ninguna materia. Mi problema que estudiaba de memoria, especialmente, Física y Matemáticas dos materias  que se me atragantaban  de solo nombrarlas.

Éramos un  grupo era muy unido.  Teníamos dos apellidos ilustres: uno estaba  emparentado con el poeta y folklorista  Hilario Cuadros (n. 1902); y el  otro  con el revolucionario Ernesto Che Guevara (n. 1928.)

Los sábados nos juntábamos para darle a la pelota. Yo iba de arquero o  de espectador, según las circunstancias.  Después del picado   alguien   se ofrecía para llevarme a almorzar a su casa.

Yo me había hecho muy amigo de un chico  que jugaba al básquetbol en un equipo de la primera división de la asociación  local. Tenía un lomo impresionante, lo que hacía comprensible que colara en el quinteto titular.  Algunas noches, a la salida del  Colegio, yo lo iba a ver jugar cuando su equipo enfrentaba a un rival de fuste.

Una tarde antes de entrar a clase me llevó a una reunión de aquellos que apoyaban   la continuidad de la EDUCACIÓN  LAICA y, por consiguiente, estaban  en contra de la Educación Libre que proponía el gobierno del correntino Arturo Frondizi (n. 1908.)

El Presidente contaba con el aval del sector católico  que impulsaba la creación   de  universidades privadas subsidiadas por el Estado. Como siempre: la chancha, los veinte, y la máquina de hacer chorizos. Esta decisión presidencial  precipitó la  renuncia del  vicepresidente, el maestro y abogado santafesino Alejandro  Gómez (n. 1908.)  

YO PARTICIPÉ EN UNA    DE LAS  MARCHAS  DE PROTESTA como  siempre multitudinaria.  La policía nos reprimió con  gases lacrimógenos. También  se oyeron disparos de  armas de fuego.  Hubo una víctima fatal: un vendedor  de  café. 

Nunca corrí tanto como esa tarde-- noche para no sufrir los efectos de las granadas  químicas.

 CUANDO FRONDIZI ganó las elecciones, a  pesar de no haber votado festejé su triunfo sumándome a las caravanas que recorrieron las calles de Capilla del Monte donde estaba residiendo. Y así me pagó el muy turro. 

En su    vejez   contemporizó con  muchos de aquellos que lo habían depuesto y  basureado.  FUE  UN MAL RADICAL. 

TAMBIÉN ALFONSÍN estropeó su grandeza política acordando reformas constitucionales  con el expresidente Carlos Menem, solamente para  satisfacer las ambiciones reeleccionistas del riojano.

La primera vez que yo supe de la existencia de los gases lacrimógenos fue  a los  cuatro años. Mi Madre me llevó a pasear por el  centro de Concordia. De pronto se nos atravesó  una   manifestación Gorila que marchaba   al grito  de: “PERÓN, EVITA, DONDE ESTÁ LA GUITA QUE SAN JUAN LA NECESITA.” 

La oposición    denunciaba la malversación de los  dineros aportados por empresas y particulares, para socorrer a las miles de víctimas que había dejado el terremoto de San Juan  (15 de enero de 1944.)

Todos los gobiernos  peronistas fueron muy hábiles a la hora de vaciar  las arcas del Estado.

Lo de Concordia fue parte de un ensayo general  ejecutado por el Dictador  para reprimir a sus opositores. 

 

RESCATADO A TIEMPO. En cuarto año llegó  un profesor proveniente del Colegio Militar de Mendoza,  y que era docente en Física y Trigonometría.

De movida tomó un examen sorpresa, supuestamente de evaluación,  para conocer el nivel de aprendizaje del alumnado, pero el muy guacho las notas las trasladó a la libreta.  Me super aplazó. Terminé el año con un promedio en ambas próximo al cero y monedas.

El profesor era un hombre  retacón, de espaldas anchas y un cuello tan arrugado que a uno de los nuestros se le ocurrió apodarle “MONDONGO.”

De los treinta y cinco alumnos que éramos en el curso solamente aprobaron cinco.  En abril de 1961, después de una reunión de padres, Mondongo fue despedido del  Agustín Álvarez. Yo no pude participar  de los festejos. 

MONDONGO. Deriva  de “mondejo” y ésta de bandujo que refiere a un embutido compuesto con la tripa grande del cerdo, carnero o vaca relleno de carne picada.  En América del Sur se  le dice a la panza.  

 Para que no perdiera otro año Mis Padres me regresaron a Concordia para rendir las previas y empezar quinto año.

MI PADRE había arreglado con un matrimonio amigo para que me  salvaran   las dos materias.  Estaba cantando que las  iba a aprobar porque ambos estaban asignados a  la mesa examinadora. Califiqué con la nota mínima. Y así pude terminar el  bachillerato en   el NACIONAL  ALEJANDRO CARBÓ (educador y parlamentario n. 1862.)

