Sunday, July 18, 2021

NO SOY FAMOSO PERO TENGO ALGO DECIR (46)

 

Mi VIDA Y SUS INFIERNOS

 EN ENERO DE 1989 EL EXPRESIDENTE ALFONSÍN  RECIBÍA EL último cachetazo de  su enclenque gestión de Gobierno.  Unos civiles delirantes a quienes  alguien les tiró carne podrida, coparon  el cuartel de  La Tablada, en una acción suicida, lo que terminó por desdibujar al al mandatario que hacía rato era un gnomo político,   incapaz de sortear las zancadillas que le ponía el peronismo traicionero.  Volví a sentir ese miedo inexplicable como me ocurrió en  el año 1972 cuando la política vernácula comenzaba a transitar  un camino sin retorno y  que  terminaría llevándose  puesta   a toda una generación.  

El diario me  pagó la renuncia con unas cuantas migajas. No  estuvo  en mi ánimo discutir esta actitud miserable con quienes eran afectos de abusarse del trabajador.  Con ese dinero y la venta de un plan de viviendas que  estaba pagando para poder rajarme del   barrio Centenario, me compré un pasaje bastante económico que ofrecía la empresa rusa  aeronavegación   Aeroflot. El viaje incluía una estadía  de cinco días  en Moscú, antes de tomar la combinación que me llevaría a Madrid.  

Dejé  Mi Familia ilusionada y con la promesa de reunirnos muy pronto para poder  iniciar una vida sin tantos baches   económicos.

De Buenos Aires a Moscú volé en  un  caza bombardero   transformado en un avión de  pasajeros.  Sus cabinas no estaban lo suficientemente presurizadas. Cada vez que tomaba altura yo tenía la sensación que  mis oídos me iban a explotar.  

Después de la  escala  en la  isla Cabo Verde cuando el avión despegó yo   no pude soportar el dolor de oídos  y me puse a llorar.  

 Entre los pasajeros había un contingente de pescadores rusos que regresaban a su país después de depredar las riquezas ictícolas argentinas. Casi todos  vestían  camisas de nylon de manga corta y despedían un olor a chivo imposible de tolerar. Yo respiraba por la boca para evitar las náuseas. Asco y dolor resultaban  una mala combinación.

Las azafatas eran  unos  tremendos mastodontes. Tenían un increíble pelambre    en las piernas y en las axilas.   Mi Mujer era una obsesiva: se depilaba ni bien asomaba el primer vello.

Aterrizamos en  el  aeropuerto Internacional de Moscú-Domodedovo situado treinta y cinco  km. de la ciudad. Mis documentos fueron controlados por un joven que se encargó de torturarme, a pesar que yo tenía la visa correspondiente.  Fue porque  en la foto del pasaporte  yo aparecía  sin barba y en ese momento me la había dejado crecer.  Mi verdugo solamente hablaba ruso. Al menos conmigo.

Yo había hecho un pequeño curso de  ruso en un instituto privado pero lo tuve que  abandonar  por cuestiones laborales.

En Moscú  me  alojé en un hotel de medio pelo  que estaba  un  tanto  alejado del centro. La única comida que me  daban, sin cargo, era el desayuno,  tipo continental que bien se podía considerar un almuerzo.

Moscú me maravilló por su magnificencia. Políticamente había otro clima gracias al  glasnost (apertura, transparencia o franqueza), impulsado por su primer ministro MIJAÍL GORBACHOV (n. 1931). Lástima que en este país su gente es genéticamente  corrupta e incapaz de modificar su destino.

Los jóvenes pervertidos por el comunismo, se morían por un jeans importado que solamente los  podían conseguir en las tiendas que eran exclusivas para turistas, siempre y cuando tuvieran   dólares. Por eso buscaban hasta la desesperación  la moneda norteamericana.  

Esta imagen se me repitió durante un viaje que hice a  Cuba: Fidel Castro quiso copiarle a los rusos. Y así le fue  a su gente.

En el viaje a Moscú  había hecho amigo de un joven arquitecto rosarino quien, después de conseguir la residencia,  volvía a España para trabajar con unos familiares.  Estaba divorciado. Su ex era la hermana de quien sería un destacado centrodelantero de  Newell’s Old Boys: Iván Gabrich (n. 1972.)

Yo no me despegaba  del Arquitecto rosarino. Él era mi cicerone.  Me llevaba a conocer   lugares que por las mías nunca los hubiese podido encontrar.

