Antes
que la parca me alcance
LAS
AMONESTACIONES DE LA REBELDÍA….EN
EL SECUNDARIO DE CAPILLA DEL MONTE aprobé
todas las materias. Aunque me compliqué
la vida cuando lo mandé a freír churros al profesor de Educación Física, un
militar retirado, sin título para ejercer la Docencia, quien me llenó de
amonestaciones y no quedé libre porque
me salvó el Director del colegio, un farmacéutico de origen hebreo. Igualmente
quedé con la cara mirando el abismo.
El
profesor de Educación Física por ser un
militar yo lo definía como a un antisemita crónico. Y si bien yo estuve mal, él
se comportó peor porque a un grupo de
alumnos nos había prometido el libre
uso del gimnasio si le ayudábamos a colocar un piso de mosaico, que por
entonces era de tierra. El tunante no cumplió. Mis compañeros, que lo conocían del año anterior, cerraron el pico. Yo fui el único que se
desbocó.
EN MI CURSO DE TERCER
AÑO, EN MENDOZA, hubo amonestaciones
colectivas porque un alumno primero le pegó un chicle en el cabello a la
profesora de francés, que era una mujer mayor y de baja estatura; y
después alguien arrojó en el aula
una bombita de mal olor.
La docente al preceptor. Además de la sanción, nos
dejaron encerrados en la sala,
padeciendo la hediondez.
MI PADRE ESTABA
OBSESIONADO POR EL INGLÉS. Con toda lógica decía que era la llave que abría las puertas del
mundo. Yo hablé con mi profesora del segundo año para que me diera clases
particulares. Me aceptó enseguida. Su
materia la aprobé sin estudiar.
La mujer había nacido en
los EEUU. Nunca me contó cómo fue que
aterrizó en Capilla del Monte. Quizá porque vino a buscar marido. No le fue bien porque seguía siendo
una solterona. Tenía la fisonomía de esas mujeres que están abonadas a las misas, por no
tener mejor ámbito de distracción que ir
a una iglesia.
Mi romance académico con
ella terminó cuando me enteré que esta bazofia blanca odiaba a los negros.
Entre sus comentarios racistas resaltaba:
“El olor apestoso, que tienen los negros”. Yo no podía rebatirle porque nunca
había estado cerca de un hombre negro. De
cualquier manera yo estaba seguro que la miss mientras vivió en su país
había sido una conspicua integrante del Ku Klux Klan, (Confraternidad reservada a los
blancos nacida al momento de producirse la Guerra de Secesión en 1865.)Yo sabía
muy bien lo que es sentirse discriminado.
Dejé su clase diciéndole que Mis Padres
me habían dejado de mandar el
dinero de la cuota y no tenía forma de pagarle.
UN PINTOR INESPERADO.
Durante mi año en Capilla del Monte, fui protagonista de algo insólito: obtuve el tercer premio en un intercolegial de
Dibujo que organizó una institución católica del Valle de Punilla. Mi
trabajo, fue la parra que estaba en el jardín del
colegio, conté con el asesoramiento de la profesora de la
materia.
Las distinciones se
entregaron en el salón de actos de un
monasterio. Yo recibí: un diploma,
un kit de pinturas y un par
de lienzos, que bien podían
haberme motivado a seguir
pintando. Pero nada de esto ocurrió.
La primera vez que
alguien me felicitó por un dibujo fue Mi Tía la menor; no sé si le gustó la
manzana que pinté o simplemente trató de
estimularme. Todo fue en vano.
MI ÚNICA RELACIÓN CON LA PINTURA fueron mis visitas a importantes museos de Europa y los
EEUU, tales como El Prado, de Madrid, el
Louvre francés y los de Arte
Moderno (MOMA), de Nueva York y de San
Francisco.
Me familiaricé con muchos
pintores leyendo sus biografías.
Supe que el contrahecho
noble francés, TOULOUSE-LAUTREC (Henri
Marie Raymond de Toulouse-Lautrec-Monfa, n. 1864), a los catorce años sufrió dos fracturas en los fémures de ambas
piernas que le impidieron crecer más. Medía
un metro y medio. Los burdeles parisinos recibieron la magia de sus colores.
Que el iniciador de la
pintura moderna habìa sido el
español Francisco de Goya y Lucientes,
(n. 1746). Famoso por La Maja desnuda.
Que el alterado holandés Vincent Van Gogh (n. 1853), era un genio total, un loco
macanudo que no le alcanzó con cortarse una oreja sino que también se suicidó. Que
LAS MENINAS representaba la familia de
Felipe IV y que habían sido
pintadas por el
sevillano Diego Velázquez de
Silva Rodríguez (n. 1599.)
En 1989 mientras
recorría el museo de El Prado, quedé
extasiado frente a esta obra.
MUSEO DEL LOUVRE. Su origen se remonta
al siglo XII y fue embellecido con ampliaciones renacentistas y otras más tardías.