Tantos años lejos de Mi Familia  la convivencia me  resultaba  difícil.

El caserón  estaba peor de  lo que yo la recordaba.  Hacía años que no recibía  una mano de pintura. La humedad había hecho estragos: las paredes lloraban. Justo lo que no  necesitaban mis pulmones.

De entrada nomás,  Mis Padres me demostraron su enojo  porque  había demorado el regreso: me había detenido en Rosario.  Había ido a visitar a la  chiquilla que había conocido en Capilla del Monte.

En enero de 1958  ella  había venido con sus  padres y un hermano a pasar las vacaciones y se habían alojado en la pensión de la Espiritista. Lo nuestro fue un corto noviazgo pero que en ella caló muy hondo. Durante tres   largos años mantuvo la esperanza del reencuentro, escribiéndome   dos veces al mes. 

 Me recibió en su casa como si fuera su novio oficial. Ella tenía dieciséis  años. Era alta, delgada, ojos negros, mucha simpatía y un cuerpo que apuntaba  a darle  muchas satisfacciones, al primero que lograra invadir su intimidad.   

Cuando nos despedimos quedamos en escribirnos todas las semanas. Una vez que yo terminara la Secundaria,  me  vendría a  su ciudad a iniciar mis estudios universitarios.  

Ella quería tenerme cerca, aun sabiendo que el clima de Rosario   era muy malo para mi  asma. Quizá el amor hubiese podido  sanarme.

Yo le escribí durante seis meses; ella nunca  me respondió.   Un cuarto de siglo después,  MI MADRE me confesó que había quemado las cartas de la rosarina. El cartero  había funcionado como censor y alcahuete.

Mi Madre no podía aceptar  que su primogénito se enamorara de  una chica católica. 

Al oír su confesión, primero  me sulfuré, después, me aplaqué: ya era cosa juzgada. Quizá, como siempre, fui lento: haberle mandado un telegrama, o procurado llamarla por teléfono. Supuse que un nuevo noviecito habría aparecido en su horizonte.

Mi Madre  era una  convencida  que  la experiencia del  Holocausto no iba a borrar  el antisemitismo de la faz de la tierra.  Y tenía razón.

Otro error garrafal que cometí en este tramo de vi vida,   fue   haber traído conmigo al hijo del dueño de la pensión, mi excompañero de primer año del Agustín Álvarez.  Lo había invitado de corazón para que   conociera Concordia.

Mi Madre sabía  muy bien lo que era sufrir  la discriminación, sin embargo, no tuvo ningún  empacho en segregar a mi invitado. Le tomó bronca sin conocerlo. Para incomodarlo    me hablaba en  idish. El pobre pibe  en una semana se agotó. 

Se fue sin despedirse de mí; tampoco me envió algunos  de los bártulos que yo había dejado  en su casa.  No podía esperar otra cosa de él. Mi Madre lo había humillado hasta lo indecible.

Lo de MI MADRE fue, a todas luces, criticable.

Ya no estaba JONÁS  EL PENSIONISTA: se había ido a vivir con su hermana a Caseros, en el conurbado bonaerense. Sentí su ausencia. 

Como yo  estudiaba y no trabajaba el dinero que disponía era mínimo.  A los diecinueve años no me era fácil acordar con Mis Padres sobre algunas de mis necesidades básicas. Recuerdo que tuve que armar un verdadero escándalo para que me compraran un  par de zapatos.

Cuando cumplí los doce años me peleé  con Mi Padre  para que me comprara    pantalones  largos. Yo   había ido a hacer  un mandado.   Un tipo que pasó a mi lado  como quien no quiere la cosa me dijo: “Che, grandulón,  se te ven las bolas.”  

Regresé a  casa y  dije  que no volvería a salir a la calle si no me ponía los largos.  

Mi Padre,  me dio un pantalón   pasado de moda que tenía de clavo en su depósito.   No le importó verme   embolsado.   Quizá esto me marcó para siempre: dejé de darle importancia a la ropa. Me daba lo mismo verme elegante,

El último año de la Secundaria fue una joda. Los profesores perdonaban todo y a todos. Apenas si se estudiaba.   Todos estábamos metidos en recaudar    fondos  para  la organización de lo que sería la gran fiesta de  Graduación. 

El único que me amargó el año fue el profesor de Educación Física: me mandó a  diciembre a pesar de haberle presentado  un  certificado médico   para que me eximiera de la actividad por mi asma crónica.

En  abril de 1964   la rendí  como alumno libre en un colegio de la Ciudad de Buenos Aires.   

 

 

 

 

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