Saturday, August 14, 2021

NO SOY FAMOSO PERO TENGO ALGO DECIR (48)


Mi VIDA Y SUS INFIERNOS

 

MIS HIJOS.  Regresé al país con la cola entre las patas, después de mi resonante fracaso. Habia que decidir una salida económica.

Mi  Primogénito fue el primero en cerrar la puerta del lado de afuera. Se mudó al departamento de un amigo.

Desde chico había demostrado  una  inclinación hacia  las materias técnicas.  

Cuando  el Primogénito  era todavía un niño a su madre le  pareció que tenía un buen oído para la música. Lo envió  a estudiar guitarra con  uno de los grandes compositores de la canción popular israelí, Yosef Adar,  quien se  había radicado en Arad. Cuando regresamos a la Argentina su supuesto  talento quedó al margen.

Al ser un chico de  buena estatura   lo  alenté a que jugara al básquetbol. Empezó  en Beit Hashitá. Su entrenador era un voluntario estadounidense que se había  casado con una chica del kibutz.         

En Arad su historia deportiva ya fue distinta. Con chicos más grandes me   daba la sensación que arrugaba. Para salvar las papas utilizaba los lanzamientos de larga distancia.  

En Mar del Plata, lo anoté en un club.  Lo  desilusionó el desorden imperante. Dejó

el deporte por el estudio.

 Después se puso de novio con quien sería su esposa. La había conocido en la Secundaria.            

Cuando se planteó el tema de la boda Mi Primogénito decidió darle el gusto a su novia y se casó por el culto católico. El cura preparó  el  ritual como para que las dos partes quedaran conformes.  Inició la ceremonia diciendo: “Todos somos judíos”. La expresión me resultó bien cínica teniendo en cuenta el pasado antisemita de la Iglesia católica.

Cuando le  pregunté a  Mi Primogénito  por qué no había invitado a un  rabino a compartir la ceremonia, me contestó que  en SUIM  le habían  pedido un dinero que él no tenía. Yo creo que me mintió.                   

No concurrieron al casamiento en señal de protesta  el Ogro y  Mi Hermano, el mediano. No me importó  la ausencia de estos dos  bicharracos.  En cambio  vino La Hipocondriaca.

PARADOJAS DEL DESTINO: Mi Cuñado, el menor, se casó con una católica y mi suegro no abrió el pico.  

Uno de los hijos de  Mi Hermano, el farsante,   se casó  con una joven evangélica.    El acto religioso se realizó de acuerdo al culto de la nuera. No fui por razones económicas. No por venganza.

 A Mi Hijo  el mediano,  la experiencia de Beit Hashitá le resultó nefasta: hasta le  modificó su carácter. De ser un nene sumamente alegre se volvió   irascible: no solamente se peleaba con sus compañeritos del jardín de infantes, también se había tomado la costumbre de escaparse. Esta aversión al encierro terminó por ser el factor determinante el resto de su vida.

En una de sus tantas fugas lo encontré sentado en la puerta de casa.  Lo arrastré de un brazo de vuelta al gan, y encima cobró. Por un tiempo  no reincidió.

El Mediano  después de completar la Primaria, entró en la  Escuela Industrial. A

mitad de camino reculó y se pasó a un Nacional, que tenía  menos  años de estudio.       
 Después de irse de Israel anduvo por Londres hasta que recaló en Madrid.

 Inició dos carreras universitarias en la Complutense  y a ambas   las abandonó.

Estudió luthería en EEUU, un par de años trabajó en su profesión.  Todo lo bueno que podía ser profesionalmente  lo  malogró con  su impuntualidad.  

Se radicó   en Barcelona. A los cincuenta años sigue siendo un  soltero convencido.  

 Las mujeres son para él un touch and go.

Su actividad laboral se circunscribe a rascar  la guitarra por las calles de  la ciudad condal.

En el año 2011 nos reencontramos con él. Sigue siendo un enemigo acérrimo del materialismo clásico.  Vive como okupa y come con lo que gana guitarreando.

MI HIJO, El Menor,   después de terminar la Primaria ingresó al Industrial. En   la ENET Número Uno, hizo historia, el ser el primer alumno  en    saltearse dos   años. Estudiando sin profesor.

Cuando  terminó sus estudios viajó a  Israel.

El día que  fui a buscarle el analítico, una de las secretarias me felicitó. Yo no sabía si  estar orgulloso por  el cumplido o pensar  que el nivel de enseñanza  se había venido abajo.

Con los años El Menor, demostró tener pasta de estudiante. Sin su familia, sin   ayuda económica de nuestra parte, se la apechugó para sacar adelante una carrera y recibirse de Ingeniero electrónico, en un exigente establecimiento como la Universidad Tecnológica de Haifa (Tejnión). Y como israelí,  tampoco eludió el servicio militar.

