MI VIDA Y SUS
INFIERNOS.
La
casa de los espíritus.
En enero
de 1957 me instalé en una pensión de CAPILLA
DEL MONTE, propiedad de una solterona
santafesina, oriunda de Santo Tomé.
Tenía cincuenta y ocho años de edad.
Era alta, flaca, pelo largo y
canoso, como el de Mi Abuela y un andar bien parecido al de la Regente del
Normal de Concordia. Y tan sargentona como ella. Esta
mujer no había visto a un hombre
desnudo en toda su vida.
La dueña
de la pensión, estaba totalmente
entregada al ESPIRITISMO a causa de un infortunio. Todos los jueves iba a la Escuela Científica San Basilio para conversar con su hija adoptiva que se había muerto en un
accidente carretero.
En la misma casa vivía la madre de la dueña, una
octogenaria, muy lúcida, convencida que
su hija había perdido el tino; de otra
manera no entendía como podía creer que se comunicaba con una muerta.
Yo, más de una vez, pensé lo bien
que me hubiese venido una comunicación extrasensorial para salir de pobre.
MI MADRE,
para el Gordo de Navidad de 1957, quería un billete que terminara con el número
de calle de la pensión de Capilla del Monte. Era una cuestión de cábala. Tenía un vendedor de años,
un hombre al que le faltaba una pierna. Le pidió ticket cuya terminación fuera triple cuatro. Como el cojo no se lo consiguió se quedó con su número
habitual: terminación cinco. Y salió el triple cuatro. No sé cómo ella no
se infartó.
A pesar de
mi incredulidad fui testigo de una
experiencia singular.
LA DUEÑA DE LA PENSIÓN tenía un sobrino que sufría de migraña. Una tarde la tía llamó a una adolescente que era reconocida como una talentosa médium.
LA DUEÑA DE LA PENSIÓN tenía un sobrino que sufría de migraña. Una tarde la tía llamó a una adolescente que era reconocida como una talentosa médium.
La joven
sentó al enfermo en una silla y ella se puso a sus espaldas. Una vez concentrada comenzó a mover sus manos por
sobre la cabeza del enfermo sin llegar
a tocarlo en ningún momento.
Así estuvo
unos minutos. De pronto modificó su respiración; como si tuviera una crisis asmática. Y dio por finalizada la
sesión cuando de sus fosas nasales le brotaron unos hilos de sangre.
El sobrino
de la Dueña de la pensión dijo sentirse
mucho mejor.
La Dueña
de la pensión me miró con un aire triunfalista, como si estuviera obligada a
demostrarme que yo era un verdadero pelotudo incapaz de creer hasta lo que
veía.
A la dueña
de la pensión le demostré que yo era un adolescente de mente abierta.
Concerté una sesión con una médium mayor de edad, para ver si me podía deshacer del asma.
Con probar no perdía nada.
Una mañana
de invierno con color y olor a primavera,
me fui caminando lentamente, para no llegar demasiado temprano, a la
filial capillense de la Escuela Científica Basilio. Cuando se hizo la hora
entré directamente a una habitación malamente
iluminada por una lámpara roja.
La
espiritista me hizo sentar en la única silla que había en el lugar. Ella se ubicó a mis espaldas, como lo había
hecho la adolescente con el sobrino de la Dueña de la pensión.
Ella movía
continuamente sus manos por sobre
mi cabeza. Su respiración era gradualmente
dificultosa. De pronto se detuvo
y como en un susurro me dijo: “LAS
FUERZAS DEL MAL SE RESISTEN A
ABANDONARTE.” En un primer momento me
angustié por la fallida experiencia.
Finalmente la frustración se
perdió en una parte oscura de mi
memoria.
ESPIRITISMO.
“En el año 1917, los argentinos Eugenio Portal y
Blanca Aubreton de Lambert fundaron la
Escuela Científica Basilio “con el propósito de retomar la Obra de Jesús que tendía a la evolución espiritual de los seres humanos.”
*******
HABLANDO
DE CREENCIAS. De buenas a primera mis
manos se vieron invadidas por cientos de
verrugas. Yo sentía vergüenza y temor de contagiar. Ya no recuerdo todas las cosas que probé. Totalmente desmoralizado fui en busca de una
solución médica al hospital municipal
de Mendoza. Me
llevaron a un consultorio y me cauterizaron un par de ellas.
Según el
dermatólogo quitando las más
antiguas con el tiempo desaparecerían las restantes. No hubo caso:
me quedaron dos llagas de recuerdo.
