MI VIDA Y SUS INFIERNOS.
LOS DEMÓCRATAS NECESITABAN de un candidato de fuste que les garantizara la continuidad al frente del Poder Ejecutivo. Todas las encuestas favorecían a BOBBY K. para las elecciones de 1968. Una bala le torció el destino. El 5 de junio de ese año, el palestino Sirhan Bishara Sirhan (n. 1944), lo asesinó, cuando se hallaba en el interior de un hotel neoyorquino.
El menor de los K., EDWARD (n. 1932), fue tentado varias veces para que se postulara a la Presidencia de los EEUU., pero se negó sistemáticamente.
Se lo había prometido a su madre Rose Fitzgerald (n. 1890.)
Ted se conformó con ser senador vitalicio por el estado de Massachusetts.
EK estuvo a un tris de perecer ahogado mientras circulaba por la isla de Chappaquiddic, en el estado de Massachusetts, perdió el control de su automóvil rompiendo las barreras de un puente y cayendo en aguas pantanosas Él se salvó, pero pereció su acompañante una joven de veintiún años, Mary Jo Kopechne, identificada como su secretaria.
El signo trágico de los Kennedy comenzó cuando el mayor de los nueve hermanos, Joseph Joe Patrick (n. 1915), perdió la vida mientras realizaba una misión secreta durante la SGM, que era destruir un arsenal alemán.
Su avión se transformó en una gigantesca bola de fuego al explotar accidentalmente en pleno vuelo sobre Gran Bretaña. Tenía veintinueve años de edad.
Una de las hermanas, ROSEMARY (n.1918), tenía un leve atraso mental. Cuando creció resultó ser una ninfómana. Sus padres para evitar que se embarazara le hicieron practicar una lobotomía. El tratamiento fracasó y su tara se agudizó. Murió a los ochenta y seis años.
Kathleen Agnes (n.1928), falleció a los veintiocho años de edad, cuando la avioneta que la transportaba se estrelló contra los Alpes franceses. Iba a visitar a su hermano John.
Patricia Helen (n.1924), murió de vieja en el año 2006.
Edward falleció de cáncer en el año 2009. La única que aún permanece entre los vivos es Jean Ann (n. 1928.)
El hijo mayor de JFK y de Jacqueline Bouvier (n. 1929), John John (n. 1960) pereció junto a su flamante esposa, al precipitarse al mar la avioneta que él mismo tripulaba.
La viuda de JFK, se volvió a casar con el multimillonario griego Aristóteles Sócrates Onassis (n. 1906). Ella trajo consigo al nuevo matrimonio la fatalidad de los Kennedy: el hijo de su marido y heredero de la fortuna familiar, Alexander (n. 1948) se mató en un accidente de aviación.
Onassis ya no figuraba entre los mortales cuando su hija Cristina (n. 1950), murió de una sobredosis, mientras visitaba a una amiga argentina en la localidad bonaerense de Tortuguitas.
Después de muertos, JOHN Y ROBERT, fueron prácticamente triturados al publicarse varios libros donde quedaba al descubierto la estrecha relación que mantuvieron con la mafia.
Se los señaló como los que urdieron la muerte de la actriz estadounidense MARILYN MONROE (n. 1926), porque ella los había amenazado con revelar secretos de Estado, si JFK no se casaba con ella como se lo había prometido en uno de sus encuentros sexuales.
JFK padecía de una jaqueca crónica y que la única forma que tenía para reducir los dolores de cabeza era manteniendo una activa vida sexual: necesitaba coger tres veces por día para sentirse bien. Como su esposa no estaba en condiciones de complacerlo, se había rodeado de un harén.
Yo me quité las jaquecas tomando un vasito diario de azafrán disuelto en agua hervida. Por supuesto que no era una cura tan entretenida como la practicada por el expresidente estadounidense.
El patriarca Joseph Joe Patrick (n. 1888), fue un hombre que no ocultó su admiración por el régimen nazi. Era embajador en el Reino Unido en los primeros años de la SGM. Llevaba una vida disipada, rodeado de lindas mujeres, sin importarle que el mundo estuviera envuelto en llamas.
Se enriqueció dolosamente durante la Ley Seca (entendida como la prohibición de vender bebidas alcohólicas entre los años 1919 a 1933.)
“FÁCILMENTE NOS DEJAMOS ENGAÑAR POR AQUELLOS QUE AMAMOS. “ Moliere.
En toda discusión con Mi Lolita, yo era el que terminaba cediendo por más que me asistiera la razón. Esto hacía que su ego manipulador estuviera de parabienes. Ella era una celosa intratable y en todas nuestras batallas salía victoriosa porque enfrentaba a un timorato que la amaba y que no la quería perder. El primer gran quilombo que me armó fue porque no le pude avisar que iba acompañar a Liliana, patas de tero, a su fiesta de Graduación.
