MI VIDA Y SUS INFIERNOS.
Nuestra primera vivienda de casado fue un pequeño departamento con un contrato
temporario de medio año. Después nos
mudamos a un inmueble de tres ambientes, siempre en el microcentro de Mar del Plata. Aquí nos hicimos muy amigos de
los porteros, Paco y Paca, un
matrimonio mayor y sin hijos. Con ellos
compartimos la Navidad de 1965. Con
ellos mantuvimos una linda relación
hasta fines de los ochenta, que fue
cuando se jubilaron. Y desaparecieron
sin dejar rastros.
Una tarde de verano de 1965 me fui a escuchar
la conferencia que brindaba el ex
presidiario devenido en escritor, el francés Henri Charrière (n. 1906) autor de
MARIPOSA--PAPILLÓN, quien ante una escasísima audiencia, relató su confinamiento
en el presidio de máxima seguridad de
Cayena (Guayanas francesas),
por un crimen que no había cometido. Su encierro duró treinta y cuatro años, hasta que
logró fugar.
Lástima que el disertante, no me dio ningún consejo práctico de cómo librarme
del yugo familiar.
Al año siguiente nos cambiamos a un departamento muy lindo
a pocas cuadras del anterior. Aquí Mi Primogénito se abrió una ceja al chocar con una mesa ratona.
Me puse como loco, histérico como siempre, y de una patada casi rompo el
mueble. Mi Primogénito, mientras lo estaban suturando, no perdió su lucidez: me pidió un kit con todos los elementos que
utilizaba el Agente 007, que estaba de
moda entre chicos y grandes.
El “comprame”, era la palabra preferida, sin melodía, de Mi Hijo mayor.
A partir de 1968
hasta principios de 1972 ocupamos
el departamento que habían
dejado Mis Suegros porque se habían
mudado a una vivienda que estaba en la
parte alta de uno de sus locales.
Nuestra casa
tenía más defectos que virtudes:
no le llegaba la luz solar; por estar en un primer piso y en una arteria
movidita, recibíamos el aire contaminado
por el constante paso de los autos
particulares y de los colectivos. Además, nuestro descanso no era
para nada placentero ya que en la misma
vereda había un boliche bailable y un
destacamento de la Policía Federal.
Cuando nos casamos MI MUJER me quiso sorprender con un
almuerzo especial. Lo que no calculó fue el tiempo de cocción. Dejó el horno encendido y
me fue a buscar al trabajo. Unas
cuantas cuadras antes de llegar ya se
percibía el olor a carne y papas quemadas. Todo quedó reducido a un carbón condimentado. No me alcanzaron las palabras para poderla consolar.
Mi Mujer nunca
fue una fanática de la
cocina. Pero tenía una gran habilidad
para sacarse de encima sus obligaciones de ama de casa, en el menor tiempo posible. Yo hacía todo lo que
estaba a mi alcance para ayudarle. También era una manera de evitarme
un rosario de quejas.
EL OGRO Y
SUS CÓMPLICES no se resignaban que Mi Mujer,
cada día que pasaba, estuviera
más enamorada de mí. Durante mucho tiempo la
presionaron para que me dejara.
Lo único que conseguían era hacerla
llorar.
Cuando
la a Hipocondríaca de Mi Suegra, se
convenció que su hija no me iba a
dejar, que lo suyo no era un capricho,
entonces cambió de táctica: se la agarró conmigo. Diariamente le recordaba al
Ogro que su yerno era un hijo de puta. Y
el tipo con las pilas cargadas de odio tenía unas ganas locas de hacerme
desaparecer de su entorno.
Durante
un tiempo hice ingentes esfuerzos
tratando de mejorar la relación. Un par
de veces me quedé a cuidar a la Hipocondríaca estando enferma, para que no se
quedara sola. Jamás me opuse a que Mi Mujer y Mi Primogénito
visitaran a Mis Suegros.
Al final
desistí de ser el chico bueno, convencido que era gente de mala fariña. A todos ellos
la vida los castigó y en qué forma.
El Ogro
todos los veranos abría nuevos locales.
Todos resultaban rentables Quizá
yo era el amuleto de la suerte, aunque
nunca me lo iban a reconocer.
EL OGRO contrataba personal femenino, porque consideraba que la
mujer era mejor vendedora que
el varón. Tenía un par de cadetes.
