Friday, April 9, 2021

NO SOY FAMOSO, PERO TENGO ALGO QUE DECIR (35)

 

 

MI VIDA Y SUS INFIERNOS.

 

 

SUFRIDOS TORTOLITOS. Mi Lolita era una adolescente y yo un tipo mayor. No nos iba a ser fácil convencer a sus padres que estábamos sinceramente enamorados.  Tan auténticos eran esos sentimientos que ya  llevamos más de  medio siglo de vida en común.

Nuestro amor clandestino explotó cuando MI LOLITA quedó embarazada.

Los años me enseñaron que al mundo lo manejan los malos y que la bondad no es una virtud sino un acto de cobardía. Así me fue por confiar en los   humanos.

Mis futuros suegros me trataron como a  un bastardo sin importarles que en toda esta historia estuviera involucrada  la propia hija.

El Ogro era  un tipo prepotente, egoísta, ramplón, con aires de intelectual de mostrador. Fanático del trabajo hasta la extenuación, porque era la forma que tenía de ahuyentar   todos fantasmas que lo acunaron en su infancia, donde tuvo más carencias que días de abundancia. 

Era un abogado frustrado: dejó la carrera en tercer año para poder mantener a su incipiente familia.            .

El Ogro no era un hombre feo: tenía rasgos interesantes. Su cuerpo se había desfigurado con los años: quedó con los hombros caídos y portaba un abdomen voluminoso, por la ingesta desmedida de hidratos de carbono.

A veces, yo iba a cenar a la casa de Mi Lolita. No sé si era la casualidad, pero siempre me tocaban:   fideos con manteca, un   colchón de arvejas y una ensalada incompleta. Rara vez vi un postre en esa mesa. Cuando la economía mejoró, la comida se transformó  la justificación por tantas horas de trabajo.

El Ogro tenía una hermana solterona. Físicamente abultada, con pocos atractivos femeninos. Nunca le conocí un hombre, en cambio se repetía con una amiga que era docente: daba clases de Dibujo.

La Madre de Mi Lolita era un mal bicho. Vivía amargada y amargando a los demás. Cuando abría la boca era para tragar algún medicamento o para  quejarse. Solamente se sonreía cuando las ventas del negocio que tenían de camperas y pulloveres superaban sus expectativas. Era mofletuda, pechugona, culo chato y piernas de garza. Tenía casi la altura de su marido.  

No podía seducir ni siquiera a un condenado a muerte, aún sabiendo que no tendría otra oportunidad de fornicar. No sé cómo hizo para cazar al Ogro.

La Hipocondríaca tenía dos hermanos: el mayor fabricaba marcos de aluminio destinados a la construcción. Se hacía pasar por ingeniero civil,  sin serlo.  Tuvo un gran golpe de suerte cuando hizo un trabajo de envergadura para el Estado, que era la única teta que siempre enriqueció a los mediocres y fraudulentos empresarios argentinos. El Ogro le envidiaba. 

El    menor   tenía   una joyería en el Once. Vendía artículos importados, algunos de dudosa procedencia. Para no tener que padecer visitas  inoportunas tenía  arreglos con unos   canas  amigos quienes le avisaban cuando se realizaba  alguna inspección.   De todos modos no le evitaba el estrés.  Fumaba compulsivamente. Murió joven.

Cada uno de los tíos de Mi Lolita tenía   tres hijos: dos varones y una chancleta. Esos seis críos fracasaron en sus primeros matrimonios. Los varones tuvieron suerte con sus nuevas parejas. Las primas, en cambio, transitaron caminos llenos de frustraciones hasta que terminaron agarrando lo que venía. Una de ellas murió relativamente joven.

MI LOLITA, tenía una muy buena relación con sus primos. Cuando se vino a vivir a Mar del Plata, se empezaron a distanciar. La separación fue definitiva cuando ella se casó conmigo. Nuestro estatus no estaba al nivel de vida que ellos llevaban. Y es harto sabido que los pobres espantan.  En escasas ocasiones nos encontramos con ellos.