Una
señora que paraba en mi misma pensión mendocina, me
recomendó una curandera de su confianza. Y un sábado de mañana del mes de julio
de 1959, me allegué hasta la casa de la sanadora, que vivía en Guaymallen
Cuando le
dije quién me enviaba me abrió la puerta de par en par. Se trataba de una mujer
de unos sesenta largos años, pelo blanco, estatura mediana, gordita, mirada
gastada de tanto ver pasar el dolor.
Entré en
una habitación iluminada con velas y en las
paredes colgaban imágenes de santos y vírgenes. ¡Mis Padres me
tenían que haber visto!
LA
CURANDERA me hizo sentar frente a ella. La mesa estaba cubierta de un hule florido. Para la sesión curativa
tenía un platito con sal gruesa, una
bolsita de tela y una vela
encendida. El proceso de sanación
consistía en apoyar un grano de sal
sobre una verruga y después de hacer la señal de la cruz, lo pasaba rápidamente por el pabilo de la
vela y luego lo introducía en la bolsita.
Al término
de la sesión la sanadora cerró el
saquito y me lo dio. Lo debía
tirar en una esquina determinada.
Después debía seguir mi camino
sin mirar hacia atrás en ningún
momento. Me acordé de la mujer de Lot (sobrino de Abraham), a quien
la curiosidad la endureció y quedó
convertida en una estatua de sal. Había desoído la indicación de Jehová de no
observar la destrucción de Sodoma y Gomorra.
UN MES
DESPUÉS NO TENÍA RASTRO ALGUNO DE LAS VERRUGAS. Yo no lo podía
creer.
En enero
de 1958 un matrimonio que conocí en la
pensión donde yo me alojaba en Capilla del Monte, me convenció para que los tres trepáramos el cerro
URITORCO, al que se le
otorgaba un cierto misterio, relacionado con huellas dejadas por un objeto volador no
identificado, lo que comúnmente se
denomina O.V.N.I.
Habíamos
hecho unos mil quinientos metros cuando
se desató un terrible
vendaval.
El descenso se convirtió en un infierno.
Hubo un momento que yo no caminaba, sino que rodaba. Por suerte,
los tres llegamos sanos y salvos.
CÉLIBE
CRÓNICO. Durante el año que viví en
Capilla del Monte, tuve más novias que pelos en la cabeza. El cine era el lugar donde me
encontraba con mis amadas
cordobesas. Mi actividad amorosa
se circunscribía a besos y
caricias. Ninguna chiquilla, que ya había tenido alguna experiencia sexual me
soportaba por mucho
tiempo. Yo era muy lento en tomar decisiones de fondo. Los
ardores vaginales de esas
borregas exigían de un buen bombero.
Yo quería ser manguera pero no tenía un bulín
donde poder mandarles el chorro. Además,
no me animaba a decirles que era célibe. Y esta falta de franqueza me
quitaba seguridad.
Una vez
tuve la mesa servida pero arrugué
a último momento.
HABÍA UNA SAMARITANA DEL SEXO, que a sus
diecisiete años, era de prodigarse
generosamente toda vez que era
requerida para resolver la curiosidad de esos chicos que todavía no conocían la
cueva del placer.
Tetitas
Bill, (nom de guerre), por la turgencia de sus senos y
detectables a simple vista, era
alta, su cara parecía una manzanita (cachetes colorados), y tenía un
cuerpo fantástico, realzado por su linda manera de caminar.
Ella
no estudiaba, decía que cuidaba a unos
hermanitos cuando sus padres salían a trabajar. Nunca le conocí un familiar.
TETITAS
BILL metía a sus alumnos en uno de los
baños del cine antes que comenzara la función. Todo el mundo lo sabía y nadie se lo prohibía. El polvo tenía que ser frugal
para darle tiempo para que todos los anotados recibieran su
lección. El que quería repetir la
clase tenía que esperar que se abriera
otro curso. No entiendo cómo hacía esta chica, que no exigiendo el uso del
condón, no se quedara embarazada o
contrajera una enfermedad
venérea.
Varias
veces me puse en la cola pero cuando se
aproximaba mi turno, me salía.
Quizá, si
me hubiese quedado un año más en Capilla,
me hubiese atrevido a vencer mis miedos y
Tetitas Bill, me hubiese tenido entre sus discípulos.
Recordé a Tetitas Bill, cuando vi el film
Pantaleón y las Visitadoras, sobre un texto del
escritor peruano Mario Vargas Llosa (n. 1936.)
