Mi VIDA Y SUS INFIERNOS
EN ENERO DE 1989 EL EXPRESIDENTE ALFONSÍN RECIBÍA EL último cachetazo de su enclenque gestión de Gobierno. Unos civiles delirantes a quienes alguien les tiró carne podrida, coparon el cuartel de La Tablada, en una acción suicida, lo que terminó por desdibujar al al mandatario que hacía rato era un gnomo político, incapaz de sortear las zancadillas que le ponía el peronismo traicionero. Volví a sentir ese miedo inexplicable como me ocurrió en el año 1972 cuando la política vernácula comenzaba a transitar un camino sin retorno y que terminaría llevándose puesta a toda una generación.
El diario me pagó la renuncia con unas cuantas migajas. No estuvo en mi ánimo discutir esta actitud miserable con quienes eran afectos de abusarse del trabajador. Con ese dinero y la venta de un plan de viviendas que estaba pagando para poder rajarme del barrio Centenario, me compré un pasaje bastante económico que ofrecía la empresa rusa aeronavegación Aeroflot. El viaje incluía una estadía de cinco días en Moscú, antes de tomar la combinación que me llevaría a Madrid.
Dejé Mi Familia ilusionada y con la promesa de reunirnos muy pronto para poder iniciar una vida sin tantos baches económicos.
De Buenos Aires a Moscú volé en un caza bombardero transformado en un avión de pasajeros. Sus cabinas no estaban lo suficientemente presurizadas. Cada vez que tomaba altura yo tenía la sensación que mis oídos me iban a explotar.
Después de la escala en la isla Cabo Verde cuando el avión despegó yo no pude soportar el dolor de oídos y me puse a llorar.
Entre los pasajeros había un contingente de pescadores rusos que regresaban a su país después de depredar las riquezas ictícolas argentinas. Casi todos vestían camisas de nylon de manga corta y despedían un olor a chivo imposible de tolerar. Yo respiraba por la boca para evitar las náuseas. Asco y dolor resultaban una mala combinación.
Las azafatas eran unos tremendos mastodontes. Tenían un increíble pelambre en las piernas y en las axilas. Mi Mujer era una obsesiva: se depilaba ni bien asomaba el primer vello.
Aterrizamos en el aeropuerto Internacional de Moscú-Domodedovo situado treinta y cinco km. de la ciudad. Mis documentos fueron controlados por un joven que se encargó de torturarme, a pesar que yo tenía la visa correspondiente. Fue porque en la foto del pasaporte yo aparecía sin barba y en ese momento me la había dejado crecer. Mi verdugo solamente hablaba ruso. Al menos conmigo.
Yo había hecho un pequeño curso de ruso en un instituto privado pero lo tuve que abandonar por cuestiones laborales.
En Moscú me alojé en un hotel de medio pelo que estaba un tanto alejado del centro. La única comida que me daban, sin cargo, era el desayuno, tipo continental que bien se podía considerar un almuerzo.
Moscú me maravilló por su magnificencia. Políticamente había otro clima gracias al glasnost (apertura, transparencia o franqueza), impulsado por su primer ministro MIJAÍL GORBACHOV (n. 1931). Lástima que en este país su gente es genéticamente corrupta e incapaz de modificar su destino.
Los jóvenes pervertidos por el comunismo, se morían por un jeans importado que solamente los podían conseguir en las tiendas que eran exclusivas para turistas, siempre y cuando tuvieran dólares. Por eso buscaban hasta la desesperación la moneda norteamericana.
Esta imagen se me repitió durante un viaje que hice a Cuba: Fidel Castro quiso copiarle a los rusos. Y así le fue a su gente.
En el viaje a Moscú había hecho amigo de un joven arquitecto rosarino quien, después de conseguir la residencia, volvía a España para trabajar con unos familiares. Estaba divorciado. Su ex era la hermana de quien sería un destacado centrodelantero de Newell’s Old Boys: Iván Gabrich (n. 1972.)
Yo no me despegaba del Arquitecto rosarino. Él era mi cicerone. Me llevaba a conocer lugares que por las mías nunca los hubiese podido encontrar.