La chica me había comprado una entrada sin que yo lo supiera. Y no estaba en mi ánimo defraudarla: era su líder, en el grupo. Al día siguiente me encontré con una adolescente incapaz de entrar en razones. Cuando toqué el timbre del portero eléctrico desde su departamento que estaba en un cuarto piso me arrojó todas las cosas que yo le había regalado en los meses que llevaba nuestro noviazgo.
Los transeúntes se detenían a mirar el show, pensando que era parte de un espectáculo programado por la secretaria de Turismo marplatense ante la proximidad de la temporada estival.
En un intento para que reviera su actitud, me crucé de vereda esperando que si se asomaba al balcón yo podría convencerla a dialogar. Fue inútil.
En cambio, me comí un flor de garrón cuando un tipo que se identificó como custodio del banco que estaba en la misma cuadra, haciéndose el guapo, me llevó de prepo a una oficina donde me retuvo por el espacio de una hora.
El tarado quería saber si yo pensaba asaltar el banco. Si lo haría solo o si tenía cómplices. Repodrido de darle explicaciones me llamé a silencio. Fue cuando el fulano me liberó.
Veinticuatro horas después Mi Lolita me llamó por teléfono a la pensión. Se la notaba serena, decidida a platicar.
Cuando nos casamos, Mi Lolita se la pasaba poniendo minas camufladas en mi camino, para ver si tropezaba con alguna de ellas. Era su manera de tratar de detectar si yo le era infiel.
Cuando estaba convencida de mi lealtad me gratificaba con un polvo magistral, que también le servía para constatar si mi libido no se había visto afectado.
Diciembre nos estaba regalando unos días realmente fantásticos. Mar del Plata presentaba un colorido prometedor para lo que sería la temporada estival que en esos años se extendía durante cuatro meses.
Mi Lolita, me llamó por teléfono a la pensión para preguntarme si quería acompañarla a la casa de una costurera. Le iba a llevar unas telas para que confeccionara unas camperas de polyester a pedido de unos clientes.
Nelly, la costurera, era una asmática crónica. Como estaba medio pirucha le llevó sus cuitas a un psicólogo quien, muy suelto de cuerpo, pontificó: “Debe separarse de su marido, si desea librarse de sus problemas respiratorios”. Todo un hallazgo en la materia.
La paciente tomó en cuenta el consejo del profesional y arrojó a su marido del lecho matrimonial e introdujo en su lugar a un hombre más joven que ella de origen boliviano.
La mujer no se curó del asma, pero su nueva pareja la hacía gozar como jamás lo había conseguido su ex. De sus continuos orgasmos se enteraban todos los vecinos.
Esa misma tuvimos nuestra primera experiencia sexual. Con una diferencia: ella tenía quince años y yo veintidós. Ese día yo también dejé de ser virgen. Increíble para estos tiempos.
A partir de ese miércoles 18 de diciembre 1963, el sexo se convirtió una parte fundamental de nuestra relación.
Diez meses después, en el día de su cumpleaños, una traición de Velo rosado, quedó embarazada.
Fue el final de una etapa.
El Año Viejo de 1963 se despidió lloviendo. Yo me quedé en la pensión. Después de la medianoche acepté reunirme con el grupo mayor en la casa de una de las pendejas.
Me acosté al alba. No me podía dormir: la diarrea me tenía a maltraer. Cuando no pude más me fui hasta la Asistencia Pública, no distante de la pensión.
En la Guardia me inyectaron un calmante y me ordenaron una dieta estricta: arroz blanco con queso de rallar, bebida cola sin gas y puré de manzana.
Eran las tres de la tarde cuando Mi Lolita llegó a la pensión. Habíamos quedado en ir al cine. Me vio hecho una piltrafa. Trató de convencerme para que guardara cama. Yo tenía que estar muerto para perderme de ir al cine. Fuimos a ver Gigante, en la última aparición del ídolo de la juventud sesentista, JAMES DEAN (n. 1931), quien se había hecho bolsa con su Porsche Spyder 550, al chocar contra un poste de luz después de una violenta maniobra para no embestir a una camioneta. Tenía veinticuatro años de edad. Se necesitó de un doble para concluir el film.
De Dean se decía que era bisexual. Se le adjudicaron varios romances pero su verdadero amor fue la joven actriz italiana ANA MARÍA PIERÁNGELI (n. 1932.)
Cuando estaban a punto de casarse, la madre de la novia no lo permitió porque consideraba que el novio no tenía una firme creencia católica. Él quedó anímicamente mal. Pierángeli, se suicidó unos años después.
Dean cautivó a las multitudes con su actuación en: AL ESTE DEL PARAÍSO. Y Pierángeli se reveló en EL ESTIGMA DEL ARROYO, compartiendo el rol estelar con el estadounidense Paul Newman (n. 1925.)
El film contaba la vida del púgil neoyorquino Rocky Graciano (Thomas Rocco Barbella n.1922.)
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Un día después de Reyes, viajé a Sierra de la Ventana (localidad bonaerense fundada el 17 de enero de 1908), para iniciar uno de los dos campamentos programados por el Movimiento Apartidario, para el verano de 1964.