*****
Yo iba a cumplir diecinueve años de edad. Hacía dos que había vuelto a Mendoza.
En agosto de 1960 estuve en contacto con una cachucha, pero hice todo tan mal que
arruiné la ocasión de abandonar definitivamente el celibato.
Una
mañana iba caminando hacia el Centro.
Había una chica baldeando la vereda. Respetuoso del que
trabaja, me corrí hacia un costado para
no molestarla. La joven me sonrió. La miré y vi en ella un lindo rostro. Y si bien no era alta su figura era de correctas proporciones como
para darle sin asco. Me le fui al humo. Esto fue un martes. Quedamos
en encontrarnos el domingo, el
día de su franco. Íbamos a ir a un cine
que estaba en la periferia de la ciudad. En la matinée de los domingos, las
salas se convertían en hoteles alojamiento.
Me
emperifollé como para una fiesta
de gala. No todo lo que me puse era mío:
me prestaron la corbata (siempre me costó hacerme el nudo), la camisa y un par de zapatos. Después de mirarme un par de veces en el
espejo salí al encuentro de la Chuchi.
Ella estaba preciosa.
Nos ubicamos en el fondo de la sala. La
película elegida era FIN DE FIESTA,
dirigida Leopoldo Torres Nilsson (n. 1924), basada en una historia escrita por su esposa, Beatriz
Guido (n. 1924.)
Que fuera argentina tenía una gran ventaja:
no me hacía falta mirar la pantalla para entender su argumento.
Yo me quité el sobretodo y a ella le ayudé a hacer lo mismo con su tapado. Los abrigos los colocamos en
nuestras respectivas faldas para
preservar nuestra intimidad. Cuando las luces se iban apagando nosotros ya nos
estábamos besando. En una hora y media
vacié tres veces mi reservorio espermático. ¡Qué tiempos aquellos!
Una de las manos de La Chuchi estaba enjabonada. Le presté mi pañuelo para que se
la limpiara. Después llegó mi turno: con un par de dedos entré en su zona
franca: tenía el orgasmo fácil.
Cuando terminó la función nos fuimos directamente al Parque San Martin, que estaba a menos de cien metros
del cine. Había que tener ganas de morirse de frio. Nuestra calentura hacía posible tremendo sacrificio. Armamos nuestro telo
en un lugar que nos ocultaba de la gente que transitaba por la avenida
Boulogne Sur Mer.
Extendí
mi sobretodo para que la gurisa se recostara y su tapado ofició de almohada.
Me senté a su lado. Mientras la
besaba con una mano recorría los planos
exteriores de su cachucha. Ella se aferró a
mi mi\embro que ya había recobrado su altivez. Cuando sentí que iba a acabar, apuré el trámite. La Chuchi, todavía lúcida, me recordó que no me había puesto el preservativo. Poco diestro en el trámite me demoré una eternidad. Cuando
el piloto de lluvia había cubierto totalmente mi pene me lancé sobre la Chuchi, Estuve deambulando
hasta dar con su cueva. Cuando le entré ya había acabado. Lo que recibió fue un
pedazo de carne totalmente inoperante. Mi pene daba pena.
Mi mayor error fue, nuevamente, no haberle dicho a la Chuchi de mi
inexperiencia, que era la primera vez que yo estaba eb contacto directo
con un coño;
que necesitaba de su ayuda, para
acelerar los tiempos y no confundir los caminos.
De todos modos la Chuchi
se dio cuenta de mi congoja por
no haber respondido a sus expectativas.
Me dio el
tiempo suficiente para que me pudiera
recuperar. Y después, con toda
la paciencia del mundo, logró que mi miembro recobrara su dignidad.
Con sus hábiles manos me colocó un nuevo preservativo. Se recostó y
abrió bien las piernas como para que yo pudiera pasar sin tropiezos. Lo
único que me pidió que le prestara más atención a sus tetas, una de sus
mayores fuentes de erotismo.
Yo ya había arrimado la bocha y ya rebotaba contra su cuerpo en un ida
y vuelta frenético. La Chuchi
estaba totalmente entregada al placer. Yo me sentía victorioso y dispuesto a dar la estocada final, cuando
mis ojos se estrellaron contra la
figura de un guardaparque, quien venía cabalgando en nuestra dirección. Me desesperé; y sin decirle a la Chuchi media palabra salí disparado en dirección
a la parada del colectivo donde
terminé de acomodarme el
pantalón.
Nunca más
volví a ver a la Chuchi. Tampoco
tenía cara como para ir a buscarla y pedirle perdón.