Del hotel al centro nos movilizábamos en trolebús. Los trabajadores no pagaban el boleto. Nosotros nos incluíamos en la categoría de laburantes avivados.
Quizá presintiendo que las cosas no me irían bien en España, entré en uno de esos monumentales hipermercados que estaba al servicio de la población local y que, para el argentino todo era una bicoca.
Por monedas compré regalos para toda la familia. Yo me hice de un traje y un sobretodo que en la Argentina me hubiesen resultado imposibles de comprar. Muchas cosas que se vendían ahí eran fabricadas en los países satélites de la ya herrumbrada Cortina de Hierro.
Muchas moscovitas rajaban la tierra. Una vendedora del hipermercado estaba dispuesta a entregarse al Arquitecto por amor al sexo. Él era un tipo pintón y la joven mucho más mona, por lejos, que sus compatriotas las tenistas Anna Kournikova (n. 1981) o la siberiana María Sharapova (n. 1987.)
Ellos se regalaron un montón de sonrisas, pero cuando llegó el momento de fijar una cita no se pudieron entender. Al final mi compañero de ruta desistió de salir con esa kresavetz.
Para no dejar ese día en blanco nos fuimos al teatro BOLSHÓI (“grande” en ruso), construido en 1825. Es el mayor escenario de Europa después de la Scala de Milán Aquí se concentran el teatro, la danza y la ópera.
Compramos las entradas a un revendedor, porque en la boletería nos habían dicho que no quedaban localidades. No era cierto. Querían un dinero bajo cuerda.
En Moscú la gente se negaba a hablar en otro idioma que no fuera el propio. Aquellos que estaban en contacto con los turistas se volvían plurilingües.
Cuando ingresé al teatro me encontré en un recinto cargado de luces y colores. Estaba en un sitio que nunca pensé que lo podía llegar a conocer.
Esa noche se ofrecía la ópera Don Giovanni (1787) del compositor austriaco, Wolfgang Amadeus Mozart (n. 1756). A mitad de la obra me quedé dormido. Estaba molido de caminar todo el día.
A la salida nos unimos a un grupo de compatriotas y juntos fuimos bordeando parte del río Moscova, y rodeando un sector del Kremlin.
Después nos arrimamos hasta un hotel. Había luz en la cocina. El Arquitecto entró y convenció al personal de limpieza que le vendieran dos botellones de champagne. Los vaciamos en contados minutos, tomando directamente de los picos. Nadie se molestó por la falta de vasos.
En Rusia estaba prohibida la venta de bebidas alcohólicas en la vía pública. Durante la caminata vi a más de un moscovita tambalearse, y no porque se le hubiese bajado la presión.
En horas de la mañana habíamos visitado la Plaza Roja e hicimos una larga cola para entrar en el mausoleo del héroe de la revolución bolchevique, Lenin (Vladimir Ilich Uliánov n. 1870). Su cuerpo embalsamado tenía una iluminación que producía un efecto sorprendente sobre su rostro: parecía dormido.
Uno de los guardias apostados en el lugar, no le gustó que yo me apartara de la fila; blandiendo su fusil, me hizo entrar en razones.
La Plaza Roja, la tercera más grande del mundo, originalmente se llamaba “Bonita”. En su perímetro, además del Kremlin, se destaca la Catedral de San Basilio (por el santo conocido como “loco por Cristo”, n. 1468), construida en el siglo XVI por el zar Iván, el Terrible, para conmemorar la conquista del estado (janato) de Kazán.
Entré en la Catedral, caminé unos pocos metros. Nada del lugar me atrajo como
para seguir avanzando. Volví a la Plaza para reencontrarme con el Arquitecto, que no me habìa querido acompañar.
El desayuno ya había cubierto su recorrido. Teníamos hambre. El Arquitecto conocía un restaurante de categoría, al que solamente podían ingresar extranjeros, ricos y funcionarios. Las sillas estaban tapizadas de una pana roja y la mantelería era de primera, lo mismo que las vajillas.
Los mozos mimaban a los comensales a cambio de una buena propina. Después del almuerzo tomamos un taxi y nos fuimos hasta el GORKI PARK. Yo fantaseaba con patinar en su famosa pista de hielo. Estaba influenciado por una película que yo creí que se había filmado en ese lugar.