El Menor era  sentimentalmente más pudoroso que El Mediano. No se enamoraba con tanta facilidad, a  pesar de compartir  el signo zodiacal. Ahora tiene  su media naranja en una joven alemana. Muy bella

  A EMPEZAR DE NUEVO.  Avergonzado como estaba  de  haber defraudado a Mi Familia.  Tuve  que salir a buscar trabajo.  La ciudad estaba más oscura que nunca. Los cortes de luz se reiteraban noche a noche. Los empleados de la empresa de    Energía Eléctrica, ponían lo suyo como para que nadie extrañara  al gobierno de Alfonsín, que ya  había anunciado su

retirada.

El Depredador de La Rioja, Carlos Menem (n. 1930) se estaba probando la banda presidencial.

Mi Mujer, como toda ama de casa responsable,   estaba muy nerviosa por la caída de la economía doméstica.    Hasta los dos perros que habitaban nuestro rancho, se habían puesto en mi contra.

Mi vuelta a la ciudad de mis infiernos, me significó estar aislado de todo y de todos. Mis  viejos conocidos  hacían como que no me veían.

Yo  no sabía hacia dónde  arrancar.  La solución me llegó cuando me encontré con un excompañero de El Atlántico, quien me propuso  que enseñara Deportes en su  Academia de Periodismo.  

En febrero de 1990  abrí un pequeño curso introductorio, que me sirvió para  preparar el  programa de estudio.  

Yo  iba a enseñar  la historia y las características de cada juego. El Dueño de la Academia se encargaría de la parte  escrita.

Yo pensaba que cada curso tenía que ser anual, para evitarnos deserciones. Y así se hizo.  Esta  carrera   daba para ilusionar al alumnado, con la promesa de un trabajo seguro.   

En Mar del Plata las dos empresas periodísticas  requerían de poco personal. Para muchos una salida laboral fue la  aparición de las radios de  frecuencia modulada.  Con unos pocos avisos publicitarios se conseguían espacios en horarios centrales.

En el mes de abril de 1990 inicié mis clases con una buena cantidad de inscriptos, superando mi expectativa inicial: los tuve que dividir en   dos turnos.  

Por cada estudiante yo recibía el  cincuenta por ciento de la cuota. Nada mal para alguien  que no tenía otros ingresos.

Cuando creí que tenía la vaca atada, que iba a poder vivir de la enseñanza,  el dueño de la academia me demostró ser  un miserable.  

Envidioso por lo bien que me iba descubrí que   manoteaba  de mis ganancias.  

Cuando le recriminé su actitud le  echó la culpa a un empleado administrativo. 

El Dueño de la Academia,  era hijo de  un belga que había luchado  en la SGM.

Dicho sea de paso los belgas no me simpatizan. Son antisemitas de pura cepa.

El Dueño de la Academia tenía treinta y cinco años y se  encaminaba a morir  soltero.  Hasta que se metió con una exalumna a quien hizo socia en el negocio. Cuando ella se dio cuenta que el imbécil la esquilmaba  fue y lo enfrentó.   

El tipo para tapar el asunto simuló un brote sicótico y amenazó con suicidarse. Yo  tenía que haberlo ayudado a matarse.  Me puse del lado equivocado.  Repitió varias veces estos simulacros, siempre  para  esconder sus desbarajustes.

Su vida se encarriló cuando se casó  con otra  exalumna a quien en poco tiempo le hizo tres hijos. No la dejó descansar por temor a perder la puntería.

Mi situación en el Instituto empeoró   cuando puso en la administración de los mangos a una cuñada  quien  enseguida aprendió a robar para la corona.

Mi relación con la cuñada  fue   buena hasta que tuvo la mala idea de enamorarse de uno de los alumnos,   flor de sabandija.

El pendejo, después  de remar bastante,  la convenció para que perdiera la virginidad.   Le dijo que era  un trastorno para ella   y nada  más.   La piba  aceptó quitarse la molestia.

El sabandija una vez satisfecho  desapareció de Mar del Plata.

La seducida y abandonada se convirtió en una tipa intratable.  La desilusión afectiva  sacó a la superficie todo lo mierda que era.

A mediados de 1996 me di cuenta que no tenía sentido seguir con la enseñanza.  

Al  Dueño de la Academia  podía haberlo demandado  por haberme  tenido  en negro cinco largos años. Pero yo no podía  ser un desagradecido con alguien, que mal que mal,  me había dado la oportunidad de ganarme unos pesos, cuando me estaba ahogando en la mishiadura.  

Cuando la mente está  hueca, la inteligencia es un desperdicio.

OTRO ENFERMERO EN LA FAMILIA. Un día me planteé qué hacer de mi vida. Entonces fue cuando  decidí estudiar Enfermería, en una edad que    estaba   para cuidar nietos. De todos modos comencé el curso que duraba dos años y medio.

Tuve la suerte de recibir un pequeño estipendio, una ayuda que daba

mensualmente  el Ministerio de Salud provincial.   