*********
MUSEO DEL PRADO. El
proyecto arquitectónico de la actual pinacoteca fue aprobado por Carlos III en
1786. Supuso la culminación de la carrera del arquitecto Juan Villanueva (m. 1739.)
MI PRIMERA CURDA. Fue en Capilla del Monte. La Dueña de la
pensión llevaba luto en su ropa y en su
corazón. Para ella no existían las
fiestas.
Por eso acepté la
invitación de una compañera de mi curso de compartir la Nochebuena con su
familia. La reunión consistió en comer y beber. No había pesebre y la
Misa de Gallo, no estaba en los planes de nadie.
A medianoche, después de
brindar, los padres de la gurisa se
fueron a dormir. Yo me quedé con ella un
rato charlando hasta que noté que el bostezo pugnaba por salir y los ojos se le
estaban llenando de lágrimas. Le di un
beso ceremonioso y me fui caminando hasta el centro. No había un alma en la calle.
Recién en la plaza principal me encontré
con el primer ser viviente: un muchacho que estaba tan solo como yo. No
era de Capilla sino de un pueblo cercano.
Era mozo en la confitería de un
hotel que durante la temporada
estival se reforzaba con personal temporario.
Este ser viviente había
decidido combatir la soledad
abrazándose a una botella de
ginebra, (bebida alcohólica de origen
holandés, que se obtiene de la cebada y es
aromatizada con bayas del
enebro.)
Yo me senté a su lado y
mientras compartíamos las penas, nos alternábamos en los tragos hundiendo nuestras bocas en el pico.
No recuerdo cómo hice
para llegar a la pensión. Todo ese 25 de
diciembre dejé mi alma en el
inodoro. Recién noté una cierta mejoría
al día siguiente. Me juré una y mil
veces que no volvería a cometer semejante desatino.
En 1976 Reincidí. Un carpintero rumano, a quien yo conocía de mi trabajo en
la intendencia del pueblo israelí de
Arad, me convidó con un una especie de pisco (aguardiente de uva). El convite fue a eso de la media tarde, cuando
mi estómago esperaba otra cosa.
No alcancé llegar a casa, que ya había largado mi primer
chanchito. Después hubo una seguidilla, pero bajo techo. Afortunadamente no
tardé en recuperarme
MI PASIÓN POR EL BOXEO. Yo me definía como un tipo pacífico, para muchos un cagón. Sin embargo
desde chico me gustó el boxeo.
En
Concordia las peleas se hacían en el club Ferrocarril, a unas pocas cuadras de casa, pero no podía ir, porque no era del gusto de Mis Padres.
En una las
contadas oportunidades que me pude comprar una revista deportiva
descubrí a quien
sería uno de mis ídolos el zurdo ALFREDO
LAUSSE (n. 1927.)
Tuve una especial
admiración por mi coterráneo, el
excampeón argentino y sudamericano ESTEBAN OSUNA (n. 1940.)
Una de las historias que
más veces escuché de una pelea y su
protagonista, estaba referida a aquel 23 de setiembre de 1923, cuando el
argentino LUIS ÁNGEL FIRPO, el Toro Salvaje de las Pampas (n. n. 1894),
Cuando en el primer
round tiró por fuera del ring al campeón
mundial del pesado Jack Dempsey (n.1895), del Polo Grounds de Nueva York,
El árbitro,
presionado por los ochenta mil
yanquis se demoró en el conteo y Dempsey
reaccionó para luego noquear al retador en segundo asalto.
Con los años seguí la trayectoria deportiva de los talentosos mendocinos:
CIRILO GIL (n. 1931), PASCUAL PÉREZ (n. 1926) y NICOLINO LOCCHE (n.
1939); de los notables púgiles estadounidenses: Ray
Sugar Robinson (Walker Smith Jr (n.1921) y
Archie Moore (Archibald Wright n. 1913);
y del cubano Kid Gavilán (Gerardo González n. 1926.)
En la pensión mendocina
donde recalé en 1958 conocí
personalmente a PASCUAL PÉREZ, que venía a
buscar a una prostituta cordobesa, con quien volcaba su libido y su
bronca después que su mujer lo abandonara, para irse con su exmanager, el
albanés Lázaro Koci.
Cuando entré en confianza con Pérez le conté lo mucho que me alegré cuando en aquel
viernes 26 de noviembre de 1954, se apoderó la
corona mundial minimosca, batiendo por puntos en Tokio a quien era el titular de la categoría, Yoshio
Shirai.
El derrotado, se justificó diciendo que el poderío del argentino
radicaba que comía carne vacuna.
A LOCCHE lo vi boxear en Mar del Plata, el 10
de diciembre de 1968, en un galpón, que en nada se parecía a un estadio, y en donde a la hora de la pelea, no cabía ni
siquiera un alfiler.
A Nico lo seguían las mujeres por su manera tan prolija e
incruenta de pelear. A pesar de no tener
pegada, sabía escabullirse y
replicar. Lo llamaban “El Intocable.”
Esa noche tuvo un duro
adversario en el balcarceño Aníbal Jabalí Di Lella (n.1942). El jurado falló
empate.
