Friday, April 5, 2019

NO SOY FAMOSO PERO TENGO COSAS QUE DECIR (7)


Contaré mi vida antes que la parca se anticipe.

LOS CUENTOS DE MI NANA, LA SORDA.  A mí me  intrigaba el   hombre barbudo y desaliñado  que todas las mañanas pasaba  por casa cargando siempre  la misma bolsa.  
ÁNGELA    llevaba  el apellido de un importante ministro del primer gobierno de Perón. Ella me decía que  era su hermano y que había cortado todo vínculo con ella porque se avergonzaba que fuera   pobre e ignorante.  Una actitud   miserable, para nada novedosa. Ángela era  petisa y gorda. Yo no la veía todo lo fea que era por   su bondad infinita. Ella venía a cuidarme en las noches de invierno cuando el asma más me jaqueaba. 
MI  NANA me tranquilizaba rascándome  la espalda y contándome aquellas historias   que ella había escuchado  en su infancia.   
Cuando me casé, a Mi Mujer la torturaba  para que me rascara   la espalda, así podía  conciliar el sueño.
Las largas noches de insomnio me hicieron lábil para dormirme.  Mis descansos tenían una muy corta duración
A pesar de ser sorda  como una tapia,  yo con ÁNGELA  me  entendía a las mil maravillas.
Ángela  me  contó que cuando murió   un   conocido hacendado de Concordia, sus familiares lo habían adornado con todas las joyas que él más quería entre ellas un anillo de incalculable valor.
Enterado  el barbudo planificó su robo.  Al anochecer entró en el  cementerio.  El único vivo que había en  ese lugar era el sereno, quien a veces estaba más muerto que los mismos muertos, sólo que  de sueño.
EL  ANDRAJOSO no tuvo problemas para dar con el lugar donde estaba depositado el féretro del difunto hacendado, a la espera que se  acondicionara  el panteón familiar.   
El intruso fracasó en su primer intento de hacerse  del  anillo. Cuando se dio cuenta que no era cuestión de fuerza sino de maña sacó  una navaja que tenía en uno de los bolsillos del pantalón y de un solo tajo logró liberar la ansiada joya. Y fue en ese instante que al ratero se le congeló la sangre: le pareció que el muerto parpadeaba. Se convenció que era su imaginación después de un día de tanta tensión. Pero cuando el finado intentó reincorporarse el hombre de la bolsa  perdió la poca cordura que le quedaba y aulló de tal manera que hasta el sereno se despertó.
AL ANDRAJOSO lo encontraron tirado en el piso temblando como si hubiese sufrido una convulsión,  Los protagonistas de esta historia compartieron la misma ambulancia: uno fue derivado  al manicomio y el otro a un  sanatorio, donde se le
diagnosticó   catalepsia.  
El hacendado se lamentó  no haberle  podido agradecer a su salvador el  haber vuelto al mundo de los vivos. Y hasta  le hubiese regalado   el dichoso anillo.
Este no fue un caso aislado.  En esos tiempos muchos fueron enterrados vivos,  creyéndolos muertos. 
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CATALEPSIA. Esta dolencia   se define científicamente como el estado nervioso patológico en el que se suspenden las sensaciones y se inmoviliza el cuerpo en cualquier postura, por antinatural e incómoda que resulte.                                 
Tuvo una enorme repercusión en la Argentina lo que le sucedió   a la   hija del escritor y político argentino  EUGENIO CAMBACERES (n. 1843). Solo que  Rufina no tuvo la suerte del hacendado.   
“ El día que cumplía  diecinueve años de edad,  (31 de mayo de 1902), una  amiga,  que se suponía íntima,  le  contó que el joven que ella  amaba  era  el  amante de su madre.  Del impacto emocional palmó su  tierno corazón.   
Tres médicos certificaron su deceso.  Unos   días  después,  el cuidador de la bóveda de los Cambaceres le comunicó  a la madre de la joven  que el féretro de la difunta  tenía la tapa quebrada.  Cuando lo abrieron  encontraron a la muerta con el rostro y las manos arañados y amoratados.
   Rufina había sido  víctima de un ataque de catalepsia. Cuando despertó, en su desesperación,  tuvo una estéril pelea hasta que la muerte la venció.  
