Contaré mi vida
antes que la parca se anticipe.
LOS CUENTOS DE MI NANA, LA
SORDA. A mí me
intrigaba el hombre barbudo y
desaliñado que todas las mañanas
pasaba por casa cargando siempre la misma bolsa.
ÁNGELA
llevaba el apellido de un
importante ministro del primer gobierno de Perón. Ella me decía que era su hermano y que había cortado todo
vínculo con ella porque se avergonzaba que fuera pobre
e ignorante. Una actitud miserable, para nada novedosa. Ángela
era petisa y gorda. Yo no la veía todo
lo fea que era por su bondad infinita.
Ella venía a cuidarme en las noches de invierno cuando el asma más me jaqueaba.
MI
NANA me tranquilizaba rascándome
la espalda y contándome aquellas historias que ella había escuchado en su infancia.
Cuando me casé, a Mi Mujer la
torturaba para que me rascara la espalda, así podía conciliar el sueño.
Las largas noches de insomnio me hicieron
lábil para dormirme. Mis descansos
tenían una muy corta duración
A pesar de ser sorda como una tapia, yo con ÁNGELA
me entendía a las mil maravillas.
Ángela
me contó que cuando murió un
conocido hacendado de Concordia, sus familiares lo habían adornado con
todas las joyas que él más quería entre ellas un anillo de incalculable valor.
Enterado
el barbudo planificó su robo. Al
anochecer entró en el cementerio. El único vivo que había en ese lugar era el sereno, quien a veces estaba
más muerto que los mismos muertos, sólo que
de sueño.
EL
ANDRAJOSO no tuvo problemas para dar con el lugar donde estaba
depositado el féretro del difunto hacendado, a la espera que se acondicionara
el panteón familiar.
El intruso fracasó en su primer intento
de hacerse del anillo. Cuando se dio cuenta que no era
cuestión de fuerza sino de maña sacó una
navaja que tenía en uno de los bolsillos del pantalón y de un solo tajo logró
liberar la ansiada joya. Y fue en ese instante que al ratero se le congeló la
sangre: le pareció que el muerto parpadeaba. Se convenció que era su imaginación
después de un día de tanta tensión. Pero cuando el finado intentó
reincorporarse el hombre de la bolsa
perdió la poca cordura que le quedaba y aulló de tal manera que hasta el
sereno se despertó.
AL ANDRAJOSO lo encontraron tirado en el
piso temblando como si hubiese sufrido una convulsión, Los protagonistas de esta historia
compartieron la misma ambulancia: uno fue derivado al manicomio y el otro a un sanatorio, donde se le
diagnosticó catalepsia.
El hacendado se lamentó no haberle
podido agradecer a su salvador el
haber vuelto al mundo de los vivos. Y hasta le hubiese regalado el dichoso anillo.
Este no fue un caso aislado. En esos tiempos muchos fueron enterrados
vivos, creyéndolos muertos.
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CATALEPSIA. Esta dolencia se define científicamente como el estado
nervioso patológico en el que se suspenden las sensaciones y se inmoviliza el
cuerpo en cualquier postura, por antinatural e incómoda que resulte.
Tuvo
una enorme repercusión en la Argentina lo que le sucedió a la
hija del escritor y político argentino
EUGENIO CAMBACERES (n. 1843). Solo que
Rufina no tuvo la suerte del hacendado.
“
El día que cumplía diecinueve años de
edad, (31 de mayo de 1902), una amiga,
que se suponía íntima, le contó que el joven que ella amaba
era el amante de su madre. Del impacto emocional palmó su
tierno corazón.
Tres médicos certificaron su deceso. Unos
días después, el cuidador de la bóveda de los Cambaceres le
comunicó a la madre de la joven que el féretro de la difunta tenía la tapa quebrada. Cuando lo abrieron encontraron a la muerta con el rostro y las
manos arañados y amoratados.
Rufina había sido víctima de un
ataque de catalepsia. Cuando despertó, en su desesperación, tuvo una estéril pelea hasta que la muerte la
venció.