Del hotel al centro nos movilizábamos  en trolebús.  Los trabajadores no pagaban el boleto. Nosotros nos incluíamos en la categoría de laburantes avivados.  

Quizá presintiendo que las cosas no me irían bien en España, entré  en uno de esos monumentales hipermercados  que estaba al servicio de la población local y que, para el argentino todo era una bicoca.

 Por monedas compré regalos para toda la familia. Yo me hice de  un traje y un sobretodo  que en la Argentina  me hubiesen resultado imposibles de comprar. Muchas cosas  que se vendían ahí  eran fabricadas en los países satélites de la ya   herrumbrada Cortina de Hierro.    

Muchas moscovitas rajaban la tierra.  Una vendedora del hipermercado   estaba dispuesta a entregarse al  Arquitecto  por amor al sexo. Él era un tipo pintón y la  joven mucho más mona, por lejos, que sus compatriotas las tenistas  Anna Kournikova (n. 1981)  o la siberiana María Sharapova (n. 1987.)

Ellos se regalaron un montón de  sonrisas, pero  cuando llegó el momento de fijar una  cita no se pudieron entender.  Al final mi compañero de ruta desistió de salir con  esa kresavetz.  

Para no dejar ese  día en blanco nos fuimos al teatro BOLSHÓI (“grande”  en ruso), construido en 1825. Es  el mayor escenario  de Europa después de la Scala de Milán Aquí  se concentran el teatro, la danza y la ópera.

Compramos las entradas a un revendedor, porque en la boletería nos habían dicho que no quedaban localidades. No era cierto. Querían un dinero bajo cuerda.

En Moscú la gente se negaba a hablar  en otro idioma que no fuera el propio. Aquellos que estaban en  contacto con los  turistas se volvían plurilingües.

Cuando ingresé al teatro me encontré en un recinto cargado de luces y colores. Estaba   en un sitio que nunca pensé que lo podía llegar a conocer.

Esa noche se ofrecía la ópera Don Giovanni (1787)  del compositor austriaco,  Wolfgang   Amadeus Mozart (n. 1756). A mitad de la obra  me quedé dormido. Estaba molido de caminar todo el día.  

A la salida   nos unimos a un grupo de compatriotas y juntos  fuimos bordeando  parte del río Moscova,  y rodeando  un sector  del Kremlin.  

Después  nos arrimamos hasta un hotel.  Había luz en la cocina. El Arquitecto entró y convenció al personal de limpieza que le vendieran dos botellones  de champagne. Los vaciamos en contados minutos, tomando directamente de los picos. Nadie se molestó por la falta de vasos.

En Rusia estaba prohibida  la venta de bebidas alcohólicas en la vía pública. Durante la caminata  vi a más de un moscovita  tambalearse, y no porque se le hubiese bajado la presión.  

En horas de la mañana habíamos visitado   la  Plaza  Roja e hicimos una larga cola  para entrar en el  mausoleo del héroe de la revolución bolchevique, Lenin (Vladimir Ilich Uliánov n. 1870). Su  cuerpo embalsamado   tenía una iluminación que producía un efecto sorprendente sobre su  rostro: parecía  dormido.  

Uno de los  guardias apostados en el lugar, no le gustó que yo me apartara   de la fila;  blandiendo su  fusil,  me hizo entrar en razones.

La Plaza Roja, la tercera más grande del mundo, originalmente se llamaba    “Bonita”.  En su perímetro, además del Kremlin,  se destaca la Catedral de San Basilio (por el santo conocido como “loco por Cristo”, n. 1468),  construida en el siglo  XVI por el   zar Iván, el Terrible,  para conmemorar la conquista del estado (janato) de Kazán.

Entré en  la Catedral, caminé unos pocos metros. Nada del lugar me atrajo como

para seguir avanzando. Volví   a la Plaza  para reencontrarme con el Arquitecto, que no me habìa querido acompañar.  

El desayuno ya había cubierto su recorrido. Teníamos   hambre. El  Arquitecto conocía  un restaurante de categoría, al que solamente podían ingresar extranjeros,  ricos y funcionarios.  Las sillas estaban tapizadas de una  pana roja y  la mantelería era de primera, lo mismo que las vajillas.  

Los mozos mimaban a los comensales  a cambio de una buena propina.       Después del almuerzo tomamos un taxi  y nos fuimos hasta  el  GORKI  PARK. Yo fantaseaba con patinar en su famosa pista de hielo. Estaba influenciado por una película que  yo creí  que se había  filmado en ese lugar.       