Yo nunca  leí  si la madre de Rufina sintió  culpa por la muerte de su hija. Lo que sí    que LUISA BACICHI (Aloysia Stéphana Bacichi n. 1855 en Trieste), después de enviudar,   se enganchó con el expresidente Hipólito Yrigoyen (n.1852), con quien tuvo un hijo: el malparido Luis Hipólito   (n.1897.)
El periodista argentino UKI GOÑI investigó a la actuación del hijo de la Bacichi, durante la Segunda Guerra Mundial.
Este  aborto de la naturaleza  cumplía funciones diplomáticas en  la Embajada argentina en Berlín. Y fue él quien  se  negó a repatriar a unos  cien argentinos de   origen hebreo,  hasta reclamado por los jerarcas nazis; condenándolos a morir en los campos de concentración.
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ÁNGELA  también  me contó sobre la  Luz Mala, a la que la gente temía porque suponía  que era  el alma de algún difunto que no había  purgado sus pecados terrenales.
Entre los chicos era común hablar del   Lobisón  que era un hombre lobo corporizado  en el séptimo hijo varón  y que por   las noches   salía a revolcarse  sobre algún elemento desintegrado, como podía  ser arena, ceniza o  una tumba abandonada. Con la llegada del  alba,  recuperaba su  forma humana.
En el año 1907,  en  Coronel Pringles, (Prov. de Bs.As),  se realizó el primer BAUTISMO CON PADRINAZGO PRESIDENCIAL para poder revertir el maleficio. Perón lo  legalizó en 1973.
 MIS MIEDOS. Mi inseguridad tenía que ver con mis aprensiones.   Por más que me hiciera el valiente, mi corazón se sobresaltaba a cada instante. Así como fui  de chico, lo fui de grande.   La noche me abrumaba. Yo dormía  abrazado a una muñeca   de trapo. Tenía la  cara achatada, ojos rasgados, y la boca pintada de rojo carmesí; se parecía en  mucho a una  japonesa,  compañera mía de la Primaria, cuyo padre era el dueño de la  tintorería más importante de la ciudad.
Por mi  asma vivía capturando  madrugadas, ninguna se me escapaba. Y en ese transitar  de la noche a la mañana, solamente me tranquilizaba el   policía de calle que pasaba  por la puerta de  casa haciendo  sonar su silbato confirmando que todo estaba OK (todo correcto)  a  su  colega de ronda que cumplía idéntica tarea en una zona cercana a la suya.
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La primera vez que apareció el  OK, fue  el 23 de marzo de 1839 en el periódico  Boston Morning Post cuya autoría es atribuida a su editor Charles Gordon Greene.”
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En mi infancia, EL   POLICÍA  era un auténtico servidor público y muy   respetado
por la comunidad. Mi Padre tenía entre sus clientes a varios  canas y a algunos
agentes  municipales.
Una  tarde de verano conseguí que Mi Madre me librara de la siesta y me fui a jugar un  picado callejero.   Yo era  el arquero.
Un vecino, cansado de los pelotazos y de nuestros gritos, llamó a la Policía.
De pronto veo que todos mis compañeros corren despavoridos. Yo era el único que no se había enterado  lo que estaba sucediendo. 
Un vigilante estaba  parado a mis espaldas. Cuando lo vi se me aflojaron las piernas.
El tipo se apiadó de mí al verme tan asustado. Me dejó ir después que le juré que nunca más volvería a molestar al vecindario  a la hora de la siesta.    
Las tormentas y los relámpagos me aterrorizaban.  Mis Padres me advertían  de no  acercarme  a ninguna  ventana y  de  tener cuidado con las hebillas de los cinturones o cualquier otro metal que pudiera atraer a un  rayo. Y me tranquilizaban diciéndome que nuestra casa estaba protegida por el pararrayos de la  Catedral.   
Esta explicación no me conformaba: me  resultaba difícil  creer que   algún cura  quisiera  proteger a una familia hebrea. Yo sufría mucho por todo aquel que  padecía de algún defecto físico. Eso no quitaba que  no  tuviera  prejuicios.