Yo nunca
leí si la madre de Rufina
sintió culpa por la muerte de su hija.
Lo que sí sé que LUISA BACICHI (Aloysia Stéphana
Bacichi n. 1855 en Trieste), después de enviudar, se enganchó con el expresidente Hipólito
Yrigoyen (n.1852), con quien tuvo
un hijo: el malparido Luis Hipólito
(n.1897.)
El
periodista argentino UKI
GOÑI investigó a la actuación del hijo de la Bacichi, durante la Segunda Guerra
Mundial.
Este aborto de la naturaleza cumplía funciones diplomáticas en la Embajada argentina en Berlín. Y fue él
quien se
negó a repatriar a unos cien
argentinos de origen hebreo, hasta reclamado por los jerarcas nazis;
condenándolos a morir en los campos de concentración.
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ÁNGELA
también me contó sobre la Luz Mala, a la que la gente temía porque
suponía que era
el alma de algún difunto que no había purgado sus pecados terrenales.
Entre los chicos era común hablar
del Lobisón que era un hombre lobo corporizado en el séptimo hijo varón y que por
las noches salía a revolcarse sobre algún elemento desintegrado, como
podía ser arena, ceniza o una tumba abandonada. Con la llegada del alba,
recuperaba su forma humana.
En el año 1907, en
Coronel Pringles, (Prov. de Bs.As),
se realizó el primer BAUTISMO CON
PADRINAZGO PRESIDENCIAL para poder revertir el maleficio. Perón lo legalizó en 1973.
MIS MIEDOS. Mi inseguridad tenía que ver con
mis aprensiones. Por más que me hiciera
el valiente, mi corazón se sobresaltaba a cada instante. Así como fui de chico, lo fui de grande. La noche me abrumaba. Yo dormía abrazado a una muñeca de trapo. Tenía la cara achatada, ojos rasgados, y la boca
pintada de rojo carmesí; se parecía en mucho
a una japonesa, compañera mía de la Primaria, cuyo padre era
el dueño de la tintorería más importante
de la ciudad.
Por
mi asma vivía capturando madrugadas, ninguna se me escapaba. Y en ese
transitar de la noche a la mañana,
solamente me tranquilizaba el policía
de calle que pasaba por la puerta
de casa haciendo sonar su silbato confirmando que todo estaba
OK (todo correcto) a su
colega de ronda que cumplía idéntica tarea en una zona cercana a la
suya.
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La primera vez que apareció el OK, fue
el 23 de marzo de 1839 en el periódico
Boston Morning Post cuya autoría es atribuida a su editor Charles Gordon
Greene.”
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En mi infancia, EL POLICÍA
era un auténtico servidor público y muy
respetado
por la comunidad. Mi Padre tenía entre
sus clientes a varios canas y a algunos
agentes
municipales.
Una
tarde de verano conseguí que Mi Madre me librara de la siesta y me fui a
jugar un picado callejero. Yo era
el arquero.
Un vecino, cansado de los pelotazos y de
nuestros gritos, llamó a la Policía.
De pronto veo que todos mis compañeros
corren despavoridos. Yo era el único que no se había enterado lo que estaba sucediendo.
Un vigilante estaba parado a mis espaldas. Cuando lo vi se me
aflojaron las piernas.
El tipo se apiadó de mí al verme tan
asustado. Me dejó ir después que le juré que nunca más volvería a molestar al
vecindario a la hora de la siesta.
Las tormentas y los relámpagos me
aterrorizaban. Mis Padres me
advertían de no acercarme
a ninguna ventana y de
tener cuidado con las hebillas de los cinturones o cualquier otro metal
que pudiera atraer a un rayo. Y me
tranquilizaban diciéndome que nuestra casa estaba protegida por el pararrayos
de la Catedral.
Esta
explicación no me conformaba: me
resultaba difícil creer que algún
cura quisiera proteger a una familia hebrea. Yo sufría
mucho por todo aquel que padecía de algún
defecto físico. Eso no quitaba que
no tuviera prejuicios.
