Sunday, July 19, 2020

NO SOY FAMOSO PERO TENGO ALGO QUE DECIR (21)



MI VIDA Y SUS INFIERNOS.
La casa de los espíritus.

En enero de 1957 me instalé en una pensión  de CAPILLA DEL MONTE,  propiedad de una solterona santafesina, oriunda de Santo Tomé.  Tenía cincuenta y ocho años de edad.  Era  alta, flaca, pelo largo y canoso, como el de Mi Abuela y un andar bien parecido al de la Regente del Normal de Concordia. Y  tan  sargentona como ella.  Esta  mujer no había  visto a un hombre desnudo en toda su vida.
La dueña de la pensión,  estaba totalmente entregada al ESPIRITISMO a causa de un infortunio.  Todos los jueves iba  a la Escuela Científica San Basilio  para conversar con su   hija adoptiva que se había muerto en un accidente carretero. 
En la  misma casa vivía la madre de la dueña, una octogenaria, muy lúcida,  convencida que su hija había perdido el tino;  de otra manera no entendía como podía creer que se comunicaba con una  muerta.  Yo, más  de una vez, pensé lo bien que me hubiese venido una comunicación extrasensorial para   salir de pobre.
MI MADRE, para el   Gordo de Navidad de 1957,  quería un billete que terminara con el número de calle de la pensión de Capilla del Monte. Era una cuestión de cábala.  Tenía un vendedor de  años,  un hombre al que le faltaba una pierna. Le pidió ticket  cuya terminación fuera  triple cuatro. Como el cojo  no se lo consiguió se quedó con su número habitual: terminación  cinco.  Y salió el triple cuatro. No sé cómo ella no se infartó.
A pesar de mi  incredulidad fui testigo de una experiencia singular.
LA DUEÑA DE LA PENSIÓN   tenía un sobrino que sufría de  migraña. Una tarde la tía llamó  a  una adolescente que era reconocida como una talentosa médium.    
La joven sentó al enfermo en una silla y ella se puso a sus espaldas.  Una vez concentrada comenzó a mover  sus manos por  sobre la cabeza del enfermo sin llegar  a tocarlo en ningún momento.
 Así estuvo unos minutos. De pronto modificó su respiración;  como si tuviera  una crisis asmática. Y dio por finalizada la sesión cuando de sus fosas nasales le brotaron unos  hilos de sangre.     
El sobrino de la Dueña de la pensión dijo  sentirse mucho mejor.
La Dueña de la pensión me miró con un aire triunfalista, como si estuviera obligada a demostrarme que yo era un verdadero pelotudo incapaz de creer hasta lo que veía.
A la dueña de la pensión le demostré que yo era un adolescente de mente abierta. Concerté  una sesión con una médium  mayor de edad,   para ver si me podía deshacer del  asma.  Con probar no perdía nada.
Una mañana de invierno con color y olor a primavera,  me fui caminando lentamente, para no llegar demasiado temprano, a la filial capillense de la Escuela Científica Basilio. Cuando se hizo la hora entré directamente a una habitación malamente  iluminada por una lámpara roja. 
La espiritista  me hizo sentar  en la única silla que había en el lugar.  Ella se ubicó a mis espaldas, como lo había hecho la adolescente con el sobrino de la Dueña de la pensión. 
Ella  movía  continuamente  sus manos por sobre mi cabeza. Su respiración era gradualmente   dificultosa.  De pronto se detuvo y como en un susurro  me dijo: “LAS FUERZAS DEL MAL SE RESISTEN  A ABANDONARTE.” En un primer momento  me angustié por la fallida experiencia.  Finalmente la  frustración se perdió en una  parte oscura de mi memoria.
ESPIRITISMO. “En el año 1917,  los argentinos Eugenio Portal y Blanca Aubreton de Lambert  fundaron la Escuela Científica Basilio “con el propósito de retomar la Obra de  Jesús que tendía a la evolución espiritual  de los seres humanos.”
*******
HABLANDO DE CREENCIAS. De buenas a primera   mis manos  se vieron invadidas por cientos de verrugas. Yo sentía vergüenza y temor de contagiar.  Ya no recuerdo todas las cosas que probé.   Totalmente desmoralizado fui en busca de una solución médica al  hospital municipal de   Mendoza.  Me  llevaron a un consultorio y me cauterizaron  un par de ellas.
Según el dermatólogo quitando las  más antiguas  con el tiempo  desaparecerían las restantes. No hubo caso: me quedaron dos  llagas de recuerdo.  
Una señora  que  paraba en mi misma pensión mendocina,      me recomendó una curandera de su confianza. Y un sábado de mañana del mes de julio de 1959, me allegué  hasta  la casa de la sanadora,  que vivía en  Guaymallen
Cuando le dije quién me enviaba me abrió la puerta de par en par. Se trataba de una mujer de unos sesenta largos años, pelo blanco, estatura mediana, gordita, mirada gastada de tanto ver pasar el dolor.
Entré en una habitación iluminada con velas y en las  paredes  colgaban  imágenes de santos y vírgenes. ¡Mis Padres  me   tenían que haber visto!
LA CURANDERA me hizo sentar frente a ella. La mesa estaba cubierta de  un hule florido. Para la sesión curativa tenía un platito con  sal gruesa, una bolsita de tela y una vela  encendida.  El proceso de sanación consistía en apoyar  un   grano de sal  sobre una verruga y después de hacer la señal de la cruz,  lo pasaba rápidamente por el pabilo de la vela y luego lo introducía en la bolsita.
Al término de la sesión la sanadora cerró el  saquito y me lo dio. Lo debía  tirar en una esquina determinada.  Después  debía seguir mi camino sin  mirar hacia atrás en ningún momento.    Me acordé de  la mujer de Lot (sobrino de Abraham), a quien la curiosidad la endureció y  quedó convertida en una estatua de sal. Había desoído la indicación de Jehová de no observar la destrucción de Sodoma y Gomorra.
UN MES DESPUÉS NO TENÍA RASTRO ALGUNO DE LAS VERRUGAS. Yo no  lo podía  creer.