El chofer del taxi hablaba alemán. Yo me entendía con él en idish. El tipo para no perderse el viaje no nos dijo que en invierno el parque estaba cerrado. Me adentré unos metros como para decir: “Estuve”, y pegué la vuelta.
Después de cenar en un sitio de comidas rápidas me fui con el Arquitecto a tomar un café a uno de los mejores hoteles moscovitas: el Intourist.
En la puerta nos encontramos con mujeres, no muy jóvenes, que intentaban convencer a los turistas de que eran capaces de dar un placer sexual único e irrepetible.
A mí me encaró una chica que bien pudo haber sido una excelente jugadora de básquetbol, por su notable estatura. Me habló en inglés. Me contó que era ingeniera civil, que estaba separada, que tenía dos hijos a su cargo y que estaba desocupada. Le fui franco: le dije que conmigo perdía el tiempo, que se buscara alguien que le pudiera pagar lo que ella quería.
No se rindió, hizo un último intento: se ofreció a llevarme a su casa por el mismo precio: cincuenta dólares.
El Arquitecto tampoco se prendió. Ninguno de los dos estaba para tener sexo tarifado, ni de ningún otro.
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MOSCÚ. Está a orilla del río Moscova y fue fundada en 1147 por el príncipe Yuri Dolgoruki (n. 1099), cuando pasó el poder político de Kiev hacia aquí.
KREMLIN. Es un conjunto de fortificaciones situadas en el corazón de Moscú, que comenzaron a construirse en el año 1156.
EL METRO. Su construcción comenzó en 1932 y duró tres años.
Hay estaciones que poseen verdaderas obras artísticas, creaciones de maestros checos, italianos, y de pintores letones.
MORIR EN MADRID Anochecía cuando aterricé en el aeropuerto internacional de Barajas. Me atacó el miedo cuando vi que a varios argentinos los mandaban de vuelta, entre ellos a una mujer embarazada que entró en una histeria tal que temí por la salud del bebé.
Yo vestía el traje y el abrigo comprados en Moscú. Ningún funcionario del aeropuerto se fijó en mí, como si supiera que mi estadía sería breve.
Cuando vi que mi excompañero de El Atlántico no me había venido a buscar como se había comprometido a hacerlo, sentí una enorme desazón.
Esto me marcó de tal manera que nunca más pude reagrupar mis ideas.
Fue el fin de todos mis proyectos. No sé cómo no me infarté a causa de los nervios y de la enorme cantidad de puchos que me fumaba a diario.
Mi excompañero del diario se había quedado dormido. Yo no podía entender como alguien que no trabajaba necesitaba de la siesta. Y mucho menos en invierno. Se
apareció en el coche familiar, aprovechando que sus padres estaban en Mar del Plata.
Me bastaron unas pocas palabras para darme cuenta que el fulano estaba totalmente pirado.
Vivía en una casucha en un barrio pobre de la comunidad de Alcobendas. No me invitó a su casa sino que me llevó a la oficina donde funcionaba la administración del diario atrasados de la publicación que, según El Pirado, me permitiría ganar mis primeras pesetas.
Me quedé turuleco: era un tabloide de dieciséis páginas con pocos avisos y una diagramación propia de un aprendiz. Peor que aquella improvisada publicación que hicimos los estudiantes de Periodismo del Museo Social Argentino.
Totalmente abatido me puse a llorar. Temblaba como si tuviera convulsiones. Pensaba en los míos y de cómo salir de este embrollo.
Si genéticamente hubiese estado programado para ser un asesino, al Pirado lo hubiese borrado de este mundo.
Al día siguiente, era sábado, telefoneé a otro excompañero mío del pasquín.
Le conté a H. B., que su entrevista a Alfonsín antes que él dejara la Argentina, había enojado al expresidente. Nunca supe las razones.
También le dije que quien era la secretaria privada de Alfonsín, en su momento, me había pedido algunos ejemplares del diario donde había aparecido la cuestionada nota. Yo me negué. Era una cabronada incomprensible dado que ella podía conseguir los diarios que quisiera sin mi intermediación. Y para mi resultaría ser un alcahuete que no tenía goyete.
