Wednesday, May 5, 2021

NO SOY FAMOSO, PERO TENGO ALGO QUE DECIR (38)

MI VIDA Y SUS INFIERNOS.


Nuestra primera vivienda de casado  fue un pequeño departamento con un contrato temporario de medio año. Después  nos mudamos a un inmueble de tres ambientes, siempre en el microcentro  de Mar del Plata. Aquí nos hicimos  muy amigos de  los porteros, Paco y Paca,  un matrimonio mayor  y sin hijos. Con ellos compartimos  la Navidad de 1965. Con ellos mantuvimos  una linda relación hasta fines de los ochenta, que fue  cuando se jubilaron. Y  desaparecieron sin dejar rastros.

Una tarde de verano de 1965  me  fui  a escuchar  la  conferencia que brindaba el ex presidiario devenido en escritor, el francés Henri Charrière (n. 1906) autor de MARIPOSA--PAPILLÓN, quien ante una escasísima audiencia, relató su confinamiento en el presidio de máxima seguridad de  Cayena (Guayanas francesas),

por un crimen que no había cometido. Su  encierro duró treinta y cuatro años, hasta que logró fugar.               

Lástima que el disertante,  no me dio ningún consejo  práctico de cómo   librarme  del yugo familiar. 

Al año siguiente nos cambiamos a un departamento muy lindo a pocas cuadras del anterior.  Aquí  Mi Primogénito  se abrió una ceja al chocar con una mesa ratona. Me puse como loco, histérico como siempre, y de una patada casi rompo el mueble. Mi Primogénito, mientras lo estaban suturando, no perdió su lucidez:   me pidió un kit con todos los elementos que utilizaba el   Agente 007, que estaba de moda entre chicos y grandes.

El “comprame”, era la palabra  preferida, sin melodía, de Mi Hijo mayor.

A partir de 1968  hasta principios de 1972 ocupamos  el   departamento que habían dejado  Mis Suegros porque se habían mudado  a una vivienda que estaba en la parte alta de uno de sus locales.

Nuestra casa  tenía más defectos que virtudes:   no le llegaba la luz solar; por estar en un primer piso y en una arteria movidita, recibíamos  el aire contaminado por  el constante paso de los autos particulares y  de los  colectivos. Además, nuestro descanso no era para nada placentero ya que  en la misma vereda había  un boliche bailable y un destacamento de la Policía Federal.   

Cuando nos casamos MI MUJER me quiso sorprender con un almuerzo   especial.  Lo que no calculó fue el  tiempo de cocción. Dejó el horno encendido y me fue   a buscar al trabajo. Unas cuantas cuadras antes de llegar     ya se percibía el olor a carne y papas quemadas. Todo quedó  reducido a un carbón condimentado.  No me alcanzaron las palabras para poderla  consolar.  

Mi Mujer nunca  fue una  fanática de la cocina.  Pero tenía una gran habilidad para sacarse de encima  sus  obligaciones de ama de casa,  en el menor tiempo posible.  Yo hacía todo lo que estaba a mi alcance para ayudarle. También era una manera de   evitarme  un rosario de quejas.

 

EL OGRO Y SUS CÓMPLICES  no se resignaban que   Mi Mujer,  cada día que pasaba,  estuviera más   enamorada de mí.  Durante mucho   tiempo la    presionaron  para que me dejara. Lo único  que conseguían era   hacerla  llorar.

Cuando la a Hipocondríaca de Mi Suegra,  se convenció  que su hija no me iba a dejar,  que lo suyo no era un capricho, entonces cambió de táctica: se la agarró conmigo. Diariamente le recordaba al Ogro  que su yerno era un hijo de puta. Y el tipo con las pilas cargadas de odio tenía unas ganas locas de hacerme desaparecer de su entorno.

Durante un tiempo hice   ingentes esfuerzos tratando de mejorar   la relación. Un par de veces me quedé a cuidar a la Hipocondríaca estando enferma, para que no se quedara sola.  Jamás  me opuse a que Mi Mujer y Mi Primogénito visitaran a Mis Suegros.  

  Al final  desistí de ser el chico bueno, convencido que era  gente de mala fariña.  A todos ellos  la vida los castigó y en qué forma.

El  Ogro  todos  los veranos abría nuevos   locales.  Todos resultaban   rentables Quizá yo era el amuleto de la suerte, aunque  nunca me lo iban  a reconocer. 