 LA  MUJER DE LA CARA QUEMADA pasaba diariamente por casa. Cuando  la veía venir me escondía.   Me  impresionaban  sus enormes labios que  le colgaban como si fueran apéndices de su lengua. Un día decidí reconsiderar mi actitud, tomé coraje y  esperé que pasara a mi lado. Con  voz apenas audible  la saludé. La mujer  de la cara quemada no solamente me saludó, también me regaló una   esforzada sonrisa.
A MI MADRE  le  habían dicho  que los masajes me podían ayudar a mejorar mi respiración.   Contrató un masajista  no vidente. Don  Guerrero era el padre de un compañero  de la Primaria.  En un principio me costaba mirarle a la cara.  Me lo imaginaba viviendo   en un universo incoloro.  De a poco me fui acostumbrando a él: le hablaba como si él me viera, sin necesidad de limitarme en  explicaciones.
La vida de la sorda y ciega estadounidense HELEN KELLER (n. 1880), me resultó toda una revelación. Primero leí  su biografía en Selecciones y después,  vi  la  película El milagro de Ana Sullivan.   
La docente ANNE MANSFIELD SULLIVAN MACY (n. 1866), fue quien tuvo a su cargo la formación y educación de Helen haciendo de ella una activista política, escritora y oradora.           
En un tiempo  LOS GITANOS  fueron  parte de mis miedos, quizá influenciado por ese prejuicio social que ellos robaban  niños y cosas de valor cuando alguna  ingenua aceptaba que le adivinaran la suerte.
La mujer es propensa a recurrir a distintos vendedores de ilusiones  para conseguir la felicidad.  
Al gitano dejé de temerle cuando  una cíngara entró  a mi  casa para entregar unas ollas de aluminio que ella fabricaba y  que Mi Madre le había comprado. 
Unos dicen que los gitanos son oriundos de la India. Otros dicen que vinieron de Egipto.  Llegaron a  América   integrando  la tripulación que acompañó  al Adelantado  Pedro de Mendoza (n.1487)  en su viaje al Río de la Plata.
Los gitanos sufrieron, al igual que los hebreos,  continuas  limpiezas étnicas.  En 1749 el rey Fernando VI  organizó una gran redada, deteniendo a doce mil  a quienes encerró en una especie de campo de concentración.
Para evitar su reproducción,  los hombres  jóvenes fueron enviados a las galeras o cedidos a los terratenientes. 
Miles  de gitanos fueron asesinados  por los nazis.
 MI MADRE acentuó mis miedos: no quería que yo hablara en voz alta, para que no me oyeran nuestros vecinos a quienes ella los consideraba abiertamente antisemitas.
Fue ella quien me impuso un cierto  rigor ético que  fue mi desgracia. Me sacó de este mundo para meterme en otro de  ficción, lejos de la realidad.  
Me llevó mucho tiempo entender que  la  maldad se corresponde con la naturaleza humana y que la bondad  es un   sinónimo de cobardía.
Yo me agarré a las piñas tres veces en toda mi vida y   fueron antes de cumplir los trece años de edad. De grande arrugaba por más que  me ofendieran.    
 Para  Mi Madre no había nada  que justificara una pelea.   
Mi primera riña fue con un compañero de clase, tocayo mío y, además,   de la colectividad. Me  había tomado de punto.  Nunca supe por qué.  Un día me hartó.  Tomé coraje y lo esperé en el baño. Le di una buena tunda.  Al tiempo hicimos las paces. 
La segunda reyerta no estuvo programada.  Un pibe,  a quien yo no  registraba,  me agredió por la espalda. Cuando me di  vuelta me tiró  otro mamporro. Sin quitarme el guardapolvo me abalancé sobre él.  Anduvimos a los revolcones en una calle que era  toda de tierra. Me salvé que me noqueara porque hubo gente que se compadeció  de mí y detuvo  la  pelea.  Después me enteré que iba a mi misma escuela.  
La peor parte vino después: MI MADRE viéndome hecho un   mamarracho, me dio semejante  paliza que si no me pongo  a llorar  todavía me estaba  pegando.   