H. B., vino con su mujer y su bebé y me sacó a ventilar. Fuimos a almorzar. Mis manos temblorosas apenas si podían sostener los cubiertos. En menos de veinticuatro horas quedé hecho una piltrafa.
I. H. B., se dedicaba a la venta de computadoras y su mujer trabajaba en una distribuidora mayorista de videos.
H.B., y su mujer fueron sinceros conmigo. Me pintaron una realidad imposible de ignorar: que me llevaría mucho tiempo hasta que pudiera encontrar un trabajo, teniendo en cuenta que estaba indocumentado y que no calificaba para ninguna chamba.
Tuve suerte que el asma se apiadara de mí. En cambio comencé a perder mi pelambre.
El domingo, en horas de la tarde, fui a la casa de Eduardo, quien intermedió para que viniera a Mar del Plata, para trabajar con la juventud judía. Un tío, hermano de su madre, estaba de visita. El clima familiar era harto pesado, a causa del cortocircuito existente entre él y su mujer. Las que más sufrían eran las tres nenas, las que después de la separación se quedaron con la madre.
Volví a visitarlos unos días después. Al verme, la esposa de Eduardo dejó la casa. No quería saber nada de su marido y de sus amigos. Y pensar que cuando vivían en Israel y nos visitaban, a ella la agasajábamos como la dama que no era.
Una de las hijas de Eduardo, la mediana, me pidió que me fuera porque quería que su madre volviera. Me fui silbando bajito.
El día lunes conocí al dueño de la publicación. Era un uruguayo sesentón, corpulento, ojos gastados de tanto leer y mirar las pantallas de las computadoras. Una larga barba blanca le confería un aspecto patriarcal. Era divorciado y se había juntado con una enfermera española. Tenía un hijo que estudiaba Periodismo, es decir seguía los pasos de su padre. Y como éste pertenecía al staff de la agencia de noticias EFE, su hijo tenía el conchabo asegurado.
El charrúa sacaba su publicación una vez por semana. Escribía sobre temas comunales de Alcobendas y sus alrededores. Era de distribución gratuita. En el pueblo había otros medios similares pero con notoria captación de la torta publicitaria y, por ende, con una mayor aceptación entre la gente.
El Uruguayo me contó que al Pirado lo había rajado por vago. El tipo se compadeció de mí situación y se propuso darme una mano: me iba a pagar unas cuarenta mil pesetas a cambio que yo lo ayudara con su mamotreto. Lo que no me aseguraba era una cama y que era lo que yo más necesitaba.
La única pensión que había en la ciudad, y cuya renta estaba al alcance de mi bolsillo, tenía todas las habitaciones ocupadas hasta fin de año.
Para demostrarle al Uruguayo mi buena voluntad salí a buscar publicidad. Una
gran mayoría de los comerciantes no sabían de la existencia de su publicación.
En mi desesperación llamé por teléfono a Milán, pidiéndole ayuda a Jaia, la hija del primo de Mi Padre. Me dijo que le era imposible darme una mano, porque se estaba divorciando.
Pensé en Maradona que estaba en Nápoles. Yo sabía de gente que él había ayudado. No me animé. Quizá por la presencia de su apoderado, Guillermo Cóppola a quien yo no conocía.
En un momento pensé en los míos y en el sentimiento de frustración que les iba provocar mi fracaso. El suicidio, es un sentimiento dominante en muchos inmigrantes. Yo nunca fui tan corajudo como para animarme a cortar el hilo de mi vida.
Lo dijo el escritor argelino, Albert Camus (n. 1913): “Todos los hombres sanos han pensado en su propio su suicido alguna vez.”
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ALCOBENDAS. La primera referencia histórica proviene de los albores del siglo XIII en un documento escrito en latín y fechado en Burgos el 5 de agosto de 1208, conservado en el Archivo Municipal de Segovia.
AGENCIA EFE. Es una empresa informativa multimedia, con más de tres mil profesionales de sesenta nacionalidades, que cubre todos los ámbitos de la información en los diferentes soportes informativos.
(Continuará)(todos los capítulos en rincondelosimpios/ el hombre de la memoria corta)
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