 LOS TORTOLITOS DETENIDOS Era el viernes 30 de agosto siempre de 1963, después del Kabalat Shabat,  con Mi Lolita, su hermano mayor  y un grupo de chicos,  nos fuimos   a tomar café a una confitería  que estaba abierta hasta altas horas de  la noche.  Mientras unos divagaban de cómo hacer del planeta un lugar más habitable, llevé a Mi Lolita a la calle para poder mimarnos libremente.   Nos estábamos besando cuando  un agente de calle se nos vino al humo. Nos pidió los documentos: no los teníamos. El cana nos hizo patear diez cuadras hasta  una  Comisaría. Menos mal que en todo el trayecto no había un  alma.

Cuando llegamos a la Comisaría nos hicieron esperar hasta tanto fuéramos recibidos por el Oficial de Guardia. Nos chupamos un plantón de casi una hora.

Mi mente se me llenó de imágenes catastróficas: veía al Ogro sacando a su hija de la Comisaria  y pidiendo para mí la pena de muerte. Y  a la Hipocondríaca aplaudiendo  a rabiar durante mi ejecución.  

Cuando entró el oficial me calmé.  Se veía que venía a darnos una filípica a manera de escarmiento y nada más. Nos dijo: “Les hablo como el padre que soy”.   Hizo hincapié en los peligros de la noche y que no volviéramos a salir sin el documento de identidad.  

Nos dejó ir no sin antes arrancarnos la promesa que seríamos ciudadanos ejemplares. 

Cuando regresamos a la confitería nuestra gente seguía metida en la discusión, sin haberse percatado de nuestra ausencia.  Menos mal que no había sido un secuestro.

A la semana  de este incidente   volví a pisar la misma Comisaría. Había tomado un colectivo para ir a la Sociedad Israelita, y  a poco de andar, un pasajero denunció el robo de su billetera. 

El chofer no dejó bajar a nadie y enfiló derechito a la Seccional.   A mí me hicieron un par de preguntas y me liberaron. Esta vez, llevaba conmigo el  DNI.            

  MI LOLITA Y YO nos veíamos a escondidas. Su hermano mayor nos hacía el aguante.   A pesar de ser un tipo parco, mi futuro cuñado me daba  confianza. Un día me  confesó  que estaba enamorado de una de las  chicas del grupo. Me contó algo que nadie sabía: que se le había tirado y que había rebotado de lo lindo.   La elegida de su corazón  era Sin Cogote.  Yo no  podía creer que esa  gurisa se hubiese  hecho la exquisita con él. Justo ella,  a quien  los varones de SUIM   le negaban hasta la hora.

Sin Cogote  había tenido un affaire con un chico católico, pero la cosa no prosperó   por su  temor a que su familia  se enterara.  Jamás le hubiesen permitido casarse con  un goi por más que fuese un buen  candidato.  

Sin Cogote era  una rubia desabrida, la cabeza pegada al cuerpo, cabello tipo viruta, y un físico similar a la de la Hipocondríaca: un barril sostenido por dos mondadientes.   

Cuando la conocí, vi en ella a una joven acomplejada.  La traté de ayudar.  Con ella hice una excepción: iba a su casa a enseñarle hebreo sin cobrarle un peso.

Sin Cogote había perdido a su padre cuando era una niñita. Su madre no se volvió a casar, y sola lidió para mantener a sus   tres hijos (ella y dos varones.)

 Rosa, la madre de Sin Cogote, era un camión sin acoplado. Cada pierna era el doble

de mi cuerpo.  Trabajaba en un negocio textil y estaba todo el día fuera de su casa. Tenía una   chica de campo con cama adentro que le ayudaba en los quehaceres domésticos.  Los cinco vivían con el abuelo materno, en un enorme caserón que estaba a pocos metros de SUIM.