Mi Mujer, en su tiempo de estudiante no tuvo mi misma suerte.     

La carrera se inició con unas sesenta mujeres y dos varones.  Doce fuimos los que nos recibimos.

A pesar de mis titubeos iniciales,  me enderecé y pude obtener el título de Enfermero Profesional con notas relativamente buenas.

De mi época de estudiante tuve tres  experiencias que me resultaron inolvidables. La primera, cuando  fuimos al solario del Hospital de adultos.

Teníamos que realizar higiene y confort en cama. Unas chicas tomaron a su cargo a un hombre que estaba como adormecido. Padecía de cirrosis hepática. Mientras lo lavaban lo iban destapando. Cuando llegaron a la parte inferior del cuerpo se encontraron que  le faltaban las piernas. Esa misma tarde    la mitad de las estudiantes abandonaron la carrera.

Yo había  terminado  de higienizar a un chico que había recibido un tiro en el abdomen durante una riña ocurrida en un centro comercial, cuando noté  que se estaba defecando. No lo dudé: preferí agarrar la mierda con la mano, antes de tenerlo que limpiar de nuevo.

Un grupo de alumnos habíamos entrado  a la Unidad de Cuidados Especiales Obstétricos (UCEO).  Me acerqué a un médico que  estaba   revisando a una paciente. Me dejó mirar a través del espéculo: era visible la presencia  de un chancro sifilítico. La mujer estaba  llorando. No entendí por qué.  Es  un mal que tiene cura. El problema era otro: su suegro la había contagiado.

Durante mis estudios y la enseñanza encontré un espacio para un part- time en la  Liga Marplatense de Fútbol; me tenía que encargar de la parte administrativa del Colegio de  Árbitros: participaba del sorteo, confeccionaba  y distribuía  las planillas detallando  partidos, categorías y horarios.

Yo sabía que necesitaba de una buena palanca para poder entrar en el hospital pediátrico donde  estaba trabajando Mi Mujer.  Estaba pasado de edad y falto de experiencia.   De todos modos presenté  mi documentación a la espera que alguien moviera mi legajo.

Cuando  parecía que estaba destinado a guardar el título en el ropero, se me apareció un hada madrina: una enfermera que tenía un cargo político. Ella consiguió que mis papeles salieran a la luz.

A mediados de 1993 ingresé  en condición de becario, sin tener ningún beneficio: el Estado también esclavizaba  a pesar de sus reiteradas peroratas de estar combatiendo el trabajo informal. Cinco años duró mi agonía de becario.

Con los años  el Hospital Público se fue convirtiendo en una cueva de punteros y protegidos políticos, Muchos de estos acomodados se jubilaron sin haber pisado su lugar de trabajo. Otros iniciaron su actividad gremial.

Algo parecido lo presencié en Sindicato de Prensa, cuyos dirigentes, nunca conocieron una máquina de escribir.

Entre los médicos también se cocinaban algunas matufias: como cobrar horas extras sin haber atendido a un solo  paciente o llevarse  elementos del Hospital para sus actividades privadas.

El Ministerio de Salud  era  cómplice por administrar el despilfarro y no tomar medida alguna para evitarlo.            

La vida es una fotocopia.

Yo cumplía el turno noche en el   servicio obstétrico conocido como “ALTO RIESGO.”

Aquí  se internaban  mujeres  cuya  gestación venía   complicada y necesitaban  un mayor control.  

No era común que un hombre trabajara con parturientas.  Conmigo estaban tres  jóvenes, con quienes me llevaba muy bien, a pesar que el primer día tuve una complicación: dos se ellas se habían tomado  franco. La tercera me dejó pagando.    Le metió un cuento a la Supervisora, diciéndole que su madre no se sentía bien. La verdad era otra:   se había ido a coger  con su novio. Al día siguiente  le di   semejante sermón que nunca más me dejó colgado.

El trabajo nunca es  difícil siempre y cuando se logra conformar  un grupo que sea unido. Nosotros lo logramos, a pesar de que cada una de  mis compañeras tenía su propio mambo.   

En los lugares  donde las  mujeres son mayoría, sus vidas privadas  alteran la tranquilidad del trabajo.

No tuvo que pasar mucho tiempo para   darme cuenta que la Enfermería es una profesión maltratada y jaqueada por dentro y por fuera.

No era  posible  que gente que se pasaba  la vida  limpiando culos alentara   la discordia y  promoviera  el caos.

El mal mayor se originaba a partir de aquellos que tenían  cargos jerárquicos. Además,  por ser deprimidos  intelectuales, no se comprometían en nada.    Solamente buscaban  un mejor ingreso en una función  que no cumplían.

 La otra pata de la mesa descuajeringada era   el  Ministerio que,  con  su indiferencia, marginaba a los enfermeros.  

 (continuará)(todos los  capítulos en elrincondelosimpios blogspot.com/ el hombre de la memoria corta)

 

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