LA MUJER DE LA CARA QUEMADA pasaba diariamente por casa. Cuando la veía venir me escondía. Me
impresionaban sus enormes labios
que le colgaban como si fueran apéndices
de su lengua. Un día decidí reconsiderar mi actitud, tomé coraje y esperé que pasara a mi lado. Con voz apenas audible la
saludé. La mujer de la cara quemada no
solamente me saludó, también me regaló una
esforzada sonrisa.
A
MI MADRE le habían dicho
que los masajes me podían ayudar a mejorar mi respiración. Contrató un masajista no vidente. Don Guerrero era el padre de un compañero de la Primaria. En un principio me costaba mirarle a la
cara. Me lo imaginaba viviendo en un universo incoloro. De a poco me fui acostumbrando a él: le
hablaba como si él me viera, sin necesidad de limitarme en explicaciones.
La
vida de la sorda y ciega estadounidense HELEN
KELLER (n.
1880), me resultó toda una revelación. Primero leí su biografía en Selecciones y después, vi
la película El milagro de Ana Sullivan.
La docente ANNE MANSFIELD
SULLIVAN MACY (n. 1866), fue quien tuvo a su cargo la formación y educación
de Helen haciendo de ella una activista política, escritora y oradora.
En
un tiempo LOS
GITANOS fueron
parte de mis miedos, quizá influenciado por ese prejuicio social que
ellos robaban niños y cosas de valor cuando
alguna ingenua aceptaba que le
adivinaran la suerte.
La
mujer es propensa a recurrir a distintos vendedores de ilusiones para conseguir la felicidad.
Al
gitano dejé de temerle cuando una
cíngara entró a mi casa para entregar unas ollas de aluminio que
ella fabricaba y que Mi Madre le había
comprado.
Unos
dicen que los gitanos son oriundos de la India. Otros dicen que vinieron de
Egipto. Llegaron a América
integrando la tripulación que
acompañó al Adelantado Pedro de Mendoza (n.1487) en su viaje al Río de la Plata.
Los
gitanos sufrieron, al igual que los hebreos,
continuas limpiezas étnicas. En 1749 el rey Fernando VI organizó una gran redada, deteniendo a doce
mil a quienes encerró en una especie de
campo de concentración.
Para evitar su reproducción, los hombres
jóvenes fueron enviados a las galeras o cedidos a los
terratenientes.
Miles
de gitanos fueron asesinados por
los nazis.
MI
MADRE acentuó mis miedos: no quería que yo hablara en voz alta, para que no me
oyeran nuestros vecinos a quienes ella los consideraba abiertamente
antisemitas.
Fue ella quien me impuso un cierto rigor ético que fue mi desgracia. Me sacó de este mundo para
meterme en otro de ficción, lejos de la
realidad.
Me llevó mucho tiempo entender que la
maldad se corresponde con la naturaleza humana y que la bondad es un
sinónimo de cobardía.
Yo me agarré a las piñas tres veces en
toda mi vida y fueron antes de cumplir
los trece años de edad. De grande arrugaba por más que me ofendieran.
Para Mi Madre no había nada
que justificara una pelea.
Mi primera riña fue con un compañero de
clase, tocayo mío y, además, de la
colectividad. Me había tomado de
punto. Nunca supe por qué. Un día me hartó. Tomé coraje y lo esperé en el baño. Le di una
buena tunda. Al tiempo hicimos las
paces.
La segunda reyerta no estuvo
programada. Un pibe, a quien yo no
registraba, me agredió por la
espalda. Cuando me di vuelta me
tiró otro mamporro. Sin quitarme el
guardapolvo me abalancé sobre él.
Anduvimos a los revolcones en una calle que era toda de tierra. Me salvé que me noqueara
porque hubo gente que se compadeció de
mí y detuvo la pelea.
Después me enteré que iba a mi misma escuela.
La peor parte vino después: MI MADRE
viéndome hecho un mamarracho, me dio
semejante paliza que si no me pongo a llorar
todavía me estaba pegando.
El tercer y último enfrentamiento fue en
defensa de Mis Hermanos a quienes un
chico de la cuadra, de mi misma edad, los tenía aterrorizado. Mi Padre aceptó ser mi manager y Mi Madre no abrió la
boca.