El tercer y último enfrentamiento fue en defensa de Mis Hermanos a quienes  un chico de la cuadra, de mi misma edad, los tenía aterrorizado. Mi Padre   aceptó ser mi manager y Mi Madre no abrió la boca.
Me preparé concienzudamente para el combate. Cuando consideré que estaba en condiciones de vencerlo   salí  a buscarlo. Lo encontré   en la puerta de su casa. Le  llené la cara de bollos. Intentó agredirme con una gomera. Le gané de mano y  se la arrebaté. Gané   por abandonó.
Después corrí hasta el taller mecánico donde  estaba Mi Padre esperando que le solucionaran un desperfecto mecánico de su voituré.  Entré  con  un brazo  extendido y con dos dedos marcando la V de  la victoria. Durante media hora le repetí los  pormenores de mi hazaña. Fui un  héroe de entrecasa  hasta  que Mis Hermanos volvieron a ver en mí al asmático molesto, a quien los papis le dedicaban más  tiempo que a ellos.
Con mi valiente actitud  saldé una deuda que tenía con Mi Hermano, el mediano, a quien Mi Madre   sopapeó  después de confesarle  que él había   desgarrado la tela de una camisa cuando el culpable era yo.
Íbamos a ir al centro y a Gath y Chaves,  a mirar más que a comprar,  y a montarnos en la única  escalera mecánica que había en Concordia. 
 Mientras esperábamos  que Nuestra  Madre se decidiera a  salir,  en  un juego de manos  tiré de   la corbata que venía  cosida al cuello de  la camisa de Samuel. La tela se desgarró, y no hubo  forma de ocultar el daño. (Tuve un aprendizaje tardío de cómo se hacia un nudo.)                                                   
Yo sabía que Mi Madre me iba a matar.  Mi Hermano se hizo el valiente y  me dijo: “No te preocupes. Le voy a decir que fui yo.  A mí no  me va hacer  nada.”
 El se creyó  que siendo el preferido de  Papá le valía como inmunidad ante la Vieja.  Le  falló el pronóstico: cobró al por  mayor  y al por menor.  A pesar de la paliza no me delató.  Esto no invalida lo que pienso de él: que es un turro con todas las letras.
Unas semanas después, el terror de la cuadra, vino a casa  a guisa de paz: se había dado cuenta que podíamos pasarlo mejor jugando que peleando.
En los  pocos  años que viví en mi casa  mis peleas con Mis Hermanos se reducían a acusaciones cruzadas por hacer trampas  jugando a las  bolitas,  con las figuritas o al ajedrez; por  tirarnos a los ojos el jugo de las cascaras de mandarinas; o escupirnos  las semillas de los cítricos con unas  cerbatanas.
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La camisa. Comenzó a usarse en  Babilonia en el siglo V adC.
La corbata. Fue una creación francesa.  Adquirieron notoriedad  en el siglo XVI,  cuando los dandis ingleses le inventaron el nudo y el moño.
GATH & CHAVES. Sociedad conformada por el inglés Alfredo Gath (n. 1852) y un santiagueño, Lorenzo Chaves (n. 1854), quienes abrieron su primera tienda en 1883, dedicada a la confección para caballeros, con telas inglesas. 
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MI HERMANO EL MEDIANO, de naturaleza  agresiva,   cruzó la raya  de su natural agresividad  cuando durante  un almuerzo me arrojó un cuchillo que se estrelló en uno de mis codos. Pudo habérmelo clavado en cualquier lugar del cuerpo. Mintió alevosamente cuando le dijo a Mi Madre que yo le había pegado una patada. 
Unos días después,  en un  acto de maldad imposible de calificar  el mismo personaje me empujó y en mi caída   dejé  dos dientes en  el piso de mosaico que tenía el  patio cubierto de nuestra casa.
MI MADRE se puso a llorar pero a su hijo no lo reprendió.
Mi  dentista  trató de hacer milagros. Después del tratamiento de los conductos para quitarme el dolor y la hipersensibilidad, a las partes rotas las rellenó con porcelana.
Cuando cumplí  los sesenta años de edad se me terminaron las  penurias dentales: me puse un comedor de plástico. 
De chico me moría por  saber  chiflar;   los postizos me facilitaron el aprendizaje.


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