EL  OGRO  contrataba  personal femenino,  porque consideraba que  la  mujer era mejor vendedora  que el  varón. Tenía un par  de  cadetes.

Muy pocas   empleadas    quedaban efectivas.   A todas  ellas  les hacía firmar la renuncia anticipada   para no tenerlas  que indemnizar   en caso de despido.  

Todo abuso era factible  por  la complicidad  de algunos  inspectores  del Ministerio de Trabajo  con los empleadores, al extremo de anticiparles cuando se iba a producir alguna inspección, tendiente a constatar el trabajo en negro.

El Ogro escondía al personal en  los sótanos de sus locales, hasta que terminaba el circo.

El Sindicato de Empleados de Comercio, era la otra pata de la mesa: sus  dirigentes se enriquecían  traicionando a los trabajadores.

Las empleadas del Ogro  merecían un  tratamiento psicológico.  Cada una tenía sus propios mambos. Las  que me tenían confianza, me  pedían  consejos. Yo  era para ellas  una especie de  madrij.  

La Alemana,  era hija única.  Sus padres eran personas mayores. Ella  tenía un enorme complejo de inferioridad: físico y mental. Como no le daba el cuero para poder vestirse  a la moda, se  enrolló con  un tipo casado con quien  intercambiaba sexo por pilchas.

Se casó con un tipo imposible de calificar: peor que una bestia. El día de la boda ella se lavó la cachucha con azufre.  Quería que su novio creyera que  era virgen. No sé si lo consiguió. A los tres años su marido la dejó. De esta frustrada relación le quedó  un hijo.

La  Gorda Su  estaba necesitada de  amor. Pareció encontrarlo en un solterón, que vagaba cerca del negocio donde ella trabajaba. El tema que el  tipo se había fanatizado del enorme  culo de la gurisa.

El tipo abusó de ella hasta el hartazgo; y de un día para el otro la largó. Ese mismo día  la chica, totalmente descontrolada,  se tragó un frasco de somníferos. 

Su madre llegó a tiempo para salvarle la vida. 

Lo que le pasó a la Rosarina,  podía haber enloquecido a cualquier persona medianamente normal.  Se vino a Mar del Plata, para escapar de la ira de su marido a quien le había metido los cuernos con un chico que había sido su novio en la Secundaria.

En la infidelidad no estaba la novedad: su amante  murió en pleno coito.

No menos dura era  la situación de Erre. Era un sábado de tarde;  no había un alma en la calle y menos aún  en la galería donde trabajaba su novio. Éste  le pidió que lo acompañara  hasta el local, porque creía que se había olvidado de apagar la luz del depósito. Cuando  entraron en el negocio el tipo la violó.

La joven anduvo mucho tiempo a los tumbos;  hasta   mantuvo   relaciones lésbicas.

Recuperó el deseo por un hombre después de mucho tiempo y varias terapias.

 LLEGA EL  PRIMOGÉNITO. Con dieciséis años cumplidos  Mi Mujer   supo sobrellevar el embarazo y el parto mejor que muchas mujeres adultas.  Ni los vómitos le hacían perder su compostura.  

Una sola vez tuvo un antojo: quiso comer frutillas. Era medianoche. Encontré una frutería abierta y  le pude dar el gusto.   

Nunca tuvimos la fantasía de saber el sexo del ser que estaba por venir.

Había padres que de puros ansiosos recurrían a distintas técnicas caseras, ninguna  confiable, como para poder terminar con las dudas.

Con Mi Mujer acostumbrábamos a ir al cine durante la semana.  El día anterior al nacimiento del Primogénito  fuimos a una  triple función cinematográfica.   Cuando salimos ya era medianoche. Todavía  hicimos un alto para  tomarnos un  café.

A las seis y media de la mañana  del 17 de mayo de 1965, Mi Mujer me despertó: había roto   bolsa.

El Ogro nos llevó a la mejor clínica que había en  ciudad, en el  Rambler, tipo  guayín,  que El Trepador  había ganado  en una rifa.

Mi Suegro  garpó en efectivo el parto: no teníamos   obra social.

Mi Mujer se aguantó  catorce horas hasta que la llevaron a la sala de parto.  Lo único que  atinaba a decir  era: “No me toquen la cama.”

Yo me había ido a tomar un café y comerme un sándwich. No había probado bocado en todo el día. Me acompañó Eduardo, mi posterior frustrado amigo, que había venido a visitar a sus padres: estaba estudiando Medicina en la capital provincial: La Plata (fundada. 1880.)