El chofer del taxi  hablaba alemán.  Yo me entendía  con él en idish. El tipo para no perderse  el viaje no nos dijo que en invierno  el parque estaba cerrado.  Me adentré unos   metros como para decir: “Estuve”, y pegué la vuelta.

Después de cenar en un sitio de comidas rápidas me   fui con  el Arquitecto a tomar  un café a  uno de los mejores hoteles moscovitas: el Intourist.

En la puerta nos encontramos con mujeres, no muy jóvenes, que intentaban convencer a los turistas de que eran capaces de dar un placer sexual único e irrepetible.

A mí me encaró una chica  que bien pudo  haber sido  una excelente jugadora de básquetbol, por su notable estatura. Me habló en inglés. Me contó que era ingeniera civil, que estaba separada, que tenía   dos hijos a su cargo  y que estaba desocupada.    Le fui franco: le dije que conmigo perdía   el tiempo, que se buscara alguien que  le pudiera pagar lo que ella quería.   

No se rindió, hizo  un último intento: se  ofreció a llevarme a su casa por el mismo precio: cincuenta dólares.

El Arquitecto  tampoco se prendió. Ninguno de los dos estaba  para tener sexo tarifado, ni de ningún otro.

------

MOSCÚ. Está  a  orilla del río Moscova y fue fundada en 1147 por el príncipe Yuri Dolgoruki (n. 1099), cuando pasó el poder político de Kiev hacia aquí.

KREMLIN. Es un conjunto de fortificaciones situadas en el corazón de Moscú, que comenzaron a construirse en el año 1156.

EL METRO. Su construcción comenzó en 1932 y duró tres años.  

Hay estaciones que poseen verdaderas  obras artísticas, creaciones de  maestros checos,   italianos, y de pintores letones.

MORIR EN MADRID Anochecía  cuando aterricé  en el aeropuerto internacional  de Barajas.   Me atacó  el miedo cuando vi que  a varios argentinos los mandaban de vuelta, entre ellos a   una  mujer embarazada que entró en una histeria tal que temí por la salud del bebé.

Yo vestía   el traje y el  abrigo comprados  en Moscú. Ningún funcionario del aeropuerto se fijó en mí, como si supiera que mi  estadía sería breve.     

 Cuando vi que mi excompañero de El Atlántico no me había venido a buscar como se había comprometido a hacerlo, sentí una enorme desazón.  

Esto me marcó de tal manera  que nunca más pude reagrupar mis ideas.

Fue el fin  de todos mis proyectos. No sé cómo no me infarté a causa de los nervios y de la enorme cantidad de puchos que me fumaba a diario.

Mi excompañero del diario se había quedado dormido. Yo no  podía entender como alguien que no trabajaba necesitaba de la siesta. Y mucho menos en invierno. Se

apareció en  el coche  familiar, aprovechando que sus padres estaban en Mar del Plata.

Me bastaron unas pocas palabras para darme cuenta que el fulano estaba totalmente pirado.  

Vivía en una casucha en un barrio pobre de la comunidad de Alcobendas. No me invitó a su casa sino que me llevó a la oficina  donde funcionaba la administración del  diario atrasados de la publicación que, según  El Pirado, me permitiría ganar mis primeras pesetas.

Me quedé   turuleco: era un tabloide de  dieciséis  páginas  con pocos avisos y una diagramación propia de un aprendiz. Peor que aquella improvisada publicación que hicimos  los estudiantes de Periodismo del Museo Social Argentino.

Totalmente abatido me puse a llorar. Temblaba  como si tuviera convulsiones. Pensaba en los míos y  de cómo salir  de este embrollo.

Si genéticamente hubiese estado programado para ser un asesino,  al Pirado  lo hubiese borrado de este mundo.

Al día siguiente, era sábado, telefoneé  a otro  excompañero mío del pasquín.

Le conté a H. B.,  que su  entrevista  a   Alfonsín antes que él dejara la Argentina, había enojado al expresidente. Nunca supe las razones.

También le dije que quien era la secretaria privada de Alfonsín, en su momento,  me había pedido  algunos ejemplares del diario donde había   aparecido la cuestionada nota. Yo me negué. Era una cabronada incomprensible dado que ella podía conseguir los diarios que quisiera sin mi intermediación. Y para mi resultaría ser un alcahuete que no tenía goyete.

