MI VIDA Y SUS INFIERNOS
Mi Primogénito, un travieso
consumado, cualquier lugar y cualquier chico le servían para sus
fechorías.
Una tarde incómoda,
para estar en el barco, al aire libre, Mi Mujer se
quedó a dormir la siesta con el Menor y yo
me fui al cine.
Durante una escena de la película, en la que abundaban
más tiros que besos, Mi Primogénito se
apareció por el medio de la pantalla
justo en el sitio donde la costura unía los dos paños. Estaba huyendo de un
supuesto enemigo y como equivocó el
camino traspasó el telón. De inmediato se paró
la proyección. El acomodador tomó
al intruso de un brazo y a los gritos
preguntó quién era el padre de ese salvaje.
Yo quería desaparecer, pero no pude. Me levanté de la butaca y me identifiqué como el responsable del malhechor.
Mi Primogénito escuchó mi
reprimenda, como quien escucha un cuento
de hadas. Siguió haciendo de las suyas.
Después de medianoche
los noctámbulos recibían un refrigerio: emparedados de pan francés
de jamón y queso; gaseosa, café o té. Mi Primogénito
siempre se aparecía a tiempo para ligar
un bocadillo.
Mi Hijo Menor era un
dormilón crónico. Lo dejábamos en el camarote y nos íbamos a cenar.
Una vez no lo encontré en su litera.
En un primer momento pensé en un secuestro. Reaccioné instintivamente:
“Quién coño iba a robarse el crio de un pobretón y más aún, en un barco”. Me agaché para mirar por debajo
de una de las cuchetas: allí estaba él durmiendo de lo más chufi. Tampoco se
mosqueó cuando lo levanté para volverlo
a su cama.
Conclusión: la nave se había balanceado y Mi Hijo había rodado quedando
atrapado entre dos valijas.
Una noche hubo una enorme conmoción en la salla da ballo, cuando uno de los
viajeros, un anciano alemán, murió fulminado por un ataque cardíaco en medio de la
pista.
El cadáver del teutón fue depositado en la morgue y
descendido en Génova. Tuvo mucho más suerte que el integrante de la
Primera Junta, Mariano Moreno, cuya
tumba está en el océano Atlántico,
frente a las costas brasileñas.
PISANDO TIERRA FIRME. Después de dos semanas de cielo y mar, bajamos en Lisboa. Nos subimos a un colectivo de doble piso, y recorrimos varios barrios de la capital
lusitana. De regreso buscamos el elevador de San Justa para ver laciudad desde
las alturas pero estábamos fuera de horario de atención al público. Nos quedamos mirando su costa
maravillosa, donde el rio Tajo,
desemboca después de recorrer casi mil kilómetros.
En Barcelona,
aprovechamos que el invierno boreal
seguía regalando tardes soleadas
nos sentamos a merendar en un café frente a la Rambla. El
paseo me hacía acordar a la
Alameda mendocina.
Caminamos hasta el Barrio Gótico, que antiguamente había sido
habitado por hebreos. Su comunidad vivió
aquí hasta el año 1391, cuando fue asaltada y sus habitantes obligados a convertirse al catolicismo. Los
que se negaron fueron asesinados.
En el Puerto Mi Mujer
y Mi Primogénito visitaron una de las carabelas de Colón. Había que tener mucha
imaginación para ver a semejante cascajo navegando por el Atlántico. Cannes lo pasamos por alto, por la misma razón
que lo había hecho yo, en mi viaje anterior.
En la terminal de GÉNOVA con el matrimonio amigo alquilamos un coche. El hombre tenía
la licencia internacional para
conducir. Yo también lo tenía, pero no sabía manejar, un pequeño detalle.
Mi licencia me lo había dado
Pedro, el tejedor, porque sabía que yo
la iba a utilizar fuera del país.
En Israel los cursos de manejo eran muy caros y aprobarlos
era una misión más que difícil, mucho
más para un tipo tan nervioso como yo.
Cerca de la plaza genovesa de Ferrari, nos detuvimos en una cafetería para poder
recuperar el calor corporal.
Yo pedí un café. El
mozo me trajo un ristretto, una infusión
muy concentrada. En dos sorbos lo liquidé.
Necesité un par de horas para serenarme: mis manos me temblaban como
si me hubiese hecho varios puff
de adrenalina.
Nuestro objetivo era Roma.
Pero no queríamos irnos de aquí no sin antes visitar algunos de los lugares característicos de esta ciudad.
Nos recomendaron el
cementerio, famoso por
el valor arquitectónico de sus tumbas.
EN LA
NECRÓPOLIS DE STAGLIENO,
inaugurado 1851, se sepultan a los
difuntos de las religiones católica, judía y evangélica.
Aquí se halla mausoleo del revolucionario y filosofo genovés Giuseppe Mazzini
(n. 1805), quien combatió el absolutismo monárquico.
En el camposanto estaba prohibido sacar fotos. Mi Mujer se
empecinó en hacer lo que no se podía: escondió la cámara Brownie
en su bolso, y gatillaba cuando la
Seguridad se distraía.
Después nos encaminamos al
Palazzo Bianco, famoso por exhibir obras de arte del período Barroco,
(entre los años 1600 a 1750), de artistas tales como: Tiziano,
Veronés, Tintoretto y Caravaggio.
Mi Mujer se entusiasmó con un pequeño cuadro del
flamenco Antón Van Dyck (n.1599). No sé si valoró
la obra o si pensó: “¡Cuántos
problemas tendría solucionado si lo tuviera en mi poder!”.