Al peso pesado argentino OSCAR NATALIO RINGO BONAVENA (n. 1942), me lo encontré en Mar del Plata, en una mañana fría de
julio, cuando ingresó a un negocio de
artículos importados. Llevaba puesta una
camisa natural de mangas cortas y a medio abrochar, dejando al descubierto un
enorme crucifijo de oro.
Ringo fue un auténtico
showman. De puro audaz, llegó a cantar
en un programa de televisión. En
1963, siendo amateur,
enfrentó en San Pablo al norteamericano
Lee Carr.
Era tal la golpiza que
estaba recibiendo, que decidió cortar por lo sano: le mordió
un hombro a su rival. Fue el fin de su carrera como aficionado. En el
profesionalismo el argentino noqueó a Carr.
BONAVENA FUE ASESINADO en 1976 por un guardaespaldas del mafioso de Reno, Joe Conforte, porque se decía que el
argentino se trincaba a la mujer del boss.
*******
EN CAPILLA DEL MONTE yo concurría a las
reuniones sabatinas, donde peleaban aficionados locales con sus similares de la
zona.
Todo comenzó cuando me
hice amigo de un grupo de fotógrafos que curraban con un par de guanacos,
enganchando a los turistas para que se sacaran
fotos al lado de esas
bestias. Los niños se enloquecían por montarlos.
Cuando los fotógrafos
estaban excedidos de trabajo, me daban
una máquina para que yo también sacara fotos. Me las ingeniaba bastante
bien.
Fue mi primer trabajo,
de una sucesión de tareas, donde nunca vi una moneda.
Entre los fotógrafos
había un español que había huido del franquismo, y en la Argentina llegó a pelear profesionalmente. Ahora era el
manager de un hijo suyo. Yo estaba entre los que lo iban a
alentar. Lamentablemente mi crédito tuvo
un corto recorrido: se cansó que lo noquearan.
En 1957 Capilla se
conmocionó con los éxitos deportivos de
su ídolo, EL PUMA JUAN CARLOS RIVERO.
Cuando venía al pueblo los adolescentes lo seguíamos cuando se paseaba por el centro
acompañado de minas que estaban físicamente para el
infarto.
Manejaba
unos automóviles últimos modelos.
La
ilusión de los capillenses por un Puma
campeón duró muy poco. Los promotores del Luna Park decidieron no
enfrentarlo más con paquetes. Le pusieron sobre el ring al soberbio
estilista panameño FEDERICO THOMPSON (n.
1927). Rivero perdió por paliza. Esta derrota le significó el principio
del fin. Murió relativamente joven a
causa de una cirrosis hepática.
En esa misma época, yo
me había encariñado con otro oriundo de Capilla del Monte: JOSÉ MANZUR, un
verdadero obrero del cuadrilátero. No
solamente lo iba a ver entrenar, sino también a pelear.
Yo vuelto a Mendoza, lo
fui a ver en una presentación suya que hizo en el ring de la Federación.
El 20 de noviembre de 1961 Manzur fue proclamado
campeón medio pesado, título que había sido dejado vacante Mario Díaz, cuando se
fue a vivir a los EEUU.
Leyendo en la formidable publicación que fue
HECHOS MUNDIALES, en lo referente al boxeo descubrí el valor humano del púgil
alemán de peso pesado, MAX SCHMELING
(n. 1905), quien durante la
SGM no dudó en arriesgar su vida
escondiendo a una familia hebrea
en el cuarto de un hotel, para luego ayudarles a huir de Alemania.
Schmeling demostró su enorme generosidad cuando socorrió económicamente a quien fuera
su encarnizado rival, el estadounidense
JOE LOUIS (Joseph Louis Barrows, n. 1914) quien se hallaba en la más absoluta
miseria. Pagó los gastos que
demandó su enfermedad (una afección
cardiaca) y su posterior entierro.
Schmeling durante la SGM sirvió como paracaidista en el
Ejército de su país. Finalizada la contienda se convirtió en el representante
de una importante gaseosa estadounidense.
Ya de casado llevé
a Mi Mujer a varios festivales de
boxeo que se realizaban los días
sábados, en el estadio Bristol de Mar del Plata.
En una de esas
reuniones, en el combate de fondo,
se presentó el peso pesado José
Saro Giorgetti conocido como “Kid Tutara o el
Gigante de Quequén” quien pesó ciento diecisiete quilos. Su rival en esa
reunión fue un cordobés de apellido Oliva, creo que estaba
en los ochenta y seis. Era moneda corriente no respetar las equivalencias o combatir sin estar en forma.
La primera piña que el
bonaerense le aplicó en el rostro a su
oponente, le produjo semejante herida que prácticamente llenó de sangre un amplio
sector de la platea. Y de un segundo golpe lo durmió. Después de esta sangría boxística Mi Mujer no
volvió a acompañarme.
Para mí también fue más
que suficiente, sobre todo, después de ver cómo eran maltratados los púgiles que estaban a cargo del organizador de los festivales
marplatenses un tal JUAN BAUTISTA
PATENAY (n.1905), que en su juventud
también había sido boxeador.
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