Regresé en el preciso momento que en el hall de la clínica se encendía la luz celeste. De lo nervioso que estaba no me di cuenta. Otro señor que estaba en mi misma situación  me lo hizo saber.  Corrí hasta la habitación para avisarles a  Mis Suegros del nacimiento de su primer nieto. Fue tan impetuosa mi entrada que a La Hipocondríaca casi le da un soponcio.  Fue una oportunidad fallida de sacarme de encima a uno de mis peores enemigos.

Fue una tontera de mi parte  creer que el  nieto ablandaría a mis Suegros. Me olvidé que ellos  estaban  rodeados  de avezados apuntadores quienes se encargaban  de recordarles  que al recién nacido  habían sido concebido por  la puttanata  de su hija y  el   figlio de buona donna de su yerno.

Al Primogénito le pusimos dos nombres bien latinos para que  los antisemitas tuvieran que pensar dos veces antes de saber si era moishe o no. Era tratar de evitarle, lo que yo había sufrido. Con el Rabín no iba a tener tantos problemas.  

En tercer año de la Secundaria mi profesora de francés dijo que mi apellido era de origen galo.  Cuando la contradije se ofendió.  Para cortar con el tema, le dije: “que era francés.” 

En el momento que más sensible estaba,  tuve la infeliz idea de decirle a Mi Lolita que me apetecía ir a una función del cine-club, del cual éramos socios. Proyectaban El cuchillo bajo el agua. (Cul de sac),  dirigida por  el polaco de origen hebreo

Román Polanski (n. 1933). Para qué abrí la boca: estalló como si le hubiese dicho la peor de las ofensas. No me tiró con el bebé porque no lo tenía a mano. Fue una

reacción adulta, aunque exagerada: me dio a entender  que el hijo era de los dos  y, por ende los dosdebiamos estar juntos en ese momento.

Pasaron  tres  décadas hasta que pude  ver CUL DE SAC  considerado por los entendidos,  como una obra de culto.

MÁS SOLOS QUE NUNCA. En 1966  Mi Cuñado, el mayor, al que apodé el Trepador,  se alineó definitivamente en el bando enemigo. 

Decidido a ascender en la empresa, su mente afiebrada suponía que su hermana y yo,  íbamos a ser sus competidores. Nada más alejado de la verdad.

Sin Cogote, ya metida en la familia como si fuera la mejor de las hijas era la que le daba letra para sacarnos del medio.

El Trepador y su novia habían convenido que ella iba a llegar virgen al matrimonio para satisfacer  los pensamientos  atávicos del  El Ogro y su mujer.  Cuando Mi Cuñado se volvía insoportable, de la calentura , Sin Cogote  le entregaba el   poto para que   descargara su  afrecho.
Se casaron en la  sinagoga sefardí,  que tenía un mayor boato que la sinagoga   de  SUIM.

La mosquita muerta vistió  de blanco y él de esmoquin, ambas prendas fueron  hechas a medida. Qué menos para futuros empresarios.

Sin Cogote y El  Trepador ingresaron a la sinagoga mirando a   los invitados  con  aire sobrador. Lo único que les faltaba era mostrar un  certificado que confirmara que la novia era casta.

Mis Cuñados fueron padres en  los tiempos establecidos por la ley orgánica de la concepción. Tuvieron un varón. El  Ogro se veía inmensamente feliz.  Se prolongaba su apellido.   Solamente le faltaba deshacerse de mí y cartón lleno.

Yo no  estuve en el brit milá de mi flamante  sobrino. Me quedé en cama aquejado de una fuerte gripe que se combinó con una crisis asmática.  Mis enemigos dijeron que era  un verso mío para  no ir a la fiesta.

En el basurero del mundo siempre hay lugar para las escorias.

Dos años más tarde,  Sin Cogote vio crecer su bombo. La llegada de la nena no tuvo la misma repercusión que tuvo su hermano.  Apenas si  recibió unos tibios aplausos.

 

Yo no quería que Mi Mujer trabajara.  Pensaba que el bebé necesitaba protección materna  en sus primeros años de vida.

No sé si fue una decisión acertada, era lo que yo pensaba en ese momento.   

Cuando El Primogénito cumplió los  tres años Mi Mujer  trató de despegarse un  poco de él para que no fuera tan mamero. El arrepentimiento fue casi inmediato. 

Mi Primogénito era muy caprichoso y El Ogro, le daba letra y plata para descolocarme a mí sabiendo  que me tenía controlado económicamente.