H. B., vino con su mujer y su bebé y me sacó a ventilar.  Fuimos a almorzar.  Mis manos temblorosas apenas si podían sostener los cubiertos.   En menos de veinticuatro horas quedé hecho una piltrafa.

I. H. B.,  se dedicaba a la venta de computadoras y su mujer trabajaba en una distribuidora mayorista de videos.   

H.B., y su mujer fueron   sinceros  conmigo.  Me pintaron  una realidad imposible de ignorar: que  me llevaría mucho tiempo hasta que pudiera encontrar un trabajo, teniendo en cuenta que estaba indocumentado y que  no calificaba para ninguna chamba.

Tuve suerte que  el asma se apiadara de mí. En cambio  comencé a perder mi pelambre.  

El domingo, en horas de la tarde, fui a la casa de Eduardo, quien intermedió para que viniera a Mar del Plata, para trabajar con la juventud judía. Un tío, hermano de su madre,   estaba de visita.  El clima familiar era harto pesado, a causa del   cortocircuito existente entre él y su mujer. Las que más sufrían eran las tres nenas, las que después de la separación se quedaron con  la madre.  

Volví a visitarlos unos días después. Al verme,  la esposa de Eduardo  dejó la casa. No quería saber nada de su marido y de sus  amigos.  Y pensar que cuando vivían  en Israel  y nos visitaban, a ella  la agasajábamos como la dama que no era.   

Una de las hijas de Eduardo, la mediana, me pidió que me fuera porque quería que su madre volviera. Me fui   silbando bajito.

El día lunes conocí al dueño de la publicación. Era un uruguayo   sesentón, corpulento, ojos gastados de tanto leer y mirar las pantallas de las computadoras. Una larga barba blanca le confería un aspecto patriarcal. Era divorciado y se había juntado con una enfermera española.  Tenía un hijo que estudiaba Periodismo, es decir seguía los pasos de su padre. Y como éste  pertenecía al  staff de la agencia  de noticias EFE, su hijo tenía el  conchabo asegurado.

El charrúa sacaba su publicación  una vez por semana. Escribía sobre temas comunales de Alcobendas y sus alrededores. Era de distribución  gratuita.  En el pueblo  había otros medios similares pero  con notoria captación de la torta    publicitaria y, por ende, con una mayor aceptación entre la gente.

El Uruguayo  me contó que al   Pirado lo había rajado por vago. El tipo se compadeció de mí situación y se propuso darme una mano: me iba a pagar   unas cuarenta mil pesetas a cambio que yo lo ayudara con su mamotreto. Lo que no me aseguraba era una cama y que era lo que yo  más   necesitaba.    

La única pensión  que había en la ciudad, y cuya renta estaba  al alcance de mi bolsillo, tenía todas las habitaciones ocupadas hasta fin de año.  

Para demostrarle al Uruguayo mi  buena voluntad   salí a buscar publicidad.  Una

gran mayoría  de los comerciantes no sabían  de la existencia de su publicación.

En mi desesperación  llamé por teléfono  a Milán, pidiéndole  ayuda  a Jaia,  la hija del primo de Mi Padre.  Me dijo que le era imposible darme una mano, porque se estaba divorciando.   

Pensé en Maradona que estaba en Nápoles. Yo sabía de gente que él había ayudado.  No me animé. Quizá por la presencia de su apoderado, Guillermo Cóppola  a quien yo no conocía.

En un momento pensé en los míos y en el sentimiento de frustración que les iba provocar mi fracaso.  El  suicidio, es  un sentimiento dominante en muchos inmigrantes. Yo nunca fui tan corajudo como para animarme a cortar el hilo de mi vida.  

Lo dijo el escritor  argelino, Albert Camus (n. 1913): “Todos los hombres sanos han pensado en su propio su suicido alguna vez.”

-----

ALCOBENDAS.  La primera referencia histórica   proviene de los albores del siglo XIII en un documento escrito en latín y fechado en Burgos el 5 de agosto de 1208, conservado en el Archivo Municipal de Segovia.

AGENCIA EFE. Es una empresa informativa multimedia, con más de tres mil profesionales de sesenta  nacionalidades, que cubre todos los ámbitos de la información en los diferentes soportes informativos.

 

(Continuará)(todos los  capítulos en rincondelosimpios/ el hombre de la memoria corta)

 

 

No comments:

Post a Comment