En enero de 1958   un matrimonio que conocí en la pensión donde yo me alojaba en Capilla del Monte,  me convenció para que los tres trepáramos el cerro  URITORCO, al que se  le otorgaba  un  cierto misterio, relacionado con huellas  dejadas por un objeto volador no identificado,  lo que comúnmente se denomina  O.V.N.I. 
Habíamos hecho  unos mil quinientos metros cuando se desató un terrible
vendaval. El descenso se convirtió en un infierno.  Hubo un momento que yo no caminaba, sino que rodaba. Por suerte, los tres   llegamos sanos y salvos.
 CÉLIBE CRÓNICO. Durante el año que viví en Capilla del Monte, tuve más novias que pelos en la cabeza.   El cine era el lugar donde me encontraba  con   mis amadas  cordobesas.   Mi actividad amorosa se circunscribía a  besos y caricias.  Ninguna   chiquilla, que ya había   tenido alguna experiencia sexual   me  soportaba por    mucho tiempo.   Yo  era muy lento en  tomar decisiones de fondo.  Los  ardores vaginales de esas  borregas exigían  de un buen bombero. Yo quería ser manguera  pero no tenía un bulín donde poder mandarles el chorro. Además,  no me animaba a decirles que era célibe. Y esta falta de franqueza me quitaba  seguridad.
Una  vez  tuve la mesa servida pero  arrugué a último momento. 
HABÍA  UNA SAMARITANA DEL SEXO,  que a sus  diecisiete años,   era de   prodigarse  generosamente  toda vez que era requerida para resolver la curiosidad de esos chicos que todavía no conocían la cueva  del placer.  
Tetitas Bill, (nom de guerre), por la turgencia de sus senos  y  detectables a simple vista, era  alta, su cara parecía una manzanita (cachetes colorados), y tenía un cuerpo fantástico, realzado por su linda manera de caminar.
Ella no  estudiaba, decía que cuidaba a unos hermanitos cuando sus padres salían a trabajar. Nunca le conocí  un familiar.
TETITAS BILL  metía a sus alumnos  en uno de los  baños del cine antes que comenzara la función.  Todo el mundo lo sabía  y nadie se lo prohibía.  El polvo tenía que ser   frugal  para darle tiempo para que todos los anotados recibieran su lección.  El que quería repetir la clase  tenía que esperar que se abriera otro curso. No entiendo cómo hacía esta chica, que no exigiendo el uso del condón,   no se quedara embarazada  o  contrajera una enfermedad  venérea.      
Varias veces me puse en la cola pero cuando  se aproximaba mi turno, me salía.
Quizá, si me hubiese quedado  un año más en Capilla, me hubiese atrevido a vencer mis miedos y  Tetitas Bill, me hubiese tenido entre sus discípulos.
Recordé a Tetitas Bill, cuando vi el film Pantaleón y las Visitadoras, sobre un texto del  escritor peruano Mario Vargas Llosa (n. 1936.)
*****
Yo iba a cumplir diecinueve  años de edad. Hacía dos que había  vuelto a Mendoza.
En agosto de 1960 estuve en contacto con  una cachucha, pero hice todo tan  mal que   arruiné la ocasión de abandonar definitivamente el celibato.
 Una mañana  iba caminando hacia el Centro. Había  una chica   baldeando la vereda. Respetuoso del que trabaja, me corrí  hacia un costado para no molestarla. La  joven me sonrió.    La miré y vi en ella   un lindo rostro.  Y si bien no era alta  su figura era de correctas proporciones como para darle sin asco. Me le fui al humo. Esto fue un martes.   Quedamos  en encontrarnos el   domingo, el día de su franco.  Íbamos a ir a un cine que estaba en la periferia de la ciudad. En la matinée de los domingos, las salas se convertían en hoteles alojamiento.
Me  emperifollé  como para una fiesta de gala. No todo lo que me puse  era mío: me prestaron la corbata (siempre me costó hacerme el nudo), la  camisa y un par de zapatos.  Después de mirarme un par de veces en el espejo salí  al encuentro de la Chuchi. Ella estaba preciosa. 