Un guardia consideró como sospechosa
la actitud de Mi Mujer: le pidió que no se acercara en demasía
para mirar la pintura. Después,
desconfiando de nosotros, nos siguió por
toda la galería.
A la salida me compré una mochila para
poder cargar a Mi Segundogénito
con mayor comodidad. Ya tenía mis brazos
acalambrados. El borreguito pesaba un montón.
Entramos en una confitería. Mi Primogénito se había
encaprichado con una caja de bombones. A
toda costa quería que se la comprara. Le
dije que no. En un descuido se la llevó.
Le pedí que la regresara. Se negó. Amagué darle una cachetada y en esa acción le rocé la nariz. Como tenía debilidad
capilar sangró. Yo terminé pidiéndole disculpas y dándole el
gusto. No sabía
ponerle límites a Mi Primogénito.
Llegamos a la capital italiana en un mal momento: al
día siguiente se votaba en todo el país.
Nos fue difícil conseguir un
hospedaje que se ajustara a
nuestro presupuesto.
Después de una larga búsqueda nos metimos en un hotel alojamiento aprovechando
que las trabajadoras sexuales se
habían ido a votar a sus
respectivos pueblos.
Cada familia comió en su habitación. Después
salimos a conocer la Roma nocturna. Solamente unos locos como nosotros
podían caminar en ese clima que
congelaba hasta el aliento.
En la FONTANA
DI TREVI retrocedí a mi adolescencia recordando
la película La fuente del deseo, dirigida por
el rumano Jean Negulesco (n. 1954),
cuya banda de sonido Tres monedas en la fuente había tenido
un éxito descomunal.
Me imaginaba a la despampanante actriz y modelo sueca ANITA
EKBERG (Kerstin Anita Marianne Ekberg n. 1931), sumergiéndose en la fuente en un pasaje de la película La Dolce Vita, dirigida por el célebre italiano, Federico
Fellini (n.1920.)
Mi Primogénito siguiendo el ejemplo de un grupo de rapaces metió sus manos en el
agua para alzarse con algunas de las monedas,
que la gente arrojaba pidiendo un deseo. Yo
se las hice regresar.
Treinta años después, la Justicia
italiana absolvió a una mujer que se había apoderado de unos diecisiete mil euros porque lo había hecho para poder comer.
El fallo absolutorio estableció que la fuente era un lugar público y que la sustracción
de monedas no era un delito.
En la recorrida llegamos a otros
lugares que yo no había estado en mi viaje anterior: el Estadio
Olímpico utilizado en los Juegos de 1960,
y las Catacumbas, donde los cristianos sepultaban a sus muertos porque los romanos les prohibían tener sus propios
cementerios. Entramos a un túnel
iluminado por unas antorchas hasta donde
se supone está enterrado San Sebastián, el mártir romano del
S. III, quien fue flagelado hasta morir por ayudar a los cristianos.
Abandonamos Roma con destino a NÁPOLES. En nuestra ruta estaban las termas preferidas del emperador Caracalla
(Marco Aurelio Antonino Basiano n. 188). No pudimos ingresar por hallarnos fuera
del horario de visita. Fue una pena porque nos privamos de ver esos
baños construidos entre los años 212 y
216, e inaugurados con el nombre de “Termas Antoninas.”
En Nápoles nos alojamos en un hotel alquilado por el
Ministerio de la Inmigración israelí en
la pequeña localidad de Castellmare conocida por su desarrollo industrial, termal y
turístico. El hospedaje fue un
hospital durante la SGM.
Mi Primogénito, acostumbrado a
dormirse muy tarde, una noche se dedicó a vaciar una máquina expendedora
de bebidas gaseosas, utilizando
las desvalorizadas monedas argentinas.
No solamente se hartó de beber,
sino que también reveló su secreto a
otros chicos que se alojaban en el hotel.
Como nos quedaban tres días
libres viajamos a Pompeya. Aquí
Mi Mujer se obsesionó con
llevarse un recuerdo, que fuera un original. La misión era más que imposible: porque había una estricta vigilancia.
Pero la casualidad jugó a su favor:
yo que me apoyo en una pared y de pronto se desprende un ladrillo
volcánico.
Il mattone adornó nuestra casa
durante muchos años. Después lo regalamos.
Bordeamos el Mar Tirreno hasta Sorrento. Aquí nos
detuvimos en un lugar donde grupos
de artesanos diseñaban verdaderas obras
de artes, utilizando el cristal de
murano. El matrimonio amigo compró una estatuilla que representaba a una garza.
Asocié el lugar con esa bellísima canción ‘VOLVER A
SORRENTO’ canción escrita y compuesta por de los hermanos Gianbattista (n.1860) y Ernesto De
Curtis(n.1875.)
La visita a la isla de
CAPRI, fue al día siguiente. Viajamos en un aliscafo que parecía la sala de estar de un hotel de
cinco estrellas: estaba totalmente
alfombrado, y los asientos estaban revestidos de una pana roja. Me quedé con las ganas de visitar
la casa-museo del
médico y escritor sueco Axel
Munthe (n. 1857), porque la estaban refaccionando.
Su obra más conocida es
La historia de San Michele, una
especie de autobiografía publicado en 1929.
El matrimonio amigo y Mi Primogénito, visitaron la Gruta
Azul. Mi Mujer y yo nos quedamos al
cuidado de los bebés.
(Continuará)
(Todo los textos se pueden leer en el
rincondelosimpios.blogspot.com)
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