Me
preparé concienzudamente para el combate. Cuando consideré que estaba en
condiciones de vencerlo salí a buscarlo. Lo encontré en la puerta de su casa. Le llené la cara de bollos. Intentó agredirme
con una gomera. Le gané de mano y se la
arrebaté. Gané por abandonó.
Después
corrí hasta el taller mecánico donde
estaba Mi Padre esperando que le solucionaran un desperfecto mecánico de
su voituré. Entré con un
brazo extendido y con dos dedos marcando
la V de la victoria. Durante media hora
le repetí los pormenores de mi hazaña.
Fui un héroe de entrecasa hasta
que Mis Hermanos volvieron a ver en mí al asmático molesto, a quien los
papis le dedicaban más tiempo que a
ellos.
Con
mi valiente actitud saldé una deuda que
tenía con Mi Hermano, el mediano, a quien Mi Madre sopapeó
después de confesarle que él
había desgarrado la tela de una camisa
cuando el culpable era yo.
Íbamos
a ir al centro y a Gath y Chaves, a
mirar más que a comprar, y a montarnos
en la única escalera mecánica que había
en Concordia.
Mientras esperábamos que Nuestra
Madre se decidiera a salir, en un
juego de manos tiré de la corbata que venía cosida al cuello de la camisa de Samuel. La tela se desgarró, y
no hubo forma de ocultar el daño. (Tuve
un aprendizaje tardío de cómo se hacia un nudo.)
Yo
sabía que Mi Madre me iba a matar. Mi
Hermano se hizo el valiente y me dijo:
“No te preocupes. Le voy a decir que fui yo.
A mí no me va hacer nada.”
El se creyó
que siendo el preferido de Papá
le valía como inmunidad ante la Vieja.
Le falló el pronóstico: cobró al
por mayor y al por menor. A pesar de la paliza no me delató. Esto no invalida lo que pienso de él: que es
un turro con todas las letras.
Unas
semanas después, el terror de la cuadra, vino a casa a guisa de paz: se había dado cuenta que
podíamos pasarlo mejor jugando que peleando.
En
los pocos años que viví en mi casa mis peleas con Mis Hermanos se reducían a
acusaciones cruzadas por hacer trampas
jugando a las bolitas, con las figuritas o al ajedrez; por tirarnos a los ojos el jugo de las cascaras
de mandarinas; o escupirnos las semillas
de los cítricos con unas cerbatanas.
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La camisa. Comenzó a usarse en Babilonia en el siglo V adC.
La corbata. Fue una creación francesa. Adquirieron notoriedad en el siglo XVI, cuando los dandis ingleses le inventaron el
nudo y el moño.
GATH & CHAVES. Sociedad conformada por el inglés
Alfredo Gath (n. 1852) y un santiagueño, Lorenzo Chaves (n. 1854), quienes
abrieron su primera tienda en 1883, dedicada a la confección para caballeros,
con telas inglesas.
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MI HERMANO EL MEDIANO, de naturaleza agresiva, cruzó
la raya de su natural agresividad cuando durante un almuerzo me arrojó un cuchillo que se
estrelló en uno de mis codos. Pudo habérmelo clavado en cualquier lugar del
cuerpo. Mintió alevosamente cuando le dijo a Mi Madre que yo le había pegado
una patada.
Unos días después, en un
acto de maldad imposible de calificar
el mismo personaje me empujó y en mi caída dejé
dos dientes en el piso de mosaico
que tenía el patio cubierto de nuestra
casa.
MI MADRE se puso a llorar pero a su hijo
no lo reprendió.
Mi
dentista trató de hacer milagros.
Después del tratamiento de los conductos para quitarme el dolor y la
hipersensibilidad, a las partes rotas las rellenó con porcelana.
Cuando cumplí los sesenta años de edad se me terminaron
las penurias dentales: me puse un
comedor de plástico.
De chico me moría por saber
chiflar; los postizos me
facilitaron el aprendizaje.
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