 Nos ubicamos en el fondo de la sala. La película  elegida era FIN DE FIESTA, dirigida Leopoldo Torres Nilsson (n. 1924), basada en  una historia escrita por su esposa, Beatriz Guido (n. 1924.)
Que fuera argentina tenía una gran ventaja: no me  hacía falta  mirar la pantalla para entender  su argumento. 
Yo me quité el sobretodo  y a ella le ayudé a hacer lo mismo con   su tapado. Los abrigos los colocamos en nuestras respectivas faldas   para preservar nuestra intimidad.  Cuando  las luces se iban apagando nosotros ya nos estábamos besando.  En una hora y media vacié tres veces mi reservorio espermático. ¡Qué tiempos aquellos!
Una de las manos de La Chuchi estaba  enjabonada. Le presté mi pañuelo para que se la limpiara. Después llegó mi turno: con un par de dedos entré en su zona franca: tenía el orgasmo fácil.
Cuando terminó  la función nos fuimos  directamente al Parque  San Martin, que estaba a menos de cien metros del cine. Había que tener ganas de morirse de frio. Nuestra calentura  hacía posible tremendo sacrificio. Armamos nuestro  telo   en un lugar que nos ocultaba de la gente que transitaba por la avenida Boulogne  Sur Mer.
Extendí  mi sobretodo para que la gurisa se recostara y su tapado ofició de  almohada.  Me senté a su lado.  Mientras la besaba con una mano recorría  los planos exteriores de su cachucha. Ella se aferró a  mi  mi\embro que  ya había recobrado su  altivez. Cuando  sentí que iba a acabar,   apuré el trámite.  La Chuchi, todavía lúcida,  me recordó que no me había puesto el  preservativo. Poco diestro  en el trámite me demoré una eternidad. Cuando el piloto de lluvia había cubierto totalmente mi pene   me lancé sobre la Chuchi, Estuve deambulando hasta dar con su cueva. Cuando le entré ya había acabado. Lo que recibió fue un pedazo de carne totalmente inoperante. Mi pene daba pena.
Mi mayor error fue, nuevamente,  no haberle dicho a la Chuchi de mi inexperiencia, que era la primera vez que yo estaba eb  contacto directo
con un coño;  que necesitaba de su  ayuda, para acelerar los tiempos y no confundir los caminos.
De todos modos la  Chuchi  se dio cuenta  de mi congoja por no haber respondido a sus expectativas.
Me dio el   tiempo suficiente para que me pudiera  recuperar. Y después,  con toda la  paciencia del mundo,  logró que mi miembro recobrara su dignidad.
Con sus hábiles manos me  colocó un nuevo preservativo.   Se recostó y  abrió bien las piernas como para que yo pudiera pasar sin tropiezos. Lo único que me pidió que le prestara más atención a sus tetas,  una de sus   mayores fuentes de erotismo.
Yo ya había arrimado la bocha y ya  rebotaba contra su cuerpo en un  ida
y vuelta frenético.  La Chuchi   estaba totalmente entregada al placer. Yo me sentía  victorioso y dispuesto a  dar la estocada final,  cuando   mis ojos se estrellaron  contra la figura de un guardaparque, quien venía cabalgando en nuestra dirección.  Me desesperé; y  sin decirle a la Chuchi  media palabra salí disparado  en dirección  a la parada del colectivo donde  terminé de acomodarme  el pantalón. 
Nunca más  volví a ver a la Chuchi.  Tampoco tenía cara como para ir a buscarla y pedirle perdón.
 NO FUE ESTE MI ÚNICO ACTO DE COBARDÍA. Después de La  Chuchi se me dio una relación con la Auxiliar  de mi dentista.
Yo venía   a la consulta decidido a salvar varios de mis  dientes que estaban cariados.  Me había dejado estar por temor al torno. Al odontólogo me  lo habían recomendado como alguien que no hacía doler.  Era tocayo mío. Debía ser buena persona.