En esa enorme calesita que es la vida,  Sin Cogote enviudó siendo muy joven. Su única hija se enamoró de un policía.  Ella se opuso a esta relación.  La alejó del foco maligno, mudándose   a los EEUU, donde  la casó  con   un primo lejano. Muchos años después a su yerno se le detectó  un tumor cerebral, el mismo  mal que mató a mi cuñado.   Hasta donde supe, el tipo zafó.

Después de unas cuantas idas y vueltas,  Sin Cogote aceptó salir con el hermano de Mi Lolita. No pasó mucho tiempo que la tipa sacó a relucir todo lo basura que era. Se ganó el aprecio del Ogro y de la Hipocondríaca, hablando mal de mí y conformando un frente común con mis enemigos, para presionar a Mi Lolita a que  me dejara. 

Sin Cogote, de tener un par de zapatos y un solo vestido, se compraba toda la ropa que quería  con   la plata mis suegros. Y de mosquita muerta  pasó a sentirse una lady. Y completó su macabra tarea alejando a su boyfriend de SUIM. Y juntos comenzaron a recorrer el camino que conducía al dinero.

El hermano mayor de Mi Lolita, no completó la Secundaria. Se entregó de lleno a la tarea empresarial.  Su novia terminó quinto año pero no siguió estudiando.

Mi Lolita y yo, estábamos   al margen de todo.  A nosotros solamente nos importaba insuflar más amor a nuestro amor.

A mí me costó   darme cuenta que los hebreos no son una excepción en el mundo real. Mi futuro cuñado se olvidó de nuestra antigua amistad, de todo lo que había hecho por él para que  Sin Cogote lo aceptara. Y de chico bueno mutó a Trepador.  

La vida es una fotocopia.

EL ASESINATO DE JFK. La tarde del  22 de noviembre convocaba a escapar de cualquier

encierro. Era un día precioso.  Alargué  mi habitual caminata a SUIM, yendo por la avenida Colón hasta la Costa; para luego  retomar por Rivadavia  hasta la Sociedad.

Como siempre iba escuchando radio.  De pronto la programación se  interrumpió para dar paso a un flash informativo que me paralizó: el    presidente de los EEUU., John Fitzgerald Kennedy (n. 1917), el  primer católico en ocupar la primera magistratura de su país, había sido asesinado

Creí que se    terminaba el mundo. Yo a JFK lo admiraba, sin analizar en profundidad la naturaleza de mis sentimientos.   

Fue  un  crimen por encargo. Nunca se pudo o no se quiso investigar el trágico suceso, porque la Comisión Warren no  entró en  la ratonera donde se ocultaban los verdaderos culpables.  Por el crimen le pasaron factura  a un perejil  porque había estado  viviendo   en la Unión Soviética  de donde era oriunda su  esposa  Marina Prusakova  (n. 1941.)

LEE HARVEY OSWALD (n. 1939),   fue  puesto a disposición de la Justicia. El presunto reo no  tuvo tiempo de  abrir la boca. Se  la cerró  el propietario de un cabaret tejano: el gánster Jack Ruby (Jacob Rubenstein n. 1911) quien entró al  lugar de detención como si fuera de su propiedad y lo acribilló. Al poco tiempo Ruby  fallecía  de cáncer.   

La mafia norteamericana, tuvo  algunas  joyitas de origen hebreo tales como el polaco Meir Lansky (n. 1902)  y  el estadounidense Benjamín   Siegel (n. 1906), quien  impulsó el turismo y el juego en Las Vegas. Las  versiones  que  circularon como posibles causales de este  magnicidio fueron:  que JFK  se olvidó de las promesas que le hizo a la Mafia después de conseguir  de

ella un importante aporte para  su campaña proselitista; que hubo complicidad entre el   vicepresidente Lyndon Johnson (n. 1908),    la CIA y  el FBI, para eliminar  al Presidente; o que fue obra   del poderoso sindicalista de los camioneros, el delincuente  JAMES RIDDLE JIMMY HOFFA (n. 1913), porque el   hermano de JFK.,  Robert (n. 1925), que era ministro de Justicia, lo estaba investigando  por una supuesta malversación de fondos.

(Continuará)

 

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