Muy pocas empleadas quedaban efectivas. A todas
ellas les hacía firmar la
renuncia anticipada para no
tenerlas que indemnizar en caso de despido.
Todo
abuso era factible por la complicidad de algunos
inspectores del Ministerio de
Trabajo con los empleadores, al extremo
de anticiparles cuando se iba a producir alguna inspección, tendiente a constatar
el trabajo en negro.
El
Ogro escondía al personal en los sótanos
de sus locales, hasta que terminaba el circo.
El
Sindicato de Empleados de Comercio, era la otra pata de la mesa: sus dirigentes se enriquecían traicionando a los trabajadores.
Las
empleadas del Ogro merecían un tratamiento psicológico. Cada una tenía sus propios mambos. Las que me tenían confianza, me pedían
consejos. Yo era para ellas una especie de madrij.
La Alemana, era
hija única. Sus padres eran personas
mayores. Ella tenía un enorme complejo
de inferioridad: físico y mental. Como no le daba el cuero para poder
vestirse a la moda, se enrolló con
un tipo casado con quien
intercambiaba sexo por pilchas.
Se casó con un tipo imposible de calificar: peor que una
bestia. El día de la boda ella se lavó la cachucha con azufre. Quería que su novio creyera que era virgen. No sé si lo consiguió. A los tres
años su marido la dejó. De esta frustrada relación le quedó un hijo.
La Gorda Su estaba necesitada de amor. Pareció encontrarlo en un solterón, que
vagaba cerca del negocio donde ella trabajaba. El tema que el tipo se había fanatizado del enorme culo de la gurisa.
El tipo abusó de ella hasta el hartazgo; y de un día
para el otro la largó. Ese mismo día la
chica, totalmente descontrolada, se tragó
un frasco de somníferos.
Su madre llegó a tiempo para salvarle la vida.
Lo que le pasó a la Rosarina, podía haber enloquecido a cualquier persona
medianamente normal. Se vino a Mar del
Plata, para escapar de la ira de su marido a quien le había metido los cuernos
con un chico que había sido su novio en la Secundaria.
En la infidelidad no estaba la novedad: su amante murió en pleno coito.
No menos dura era
la situación de Erre. Era un sábado de tarde; no había un alma en la calle y menos aún en la galería donde trabajaba su novio.
Éste le pidió que lo acompañara hasta el local, porque creía que se había olvidado
de apagar la luz del depósito. Cuando
entraron en el negocio el tipo la violó.
La joven anduvo mucho tiempo a los tumbos; hasta
mantuvo relaciones lésbicas.
Recuperó el deseo por un hombre después de mucho tiempo
y varias terapias.
LLEGA EL PRIMOGÉNITO. Con
dieciséis años cumplidos Mi Mujer supo sobrellevar el embarazo y el parto
mejor que muchas mujeres adultas. Ni los
vómitos le hacían perder su compostura.
Una sola vez tuvo un antojo: quiso comer frutillas. Era
medianoche. Encontré una frutería abierta y
le pude dar el gusto.
Nunca tuvimos
la fantasía de saber el sexo del ser que estaba por venir.
Había padres que de puros ansiosos recurrían a distintas
técnicas caseras, ninguna confiable,
como para poder terminar con las dudas.
Con Mi Mujer acostumbrábamos a ir al cine durante la
semana. El día anterior al nacimiento
del Primogénito fuimos a una triple función cinematográfica. Cuando salimos ya era medianoche.
Todavía hicimos un alto para tomarnos un
café.
A las seis y media de la mañana del 17 de mayo de 1965, Mi Mujer me despertó:
había roto bolsa.
El Ogro nos llevó a la mejor clínica que había en ciudad, en el
Rambler, tipo guayín, que El Trepador había ganado
en una rifa.
Mi Suegro garpó
en efectivo el parto: no teníamos obra
social.
Mi Mujer se aguantó
catorce horas hasta que la llevaron a la sala de parto. Lo único que atinaba a decir era: “No me toquen la cama.”
Yo me había ido a tomar un café y comerme un sándwich.
No había probado bocado en todo el día. Me acompañó Eduardo, mi posterior
frustrado amigo, que había venido a visitar a sus padres: estaba estudiando
Medicina en la capital provincial: La Plata (fundada. 1880.)
Regresé en el preciso momento que en el hall de la
clínica se encendía la luz celeste. De lo nervioso que estaba no me di cuenta.