NO FUE
ESTE MI ÚNICO ACTO DE COBARDÍA. Después de La
Chuchi se me dio una relación con la Auxiliar de mi dentista.
Yo venía
a la consulta decidido a salvar varios de mis dientes que estaban cariados. Me había dejado estar por temor al torno. Al
odontólogo me lo habían recomendado como
alguien que no hacía doler. Era tocayo
mío. Debía ser buena persona.
La Auxiliar del
dentista tenía veinticinco años, era una rubia original aunque sin el
encanto de las güeras. Sus ojos marrones estaban encerrados en unas
pequeñas celdas que a su rostro le quitaban
expresividad.
Hablaba como una pendejita dando la sensación
que era medio tontuela. Su cuerpo menudo tenía sus encantos y
era lo que de ella me atraía.
La muchacha utilizaba un perfume demasiado
fuerte, para mi gusto, teniendo en cuenta que yo no estaba acostumbrado a perfumarme. Me hacía
acordar a esos productos que tienen nobles
etiquetas, pero su contenido es trucho.
MI MADRE SE PONÍA AROMAS DEL CAIRO que nunca lograba tapar su
olor a transpiración.
La
Auxiliar del dentista de entrada nomás
se atajó conmigo, como si yo fuera un
gran cogedor: solo entregaría su
virginidad a quien la desposara.
Para saber hasta dónde iba la cosa, cada vez que me ponía el babero yo la besaba. Y cuando le
tocaba el busto no me rechazaba.
La invité al cine. No me importaba que lo mío con ella no pasara de una franela más o menos profunda.
Para darle un carácter distintivo al primer
encuentro elegí una sala céntrica, una de las mejores de Mendoza. En el Ópera se proyectaba LOS DESNUDOS Y LOS MUERTOS cuyo argumento
estaba basado en el
libro del escritor neoyorquino, de origen hebreo Norman Mailer (n.
1923.)
La Auxiliar no aceptó que yo le pagara la entrada. Me pareció algo lógico:
oficialmente no éramos nada. Su negativa tenía otra razón. Esto lo supe
después.
El domingo amaneció como para ir
de picnic y no para estar
encerrado en un cine. De todos modos no podía cambiar lo que ya estaba programado.
Ansioso como siempre, llegué una hora antes de la función. Me paré en una esquina desde donde se podía ver
a la gente que ingresaba a la
sala.
Cuando la vi venir se me cayó la estantería.
No estaba sola, la acompañaba una mujer mayor. No había que ser adivino
para darse cuenta que esa mujer era su
madre.
No dudé un instante: me mandé a mudar y nunca más aparecí por el
consultorio de mi tocayo. Y mi boca siguió siendo un asco.
EL ÚLTIMO GRAN RAJE MENDOCINO fue en noviembre de 1960. Había logrado
colarme en el camping de la Sociedad hebrea. La cuota social era para
ricos.
Estuve
chamuyando con unos conocidos míos. Al atardecer se improvisó una milonga en la confitería.
Yo, como
siempre, estaba de espectador. De pronto veo a una jovencita que me mira insistentemente.
La
invité a bailar, anticipándole que será duro de tabas.
La niña
aceptó caminar por la improvisada pista:
el piso era de tierra.
Mi
compañera era una morocha bonita, alta, delgada y buenas
piernas. No daba el perfil de una
hebrea. Ella me aseguró que era judía,
solo que a diferencia mía era sefaradí.
Enseguida
me pegó como si fuéramos viejos conocidos. Yo me entusiasmé: le acaricié por
sobre su vestido, lo que se suponían sus
pechos nacientes. Esto me causó una vigorosa
erección. No le dí bola al asunto: estaba acostumbrado a calentarme al pedo.
Como era
de prever en un momento dado erré el ritmo
y mi zapatilla aterrizó sobre uno
de sus zapatos blancos. Se los oscurece
con el pisotón.
La joven
mendocina se agachó instintivamente para
limpiarse con la mano la marca de mi calzado.
Fue ese momento que dejó al
descubierto el espacio donde debían ubicarse sus pechos. Lo que vi fue un corpiño relleno con hombreras. Me había estado calentando con dos almohadillas. Un minuto después
caminaba por la ruta rumbo a la parada
del colectivo, sin darle mayores explicaciones.
La
pobrecita se debió estar preguntando qué bicho me había picado.
Medio
siglo después, las nuevas generaciones
de gurisas, todas se desarrollan a temprana edad como mujeres adultas.
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