Mi Mujer  era  de  la idea de tener un sólo hijo. Había una lógica: me consideraba incapaz  de mantener una familia numerosa. Yo, en mi inconsciencia, siempre anhelé   un jardín de infantes.

 NUESTRO  MUNDO CANINO.  Mii mujer     enloquecía  por los perros.  En 1969 entró en nuestro departamento uno negro totalmente  peludo, raza callejera. Queríamos que Nuestro  Primogénito se interesara por los animales.

La vida del can  no era para nada divertido: estaba todo el tiempo encerrado en un patio. Lo sacábamos a la calle en contadas ocasiones. A fines de 1971, lo regalamos porque nos íbamos del país.  

En 1973, estábamos viviendo en un kibutz. Una holandesa protestante,  que  se había quedado en la colonia  por amor,  nos regaló una perra que ya venía bautizada con el nombre de Guga.   

Estuvo con nosotros hasta 1977, cuando  comió veneno  para ratas en un almacén del barrio. 

La tristeza fue rápidamente superada: teníamos  dos cachorros suyos. Los regalamos   a un matrimonio argentino cuando nos volvimos a la Argentina, en 1979.      

En 1981   adoptamos  una perra que no tenía  antecedentes  penales, pero  tampoco era  de raza. Cuando creció,   Guga II se pescó una enfermedad cutánea. Ningún veterinario daba  en la tecla. Mi Mujer si: valoró la situación y  la curó.  Le  suministró las mismas pastillas que ella utilizaba para su hipotiroidismo.

En 1990 llegó a nuestro hogar un pequinés: Bobby,  un regalo para el menor de nuestros hijos. 

Este  pichichito se agarró un terrible  metejón con Guga II. Una vez  se enfrentó a un terrible mastodonte, para  defender el honor de su dama. En la lucha desigual perdió un ojo. No se amilanó: siguió enfrentando a todos los que pretendían a  su amada.

Cuando  en el año 1997  volvimos a Israel,  con la intención de radicarnos para siempre, regalamos  a Guga II y al  Bobby lo llevamos con nosotros.  Y con él nos volvimos un año después Bobby  murió en el 2005, después de compartir nuestras vidas por casi una  década y media.  Me  fue muy duro verlo morir.  Juré no tener  un perro más  el resto de mi vida.

FIDELIDAD CANINA.Sócrates y Platón creían que los perros intuían cuando alguien se iba a morir.

En la Edad Media los cruzados estaban seguros que estos animales  eran capaces de distinguir  entre cristianos e infieles.

En los siglos XVII y XVII los cachorritos eran una especie de niñeras. 

María Antonieta, esposa de Luis XVI tenía un perro que la siguió hasta la guillotina y cuando fue ejecutada intentó defenderla y a punto estuvo de morir con ella.

Durante la PGM la Cruz  Roja utilizó el  pelo de pequineses para hacer medias para los soldados. 

Hasta el siglo XX los dientes del  perro  tenía valor de  dinero en las islas  Salomón. 

En el  Sputnik II   Iba la perrita Laika,  la primera en viajar al espacio. Nunca volvió. En cambio Belka y Strelka,  lograron sobrevivir a una misión espacial.”

REZÁNDOLE A LA MENSTRUACIÓN. Para  mi mujer la menstruación  era  toda una odisea por su irregularidad.  Hasta la llegada de  la marea roja se convertía en una cuestión de estado.

Nadie en el mundo  debe haberle  orado tanto a la regla  como nosotros.   Su llegada la  festejábamos con mayor fervor que los cumpleaños.

Las complicaciones comenzaron cuando tuvo que suspender las pastillas anticonceptivas,

porque le  habían aparecido  nódulos en sus pechos. 

La pelota pasó a mi campo: me tuve que  amigar  con el preservativo.

Buscando  un mayor placer y   no sentirnos tan engomados,  encontramos una espuma (asesina de espermas). Su eficacia era difícil de comprobar y su manejo sumamente complicado.

Pensé utilizarlo para afeitarme. Abandoné  la idea porque su olor era nauseabundo.

Optamos  por algo más erótico y práctico: el diafragma un parche que resultó ser  incapaz de detener al más tímido  de los espermas.

En el frenesí del  amor hay veces que se uno se deja llevar por   la emoción. Nuestros   otros dos hijos llegaron  con precisión milimétrica: dos años de diferencia. 

(Continuará)


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