Otro señor que estaba en mi misma situación
me lo hizo saber. Corrí hasta la
habitación para avisarles a Mis Suegros
del nacimiento de su primer nieto. Fue tan impetuosa mi entrada que a La
Hipocondríaca casi le da un soponcio.
Fue una oportunidad fallida de sacarme de encima a uno de mis peores
enemigos.
Fue una tontera de mi parte creer que el
nieto ablandaría a mis Suegros. Me olvidé que ellos estaban
rodeados de avezados apuntadores
quienes se encargaban de
recordarles que al recién nacido habían sido concebido por la puttanata
de su hija y el figlio de buona donna de su yerno.
Al Primogénito le pusimos dos nombres bien latinos para
que los antisemitas tuvieran que pensar
dos veces antes de saber si era moishe o no. Era tratar de evitarle, lo que yo
había sufrido. Con el Rabín no iba a tener tantos problemas.
En tercer año de la Secundaria mi profesora de francés
dijo que mi apellido era de origen galo.
Cuando la contradije se ofendió.
Para cortar con el tema, le dije: “que era francés.”
En el momento que más sensible estaba, tuve la infeliz idea de decirle a Mi Lolita
que me apetecía ir a una función del cine-club, del cual éramos socios. Proyectaban
El cuchillo bajo el agua. (Cul de
sac), dirigida por el polaco de origen hebreo
Román Polanski (n. 1933). Para qué abrí la boca: estalló
como si le hubiese dicho la peor de las ofensas. No me tiró con el bebé porque
no lo tenía a mano. Fue una
reacción adulta, aunque exagerada: me dio a
entender que el hijo era de los dos y, por ende los dosdebiamos estar juntos en
ese momento.
Pasaron tres décadas hasta que pude ver CUL
DE SAC considerado por los entendidos, como una obra de culto.
MÁS SOLOS QUE NUNCA. En 1966 Mi Cuñado, el mayor, al que apodé el
Trepador, se alineó definitivamente en
el bando enemigo.
Decidido a ascender en la empresa, su mente afiebrada
suponía que su hermana y yo, íbamos a
ser sus competidores. Nada más alejado de la verdad.
Sin Cogote, ya metida en la familia como si fuera la
mejor de las hijas era la que le daba letra para sacarnos del medio.
El Trepador y su novia habían convenido que ella iba a
llegar virgen al matrimonio para satisfacer
los pensamientos atávicos del El Ogro y su mujer. Cuando Mi Cuñado se volvía insoportable, de
la calentura , Sin Cogote le entregaba
el poto para que descargara su afrecho.
Se casaron en la sinagoga sefardí, que tenía un mayor boato que la sinagoga de
SUIM.
La mosquita muerta vistió de blanco y él de esmoquin, ambas prendas
fueron hechas a medida.
Qué menos para futuros empresarios.
Sin
Cogote y El Trepador ingresaron a la
sinagoga mirando a los invitados con aire sobrador. Lo único que les faltaba era
mostrar un certificado que confirmara
que la novia era casta.
Mis Cuñados fueron padres en los tiempos establecidos por la ley orgánica
de la concepción. Tuvieron un varón. El
Ogro se veía inmensamente feliz. Se
prolongaba su apellido. Solamente le
faltaba deshacerse de mí y cartón lleno.
Yo no estuve en
el brit milá de mi flamante sobrino. Me
quedé en cama aquejado de una fuerte gripe que se combinó con una crisis
asmática. Mis enemigos dijeron que era un verso mío para no ir a la fiesta.
En el basurero del mundo siempre hay lugar para las
escorias.
Dos años más tarde,
Sin Cogote vio crecer su bombo. La llegada de la nena no tuvo la misma
repercusión que tuvo su hermano. Apenas
si recibió unos tibios aplausos.
Yo no quería que Mi Mujer trabajara. Pensaba que el bebé necesitaba protección
materna en sus primeros años de vida.
No sé si fue una decisión acertada, era lo que yo pensaba
en ese momento.
Cuando El Primogénito cumplió los tres años Mi Mujer trató de despegarse un poco de él para que no fuera tan mamero. El
arrepentimiento fue casi inmediato.
Mi Primogénito era muy caprichoso y El Ogro, le daba
letra y plata para descolocarme a mí sabiendo
que me tenía controlado económicamente.