La Auxiliar del dentista  tenía veinticinco años, era una rubia original aunque sin el encanto  de las güeras.  Sus ojos marrones estaban encerrados en unas pequeñas celdas que a su rostro le quitaban  expresividad.  
Hablaba como una pendejita dando la sensación que era  medio tontuela.  Su cuerpo menudo tenía sus encantos y era  lo que de ella me atraía.
La muchacha utilizaba un perfume demasiado fuerte, para mi gusto, teniendo en cuenta que yo  no estaba acostumbrado a perfumarme. Me hacía acordar a esos  productos que tienen nobles etiquetas, pero su contenido es trucho.
MI MADRE SE PONÍA  AROMAS DEL CAIRO  que nunca lograba tapar  su  olor a transpiración.
 La Auxiliar del dentista  de entrada nomás se  atajó conmigo, como si yo fuera un gran cogedor: solo  entregaría su virginidad a quien  la desposara.
Para saber hasta dónde iba la cosa, cada  vez que me ponía el babero yo la besaba.  Y cuando le  tocaba  el busto no me rechazaba. La invité al cine. No me importaba que lo mío con ella no pasara  de una franela más o menos profunda.  
Para darle un carácter distintivo al primer encuentro elegí una sala céntrica, una de las mejores de Mendoza. En  el Ópera se proyectaba   LOS DESNUDOS Y LOS MUERTOS cuyo argumento estaba  basado  en el    libro del escritor neoyorquino, de origen hebreo Norman Mailer (n. 1923.)
La Auxiliar no aceptó que yo  le pagara la entrada. Me pareció algo lógico: oficialmente no éramos nada. Su negativa tenía otra razón. Esto lo supe después.
El domingo amaneció como  para ir  de picnic  y no para estar encerrado en un cine. De todos modos no podía cambiar lo que ya  estaba programado.  
Ansioso como siempre, llegué una  hora antes de la función.  Me paré en una esquina desde donde  se podía ver  a la  gente que ingresaba a la sala. 
Cuando la vi venir se me cayó la estantería. No estaba sola, la   acompañaba   una mujer mayor. No había que ser adivino para darse cuenta que esa mujer era  su madre.
No dudé un instante: me  mandé a mudar y  nunca más aparecí  por  el consultorio de mi tocayo. Y mi boca siguió siendo un asco.
Estuve chamuyando con unos conocidos míos. Al atardecer se improvisó  una milonga en la confitería.
Yo, como siempre, estaba de espectador. De pronto veo a una jovencita que me mira insistentemente.
La invité  a bailar, anticipándole que  será duro de tabas.
La niña aceptó  caminar por la improvisada pista: el piso era de tierra.
Mi compañera   era  una morocha bonita, alta, delgada y buenas piernas. No daba  el perfil de una hebrea. Ella me aseguró  que era judía, solo que a diferencia mía era sefaradí.
Enseguida me pegó como si fuéramos viejos conocidos. Yo me entusiasmé: le acaricié por sobre su vestido, lo que se suponían  sus pechos nacientes. Esto me causó  una vigorosa erección. No le dí bola al asunto: estaba acostumbrado  a calentarme al pedo.
Como era de prever  en un momento dado  erré el ritmo   y mi zapatilla aterrizó  sobre uno de sus zapatos blancos.  Se los oscurece con el pisotón.
La joven mendocina se agachó  instintivamente para limpiarse con la mano la marca de mi calzado.  Fue  ese momento que dejó al descubierto el espacio donde debían ubicarse sus pechos.  Lo que vi fue un corpiño relleno con  hombreras. Me había estado calentando con  dos almohadillas. Un minuto después caminaba  por la ruta rumbo a la parada del colectivo, sin darle mayores explicaciones.
La pobrecita se debió estar preguntando qué bicho me había picado.
Medio siglo después,  las nuevas generaciones de gurisas, todas se desarrollan a temprana edad como mujeres adultas.

Exclusivo: Confesiones DE


No comments:

Post a Comment