Mi Lolita y yo estaríamos separados durante dos meses. Una dura prueba para dos personas que recién transitaban el camino del amor.
En Sierra yo tenía a mi cargo un grupo de chicos y chicas cuyas edades oscilaban entre los trece y quince años y procedían de Bahía Blanca, de Coronel Suárez (fundada en 1883), y de Mendoza.
De Mar del Plata no vino nadie. Es que en la ciudad balnearia el verano era sagrado: todo el mundo estaba abocado a sacarle el jugo a la actividad turística.
El campamento estuvo bien organizado. Los chicos pudieron aprovechar los días al máximo. El calor era tolerable. Había un pequeño arroyo a metros del majané, lo que nos permitía bañarnos sin correr ningún riesgo.
Finalizado el campamento, viajé en ómnibus hasta Bahía Blanca, para luego tomar el tren a Mendoza. Y desde el aeropuerto Gobernador Francisco Gabrielli (más conocido como “El Plumerillo”), volé a Santiago de Chile.
En un transporte alquilado llegué a mi nuevo destino, Villa Alemana fundada en 1894 y cuyos primeros pobladores fueron inmigrantes de origen germánico, Participaban de este campamento jóvenes de las comunidades de Mendoza y Chile. Eduardo, que gestionó mi llegada a su ciudad fue el único marplatense. Con él se hizo una excepción: la colonia era para mayores.de dieciséis años de edad y él tenía quince.
Era la primera experiencia internacional del Movimiento Apartidario.
Las carpas se levantaron cerca de un estero. Lo primero que me llamó la atención fue que las carpas no tenían canaletas de desagüe. La explicación era muy simple: no llovía en verano.
Yo tenía a mi cargo un grupo sencillamente fantástico. Enseguida entré en sintonía tanto con los pendejos como con las pendejas. Yo era más chiquilín que ellos. Muchos de mis colegas me envidiaban. Y también lo máximos dirigentes del Movimiento porque hubo chicos de otras kvutzot, que se querían venir conmigo.
Yo estaba con la masa y no con quien la amasa.
El asma volvió a cagarme la existencia y de qué manera. En un momento dado pensé en abandonar el campamento. No lo hice para no dejar a mis janijim en banda. De todos modos, no participé en varias actividades que me exigían un cierto esfuerzo: como las largas caminatas y ascensos a unos cerros. En cambio visité Viña del Mar y el Valle de Limache, porque fuimos en bus.
Días antes de finalizar el campamento, los capos del Movimiento me dijeron que me tenía que quedar otras dos semanas, para dirigir a un grupo de mayores que estaba en una etapa decisiva: o se iban a Israel o dejaba el Movimiento.
Yo a causa del asma no estaba dispuesto a quedarme un segundo más. Se enojaron conmigo como si hubiese cometido el mayor de los pecados. No me preocupó: yo sabía que era el final de mi trayectoria como madrij. Un mes, después renuncié. Intentaron convencerme, casi como al pasar, para que aceptara trabajar en Chile. Había una jugosa propuesta en dólares. Rechacé el ofrecimiento porque me habían ninguneado cuando les vine a decir que gente de la colectividad de Santiago me había ofrecido ocuparme de la juventud apolítica trasandina.
La verdad era que yo no me quería alejar de Mi Lolita.
En el campamento hubo varias pendejas que trataban de conquistarme. Las más obstinadas eran dos a las que no les importaba que yo tuviera novia. Nunca me vi un seductor por eso nunca entendí qué vio Mi Lolita en mí. Quizá algo que mi espejo no reflejaba.
Una chilena y una mendocina literalmente se me tiraron encima. Yo, utilizando un discurso bien estudiado conseguí aventar el peligro. Aceptaron a regañadientes a ser mis buenas amigas.
Cuando terminó le campamento fui invitado a alojarme a sus respectivos domicilios en mi regreso a Mar del Plata.
GLORIA, la chilena, era hija única de una familia adinerada de origen checo. Vivía en una mansión en el exclusivo barrio Las Condes, de la bellísima capital trasandina.
El primer día que almorcé con mis anfitriones no sabía cómo arreglármelas con tantas copas, platos y cubiertos. La cabra, al verme contrariado, vino en mi ayuda.
Gloria, era mi guía. Le costaba disimular el camote, pero se contenía para no enojarme. Un domingo sus padres me llevaron a Valparaíso. El paseo se complicó a causa de una pertinaz llovizna.
Una noche unos amigos de Gloria me llevaron al estadio Nacional de fútbol para un cuadrangular del que tomaban parte las dos U locales: Universidades de Chile (fundada en 1927) y la Católica (fundada en 1937); el brasileño Vasco Da Gama de Brasil (fundado en 1898), e Independiente de Avellaneda (fundado en 1905). ¡Cuántos talentos había en ese campo de juego!
Fue en Santiago donde vi tantos borrachos madrugadores: preferían el vino antes que el café con leche.
Continuará)
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