Mi Mujer era de la
idea de tener un sólo hijo. Había una lógica: me consideraba incapaz de mantener una familia numerosa. Yo, en mi inconsciencia,
siempre anhelé un jardín de infantes.
NUESTRO MUNDO CANINO.
Mii mujer enloquecía por los perros. En 1969 entró en nuestro departamento uno
negro totalmente peludo, raza callejera.
Queríamos que Nuestro Primogénito se
interesara por los animales.
La vida del can
no era para nada divertido: estaba todo el tiempo encerrado en un patio.
Lo sacábamos a la calle en contadas ocasiones. A fines de 1971, lo regalamos
porque nos íbamos del país.
En 1973, estábamos viviendo en un kibutz. Una holandesa
protestante, que se había quedado en la colonia por amor,
nos regaló una perra que ya venía bautizada con el nombre de Guga.
Estuvo con nosotros hasta 1977, cuando comió veneno
para ratas en un almacén del barrio.
La tristeza fue rápidamente superada: teníamos dos cachorros suyos. Los regalamos a un matrimonio argentino cuando nos
volvimos a la Argentina, en 1979.
En 1981
adoptamos una perra que no
tenía antecedentes penales, pero
tampoco era de raza. Cuando creció, Guga II se pescó una enfermedad cutánea. Ningún
veterinario daba en la tecla. Mi Mujer
si: valoró la situación y la curó. Le suministró
las mismas pastillas que ella utilizaba para su hipotiroidismo.
En 1990 llegó a nuestro hogar un pequinés: Bobby, un regalo para el menor de nuestros
hijos.
Este pichichito
se agarró un terrible metejón con Guga
II. Una vez se enfrentó a un terrible
mastodonte, para defender el honor de su
dama. En la lucha desigual perdió un ojo. No se amilanó: siguió enfrentando a
todos los que pretendían a su amada.
Cuando en el año
1997 volvimos a Israel, con la intención de radicarnos para siempre, regalamos a Guga II y al Bobby lo llevamos con nosotros. Y con él nos volvimos un año después Bobby murió en el 2005, después de compartir
nuestras vidas por casi una década y media. Me fue
muy duro verlo morir. Juré no tener un perro más
el resto de mi vida.
FIDELIDAD CANINA.Sócrates
y Platón creían que los perros intuían cuando alguien se iba a morir.
En la Edad Media los cruzados estaban seguros que estos
animales eran capaces de distinguir entre cristianos e infieles.
En los siglos XVII y XVII los cachorritos eran una
especie de niñeras.
María Antonieta, esposa de Luis XVI tenía un perro que
la siguió hasta la guillotina y cuando fue ejecutada intentó defenderla y a
punto estuvo de morir con ella.
Durante la PGM la Cruz
Roja utilizó el pelo de
pequineses para hacer medias para los soldados.
Hasta el siglo XX los dientes del perro
tenía valor de dinero en las
islas Salomón.
En el Sputnik
II Iba la perrita Laika, la primera en viajar al espacio. Nunca volvió.
En cambio Belka y Strelka, lograron
sobrevivir a una misión espacial.”
REZÁNDOLE A LA MENSTRUACIÓN. Para mi mujer la menstruación era
toda una odisea por su irregularidad.
Hasta la llegada de la marea roja
se convertía en una cuestión de estado.
Nadie en el mundo
debe haberle orado tanto a la
regla como nosotros. Su llegada la festejábamos con mayor fervor que los
cumpleaños.
Las complicaciones comenzaron cuando tuvo que suspender
las pastillas anticonceptivas,
porque le habían
aparecido nódulos en sus pechos.
La pelota pasó a mi campo: me tuve que amigar
con el preservativo.
Buscando un mayor
placer y no sentirnos tan engomados, encontramos una espuma (asesina de espermas).
Su eficacia era difícil de comprobar y su manejo sumamente complicado.
Pensé utilizarlo para afeitarme. Abandoné la idea porque su olor era nauseabundo.
Optamos por algo
más erótico y práctico: el diafragma un parche que resultó ser incapaz de detener al más tímido de los espermas.
En el frenesí del
amor hay veces que se uno se deja llevar por la emoción. Nuestros otros dos hijos llegaron con precisión milimétrica: dos años de
diferencia.
(Continuará)
No comments:
Post a Comment